Pero el
sonido de la vieja campana que anunciaba la hora de la comida cuando el rancho
era una plantación, hacía más de un siglo, les sacó sonrisas a los dos y ambos
se apartaron un poco para mirar en dirección de la casa.
Entonces,
las sonrisas se transformaron en carcajadas.
Los Brady
hacían el monigote detrás de la ventana de la cocina, celebrando que acababan
de cazarlos en una exclusiva.
Y Miley, en
pleno porche, bailaba el baile de los egipcios, loca de alegría.
Epílogo
Camden, Arkansas.
Marzo de 2005.
Porche de la casa de la familia
Brady.
Demi movió
un poco la cabeza para poder verlo mejor, y sonrió. Joseph seguía con la suya
apoyada en el cojín granate de la hamaca, con los ojos cerrados. Los mechones
naturales más claros, casi blancos, que poblaban su melena rubia emitían
destellos bajo aquel sol de primavera.
—¿Vas a ir a
ver a los tuyos? —preguntó Demi mientras volvía a acomodarse contra el pecho de
Joseph, y lo abrazaba.
Él la
estrechó más fuerte y habló sin abrir los ojos.
—Hoy no. Hoy
pienso quedarme así, aquí, sin hacer nada más que tenerte pegada a mí.
Ella sonrió
traviesa.
—Suena bien.
—Suena
bestial —apuntó él, pero hizo algo.
Demi sintió
que una de sus manos se deslizaba por el costado de su brazo, en una caricia
descendente. La yema de los dedos de Joseph pasaron suavemente, de forma casi
inadvertida, sobre el perfil del pecho femenino, y siguieron camino hacia el
estómago.
Ella
suspiró. Se movió un poco hacia atrás, dejando el torso expuesto a las caricias
de aquella mano que sabía perfectamente cuándo, cómo y qué, como ninguna otra
mano masculina lo había sabido de ella jamás.
—Eres
observador... —dijo Demi, con voz perezosa mientras disfrutaba de los
movimientos de aquella mano que ahora, lentamente, describía círculos amplios
sobre su vientre.
—Gracias.
—Y
paciente... —añadió ella, envuelta en otro suspiro.
—Gracias.
—repitió él, seductor.
Sus ojos se
desplazaron del rostro de Demi al vientre que acariciaba sobre la camiseta
blanca. Tiró de ella con suavidad para sacarla de dentro de los vaqueros y
siguió acariciándola sobre la piel. Instintivamente, Demi se volvió
completamente de frente y apoyó su mano sobre la de él, acompañándo sus
caricias.
Detrás de la
ventana, Nick y Mark se cubrieron la boca en un esfuerzo por aguantar las
carcajadas y no delatar su presencia. Con un dedo, Mark tiró lentamente del
borde de una de las alas de la ventana para abrirla más.
Demi se echó
el cabello hacia atrás, y dejó su mano debajo de la cabeza, a modo de almohada.
Joseph sonrió. Esa faceta de mujer mimosa era nueva. Nueva incluso para ella
misma, alguien que había compartido intimidad con muchos hombres, y afectividad
con ninguno. Y como todo en ella, lo disfrutaba sin reparos.
—Eres
alucinante... —volvió a suspirar, y continuó hablando con los ojos cerrados y
una expresión placentera en la cara—. La mayoría de los tíos no tienen ni
idea...
Joseph quitó
la vista del vientre liso que acariciaba y se fijó en el rostro de Demi. Dejó
que las yemas de sus dedos se encargaran de las caricias. Ella se estremeció.
—Alucinante
se queda corto —corrigió él. Las caricias se deslizaron dentro de la cintura
del pantalón de Demi, apenas un poco, haciendo que ella volviera a
estremecerse—, pero gracias...
—Está claro
—volvió a suspirar—. Si no fuera así, no habrías podido durarme tres meses y
seguir invicto.
Los
espectadores silenciosos se miraron justo cuando se les unía una tercera persona;
Miley. Nick se llevó un dedo a la boca y le indicó que no hiciera ruido.
—¿Qué?
—susurró Miley, asomando los ojos por el borde de la ventana. Apenas veía la
parte posterior de la cabeza de Joseph —. ¿Ya se lo ha dicho o no?
Nick rió en
silencio.
—No. Todavía
le está dorando la píldora —respondió en voz baja.
Mark se
acercó a Miley y le habló al oído.
—Joder con
el tío... Es una fiera.
Miley
asintió, divertida. A ella no le cabía ninguna duda. Para despertar semejante
interés en Demi, y conservarlo, tenía que serlo.
Joseph
sintió que su corazón empezaba a latir con mucha más fuerza.
—Tres meses
y veintiún días —volvió a puntualizar él, con su tono suave.
Ella abrió
los ojos. Lo miró con una especie de sonrisa traviesa.
—¿Llevas la
cuenta?
Joseph se
inclinó hacia ella, la besó en los labios suavemente.
—Claro.
Llevo todas tus cuentas, no solamente las profesionales.
Demi movió
la cabeza hacia afuera de la hamaca, buscando poner suficiente distancia entre
los dos para poder verlo bien. Sonrió entre interrogante y traviesa.
—¿Lo dices
en serio?
Él volvió a
besarla. Esta vez el beso fue más largo. Y correspondido.
—Claro
—repitió él mientras se apartaba, y volvía a su posición original.
—¿Todas-todas-todas? —preguntó ella con
picardía. Él volvió a asentir. Entonces, la expresión pícara de Demi se
transformó en sorpresa—. Vaya, ¿hay algo que no sepas de mí?
Tras la
ventana de la cocina, Nick se volvió de espaldas muerto de risa. No podía creer
lo que acababa de oír.
Mark se
acercó a Miley.
—¿Quiso decir...?
—le preguntó con ojos alucinados.
Miley se
encogió de hombros, roja como un tomate y a la vez, muerta de risa.
—Eso
parece...
“Jo-der”, fue la única, pero sumamente gráfica
palabra que pronunció Mark.
En el
porche, Joseph miraba a su chica con aire divertido. ¿Había hecho que Demi Brady
se sintiera violenta?
—Estás
dándole vueltas a algo... —respondió él, entrelazando sus dedos con los de Demi
—. ¿Por qué no lo sueltas de una vez?
Demi respiró
hondo y apartó la mirada. Joseph la estrechó fuerte, acunándola en sus brazos.
—Sé muchas
cosas de ti, pero algunas necesito oírtelas decir aunque las sepa... Dímelo,
bombón, por favor —susurró él, hablándole al oído.
Ella le pasó
ambos brazos alrededor del cuello y se abrazó fuerte a él.
“Bombón”,
otra vez. Cada vez que escuchaba aquella palabrita….
—Quédate
conmigo esta semana —pidió Demi, tan bajito que casi ni ella misma se oyó.
—Dilo más
alto, Demi.
Ella lo
repitió apenas un poco más fuerte, y lo miró con las mejillas arreboladas.
—¿Aquí?
¿Toda la semana? —preguntó él, comiéndosela con los ojos.
Demi asintió
roja como un tomate.
—Solo si tú
quieres... —añadió casi en un murmullo inaudible.
—Quiero
—respondió él, colándose en su boca apasionadamente—. Claro que quiero.
—¿Qué estáis...
Eileen calló
tan pronto vio las señas que le hacían los tres espectadores silenciosos.
Pero ya era
tarde.
Demi se
había incorporado y con una ceja alzada miraba a Miley, que tentada de la risa,
se asomaba a la ventana para oír mejor justo cuando Eileen entraba en la cocina
y los descubría.
—¿Querías
algo? —le preguntó Demi, burlona.
Miley negó
varias veces con la cabeza.
—Seguid a lo
vuestro. Pasaba por aquí, y...
En aquel
momento, el cojín granate de la hamaca se estampó en su cara, impidiéndole
acabar la frase.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Un buen rato
después, todavía duraban las risas en el salón.
Y Joseph y Demi
continuaban abrazados en la hamaca.
Tres meses y
veintiún días con aquel hombre alucinante... A Demi le parecía más, como si
siempre hubiera sido así. Casi no recordaba como eran sus días antes de tener a
Joseph. Se sentía francamente bien con él, a gusto. Daba igual lo que hicieran
o dónde estuvieran. Nunca se había sentido así.
Ella volvió
a mirarlo. Él tenía con la cabeza recostada sobre el cojín granate —que había regresado
como un bumerán desde la ventana de la cocina, tan pronto Miley se recuperó del
shock—. Tomaba el sol, con una expresión de puro relax en la cara...
—Me gusta
como eres… —dijo ella en voz baja. Él sonrió y apretó el abrazo brevemente,
solo un poco, luego lo relajó.
Demi
continuó atenta a él, que permaneció inmóvil, con los ojos cerrados.
—Quiero
decir… tu ternura —añadió en el mismo tono de voz baja, íntima.
Él escondió
detrás de una sonrisa pícara y un comentario insinuante la súbita aceleración de
los latidos de su corazón.
—¿En la cama
también? —susurró él, y matizó sonriendo—. Bueno… de pie, en la bañera o sobre
la mesa, quiero decir… Ya me entiendes.
Demi se
estiró un poco y le besó el mentón, suavemente.
—Tu ternura
me encanta. Siempre. Allí, más.
Su corazón
ahora latía frenético. Joseph se preguntó si tenía alguna posibilidad de
responder sin que lo que sentía resultara evidente. No lo creía, pero aún así
lo intentó.
Abrió un ojo
y la miró divertido
—¿En serio?
—le preguntó con una sonrisa feliz.
—Muy en
serio.
Esta vez la
sonrisa de Joseph fue inmensa. Se moría de ganas de comérsela a besos, pero no
lo hizo.
—¡Qué bien!
—respondió él con suavidad. Luego, la acomodó mejor entre sus brazos y volvió a
disfrutar del sol más feliz que unas pascuas.
Cuanto Demi
más lo miraba, más ideal lo encontraba.
—Estamos
bien juntos, ¿no? —se animó a preguntarle, y permaneció mirándolo atentamente.
No quería perderse ni un solo gesto.
Lo vio abrir
los ojos perezosamente y supo la respuesta antes de oírla en palabras.
Lo supo
cuando sintió la intensidad de sus ojos azules enfocar en ella, y llegarle
directamente al corazón.
—Estamos muy bien juntos, bombón —y esta vez,
después de las palabras tiernas vino un beso, pequeño, suave, en la punta de la
nariz.
Demi sonrió
satisfecha, suspiró y volvió a abrazarse a él.
Y continuó
disfrutando de la tarde soleada y de todas aquellas sensaciones tan nuevas como
intensas.
No esperaba
que fueran eternas. En muchos sentidos, ella seguía siendo como el viento.
Pero por primera
vez en veintiséis años, Demi tenía la sensación de que si algún día decidía
recoger velas y atracar en un puerto, ese puerto sería él.
Sería él,
sí; Joseph, el vikingo que la llamaba “bombón”.
Fin

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