Había
semanas enteras de su vida de las que Demi no podía dar cuenta: ni siquiera
recordaba donde había estado. Muchas veces Joseph la había recogido semiinconsciente en
algún local. Eso, cuando alguien la reconocía y le avisaba, o ella misma —en un
flash de conciencia— marcaba la memoria de su móvil.
Muchas otras, de las que Joseph no tenía
conocimiento, Demi se despertaba en una cama que no era la suya, medio desnuda,
en compañía de gente desconocida —a veces hombres, otras mujeres— y volvía al
hotel de turno por su propio pie…. Que aún continuara viva y sana, le parecía
un milagro. Que no se hubiera quedado embarazada, un montón de suerte.
Solo el
pensamiento de lo que debió haber sido para él verla convertida en semejante
piltrafa, le resultaba insoportable…
Era
necesario que hablara con Joseph.
Decirle que lamentaba haberle hecho pasar por eso, intentar recuperar lo que
tenían. Llevaban juntos toda la vida, las cosas no podían quedar así.
Demi volvió
a tomar a su padre del brazo y reanudaron camino hacia la casa.
—Sí
—concedió ella—. Es una buena decisión que pienso celebrar zampándome un buen
trozo de tarta de cerezas…. ¡Y a la línea, que le den pomada!
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Demi se echó
un último vistazo en el cristal del escaparate, y respiró hondo. Después de
cinco semanas de cuidados maternales, los colores habían regresado a sus
mejillas, y había ganado un par de kilos. Tenía el mismo aspecto de la Demi normal,
la de antes de convertirse en una diva caprichosa.
Aprovechó la
salida de un vecino para entrar al elegante edificio donde vivía Joseph deseando
que él estuviera en casa
— ¡Señorita Demi!
¿Qué tal está? —la saludó una voz que le resultó familiar cuando se disponía a
entrar al ascensor.
Era el
encargado del edificio.
—¡Hola! Muy
bien…
Sonrió sin
saber muy bien qué más decir. La idea de ver a Joseph ya la ponía lo bastante nerviosa como
para pensar en hacer relaciones públicas con un hombre al que había visto diez
veces en toda su vida.
—¿Qué la
trae por aquí? ¡No me diga que le echó el ojo al piso que está en venta!
¿Planea mudarse al edificio?
Demi se tocó
el cabello, incómoda, y sonrió. —No, no… Venía a ver a Joseph.
El hombre la
miró confuso.
—El señor Jonas
no vive aquí desde hace dos meses. Creí que lo sabía —añadió al ver la
expresión de Demi.
Ella se
quedó cortada. No entendía nada. Si no vivía allí, ¿dónde?
—Cierto…
—dijo para salir del paso—. ¡Qué despistada! Algo me comentó hace tiempo… Pero
no volvimos a hablar del tema así que imaginé que lo había pospuesto… Vaya, voy
a tener que mandarle los papeles por mensajero, tiene que firmarlos hoy…
—Pues va a
ser difícil —replicó él—. Vive en Nashville. Nashville de Tennessee, no el de
Arkansas.
Una
sensación fría, desagradable, recorrió el cuerpo de Demi e no podrá firmarlos
hoy… —se encogió de hombros—. Entonces, me voy...
Demi abandonó
el edificio a toda prisa y caminó sin rumbo fijo intentando centrarse y
entender. ¿Cómo que Joseph se había ido a otro estado? ¿A hacer qué?
“Esto es de
locos”, pensó, y se detuvo un momento. Se recostó contra la pared, intentando
decidir qué hacer.
Que él se
hubiera ido, le resultaba como el punto final, el carpetazo de Joseph a una etapa
de su vida. No solamente no había vuelto a intentar hablar con ella desde aquel
día, como para que no cupiera ninguna duda de que esta vez “se había acabado”
de verdad, había cambiado de vida, de casa, de trabajo. Y de estado.
Demi sacó el
móvil de su bolso y buscó el número de Joseph en la agenda.
Con cada ring, la respiración se le aceleraba un
poco más.
Sonó tres
veces; a la cuarta atendieron. Ella contuvo el aliento.
—Si… ¿quién es? —escuchó que le decían.
Demi cortó
sin decir una palabra.
Fue puro
impulso. Uno que había salido de sus entrañas, y del que no tomó conciencia
hasta varios segundos después.
No era Joseph quien había
atendido la llamada.
Era una
mujer.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Todo
continuaba igual en la cabaña de pesca, junto al río. Igual que la última vez
que Demi había estado allí, hacía años ya. Si acaso, más lleno de polvo y
telarañas.
Demi se
sentó en el viejo sofá de fieltro negro y apoyó la cabeza contra el respaldo.
Su mente
retrocedió seis años, cuando ella era simplemente Demi, la menor de los
hermanos Brady, la única hija mujer de John y Eileen, la compañera de salidas
de Miley...
Y la hermana
del mejor amigo de Joseph Jonas.
Habían sido
buenos tiempos. A pesar de que Nick jugaba a fútbol profesional desde hacía
tres años y ya no vivía en Camden, los cinco seguían reuniéndose cada vez que
el quarterback regresaba a casa de
vacaciones. Jugaban billar, iban de camping, hacían trekking o simplemente, se reunían en la cabaña, y cantaban.
Una sonrisa
se dibujó en la cara de Demi al recordarlo. Lo pasaban genial. Todo estaba
claro entonces: ella vivía en un sitio ideal, rodeada de gente que quería y la
quería, y aunque todavía seguía dudando acerca de a qué deseaba dedicarse en el
futuro, había empezado a hacer sus pinitos como modelo, y le iba bastante bien.
La “onda de
una piedra arrojada contra la superficie del remanso de su vida”, como solía
decir Miley, siempre tan poética ella, había introducido una variante en su
patrón.
Y lo había
cambiado todo en un instante.
Era un
viernes de verano y como siempre, Demi estaba en El Gato Negro, con su familia.
Aquella noche había actuación especial. Se trataba de Shirley Rivas, una
americana con ascendencia española que cantaba folk como los ángeles. Sus
músicos llegaron a tiempo; la cantante no:
un pinchazo estampó su coche contra
el guardarraíl de la I-40 Oeste, a pocos kilómetros de Little Rock. Salvó su
vida, pero jugó de factor x en la
ecuación de otra existencia, la de Demi.
Ella cantaba
desde siempre y en todas partes: la ducha, la cocina, la cabaña, en la iglesia
los domingos... Y aquella noche, también en El Gato Negro, ante una audiencia
que la escuchaba atentamente, entre quienes había algunas caras importantes del
negocio de la música que se habían desplazado al lugar para escuchar cantar
folk como los ángeles, y acabaron escuchando un country diferente, al estilo Demi.
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