Curioso
lugar para poner un espejo, ¿no? —añadió ella, con picardía.
Y muy
oportuno.
En la pared,
un espejo tipo vitral mostraba unas piernas impresionantes más allá del final
de las medias. Mucho más allá. Donde se unían a dos nalgas desnudas que
formaban el mejor trasero que había visto en su vida...
La mirada
del vikingo empezó a evidenciar signos alarmantes de agitación. Demi sonrió
satisfecha, y volvió a tamborilear los dedos. Joseph continuó enganchado a la
visión del espejo.
—¿Sigues
pensando que descomunal me describe
bien? —le preguntó con desparpajo.
Él volvió a
mirarla a los ojos. Negó con la cabeza y tragó saliva. Entonces, Demi se
irguió, dio vuelta a la barra y se detuvo delante de él, invadiendo ostensiblemente
su espacio vital.
—No soy
descomunal —dijo con toda su sensualidad, sin un ápice de dulzura—. Descomunal
era esa muñequita de quirófano que te
llevaste a los CMA y necesitó ¿cuántas? ¿Diez operaciones, para poder menearse
contigo del brazo por ahí?
—Eres un bombón —dijo él, fogoso.
Intentó
abrazarla, pero ella lo esquivó instintivamente. Sentía su propio corazón
acelerándose por segundos.
Bombón. Así solía
llamarla antes, hacía siglos.
En general,
no le gustaba cuando otros hombres se lo decían, pero en Joseph tenía otro
sentido. O tal vez fuera su ternura, que hacía que todo fuera diferente cuando
provenía de él.
Pero hacía años que no la llamaba así, y al escucharlo, Demi se
dio cuenta de lo mucho que echaba de menos lo que sentía cuando lo oía de sus
labios.
Pero no
podía decirlo. Ni mostrarlo.
No quería
ternura.
—O sea, una
tía buena... ¿Y ya? —se burló ella, que volvió a esquivarlo, esta vez con
premeditación.
—El otro bombón
—aclaró él, en un susurro—. Sensual, tentador y delicado por fuera…
Increíblemente dulce, adictivo, por
dentro...
Demi contuvo
el aliento. Joseph aprovechó el segundo de inmovilidad para acortar distancias
y colarse en su cuello, con besos húmedos, calientes.
—Eres como
un bombón de chocolate con nueces relleno de cerezas al brandy. Lo mejor de ti
está dentro, no fuera.
Por eso
siempre le había sonado distinto en sus labios.
Porque era distinto.
Como todo en aquel hombre increíble.
Distinto y
perfecto.
Demi suspiró
y volvió a apartarlo.
Él ya era lo
bastante bueno a sus ojos, sin necesidad de decirle aquellas cosas que a su
corazón le gustaban tanto como a sus oídos.
Joseph la
tomó por la cintura y la atrajo hacia él, buscándola. Pero Demi se echó hacia
atrás, apartándose un poco de él para poder mirarlo, y continuó hablando:
—¿Qué?,
¿entras en calor?
—¿Tú qué
crees? —dijo él.
Jordan se
inclinó sobre ella, la empujó contra la barra hasta que Demi dio contra el
borde, y empezó a recorrerle el contorno con manos ávidas.
Ella volvió
a estirarse hacia atrás para poder mirarlo. Notó que le brillaban los ojos y
que su expresión se había teñido de deseo.
Pero aún no
lo bastante.
—Te voy a
decir lo que yo creo, Joseph —empezó ella, evitando con delicadeza sus besos
que empezaban a ser muy calientes, sin conseguirlo del todo—. Creo que soy un cañonazo de mujer. Que llevo años
poniéndotela dura sin necesidad de escotes ni provocación...
Joseph la
besó. La obligó a callar, forzándola a abrir la boca, y enredó su lengua en la
de Demi. Sus manos hicieron algo parecido entre sus piernas, haciéndola
estremecer.
Al fin, ella
consiguió apartarse un poco y siguió hablando. Hablaba, se estremecía, y seguía
hablando, cada vez más bajo y más entrecortado.
Las caricias
de Joseph no le concedieron la menor tregua.
—Creo... que
te inspiro pensamientos salvajes... Dios...
—echó la cabeza hacia atrás mientras la huella caliente de los labios de él
le recorría el cuello, y una de sus manos se colaba dentro del tanga en una
caricia sensual—. Creo... que si consiguieras olvidarte de... Dios...
Joseph la
alzó apasionadamente. Hizo que se sentara sobre la barra. A continuación, le
separó las piernas con su propio cuerpo y se pegó a ella.
—¿Si
consiguiera olvidarme de qué? —susurró él, en un murmullo caliente sobre la
porción de canalillo que asomaba por
el escote del vestido.
Demi respiró
hondo. Con el movimiento, sus pechos se elevaron y los labios de Joseph se
pegaron a su piel. Sintió que él abría la boca y empezaba a morderla. Eran
mordiscos suaves, breves, calientes... Cada vez que él apretaba ligeramente los
dientes, una corriente eléctrica la recorría entera, sacudiéndola.
—De que nos
conocemos desde que éramos
niños... —ella respiró hondo otra vez—. De mi
familia. De que eres amigo de mi hermano... Si... —tragó saliva— consiguieras
olvidar todo eso, creo que harías locuras... Me las harías a mí...
Demi se
irguió. Tomó la cara de Joseph entre sus manos, obligándolo a mirarla. Cuando
él, al fin, abrió los ojos cansadamente, lo que vio la hizo estremecer.
Había fuego
en aquellos ojos.
—Creo todo
esto —añadió, acariciándole el labio inferior con la yema del dedo. Él se las
arregló para devolverle las caricias con la punta de la lengua sin perder el
contacto visual—. Pero quiero verlo. Quiero sentirlo... Oírtelo decir —los dos se estremecieron—. Después, sé tierno. Ahora
no, Joseph.
Hubo una
pausa que a ella le pareció interminable, en la que temió haber sido demasiado
directa.
Dios, no
quería herirlo. Solamente...
Pero no
ocurrió nada de eso, al contrario.
Tras la
pausa fue como si el Joseph que ella conocía se hubiera ido y otro hubiera
ocupado su lugar. Uno apasionado, vehemente, que se pegó a ella mientras la
recorría ardientemente con sus manos y su boca, y a ratos, susurraba naderías
entre suspiros.
—Eres un bombón —le dijo empujándola
sobre la barra con su propio cuerpo—. Un pedazo de mujer que me inspira mucho
más que pensamientos salvajes...
Joseph apoyó
una rodilla sobre la barra y se subió a ella ante la mirada ardiente de Demi.
Le bajó la cremallera del vestido, y éste hasta la cintura, de un solo
movimiento. Luego, apoyó apenas un dedo en su hombro, y sin dejar de mirarla,
la empujó hasta que estuvo echada de espaldas sobre la barra.
A medida que el
cuerpo de Demi se desplazaba sobre la superficie metálica, las cosas que había
en ella caían al suelo. Primero fue el cenicero, luego la cubitera, al final el
vaso de bourbon de Joseph.
—Ponérsela
dura a un tío es fácil… —continuó él, en un susurro.
Y empezó a
bajar entre sus pechos con la punta de la lengua. Instintivamente, ella tomó su
cabeza y la guió suavemente hacia abajo. Joseph tiró de los bordes del vestido
hasta que se lo quitó completamente. Lo dejó caer en el suelo, y siguió su
recorrido húmedo donde lo había dejado.
—Haces que
no pueda mirarte sin volverme loco por desnudarte y meterme entre tus
piernas... Haces que no pueda pensar más que en...
Jordan dejó
de hablar.
Demi tragó
saliva. No escuchaba más que los latidos de su propio corazón, retumbándole en
el pecho, pero sentía con una intensidad enloquecedora...
Sentía escalofríos
que la recorrían de arriba a abajo con cada respiración caliente de él sobre su
ombligo, con cada roce de sus labios, con cada caricia de sus manos. Como si
todos los receptores nerviosos de su cuerpo hubieran decidido expresarse a un
mismo tiempo y con una intensidad que bordeaba peligrosamente la demencia.
Joseph se
incorporó un poco, y se quitó la camisa con movimientos precisos. Abrió el
cinturón, el botón de la cintura y bajó la cremallera.
Cuando sus ojos
volvieron a Demi, ella miraba el bulto, mucho más evidente al liberar la
presión de la cremallera cerrada. Y a continuación de su mirada, fue su mano,
femenina y sensual, deslizándose por debajo de la cintura del slip.
—¿Decías...?
—susurró Demi, sin dejar de acariciarlo.
Joseph respiró
hondo y cogió la botella de Jack Daniels.
—Creo que
necesito algo fuerte —admitió, en un suspiro largo.
Demi le dijo
con la mirada que no se le ocurriera echarse atrás.
Joseph no
tenía intención de hacer tal cosa.
Extendió el brazo con el que sostenía la
botella hasta que estuvo sobre el pecho femenino, le dio la vuelta y la sacudió
un par de veces.
Demi encogió los hombros instintivamente al sentir el contacto
del bourbon frío sobre su piel
ardiente. El líquido se deslizó hacia abajo por el centro de su cuerpo y rellenó
el hueco de su ombligo. Joseph volvió a sacudir la botella sin dejar de mirarla
a los ojos. El bourbon empezó a
buscar otros caminos, rodeando sus pechos, cayendo por los costados de su
abdomen, de su vientre...
Más
movimientos instintos de los hombros, más escalofríos y una sensación ardiente
que crecía entre sus piernas, cuando Joseph se inclinó sobre ella, y recorrió
con la lengua los mismos caminos que antes había recorrido el licor.
Todos y cada
uno de esos caminos.
—Pienso muy
poco —continuó él, en susurros interrumpidos frecuentemente por besos
pequeños—.
Cuando te tengo a tiro se me va la cabeza... Pero dos segundos antes
de que se me vaya... pienso que haría cualquier cosa por volver a sentir cómo
te estremeces cuando me tienes dentro... Por oír tus jadeos, esos gemidos que
me vuelven loco... —se apartó un poco para mirarla, se acercó a sus labios y
los lamió sensualmente—. Y como no quieres que ahora sea tierno, te pido
disculpas de antemano... ¿Me disculpas por lo que voy a decir?
Demi se concentró
en dejar de temblar y articular alguna palabra. Y como no pudo, lo miró con
fuego en los ojos y asintió varias veces.
La mirada de
Joseph se encendió, tragó saliva. Luego, le habló en un susurro caliente,
apasionado, a diez centímetros de su cara mientras la miraba a los ojos.
—Voy a follarte hasta que tus gritos alerten a
Seguridad. Voy a correrme en cada rincón de tu cuerpo y cuando ya no te queden
fuerzas ni para pestañear, volveré a empezar. Hoy, bombón, te vas a enterar de
las cosas que me inspiras... Y empiezo
ya mismo. ¿Estás lista?
Demi no
respondió.
No le
salieron las palabras.
Solo pudo
hacer lo que hizo: pegarse a él, colarse en su boca y besarlo apasionadamente.

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