— Demi es
una fiera, señora mía, como otra mujer que conozco que, justamente, tiene los
mismos ojos preciosos —Eileen lo miró de reojo y sonrió de mala gana. Optimismo
imbatible, confianza inquebrantable. Ese era John Brady en todo su esplendor—.
Sufre, sí. Se siente atrapada, puede que hasta vencida, pero tú y yo sabemos
que saldrá adelante. Relájate, amor.
Eileen
suspiró. ¿Cómo conseguía ver tan claro? Cuando se trataba de sus hijos, ella
sencillamente, solo veía cómo se sentían. Lo recibía con cada célula de su
cuerpo. Vibraba con ellos en los momentos álgidos de sus vidas; y en los otros
momentos, sentía que se le abrían las carnes y su corazón lloraba desconsolado.
Era así. Siempre había sido así.
John sonrió
y la miró con picardía.
—Quizás en
esa saca hay alguna cerilla que encienda la mecha... ¡Quién sabe!
“Ojalá”,
deseó Eileen. “Ojalá encuentre la ilusión que necesita”.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
En la saca
había cientos de cerillas.
Durante más
de dos horas Demi tuvo la oportunidad de saber lo que ocurría en sus
conciertos, del otro lado del escenario, en el espacio lleno de manos que
aplaudían y caras que no alcanzaba a ver. Cientos de cerillas le permitieron
mirarse a través de otros ojos y sentirse a través de otra piel.
Una encendió
la mecha.
"...Mi
chica no deja de decirme que es perder el tiempo, que te deben llegar millones
de cartas por día y que si te dedicaras a leerlas, no te quedaría tiempo para
otra cosa, pero me da igual.
En la prensa
no dejan de decir montones de cosas sobre ti. Para mí son mentiras, como todo
lo que dicen.
Que lo dejas, que te metieron en un centro de desintoxicación,
que hasta tu mánager se ha largado... ¿Quiénes son para machacar a la gente de
esa manera? Me cabrean, de verdad.
Yo le digo a
Sam, mi mujer, que estarás en las Bahamas retozando al sol con una buena piña
colada en una mano, un macizo dándote cremita,
disfrutando de unas merecidas vacaciones.
Di que sí, chica. Si es así, tres
¡hurra! por ti, por el macizo y por las Bahamas. Llevas tres años de concierto
en concierto, alegrándonos la vista además del oído a miles de personas de este
país. Ya tocaba descansar.
Porque eso
es lo que haces, Demi. Alegrarnos. Ninguno de esos periodistas capullos que
escriben basura lo dice. Nunca lo dicen. Pero es así. Tengo todos tus CDs. Te
escucho en el coche cuando voy a trabajar. Te escucho en casa, en las barbacoas
con mis amigos o mi familia...
Y si no viviera en el fin del mundo, te iría a
ver en vivo más seguido. ¡Hasta sonabas en el aire cuando le pedí a mi novia
que se casara conmigo! ¡Sí! Me declaré a mi Sam mientras tú cantabas “Elígeme”,
¿qué te parece?
Hace un
tiempo leí no sé dónde que vienes de una familia feliz. A lo mejor es un
invento más, pero me cuadra. Tus canciones están llenas de buen rollo. Y tú...
Bueno, seguro que no te digo nada que no hayas oído millones de veces, pero
haces que salga el sol. En el buen sentido. Y en el otro también, pero no se lo
digas a mi chica, que es muy celosa.
En serio, Demi,
disfruta de tus vacaciones dondequiera que estés, recarga las pilas y vuelve a
alegrarnos la vida, guapa. Si tú me prometes CD nuevo para cuando nazca mi
primer hijo, el próximo verano, yo te prometo ir a verte en vivo más a menudo.
¿Hecho? Cuídate. Y vuelve..."
Demi volvió
a plegar el folio y lo guardó en su sobre. Se llamaba James Miller y,
efectivamente, vivía en un pueblito perdido de Arizona.
Y acababa de
darle un buen par de sopapos y despertarla de un largo sueño. Uno que duraba
casi seis años.
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