sábado, 25 de mayo de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 22



— Demi es una fiera, señora mía, como otra mujer que conozco que, justamente, tiene los mismos ojos preciosos —Eileen lo miró de reojo y sonrió de mala gana. Optimismo imbatible, confianza inquebrantable. Ese era John Brady en todo su esplendor—. Sufre, sí. Se siente atrapada, puede que hasta vencida, pero tú y yo sabemos que saldrá adelante. Relájate, amor.
Eileen suspiró. ¿Cómo conseguía ver tan claro? Cuando se trataba de sus hijos, ella sencillamente, solo veía cómo se sentían. Lo recibía con cada célula de su cuerpo. Vibraba con ellos en los momentos álgidos de sus vidas; y en los otros momentos, sentía que se le abrían las carnes y su corazón lloraba desconsolado. Era así. Siempre había sido así.
John sonrió y la miró con picardía.
—Quizás en esa saca hay alguna cerilla que encienda la mecha... ¡Quién sabe!
“Ojalá”, deseó Eileen. “Ojalá encuentre la ilusión que necesita”.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
En la saca había cientos de cerillas.
Durante más de dos horas Demi tuvo la oportunidad de saber lo que ocurría en sus conciertos, del otro lado del escenario, en el espacio lleno de manos que aplaudían y caras que no alcanzaba a ver. Cientos de cerillas le permitieron mirarse a través de otros ojos y sentirse a través de otra piel.
Una encendió la mecha.
"...Mi chica no deja de decirme que es perder el tiempo, que te deben llegar millones de cartas por día y que si te dedicaras a leerlas, no te quedaría tiempo para otra cosa, pero me da igual.
En la prensa no dejan de decir montones de cosas sobre ti. Para mí son mentiras, como todo lo que dicen. 
Que lo dejas, que te metieron en un centro de desintoxicación, que hasta tu mánager se ha largado... ¿Quiénes son para machacar a la gente de esa manera? Me cabrean, de verdad.
Yo le digo a Sam, mi mujer, que estarás en las Bahamas retozando al sol con una buena piña colada en una mano, un macizo dándote cremita, disfrutando de unas merecidas vacaciones.
 Di que sí, chica. Si es así, tres ¡hurra! por ti, por el macizo y por las Bahamas. Llevas tres años de concierto en concierto, alegrándonos la vista además del oído a miles de personas de este país. Ya tocaba descansar.
Porque eso es lo que haces, Demi. Alegrarnos. Ninguno de esos periodistas capullos que escriben basura lo dice. Nunca lo dicen. Pero es así. Tengo todos tus CDs. Te escucho en el coche cuando voy a trabajar. Te escucho en casa, en las barbacoas con mis amigos o mi familia...
Y si no viviera en el fin del mundo, te iría a ver en vivo más seguido. ¡Hasta sonabas en el aire cuando le pedí a mi novia que se casara conmigo! ¡Sí! Me declaré a mi Sam mientras tú cantabas “Elígeme”, ¿qué te parece?
Hace un tiempo leí no sé dónde que vienes de una familia feliz. A lo mejor es un invento más, pero me cuadra. Tus canciones están llenas de buen rollo. Y tú... 
Bueno, seguro que no te digo nada que no hayas oído millones de veces, pero haces que salga el sol. En el buen sentido. Y en el otro también, pero no se lo digas a mi chica, que es muy celosa.
En serio, Demi, disfruta de tus vacaciones dondequiera que estés, recarga las pilas y vuelve a alegrarnos la vida, guapa. Si tú me prometes CD nuevo para cuando nazca mi primer hijo, el próximo verano, yo te prometo ir a verte en vivo más a menudo. ¿Hecho? Cuídate. Y vuelve..."
Demi volvió a plegar el folio y lo guardó en su sobre. Se llamaba James Miller y, efectivamente, vivía en un pueblito perdido de Arizona.

Y acababa de darle un buen par de sopapos y despertarla de un largo sueño. Uno que duraba casi seis años.

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