viernes, 19 de julio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo final



Pero el sonido de la vieja campana que anunciaba la hora de la comida cuando el rancho era una plantación, hacía más de un siglo, les sacó sonrisas a los dos y ambos se apartaron un poco para mirar en dirección de la casa.
Entonces, las sonrisas se transformaron en carcajadas.
Los Brady hacían el monigote detrás de la ventana de la cocina, celebrando que acababan de cazarlos en una exclusiva.

Y Miley, en pleno porche, bailaba el baile de los egipcios, loca de alegría.

Epílogo

Camden, Arkansas.
Marzo de 2005.
Porche de la casa de la familia Brady.

Demi movió un poco la cabeza para poder verlo mejor, y sonrió. Joseph seguía con la suya apoyada en el cojín granate de la hamaca, con los ojos cerrados. Los mechones naturales más claros, casi blancos, que poblaban su melena rubia emitían destellos bajo aquel sol de primavera.
—¿Vas a ir a ver a los tuyos? —preguntó Demi mientras volvía a acomodarse contra el pecho de Joseph, y lo abrazaba.
Él la estrechó más fuerte y habló sin abrir los ojos.
—Hoy no. Hoy pienso quedarme así, aquí, sin hacer nada más que tenerte pegada a mí.
Ella sonrió traviesa.
—Suena bien.
—Suena bestial —apuntó él, pero hizo algo.
Demi sintió que una de sus manos se deslizaba por el costado de su brazo, en una caricia descendente. La yema de los dedos de Joseph pasaron suavemente, de forma casi inadvertida, sobre el perfil del pecho femenino, y siguieron camino hacia el estómago.
Ella suspiró. Se movió un poco hacia atrás, dejando el torso expuesto a las caricias de aquella mano que sabía perfectamente cuándo, cómo y qué, como ninguna otra mano masculina lo había sabido de ella jamás.
—Eres observador... —dijo Demi, con voz perezosa mientras disfrutaba de los movimientos de aquella mano que ahora, lentamente, describía círculos amplios sobre su vientre.
—Gracias.
—Y paciente... —añadió ella, envuelta en otro suspiro.
—Gracias. —repitió él, seductor.
Sus ojos se desplazaron del rostro de Demi al vientre que acariciaba sobre la camiseta blanca. Tiró de ella con suavidad para sacarla de dentro de los vaqueros y siguió acariciándola sobre la piel. Instintivamente, Demi se volvió completamente de frente y apoyó su mano sobre la de él, acompañándo sus caricias.
Detrás de la ventana, Nick y Mark se cubrieron la boca en un esfuerzo por aguantar las carcajadas y no delatar su presencia. Con un dedo, Mark tiró lentamente del borde de una de las alas de la ventana para abrirla más.
Demi se echó el cabello hacia atrás, y dejó su mano debajo de la cabeza, a modo de almohada. Joseph sonrió. Esa faceta de mujer mimosa era nueva. Nueva incluso para ella misma, alguien que había compartido intimidad con muchos hombres, y afectividad con ninguno. Y como todo en ella, lo disfrutaba sin reparos.
—Eres alucinante... —volvió a suspirar, y continuó hablando con los ojos cerrados y una expresión placentera en la cara—. La mayoría de los tíos no tienen ni idea...
Joseph quitó la vista del vientre liso que acariciaba y se fijó en el rostro de Demi. Dejó que las yemas de sus dedos se encargaran de las caricias. Ella se estremeció.
—Alucinante se queda corto —corrigió él. Las caricias se deslizaron dentro de la cintura del pantalón de Demi, apenas un poco, haciendo que ella volviera a estremecerse—, pero gracias...
—Está claro —volvió a suspirar—. Si no fuera así, no habrías podido durarme tres meses y seguir invicto.
Los espectadores silenciosos se miraron justo cuando se les unía una tercera persona; Miley. Nick se llevó un dedo a la boca y le indicó que no hiciera ruido.
—¿Qué? —susurró Miley, asomando los ojos por el borde de la ventana. Apenas veía la parte posterior de la cabeza de Joseph —. ¿Ya se lo ha dicho o no?
Nick rió en silencio.
—No. Todavía le está dorando la píldora —respondió en voz baja.
Mark se acercó a Miley y le habló al oído.
—Joder con el tío... Es una fiera.
Miley asintió, divertida. A ella no le cabía ninguna duda. Para despertar semejante interés en Demi, y conservarlo, tenía que serlo.
Joseph sintió que su corazón empezaba a latir con mucha más fuerza.
—Tres meses y veintiún días —volvió a puntualizar él, con su tono suave.
Ella abrió los ojos. Lo miró con una especie de sonrisa traviesa.
—¿Llevas la cuenta?
Joseph se inclinó hacia ella, la besó en los labios suavemente.
—Claro. Llevo todas tus cuentas, no solamente las profesionales.
Demi movió la cabeza hacia afuera de la hamaca, buscando poner suficiente distancia entre los dos para poder verlo bien. Sonrió entre interrogante y traviesa.
—¿Lo dices en serio?
Él volvió a besarla. Esta vez el beso fue más largo. Y correspondido.
—Claro —repitió él mientras se apartaba, y volvía a su posición original.
—¿Todas-todas-todas? —preguntó ella con picardía. Él volvió a asentir. Entonces, la expresión pícara de Demi se transformó en sorpresa—. Vaya, ¿hay algo que no sepas de mí?
Tras la ventana de la cocina, Nick se volvió de espaldas muerto de risa. No podía creer lo que acababa de oír.
Mark se acercó a Miley.
—¿Quiso decir...? —le preguntó con ojos alucinados.
Miley se encogió de hombros, roja como un tomate y a la vez, muerta de risa.
—Eso parece...
“Jo-der”, fue la única, pero sumamente gráfica palabra que pronunció Mark.
En el porche, Joseph miraba a su chica con aire divertido. ¿Había hecho que Demi Brady se sintiera violenta?
—Estás dándole vueltas a algo... —respondió él, entrelazando sus dedos con los de Demi —. ¿Por qué no lo sueltas de una vez?
Demi respiró hondo y apartó la mirada. Joseph la estrechó fuerte, acunándola en sus brazos.
—Sé muchas cosas de ti, pero algunas necesito oírtelas decir aunque las sepa... Dímelo, bombón, por favor —susurró él, hablándole al oído.
Ella le pasó ambos brazos alrededor del cuello y se abrazó fuerte a él.
“Bombón”, otra vez. Cada vez que escuchaba aquella palabrita….
—Quédate conmigo esta semana —pidió Demi, tan bajito que casi ni ella misma se oyó.
—Dilo más alto, Demi.
Ella lo repitió apenas un poco más fuerte, y lo miró con las mejillas arreboladas.
—¿Aquí? ¿Toda la semana? —preguntó él, comiéndosela con los ojos.
Demi asintió roja como un tomate.
—Solo si tú quieres... —añadió casi en un murmullo inaudible.
—Quiero —respondió él, colándose en su boca apasionadamente—. Claro que quiero.
¿Qué estáis...
Eileen calló tan pronto vio las señas que le hacían los tres espectadores silenciosos.
Pero ya era tarde.
Demi se había incorporado y con una ceja alzada miraba a Miley, que tentada de la risa, se asomaba a la ventana para oír mejor justo cuando Eileen entraba en la cocina y los descubría.
—¿Querías algo? —le preguntó Demi, burlona.
Miley negó varias veces con la cabeza.
—Seguid a lo vuestro. Pasaba por aquí, y...
En aquel momento, el cojín granate de la hamaca se estampó en su cara, impidiéndole acabar la frase.

♦ ♦ ♦ ♦ ♦

Un buen rato después, todavía duraban las risas en el salón.
Y Joseph y Demi continuaban abrazados en la hamaca.
Tres meses y veintiún días con aquel hombre alucinante... A Demi le parecía más, como si siempre hubiera sido así. Casi no recordaba como eran sus días antes de tener a Joseph. Se sentía francamente bien con él, a gusto. Daba igual lo que hicieran o dónde estuvieran. Nunca se había sentido así.
Ella volvió a mirarlo. Él tenía con la cabeza recostada sobre el cojín granate —que había regresado como un bumerán desde la ventana de la cocina, tan pronto Miley se recuperó del shock—. Tomaba el sol, con una expresión de puro relax en la cara...
—Me gusta como eres… —dijo ella en voz baja. Él sonrió y apretó el abrazo brevemente, solo un poco, luego lo relajó.
Demi continuó atenta a él, que permaneció inmóvil, con los ojos cerrados.
—Quiero decir… tu ternura —añadió en el mismo tono de voz baja, íntima.
Él escondió detrás de una sonrisa pícara y un comentario insinuante la súbita aceleración de los latidos de su corazón.
—¿En la cama también? —susurró él, y matizó sonriendo—. Bueno… de pie, en la bañera o sobre la mesa, quiero decir… Ya me entiendes.
Demi se estiró un poco y le besó el mentón, suavemente.
—Tu ternura me encanta. Siempre. Allí, más.
Su corazón ahora latía frenético. Joseph se preguntó si tenía alguna posibilidad de responder sin que lo que sentía resultara evidente. No lo creía, pero aún así lo intentó.
Abrió un ojo y la miró divertido
—¿En serio? —le preguntó con una sonrisa feliz.
—Muy en serio.
Esta vez la sonrisa de Joseph fue inmensa. Se moría de ganas de comérsela a besos, pero no lo hizo.
—¡Qué bien! —respondió él con suavidad. Luego, la acomodó mejor entre sus brazos y volvió a disfrutar del sol más feliz que unas pascuas.
Cuanto Demi más lo miraba, más ideal lo encontraba.
—Estamos bien juntos, ¿no? —se animó a preguntarle, y permaneció mirándolo atentamente. No quería perderse ni un solo gesto.
Lo vio abrir los ojos perezosamente y supo la respuesta antes de oírla en palabras.
Lo supo cuando sintió la intensidad de sus ojos azules enfocar en ella, y llegarle directamente al corazón.
—Estamos muy bien juntos, bombón —y esta vez, después de las palabras tiernas vino un beso, pequeño, suave, en la punta de la nariz.
Demi sonrió satisfecha, suspiró y volvió a abrazarse a él.
Y continuó disfrutando de la tarde soleada y de todas aquellas sensaciones tan nuevas como intensas.
No esperaba que fueran eternas. En muchos sentidos, ella seguía siendo como el viento.
Pero por primera vez en veintiséis años, Demi tenía la sensación de que si algún día decidía recoger velas y atracar en un puerto, ese puerto sería él.
Sería él, sí; Joseph, el vikingo que la llamaba “bombón”.

Fin 

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