Joseph recorrió
los doscientos kilómetros restantes de trayecto, circulando por encima del
límite de velocidad. Demi no lo había llamado después de ducharse. A menos que
para hacerlo necesitara dos horas.
Desde el
lunes llevaba mal no verla. Pero a partir de que ella lo llamara de madrugada y
él no contestara después de dejarlo sonar dieciséis veces, la cosa se había
puesto malísima. Sabía con certeza lo
que Demi habría deducido; que él estaba en la cama con otra mujer y por eso no
atendía.
Y ahora,
vete tú a saber lo que estaría pensando.
Algo, sin
embargo, estaba claro. Si no se había puesto al teléfono ni le había devuelto
la llamada, no podía ser nada bueno.
Había vuelto
a intentarlo, pero esta vez, Demi estaba en una entrevista, y era cierto; él
mismo la había concertado con un periodista del Country Today.
Tan pronto
los del equipo vieron aparecer a Joseph, marchando a paso vivo por el túnel que
llevaba al área de camerinos, varios atinaron a acercarse para ponerlo al día:
Sharon, Harry Newland, uno de los técnicos de sonido... Un simple gesto de la
mano sirvió a las mil maravillas para dejarlos a todos con la palabra en la
boca.
Joseph
golpeó dos veces la puerta del camerino de la cantante. Entonces, vio en su
reloj que faltaban cinco minutos para que empezara el concierto y no esperó a
que ella contestara; abrió la puerta y entró.
Demi volvió
la cabeza y sonrió al verlo. Tras colocarle el microauricular, el asistente le
estaba ajustando el aparato a la cintura trasera de los pantalones.
—¿Te
molesta?
Demi le
guiñó un ojo a Joseph y sonrió al chico.
—¿Aterrizamos
en la Luna y no podemos inventar algo más cómodo que esto? Te hace polvo la
oreja…
—Lo
propondré a la NASA —comentó el asistente divertido, y salió a prisa del
camerino después de saludar a Jordan con un movimiento de la cabeza.
Ella dio una
vuelta completa sobre sus tacones y lo miró sonriendo.
—¿Qué?
¿Estoy bien?
Joseph la
recorrió con la mirada.
Mejor que bien.
El negro la
favorecía y la nueva Demi Brady, la que vestía ropa más casual y bastante menos
sugerente, a Joseph le parecía infinitamente más sensual. Camiseta negra de
mangas tres cuartas con cuello princesa. Pantalones de cuero negro de corte
recto. Botas negras, sobrias, de tacón muy alto. Los escotes, los ceñidos y la
provocación brillaban por su ausencia. Y aún así…
—Preciosa
—admitió él, y se esforzó porque su sonrisa fuera tan natural como su cumplido.
Demi sonrió
agradecida y se acercó a él, acomodándose el cinturón.
—Y dime…
—dijo, arreglándose el cabello coqueta— Tú… ¿qué tal?
Joseph se
recostó contra la puerta cerrada y asintió varias veces con la cabeza.
—Fue muy
bien.
Hablaba de
trabajo.
—¿Sí?
—preguntó, ilusionada.
—Sí —repitió
él con una sonrisa satisfecha—. Muy, muy bien.
—Genial — Demi
se puso las manos en los bolsillos de atrás de su pantalón y lo miró con la
cabeza ladeada—. ¿Y anoche? ¿Qué tal fue?
Joseph
apartó la mirada. Ni le gustaba hablar de sus asuntos personales ni tampoco
cómo habían resultado las cosas.
Y no tenía
la menor idea de qué responder.
Pero Demi no
lo dejó procesar. Apartó el micro hacia atrás y completó la distancia que los
separaba. Luego, sin mediar palabra, tomó la cara masculina entre sus manos y
lo besó.
Fue un beso
suave, sensual, con sabor a menta, que Joseph devolvió instintivamente, tan
sorprendido como ella del montón de sensaciones que a ambos les navegaban por
la sangre...
Tan
sorprendido como ella, al comprobar que en vez de apartarse, de parar y pensar
—que era lo que debió haber hecho—, la atrajo más hacia él, tomándola por la
nuca, y se coló en su boca con voracidad.
—No siempre
funciona ¿no? —Susurró ella sobre sus labios, robándole besos pequeños—. A
veces, solamente tu cuerpo está ahí. Lo demás, está muy lejos…
Para cuando
unos golpes en la puerta les hicieron saber que Demi tenía que salir al
escenario, los estremecimientos de los dos eran evidentes para ambos.
Demi suspiró.
Él continuó acariciándole la frente con los labios, aturdido.
—Tengo que
irme —murmuró ella al tiempo que respiraba hondo, intentando recuperarse.
Luego, lo miró con una sonrisa pícara en su rostro—. Gracias por inspirarme.
Hoy seguro que lo bordo…
Joseph
apenas sonrió mientras se apartaba. Abrió la puerta y la dejó salir. La miró
alejarse por el túnel. La vio echarse un vistazo en un cristal y retocarse el
contorno de los labios con la punta de los dedos. Entonces, ella se volvió
brevemente y le regaló una sonrisa. Continuó camino hasta que él ya no la vio
más. En su lugar, oyó las ovaciones y los aplausos que conformaban un ruido
atronador.
Joseph volvió
a meterse en el camerino y cerró la puerta.
Y volvió a
tomar conciencia de sí mismo.
Aún
continuaba temblando...
Y queriendo
más. Más de aquella sensualidad que lo agitaba como una maraca. Más de aquella
ternura que estaba ahí siempre, en el fondo de sus ojos, en el tono de su voz,
en sus modos desenfadados…
Más de Demi.
De toda ella.
¿Cuánto
hacía desde la última vez que había sentido aquellos labios carnosos,
acogedores sobre su piel?
Más de diez
años.
Dios...
¿Cómo había podido pasar diez años sin eso?
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