—Trabaja en
el rancho, querido. Tendría que ser una especie de Adonis para que me tentara
hasta ese extremo, y un moreno es muy difícil que me resulte un Adonis… Además,
entre nosotros —dijo hablando en confidencia—, esos tíos que no pueden hablar
con una mujer sin empalagarla, me da que solamente hablan, ya me entiendes.
—Ese tiene pinta de querer hacerte más cosas,
además de hablar.
—Que
“quiere” no tengo duda, que “pueda” es otra cuestión… Seguro que es de los que
a los cinco minutos ya se les ha mojado la pólvora. Cosa que, por otro lado, es
lo que suele ocurrir con la mayoría de los tíos hoy en día….
—¿En serio?
—Sí
—respondió ella, asintiendo con la cabeza como si estuviera diciendo la mayor
verdad del mundo—. Suele ser un visto y no visto.
Nick soltó
una carcajada y Miley, al final, también.
—Dejemos de
hablar de sexo, chaval. Tengo un montón de trabajo, poco tiempo y ningún
panorama interesante a la vista, ¿te parece?
—Pobrecita.
—Ni que lo
digas — Miley reanudó su marcha hacia el establo tirando de los caballos, y
cambió de tema—. ¿Nos veremos antes de los CMA?
Se refería a
la ceremonia de entrega de los Country
Music Awards, los premios más importantes de la música country, que se
celebraría en noviembre y a los que Demi estaba nominada como Mejor vocalista
mujer.
—No lo creo. Los partidos que jugamos de
visitante son en el fin del mundo… ¿Por qué no vienes tú?
—Claro, y a
la facultad va mi doble.
—Vente en avión y te quedas el fin de
semana...
—¿Tengo cara
de millonaria? Y además, ¿qué vas a hacer con tus chicas? —le preguntó
divertida—. No quiero acabar con un ojo negro, guapo. Y hay un par de ellas que
me tienen unas ganas bárbaras…
—Te invito yo —insistió él—. Fin de semana sin chicas, palabra.
—Mmm, no sé, no sé… Deja que me lo piense
¿vale?
—Los dos próximos fines de semana juego en
casa. Vente y nos organizamos un tour por Nashville de los que hacen época...
Nos lo vamos a pasar de miedo.
La idea de
Nashville le gustaba; verlo a él, más todavía.
—Me lo pienso,
¿vale?
—Vaaale.
—Y ahora te
dejo. Mis terneros me reclaman. Sé bueno.
—¡Qué remedio! Terry acaba de largarse…
Miley volvió
con sus terneros después de encerrar a los caballos, pero su mente continuaba
festejando la noticia.
Un fin de
semana en Nashville con Nick.
Se le reía
el corazón solo de pensarlo.
Dios, cuánto
lo echaba de menos.
Nick decía
que era su local favorito en Nashville. Llevaba funcionando cuatro años y
aunque los bares y locales de marcha brotaban como champiñones en la capital
mundial del country, el Club Perseus seguía al tope de la lista de preferencias
de los nashvilianos: buen ambiente, buena música, limpieza escrupulosa, los
mejores cócteles de la ciudad, y varios de ellos “sin una gota de alcohol”
puntualizaba Nick, que vivía a dieta sana desde los dieciséis.
Para Gillian, lo
más espectacular eran sus bóvedas acristaladas que dejaban ver parte del cielo
nocturno de Nashville. Aunque lo que acababa de entrar por la puerta, estaba a
punto de desbancarlas del primer puesto.
Miley se
acercó un poco a Nick y le habló al oído.
—¿Esto es
casual? —preguntó, divertida.
Nick la miró
con picardía y negó con la cabeza.
Ella miró en
la dirección de los lavabos. Demi aún no aparecía.
—¿Joseph
sabe que Demi está aquí? —añadió con ojitos ilusionados. Él asintió con
picardía—. Dios… ¡qué historia!
Joseph ya estaba allí, con su sonrisa seductora y
feliz de volver a ver a Miley.
—¡Hace
siglos que no te veía! —Exclamó ella, tomando la cara de Joseph entre sus
manos, loca de contenta—. ¿Estás bien?
—No me quejo
—respondió él, sonriendo—. ¡Y tú, has crecido!
Nick soltó
la risa.
—¿Esta
enana?
—No, son los
zapatos… —aclaró ella—. Las chicas a esta edad solamente crecemos de ancho…
—¿Qué bebes?
—invitó Nick —. ¿Jack Daniels?
Joseph
asintió. Miley notó que él disimuladamente echaba una mirada alrededor. Buscaba
a Demi, estaba claro.
Y cuando la
encontró, su expresión cambió completamente.
Miley codeó
a Nick. Era un espectáculo digno de ver. Como si, de pronto, todo lo demás se
hubiera borrado y solo existiera aquella mujer escultural de melena rubia
ensortijada, que aún en jeans y
chaqueta vaquera cortaba el aliento. Y no solo el de Joseph. Miradas golosas
llovían sobre ella de todas las direcciones mientras atravesaba el local hacia
la barra.
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