miércoles, 22 de mayo de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 17



Había semanas enteras de su vida de las que Demi no podía dar cuenta: ni siquiera recordaba donde había estado. Muchas veces Joseph la había recogido semiinconsciente en algún local. Eso, cuando alguien la reconocía y le avisaba, o ella misma —en un flash de conciencia— marcaba la memoria de su móvil.
 Muchas otras, de las que Joseph no tenía conocimiento, Demi se despertaba en una cama que no era la suya, medio desnuda, en compañía de gente desconocida —a veces hombres, otras mujeres— y volvía al hotel de turno por su propio pie…. Que aún continuara viva y sana, le parecía un milagro. Que no se hubiera quedado embarazada, un montón de suerte.
Solo el pensamiento de lo que debió haber sido para él verla convertida en semejante piltrafa, le resultaba insoportable…
Era necesario que hablara con Joseph. Decirle que lamentaba haberle hecho pasar por eso, intentar recuperar lo que tenían. Llevaban juntos toda la vida, las cosas no podían quedar así.
Demi volvió a tomar a su padre del brazo y reanudaron camino hacia la casa.
—Sí —concedió ella—. Es una buena decisión que pienso celebrar zampándome un buen trozo de tarta de cerezas…. ¡Y a la línea, que le den pomada!
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Demi se echó un último vistazo en el cristal del escaparate, y respiró hondo. Después de cinco semanas de cuidados maternales, los colores habían regresado a sus mejillas, y había ganado un par de kilos. Tenía el mismo aspecto de la Demi normal, la de antes de convertirse en una diva caprichosa.
Aprovechó la salida de un vecino para entrar al elegante edificio donde vivía Joseph deseando que él estuviera en casa
— ¡Señorita Demi! ¿Qué tal está? —la saludó una voz que le resultó familiar cuando se disponía a entrar al ascensor.
Era el encargado del edificio.
—¡Hola! Muy bien…
Sonrió sin saber muy bien qué más decir. La idea de ver a Joseph ya la ponía lo bastante nerviosa como para pensar en hacer relaciones públicas con un hombre al que había visto diez veces en toda su vida.
—¿Qué la trae por aquí? ¡No me diga que le echó el ojo al piso que está en venta! ¿Planea mudarse al edificio?
Demi se tocó el cabello, incómoda, y sonrió. —No, no… Venía a ver a Joseph.
El hombre la miró confuso.
—El señor Jonas no vive aquí desde hace dos meses. Creí que lo sabía —añadió al ver la expresión de Demi.
Ella se quedó cortada. No entendía nada. Si no vivía allí, ¿dónde?
—Cierto… —dijo para salir del paso—. ¡Qué despistada! Algo me comentó hace tiempo… Pero no volvimos a hablar del tema así que imaginé que lo había pospuesto… Vaya, voy a tener que mandarle los papeles por mensajero, tiene que firmarlos hoy…
—Pues va a ser difícil —replicó él—. Vive en Nashville. Nashville de Tennessee, no el de Arkansas.
Una sensación fría, desagradable, recorrió el cuerpo de Demi e no podrá firmarlos hoy… —se encogió de hombros—. Entonces, me voy...
Demi abandonó el edificio a toda prisa y caminó sin rumbo fijo intentando centrarse y entender. ¿Cómo que Joseph se había ido a otro estado? ¿A hacer qué?
“Esto es de locos”, pensó, y se detuvo un momento. Se recostó contra la pared, intentando decidir qué hacer.
Que él se hubiera ido, le resultaba como el punto final, el carpetazo de Joseph a una etapa de su vida. No solamente no había vuelto a intentar hablar con ella desde aquel día, como para que no cupiera ninguna duda de que esta vez “se había acabado” de verdad, había cambiado de vida, de casa, de trabajo. Y de estado.
Demi sacó el móvil de su bolso y buscó el número de Joseph en la agenda.
Con cada ring, la respiración se le aceleraba un poco más.
Sonó tres veces; a la cuarta atendieron. Ella contuvo el aliento.
Si… ¿quién es? —escuchó que le decían.
Demi cortó sin decir una palabra.
Fue puro impulso. Uno que había salido de sus entrañas, y del que no tomó conciencia hasta varios segundos después.
No era Joseph quien había atendido la llamada.
Era una mujer.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦

Todo continuaba igual en la cabaña de pesca, junto al río. Igual que la última vez que Demi había estado allí, hacía años ya. Si acaso, más lleno de polvo y telarañas.
Demi se sentó en el viejo sofá de fieltro negro y apoyó la cabeza contra el respaldo.
Su mente retrocedió seis años, cuando ella era simplemente Demi, la menor de los hermanos Brady, la única hija mujer de John y Eileen, la compañera de salidas de Miley...
Y la hermana del mejor amigo de Joseph Jonas.
Habían sido buenos tiempos. A pesar de que Nick jugaba a fútbol profesional desde hacía tres años y ya no vivía en Camden, los cinco seguían reuniéndose cada vez que el quarterback regresaba a casa de vacaciones. Jugaban billar, iban de camping, hacían trekking o simplemente, se reunían en la cabaña, y cantaban.
Una sonrisa se dibujó en la cara de Demi al recordarlo. Lo pasaban genial. Todo estaba claro entonces: ella vivía en un sitio ideal, rodeada de gente que quería y la quería, y aunque todavía seguía dudando acerca de a qué deseaba dedicarse en el futuro, había empezado a hacer sus pinitos como modelo, y le iba bastante bien.
La “onda de una piedra arrojada contra la superficie del remanso de su vida”, como solía decir Miley, siempre tan poética ella, había introducido una variante en su patrón.
Y lo había cambiado todo en un instante.
Era un viernes de verano y como siempre, Demi estaba en El Gato Negro, con su familia. Aquella noche había actuación especial. Se trataba de Shirley Rivas, una americana con ascendencia española que cantaba folk como los ángeles. Sus músicos llegaron a tiempo; la cantante no: 
un pinchazo estampó su coche contra el guardarraíl de la I-40 Oeste, a pocos kilómetros de Little Rock. Salvó su vida, pero jugó de factor x en la ecuación de otra existencia, la de Demi.
Ella cantaba desde siempre y en todas partes: la ducha, la cocina, la cabaña, en la iglesia los domingos... Y aquella noche, también en El Gato Negro, ante una audiencia que la escuchaba atentamente, entre quienes había algunas caras importantes del negocio de la música que se habían desplazado al lugar para escuchar cantar folk como los ángeles, y acabaron escuchando un country diferente, al estilo Demi.

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