Sí que
podía. Y recién llegado a Nashville, ella le había parecido un buen as en la
manga. Pero si tenía que elegir…
—Y las
mujeres muy malpensadas —replicó él. Puso voz seductora para hacerlo. Quería
acabar con aquella conversación y volver dentro—. Nos conocemos desde que
éramos críos y hemos hecho un montón de cosas juntos. Pero cuando Demi quiere
esa clase de compañía, no me viene a buscar y yo a ella tampoco, ¿de acuerdo?
Te recojo el lunes y hablamos.
Hubo una
pausa. Joseph supo que ella no había tragado, pero era lo que había. Volvería
con Demi. Y no quería dar carpetazo al asunto Tyler, pero si tenía que hacerlo,
lo haría.
—De acuerdo —escuchó que Tyler respondía,
y a continuación el sonido de llamada cortada.
Demi volvió
a cerrar la ventana y se sirvió un café por hacer algo, lo que fuera. Algo que
le hiciera olvidar la sensación de desilusión mezclada con angustia que la
invadía.
Estaba con aquella
mujer. Y por alguna razón, ella era lo bastante importante para Joseph como
para que él intentara contentarla, para que le diera explicaciones. Lo bastante
importante para que le dijera que no tenía que preocuparse por Demi Brady, que
no eran más que amigos de la infancia.
Y además
tenía que estudiarse lo de volver con
ella. No sabía si era viable.
Demi respiró
hondo, intentando que el aire volviera a entrar en sus pulmones. Pero continuó
igual, con la misma opresión en el pecho...
Y la misma
desilusión.
Tal vez,
después de todo, Joseph sí fuera aquella clase de hombre.
Demi llevaba
varios días sin saber de Joseph y se sentía rara. Se habían despedido el lunes
por la mañana con un “hablamos ¿sí?”. Él había regresado a Nashville.
Y no habían
hablado.
Él no la
había llamado.
En otras
circunstancias no le habría importado tanto, pero ahora…
Demi se
subió a la tranquera y se sentó sobre el listón de madera, con las piernas
colgando hacia adentro. El predio de adiestramiento estaba vacío. A lo lejos,
se veían luces en el pabellón de los peones. El sol se había ocultado hacía un
rato y las faenas del día habían acabado.
Después de
darle mil vueltas, el miércoles ella se había decidido y lo había llamado.
Nadie había contestado. Tampoco había saltado el buzón de voz. Desde entonces
habían pasado tres días, y continuaba sin saber nada de Joseph.
Demi se
subió el cuello del abrigo. Se estaba quedando helada. ¿Qué hacía allí con
semejante frío? Bajó de un salto y retomó el camino que llevaba a la casa.
Estaba
insoportable. No se sentía ella misma. Pasaba el día ociosa, incapaz de concentrarse
en nada más de cinco minutos, y con sus pensamientos volviendo una y otra vez
sobre el mismo tema; Joseph Wyatt. Él le había dicho que “se moría por volver
con ella”, pero ni había aceptado su nuevo proyecto aún, ni estaba con ella.
Estaba en
Nashville.
Seguramente
disfrutando de la compañía de su barbi
de apellido ilustre.
Y no la había llamado.
Ni siquiera
le había devuelto la llamada.
Demi meneó
la cabeza, disgustada. ¿En qué situación estaban? Necesitaba saberlo de una
vez. Ya no soportaba continuar así. Respiró hondo cuando comprendió que estaba
a punto de saberlo; el hombre que aparcaba frente al jardín, era él.
Demi se
irguió, y avanzó hacia el coche como si no tuviera un nudo en el estómago.
Avanzó con una sonrisa despreocupada en los labios, ignorando las sensaciones
que últimamente se adueñaban de su cuerpo cada vez que lo veía. Eran intensas y
raras. No podía clasificarlas. En realidad, no se animaba a hacerlo. Así que
jugaba a ignorarlas. Pero seguían allí, y eran las mismas: boca inesperadamente
seca, latidos que retumbaban en sus oídos, y un montón de nervios que no sentía
ni cuando estaba en el escenario frente a diez mil personas.
—Si vienes a
cenar, es pronto… —dijo ella, apoyándose contra el Corvette, junto a la puerta.
Él sonrió y
se dedicó a sacar abrigo y maletín bajo la persistente mirada femenina que le
pasaba revista.
Jersey negro
de cuello alto. Botas negras cortas. Tejanos de muerte. Imponente como siempre,
pero demasiado sport para Joseph.
—¿Es el
estilo Nashville? —preguntó Demi, con ironía.
Joseph cerró
el maletero.
—Es el
estilo mudanza. Lo mejor para ponerse de mierda hasta arriba embalando una
casa, son unos tejanos y un jersey negro. También valen para hacer seiscientos
kilómetros por carretera…
Así que has
vuelto a Camden”, pensó ella, y se obligó a no mover ni un músculo de su cara.
—¿Entramos?
—invitó Joseph.
—¿”Entramos”? — Demi y se incorporó, puso
las manos en los bolsillos de su abrigo y lo miró con ironía—. ¿Es que vienes a
verme a mí?
Joseph sonrió.
—Tenemos un
tema pendiente, sí.
—Bueno…
Supongo que si ha esperado una semana, es que no es urgente, ¿no?
Demi pasó
junto a él y se dirigió a la casa. Entró y dejó la puerta abierta. Joseph la
siguió intentando mantenerse serio. No quería enfadarla más de lo que estaba.
Entró y cerró la puerta tras de sí.
—Tenía que
analizar bien tu propuesta, Demi… No es tan fácil como a ti te parece que es.
Ella estaba
al pie de la escalera cuando él habló, y se revolvió.
Menudo
imbécil.
—¿Tengo cara
de idiota? —Regresó sobre sus pasos y se detuvo frente a Joseph —. Mira,
niño... Si me dices que hablamos, me
llamas. Y si ves mi llamada perdida, me
la devuelves. Quiero que seas tú, Joseph, pero no pienses ni por un segundo
que te voy a dejar jugar a este juego conmigo. Vuelve a pasar de mí, y me abro.
¿Está claro?
—No pasé de
ti.
Mandy no
solo lo interrumpió, dio un paso más y lo enfrentó.

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