Demi decidió no tomar un avión en Nápoles sino
un taxi hasta Roma. Compró el primer billete de avión que encontró para volver
a Sidney. Cuando llegó, destrozada, se quedó durante una semana con Elizabeth,
sin apenas salir de su habitación. Tenía los ojos rojos de tanto llorar y se
estaba quedando cada día más delgada.
Cuando ya llevaba siete días en su casa,
Elizabeth se sentó en la cama de Demi y frunció el ceño, preocupada.
—Vamos, Nina. No te quedes aquí tumbada. Ve y
dile cómo te sientes. En el periódico de ayer decían que ha vuelto a la ciudad.
—No puedo —sollozó Demi.
—Sí que puedes —insistió su amiga—. Le quieres
a él y quieres a Georgia. El necesita saberlo.
—Él me odia.
— ¿Cómo lo sabes? Tal vez las cosas hayan
cambiado. ¿Quién sabe? Una buena dosis de Nadia quizá le haya abierto los ojos.
—Es mi culpa, por no haberle dicho la verdad
desde un principio. Tiene todo el derecho de estar enfadado. Se casó con la
mujer que no era.
— ¡Vaya estupidez! —dijo Elizabeth—. Si me
pides mi opinión, se casó con la mujer que debía. Tú tienes todo lo que él
necesita. Eres leal y fiel y prefieres hacerte daño a ti misma antes que
hacérselo a otra persona. ¿Qué más puede desear un hombre?
—Quisiera poder decirle cómo me siento —dijo Demi,
con la emoción reflejada en la cara.
—Hazlo —Elizabeth le acercó el teléfono—.
Llámale y dile que quieres verle.
Demi se quedó mirando el teléfono durante un
largo rato.
—Vamos —insistió Elizabeth—. Dime su teléfono y
yo lo marcaré por ti.
—No... no. Le llamo yo —dijo Demi, tomando el
teléfono con una mano temblorosa.
— ¡Muy bien! —Elizabeth le dirigió una sonrisa
esperanzadora—. Me marcho para que llames tranquila. Buena suerte —dijo desde
la puerta.
Demi le dirigió una tímida sonrisa a su amiga y
empezó a marcar el número de teléfono.
— ¿Demi? —contestó Lucía—. ¡Dio! ¿Dónde estás?
¡Hemos estado tan preocupados! Georgia no duerme y Joe está...
— ¿La niña está bien? —preguntó
entrecortadamente Demi.
—Echa de menos a su madre —dijo Lucía.
— ¿Dónde está Nadia?
—A esa madre no... a ti. Tu hermana agarró el
dinero y se marchó —dijo Lucía indignada.
— ¿Qué dinero?
—El dinero que pidió a cambio de Georgia —le
informó Lucía.
—Y... ¿Joe? ¿Cómo... cómo está? —preguntó Demi
con los ojos cerrados. Está enfadado.
—Ya lo sé —Demi se mordisqueó el labio—. Él no tiene
la culpa.
— ¿Dónde estás? —preguntó Lucía—. Él querrá
verte. —Me dijo que no quería verme nunca más.
—Eso era entonces. Ahora es distinto. Ven esta
noche. Me llevaré a Georgia a mi casa para que vosotros dos podáis arreglar las
cosas.
—No sé si se pueden arreglar.
—Simplemente ven, Demi. Es aquí donde debes
estar.
Demi estaba sentada en el sofá en la casa de Joe,
cuando oyó que su coche llegaba. Había estado una hora con Georgia antes de que
Lucía se la llevara con ella a su casa. Cuando oyó que se abría la puerta del
salón, se levantó nerviosa.
Joe se quedó paralizado cuando vio a Demi. Se quedó
pálido.
— ¿Demi? —dijo acercándose a ella—. ¿Eres tú? —Sí,
soy yo.
—No estaba seguro... —Joe se revolvió el pelo Esperaba
a tu hermana. Ha llamado hoy, pidiendo más dinero.
— ¿Qué le has dicho?
—No puedo decir mucho hasta que los papeles de
la adopción estén en regla —contestó Joe mirándola fugazmente.
— ¿Te está permitiendo adoptar a Georgia? —Sí,
por un precio, desde luego. —Desde luego.
— ¿Por qué estás aquí? —preguntó Joe, mirándola
de nuevo.
—Quería ver a Georgia.
— ¿Eso es todo? —Joe sostuvo la mirada de Demi
durante unos interminables segundos.
—No —Demi respiró profundamente—. Quería verte
a ti también.
— ¿Por qué? —preguntó como si creyera que ella
también le iba a pedir dinero.
—Quería decirte que siento lo que hice. Pensaba
que estaba haciendo lo mejor para Georgia pero... ahora me doy cuenta de lo
equivocada que estaba. Pensaba que me la ibas a quitar, pero ahora sé que no
eres el hombre duro que aparentas ser. Eres... —tuvo que parar por un sollozo—.
Eres el hombre más maravilloso que jamás he conocido.
—Tú eres la madre de Georgia de una manera que
tu hermana nunca podrá ser —dijo Joe emocionado—. No debí hablarte de la manera
en que lo hice. Estaba tan enfadado por cómo me habías engañado, que no me paré
a pensar en lo que has tenido que sacrificar para proteger a Georgia de Nadia.
— ¿Q... qué quieres decir?
—Te entregaste a mí. No tenía ni idea de lo que
estabas haciendo en aquel momento. Simplemente pensé que habías tenido un parto
difícil, jamás pensé que fueras virgen.
Demi se enrojeció y miró hacia otro lado.
—No —Joe se acercó a ella y la abrazó—. No me
escondas más la verdad. Te entregaste a mí y quiero saber por qué.
—Yo... Demi apartó su mirada de la de Joe—. No
lo pude evitar. Nunca antes me había sentido así. Creo que me enamoré de ti
aquel primer día que fuiste a mi piso.
—He sido injusto contigo de una manera tan
detestable. ¿Cómo puedes amarme? —preguntó Joe, apoyando su cabeza en el cuello
de Demi.
—Simplemente te amo. No hay ninguna razón.
Simplemente te amo.
—No me puedo creer lo que estoy oyendo.
¿Quieres decir que me perdonas lo que te dije? —preguntó Joe atormentado.
—Estabas enfadado.
—No sólo enfadado —admitió arrepentido—.
¡Estaba tan herido! Te imaginaba riéndote a mis espaldas por cómo me habías
engañado.
— ¿Creía que dijiste que nunca permitirías que
te hicieran daño?
—No eres la única que puede mentir. Claro que
me hiciste daño. Me había enamorado de ti a pesar de pensar que eras como tu
hermana; a veces te comportabas como ella.
— ¿Y aun así te enamoraste de mí?
— ¿Cómo no me iba a enamorar de ti? Eras
siempre tan cariñosa con Georgia y te portabas conmigo maravillosamente.
Suspiraba por ti día y noche y, mientras que me odiaba a mí mismo por ser tan
débil, no podía evitar tocarte —dijo Joe, atrayéndola hacia sí.
—No me puedo creer que me quieras —suspiró Demi,
apoyada en el pecho de Joe. —Pues será mejor que te lo creas. Me he vuelto loco
tratando de encontrarte. No he comido ni dormido durante días.
—Yo tampoco. Te he echado tanto de menos —Demi
le sonrió.
—He estado tumbado despierto en la cama,
angustiándome por el modo en que te insulté. Eres la persona más maravillosa
que conozco y he sido un tonto en no darme cuenta desde un principio —dijo Joe
muy seriamente.
—No seas tan duro contigo. Yo fui la que me
equivoqué. Te debería de haber dicho la verdad desde el principio.
—Yo te incité a actuar de esa forma, cara —dijo
Joe con arrepentimiento—. Me doy cuenta ahora. No permití que me demostraras
cómo eras.
—Pero eso ya es el pasado —dijo Demi—. Nos
tenemos el uno al otro y tenemos a Georgia.
—Pero tú has perdido tantas cosas —dijo Joe, de
nuevo muy serio—. Una boda por la iglesia y una luna de miel. No sé cómo voy a
ser capaz de empezar a recuperar esas cosas para ti.
—No me importa tanto la boda como la luna de
miel. ¿Cuándo nos podemos ir? —Demi sonrió y se acurrucó en Joe.
— ¿Qué te parece si nos vamos ahora mismo? —preguntó
Joe sonriendo, levantado a Demi en sus brazos.

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