Le parecía
increíble que un extraño, en unos pocos párrafos, le pusiera delante de los
ojos la realidad de su propia vida. La que necesitaba ver. La que debió haber
visto desde el principio.
¿Por qué
había subestimado a la prensa? Machacaban a la gente, y ella les había servido
el martillo en bandeja siendo tan poco discreta.
¿Por qué
solamente daba conciertos en grandes ciudades? ¿Por qué sus fans tenían que
recorrer cientos de kilómetros para verla? Era gracias a ellos que había ganado
discos de platino y premios.
¿Por qué no
recibía la correspondencia de sus fans? La prensa se cebaba en ella, pero su
música se vendía igual. Lo que hacía, gustaba a quien tenía que gustar, a la
gente que escuchaba country. Ellos no le hablaban de tecnicismos, sino de lo
que sentían al oír sus canciones, de la alegría que éstas ponían en sus vidas.
Nunca había
pensado en ella misma de esa manera. Nunca había pensado que aquellas pudieran
ser más que eso; Era una sensación casi sobrecogedora, tomar conciencia del
efecto que aquellas canciones dulzonas que escribía desde que era una niña
tenían sobre la vida de otras personas. Aunque solo fuera durante un instante
de esas vidas, las marcaba. Ponía alegría. “Hacía salir el sol”.
Aquellos
pocos párrafos habían hecho que, por primera vez, tomara conciencia de que ser Demi
Brady, tenía un sentido, uno más allá de sí misma.
Cuando
Eileen y John la vieron entrar en la cocina con una sonrisa radiante,
reclamando su trozo de tarta de queso y moras, intercambiaron miradas de
alivio.
Y dieron
gracias a Dios y a Sharon por tener la brillante idea de desviar el correo al
rancho Brandy.
Durante
años, había alimentado las trituradoras de papel de las diferentes asistentes
de Demi.
Ahora,
alimentaría sus sueños.
El Gran Ole
Opry, cede de la 38ª edición de entrega de los Premios CMA, se venía abajo en aplausos mientras Demi abandonaba el
escenario, enfundada en un sobrio traje de pantalón negro y unos Manolos con
tacón de vértigo. Había ganado el premio a la mejor vocalista femenina del año,
pero recibirlo no era lo único que había sucedido durante los escasos minutos
que estuvo sobre el escenario.
También
había visto a Joseph, por la décima fila.
Acompañado.
Demi se las
ingenió para no dejar de sonreír mientras bajaba las escaleras y atravesaba el backstage por un corredor lleno de
colegas y conocidos que le daban la enhorabuena y se acercaban. Sonrió, puso
expresión de “ahora no puedo” y continuó andando con el premio en una mano y un
nudo en el estómago.
Entró en el
concurrido baño de señoras con la cabeza baja y una mano en la cara, fingiendo
que se le había metido algo en el ojo. Enfiló directo al cubículo que en aquel
momento quedó libre, y cerró la puerta.
Se sentía
como una idiota.
Había ganado
el premio, lo que quería decir que sus fans estaban reflotando su carrera, que
no estaba profesionalmente hundida, que aunque la crítica llevara meses
cebándose en ella, la gente seguía comprando su música.
Debía
sentirse agradecida, estimulada, aliviada...
Y en cambio,
se sentía idiota.
Idiota
porque volver a ver a Joseph, disfrutar de su compañía un rato, le había
resultado mucho más estimulante que la idea de quedarse con el premio.
Porque toda
ella, su peinado suelto y vaporoso, el traje, los tacones... Todo lo había
elegido cuidadosamente pensando en él. Quería ser la Demi que a él le gustaba.
Porque se
había pasado los últimos diez días, desde que habían hablado en aquel club de
Nashville, pensando en Joseph. Contando los minutos que quedaban para volver a
verlo, ansiosa como una quinceañera. Impaciente por explicarle su nuevo plan
profesional, y que a él le pareciera tan genial que no se lo pensara dos veces,
y aceptara volver a ser su mánager.
Y
desesperada por recuperar su compañía, sus modos amables, lo segura que se
sentía a su lado.
Más que
idiota. Imbécil.
Joseph no
había asistido solo. Se había llevado a una de sus infaltables acompañantes
perfectas.
A él le
importaba un pimiento su nuevo plan profesional, su traje negro y sus tacones.
Le importaba
un pimiento volver a estar con ella, ni como mánager ni de cualquier otra
forma.
Demi bajó la
cabeza, miró la mano con que sostenía el premio.
Estaba
temblando de rabia.
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