Joseph se
llevaba el vaso de bourbon a la boca
cuando la puerta de la habitación se abrió. En un segundo, la visión de aquella
mujer lo ocupó todo. No había nada más.
Volvió a
apoyar el vaso sobre la barra, y se puso de pie. Sus ojos, como si no fueran
suyos, hicieron sus propios planes para los próximos segundos.
Bajaron recto
por el cuello de aquella preciosidad de piel blanca, hacia el canal que había
entre sus pechos, que el escote de vértigo mostraba en detalle.
Luego,
lentamente, bajaron palmo a palmo por las formas voluptuosas que aquel vestido
de cuero negro —ceñido, cortísimo—, delineaba a la perfección.
Y
continuaron camino por unas piernas...
Impresionantes,
como todo en Demi, enfundadas en unas medias oscuras y plantadas sobre unas
sandalias con tacón de aguja.
Cuando su
mirada volvió a los ojos de Demi, Joseph sentía los latidos del corazón pulsando
en la sien.
Y no era lo
único que sentía pulsar.
Demi
recorrió la distancia que separaba la habitación de la barra con la seguridad
de una mujer que se sabe admirada. Joseph Wyatt babeaba por ella como todos los
demás hombres del universo, pero tenía algo que los demás no tenían, algo que
jamás ninguno había tenido; la tenía a ella.
Había habido muchos hombres en su
cama. En su vida, ninguno. Excepto Joseph, aquel magnífico ejemplar que ahora
la miraba exactamente como Demi había planeado que lo hiciera, con lujuria.
Y lo había
planeado porque eso era lo que quería de él y aún no tenía.
Tenía su
atención Joseph era un hombre gentil, atento por naturaleza y con ella, mucho
más.
Tenía su
admiración, podía leerla en sus ojos, sentirla en sus caricias.
Tenía su
ternura, para todo y en todo momento; Joseph era tierno con palabras o sin
ellas, siempre.
Pero lo que
no tenía era su locura. Por alguna razón que Demi no entendía, Joseph calentaba
motores como todos los otros hombres que había conocido en el plano íntimo,
pero llegado un punto, su ternura tomaba el relevo, y evaporaba todo rastro de
lujuria.
Era intenso,
sí. También apasionado. Y amarse físicamente era excitante, pero para una mujer
como ella resultaba claramente insuficiente. Tenía la sensación de que las
revoluciones de él iban demasiado bajas. O las de ella demasiado altas.
En esas
circunstancias, la ternura de Joseph la hacía sentir fuera de contexto. Tanto
que, invariablemente, Demi acababa desacelerando hasta su nivel, y luego,
lamentándolo.
Pero hoy
había decidido que no tendría piedad. Podía vivir sin la ternura de Joseph. Sin
sentirlo transpirando locura por cada poro de la piel, no.
Ya no.
Voy a por ti, guaperas, así que
junta aire.
Como si
hubiera oído los pensamientos de Demi, Joseph inspiró profundamente. A
continuación, esbozó una especie de sonrisa, mitad tierna, mitad sensual.
—Vaya...
Estás... preciosa —dijo masculino.
Pero no
pensó en “preciosa”.
Demi sonrió.
Descansó los codos sobre la barra, mirándolo divertida.
—¿Preciosa?
—preguntó. Apoyó la barbilla sobre una mano y dejó que el peso de su cuerpo
descansara sobre la barra-bar de su suite
.
Joseph bajó
la mirada; de unos ojos que el maquillaje realzaba volviéndolos casi
magnéticos, hasta el panorama espectacular de sus pechos que ella le ofrecía
generosamente.
Visión bastante amplia, aunque obstaculizada por el brazo en el
que ella apoyaba su cara, que se alzaba justo delante.
—Impresionante
—se corrigió él. Su mirada volvió a los ojos de Demi, algo más brillante,
bastante más agitada.
—¿Impresionante?
—volvió a preguntar ella. Coqueta, se tomó un mechón de la melena con la mano
con la que antes sostenía su cara, y empezó a enredarlo entre sus dedos.
La mirada de
Joseph volvió a bajar.
El brazo
seguía obstaculizando la visión, pero menos. Podía ver el canal central
abriéndose hasta que se cerraba de golpe al entrar en contacto con la barra.
Podía ver el costado de uno de sus pechos. Lo bastante para comprobar que no
llevaba sostén.
Él volvió a
respirar hondo.
—Descomunal —se
corrigió Joseph otra vez. Su mirada regresó a Demi, mucho más brillante, mucho
más agitada. Y luego bajó, esta vez a su boca rojo carmín.
—¿Descomunal?
— Demi tamborileó sus dedos sobre la barra y los ojos de Joseph, como
encantados, bajaron de su boca a sus pechos nuevamente. El brazo seguía allí—.
Mira mejor, Joseph...
Cuando él
volvió a sus ojos, Demi sonreía
sensualmente, y le indicaba con movimientos suaves de la cabeza que mirara algo
situado detrás de ella.
Joseph lo
hizo, y las pulsaciones de su cuerpo aceleraron ritmo e intensidad.

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