sábado, 6 de julio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 56




Curioso lugar para poner un espejo, ¿no? —añadió ella, con picardía.
Y muy oportuno.

En la pared, un espejo tipo vitral mostraba unas piernas impresionantes más allá del final de las medias. Mucho más allá. Donde se unían a dos nalgas desnudas que formaban el mejor trasero que había visto en su vida...

La mirada del vikingo empezó a evidenciar signos alarmantes de agitación. Demi sonrió satisfecha, y volvió a tamborilear los dedos. Joseph continuó enganchado a la visión del espejo.

—¿Sigues pensando que descomunal me describe bien? —le preguntó con desparpajo.

Él volvió a mirarla a los ojos. Negó con la cabeza y tragó saliva. Entonces, Demi se irguió, dio vuelta a la barra y se detuvo delante de él, invadiendo ostensiblemente su espacio vital.

—No soy descomunal —dijo con toda su sensualidad, sin un ápice de dulzura—. Descomunal era esa muñequita de quirófano que te llevaste a los CMA y necesitó ¿cuántas? ¿Diez operaciones, para poder menearse contigo del brazo por ahí?
—Eres un bombón —dijo él, fogoso.

Intentó abrazarla, pero ella lo esquivó instintivamente. Sentía su propio corazón acelerándose por segundos.
Bombón. Así solía llamarla antes, hacía siglos.

En general, no le gustaba cuando otros hombres se lo decían, pero en Joseph tenía otro sentido. O tal vez fuera su ternura, que hacía que todo fuera diferente cuando provenía de él. 

Pero hacía años que no la llamaba así, y al escucharlo, Demi se dio cuenta de lo mucho que echaba de menos lo que sentía cuando lo oía de sus labios.
Pero no podía decirlo. Ni mostrarlo.
No quería ternura.

—O sea, una tía buena... ¿Y ya? —se burló ella, que volvió a esquivarlo, esta vez con premeditación.

—El otro bombón —aclaró él, en un susurro—. Sensual, tentador y delicado por fuera… Increíblemente dulce, adictivo, por dentro...
Demi contuvo el aliento. Joseph aprovechó el segundo de inmovilidad para acortar distancias y colarse en su cuello, con besos húmedos, calientes.

—Eres como un bombón de chocolate con nueces relleno de cerezas al brandy. Lo mejor de ti está dentro, no fuera.
Por eso siempre le había sonado distinto en sus labios.
Porque era distinto. Como todo en aquel hombre increíble.
Distinto y perfecto.
Demi suspiró y volvió a apartarlo.

Él ya era lo bastante bueno a sus ojos, sin necesidad de decirle aquellas cosas que a su corazón le gustaban tanto como a sus oídos.
Joseph la tomó por la cintura y la atrajo hacia él, buscándola. Pero Demi se echó hacia atrás, apartándose un poco de él para poder mirarlo, y continuó hablando:

—¿Qué?, ¿entras en calor?
—¿Tú qué crees? —dijo él.

Jordan se inclinó sobre ella, la empujó contra la barra hasta que Demi dio contra el borde, y empezó a recorrerle el contorno con manos ávidas.

Ella volvió a estirarse hacia atrás para poder mirarlo. Notó que le brillaban los ojos y que su expresión se había teñido de deseo.
Pero aún no lo bastante.

—Te voy a decir lo que yo creo, Joseph —empezó ella, evitando con delicadeza sus besos que empezaban a ser muy calientes, sin conseguirlo del todo—. Creo que soy un cañonazo de mujer. Que llevo años poniéndotela dura sin necesidad de escotes ni provocación...

Joseph la besó. La obligó a callar, forzándola a abrir la boca, y enredó su lengua en la de Demi. Sus manos hicieron algo parecido entre sus piernas, haciéndola estremecer.

Al fin, ella consiguió apartarse un poco y siguió hablando. Hablaba, se estremecía, y seguía hablando, cada vez más bajo y más entrecortado.

Las caricias de Joseph no le concedieron la menor tregua.
—Creo... que te inspiro pensamientos salvajes... Dios... —echó la cabeza hacia atrás mientras la huella caliente de los labios de él le recorría el cuello, y una de sus manos se colaba dentro del tanga en una caricia sensual—. Creo... que si consiguieras olvidarte de... Dios...  

Joseph la alzó apasionadamente. Hizo que se sentara sobre la barra. A continuación, le separó las piernas con su propio cuerpo y se pegó a ella.

—¿Si consiguiera olvidarme de qué? —susurró él, en un murmullo caliente sobre la porción de canalillo que asomaba por el escote del vestido.

Demi respiró hondo. Con el movimiento, sus pechos se elevaron y los labios de Joseph se pegaron a su piel. Sintió que él abría la boca y empezaba a morderla. Eran mordiscos suaves, breves, calientes... Cada vez que él apretaba ligeramente los dientes, una corriente eléctrica la recorría entera, sacudiéndola.

—De que nos conocemos desde que éramos 
niños... —ella respiró hondo otra vez—. De mi familia. De que eres amigo de mi hermano... Si... —tragó saliva— consiguieras olvidar todo eso, creo que harías locuras... Me las harías a mí...

Demi se irguió. Tomó la cara de Joseph entre sus manos, obligándolo a mirarla. Cuando él, al fin, abrió los ojos cansadamente, lo que vio la hizo estremecer.
Había fuego en aquellos ojos.

—Creo todo esto —añadió, acariciándole el labio inferior con la yema del dedo. Él se las arregló para devolverle las caricias con la punta de la lengua sin perder el contacto visual—. Pero quiero verlo. Quiero sentirlo... Oírtelo decir —los dos se estremecieron—. Después, sé tierno. Ahora no, Joseph.

Hubo una pausa que a ella le pareció interminable, en la que temió haber sido demasiado directa.

Dios, no quería herirlo. Solamente...
Pero no ocurrió nada de eso, al contrario.

Tras la pausa fue como si el Joseph que ella conocía se hubiera ido y otro hubiera ocupado su lugar. Uno apasionado, vehemente, que se pegó a ella mientras la recorría ardientemente con sus manos y su boca, y a ratos, susurraba naderías entre suspiros.
Eres un bombón —le dijo empujándola sobre la barra con su propio cuerpo—. Un pedazo de mujer que me inspira mucho más que pensamientos salvajes...

Joseph apoyó una rodilla sobre la barra y se subió a ella ante la mirada ardiente de Demi. Le bajó la cremallera del vestido, y éste hasta la cintura, de un solo movimiento. Luego, apoyó apenas un dedo en su hombro, y sin dejar de mirarla, la empujó hasta que estuvo echada de espaldas sobre la barra. 

A medida que el cuerpo de Demi se desplazaba sobre la superficie metálica, las cosas que había en ella caían al suelo. Primero fue el cenicero, luego la cubitera, al final el vaso de bourbon de Joseph.

—Ponérsela dura a un tío es fácil… —continuó él, en un susurro.
Y empezó a bajar entre sus pechos con la punta de la lengua. Instintivamente, ella tomó su cabeza y la guió suavemente hacia abajo. Joseph tiró de los bordes del vestido hasta que se lo quitó completamente. Lo dejó caer en el suelo, y siguió su recorrido húmedo donde lo había dejado.

—Haces que no pueda mirarte sin volverme loco por desnudarte y meterme entre tus piernas... Haces que no pueda pensar más que en...

Jordan dejó de hablar.
Demi tragó saliva. No escuchaba más que los latidos de su propio corazón, retumbándole en el pecho, pero sentía con una intensidad enloquecedora... 

Sentía escalofríos que la recorrían de arriba a abajo con cada respiración caliente de él sobre su ombligo, con cada roce de sus labios, con cada caricia de sus manos. Como si todos los receptores nerviosos de su cuerpo hubieran decidido expresarse a un mismo tiempo y con una intensidad que bordeaba peligrosamente la demencia.

Joseph se incorporó un poco, y se quitó la camisa con movimientos precisos. Abrió el cinturón, el botón de la cintura y bajó la cremallera. 
Cuando sus ojos volvieron a Demi, ella miraba el bulto, mucho más evidente al liberar la presión de la cremallera cerrada. Y a continuación de su mirada, fue su mano, femenina y sensual, deslizándose por debajo de la cintura del slip.

—¿Decías...? —susurró Demi, sin dejar de acariciarlo.
Joseph respiró hondo y cogió la botella de Jack Daniels.

—Creo que necesito algo fuerte —admitió, en un suspiro largo.
Demi le dijo con la mirada que no se le ocurriera echarse atrás.
Joseph no tenía intención de hacer tal cosa. 

Extendió el brazo con el que sostenía la botella hasta que estuvo sobre el pecho femenino, le dio la vuelta y la sacudió un par de veces.

 Demi encogió los hombros instintivamente al sentir el contacto del bourbon frío sobre su piel ardiente. El líquido se deslizó hacia abajo por el centro de su cuerpo y rellenó el hueco de su ombligo. Joseph volvió a sacudir la botella sin dejar de mirarla a los ojos. El bourbon empezó a buscar otros caminos, rodeando sus pechos, cayendo por los costados de su abdomen, de su vientre...

Más movimientos instintos de los hombros, más escalofríos y una sensación ardiente que crecía entre sus piernas, cuando Joseph se inclinó sobre ella, y recorrió con la lengua los mismos caminos que antes había recorrido el licor.

Todos y cada uno de esos caminos.
—Pienso muy poco —continuó él, en susurros interrumpidos frecuentemente por besos pequeños—.

Cuando te tengo a tiro se me va la cabeza... Pero dos segundos antes de que se me vaya... pienso que haría cualquier cosa por volver a sentir cómo te estremeces cuando me tienes dentro... Por oír tus jadeos, esos gemidos que me vuelven loco... —se apartó un poco para mirarla, se acercó a sus labios y los lamió sensualmente—. Y como no quieres que ahora sea tierno, te pido disculpas de antemano... ¿Me disculpas por lo que voy a decir?

Demi se concentró en dejar de temblar y articular alguna palabra. Y como no pudo, lo miró con fuego en los ojos y asintió varias veces.
La mirada de Joseph se encendió, tragó saliva. Luego, le habló en un susurro caliente, apasionado, a diez centímetros de su cara mientras la miraba a los ojos.

—Voy a follarte hasta que tus gritos alerten a Seguridad. Voy a correrme en cada rincón de tu cuerpo y cuando ya no te queden fuerzas ni para pestañear, volveré a empezar. Hoy, bombón, te vas a enterar de las cosas que me inspiras... Y empiezo ya mismo. ¿Estás lista?

Demi no respondió.
No le salieron las palabras.

Solo pudo hacer lo que hizo: pegarse a él, colarse en su boca y besarlo apasionadamente.

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