—¿Puedo?
—susurró él, cuando estaba a diez centímetros de sus labios.
Pero no
esperó luz verde. Recorrió la distancia que los separaba sin darle tiempo a
nada más, y se metió en su boca sin prolegómenos, buscándola.
—¿Te gusta
así? —le dijo en un susurro caliente, en medio de un beso aún más caliente. Demi
no atinó a nada—. Mejor que me lo digas ahora...
Joseph se
apartó apenas un poco, lo suficiente para dejarla respirar. Ella inspiró con
los ojos cerrados, y él volvió a la carga.
—Porque
exactamente igual me voy a meter entre tus piernas —murmuró, y se adueñó de la
boca de Demi en un beso voraz.
Durante unos
instantes, ambos se dejaron llevar por aquel huracán de emociones que los
arrancó de la realidad para introducirlos en un mundo en el que solo existían
ellos dos y la pasión que crecía entre ambos. Pero entonces, en medio de sus
propios estremecimientos, Joseph la sintió temblar y comprendió que había
llegado la hora de largarse de allí.
Con un esfuerzo que le resultó casi
sobrehumano, él consiguió despegarse de aquellos labios de fuego. Se apoyó
contra el marco de la puerta, y respiró a todo pulmón en un intento de
recuperar el centro de gravedad.
Demi se
recostó contra el reposacabeza y lo miró en silencio. Los latidos del corazón
retumbaban en su garganta. No podía pensar. No podía hablar. Solo mirarlo, y
sentir cómo las hormonas rugían en su interior.
—Tomaré eso
como un sí —añadió él en un suspiro largo. Con evidente esfuerzo, se apartó y
cerró la puerta—. ¿Puedes conducir o quieres que te lleve?
Pretendía
ser una broma, cortar la intensidad del momento, pero cuando volvió a mirarla
no encontró lo que esperaba. Ella no sonreía. Continuaba mirándolo con los ojos
brillantes, una expresión que él nunca antes había visto en ella.
Demi tardó
siglos en lograr articular una palabra, y cuando lo hizo la expresión que
cambió fue la de Joseph.
—Sube
—susurró, indicándole con un gesto de los ojos que ocupara el asiento del
acompañante—. Vamos a tu casa.
Joseph
volvió a respirar hondo, soltó el aire en un suspiro...
Y no se lo
pensó dos veces.
Prácticamente
no hablaron, y aunque no se desviaron de la ruta, les tomó dos horas hacer un
recorrido que normalmente se hacía en poco más de una. Pararon cuatro veces.
Para besarse sin riesgo de estrellarse.
Al llegar,
entraron en el edificio donde vivía Joseph desde el aparcamiento, esperaron el
ascensor y mantuvieron las distancias hasta que él abrió la puerta de su piso.
Entonces, se
desató la locura.
—Vamos a la
cama —murmuró él, empujándola suavemente con intención de guiarla hasta el
dormitorio.
Pero Demi se
dio la vuelta sin dejar de besarlo, hizo que él la abrazara y se recostó contra
la puerta cerrada del piso.
—Dios...
vamos a la cama, Demi —insistió él, besándola apasionadamente mientras
manipulaba su ropa para quitársela.
—Me parece
que hoy vas a hacer ejercicio —susurró ella al tiempo que le mordisqueaba los
labios—. ¿Estás en forma?
Joseph
exhaló un suspiro ardiente. Se apartó un poco para bajarle los pantalones.
—Dios... Si
seguimos así... —dijo él, y volvió a pegarse a ella.
—¿Qué? ¿Vas
a correrte tan pronto?
Cuando él
sintió que Demi le bajaba la cremallera y colaba una mano por debajo de la
cintura del slip, la retuvo y habló con decisión:
—Sí. Quita
el pie del acelerador.
Entonces,
vio como ella le regalaba una sonrisa sensual y empezaba a abrir los corchetes
de su camisa vaquera uno a uno, sin dejar de mirarlo. A continuación, la vio
sacar una bolsita metalizada del bolsillo y ponérsela en el tanga.
Los ojos de Joseph
siguieron el recorrido de aquellas manos, como si estuvieran encantados.
—¿Vamos
bien? —murmuró ella mientras se abría la camisa de par en par.
A aquella
mujer no le hacía falta un WonderBra de encaje negro, pensó Joseph, pero era lo
que llevaba.
Espectacular.
Espectacular
cómo el calor abrasador que se instaló en su entrepierna y empezó a treparle
por la espalda cual serpiente de fuego. Sus ojos ascendieron despacio hasta
encontrar la mirada de Demi. Ella sonreía.
—¿Bonito,
verdad?
Él no
respondió. Volvió a respirar hondo al sentir que la mano femenina se deslizaba
sobre su pierna, en una caricia larga, y la abrazó, buscándola apasionado.
—Vamos a la
cama...
—No —replicó
ella, jugueteando en su oreja mientras con movimientos certeros lo desnudaba
prenda a prenda.
Tras
liberarlo de la última y dejarla caer con una sonrisa traviesa, Demi le rodeó
el cuello con los brazos y sosteniéndose en él, se elevó y le abrazó las
caderas con las piernas
—No quiero
ir a la cama —añadió.
Demi jugaba,
era su estilo y a él le encantaba, pero no hoy. No, entonces.
En aquel
momento, Joseph no estaba para juegos.
Él la
aprisionó entre su cuerpo y la puerta. Sus besos no tardaron en volverse
agónicos. Desabrochó el sostén casi con desesperación, y coló una de sus manos
por debajo, mientras con la otra sostenía a Demi.
Ella suspiró
cuando sintió la mano masculina apretándole un pecho posesivamente.

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