Miley codeó
a Mark con disimulo. La expresión de la cara de Demi había cambiado tanto al
oír sonar su móvil, que quien llamaba no podía ser otro que el mismísimo Joseph
Wyatt.
—¡Hola
vaquero! ¿Qué tal te tratan dondequiera que estés?
Joseph se acomodó
mejor en la cama de su suite. No era como tenerla al lado, pero después de tres
días sin verla, su voz era un regalo.
—Bien...
Acabo de dejar a tu hermano.
Hermano =
Nashville = Tyler Bradford.
Demi bajó la
cabeza. Mark y Miley no le perdían pisada y no quería que se notara que lo que
acababa de oír no le había gustado en absoluto.
—¿Y tú?
—continuó Jordan. El silencio de ella duraba demasiado y él necesitaba oírla,
saber que estaba bien, que lo echaba de menos. Y que no estaba pensando en
Tyler.
—Aquí en
casa, viendo la tele con Mark y Miley...
Íbamos a bajar a la ciudad, pero está diluviando.
Joseph respiró
aliviado. Ella no parecía molesta.
—¿Te ha
enviado Sharon la agenda del fin de semana?
—Sí.
—¿Te parece
bien? Es mucha cosa... Si quieres podemos posponer la entrevista de Tuck Harris
— Joseph sonrió—. Te dio caña, así que ahora que aguante...
Mandy se
tocó el cabello en un gesto nervioso, y controló el panorama. Hacían que
miraban el partido, pero los oídos de Mark y Miley seguían con atención la
conversación que ella mantenía con Joseph. Y Demi no tenía la menor intención
de dejarlo correr. Se puso de pie y salió del salón.
—La agenda
está bien —respondió ella, cortante y directa—. Lo que quiero es saber qué
estás haciendo en Nashville y por qué no me has dicho que ibas.
Joseph se
enderezó de golpe. Su tono de voz había cambiado en un segundo. Esta era la Demi
belicosa y parecía muy molesta.
O celosa. De
Tyler.
—No estaba
en mis planes —respondió él. Procuró sonar natural, no dejar que algo en su voz
o en su forma de hablar reflejaba lo emocionado que se sentía por esos celos. Demi
era perfectamente capaz de sacarlo con cajas destempladas—. Me pusieron pegas
en California... Así que tuve que dar un rodeo.
—¿Qué rodeo?
—El peso
pesado de los patrocinadores, Steven Bradford II.
—¿Bradford?
¿No es ese el apellido de tu muñequita de
quirófano?
—Sí
—contestó él con dulzura.
—No —replicó ella. Se dirigió hacia la
cocina, entró y cerró la puerta—. Ni hablar. Borra ese jodido festival de la
lista y contacta al siguiente.
— Demi …
—empezó a decir él con dulzura, pero ella lo interrumpió.
—Deja de
usar ese tono conmigo.
Joseph se
quedó cortado. Molestia, no, enojo. Enojo puro y duro era lo que recibía a
través de la onda.
—Puede que
la haya fastidiado en el pasado —continuó ella—, pero sigo siendo Demi Brady.
Si te pusieron pegas están en su derecho. Quita sus nombres de la lista y llama
al siguiente. No voy a actuar para ellos porque ahora la que no quiere soy yo.
¿Está claro?
Joseph
pensaba decir que era una pésima idea. Que aunque le hubieran puesto trabas,
Steven Bradford creía, como la mayoría de los promotores, que Demi era una
estrella tan rutilante como imprescindible del panorama country y que, por
supuesto, convencería a los demás organizadores de que dejarla fuera,
desluciría el evento. De modo que, posiblemente, ya no tuviera la alternativa
de “no actuar para ellos”. En otra época lo habría hecho. Se lo habría dicho.
Pero ahora, él no era solo su mánager, también era su hombre.
—Está claro
—respondió Joseph.
Demi respiró
hondo. Aún no había acabado.
—Dime que no
has recurrido a ella para llegar hasta su padre, Joseph. Dime que no la has
visto.
Él sonrió.
—No me hace
falta recurrir a nadie para ver a ese hombre, preciosa. Y no, no he vuelto a
verla… Pero si fuera necesario, por ti, lo haría.
Demi sonrió,
pura ironía.
—Seguro que
sí.
—Eh… ¿qué
pasa? ¿no me crees?
Aquella
ternura, el tono acaramelado que Joseph ponía cuando le hablaba, tenía su
efecto, pensó Demi. Muy a pesar de ella, tenía su efecto.
—Claro que
no. ¿Con quién crees que hablas? Le echarías un polvo sin pensártelo dos veces.
Uno… o varios —añadió, sardónica—. Y
no lo harías por mí, así que déjate de historias…
—Vale, no ha
colado. Me pondría las botas como un señor — Joseph sonrió cuando la escuchó
reír—. Pero la primera parte era cierta. Ni la necesito, ni la he visto, ¿de
acuerdo?
Los dos
rieron unos instantes. Demi aprovechó el momento de distensión para aclarar las
cosas.
—Me has
dicho que pusiera las reglas del juego, ¿te acuerdas?
—Me acuerdo
—respondió él, suavemente. Volvió a recostarse en la cama, con un brazo a modo
de almohada y una sonrisa feliz en la cara.
¿Reglas? ¿ Demi
Brady? Menudo notición.
—Ahí va la
primera —empezó ella—. Si te pillo con otra, te doy puerta. De mi cama y de mi
vida.
Joseph
contuvo el aliento. Sentía el corazón latiendo tan fuerte que, por un instante,
le pareció que no oía más que eso. No solamente no había esperado algo así de
una mujer como ella, es que aunque lo había oído no acababa de creerlo. Celos
era ya muchísimo suponer en aquella preciosidad rubia. ¿Fidelidad? ¿Eran
imaginaciones suyas, o ella empezaba a tomarlo en serio?
—¿Sigues
ahí? —preguntó Demi, con tono sugerente al comprobar que él no respondía.
—Sí.
—De acuerdo,
entonces ahí va la segunda —continuó ella con actitud definitiva—. Si me la
pegas con Tyler Bradford, antes de darte puerta, te machaco. Y después, voy a
por ella. ¿Está claro?
Joseph cerró
los ojos.
No eran
imaginaciones suyas. Estaba ocurriendo.
Se preguntó
cómo reaccionaría Demi si supiera que él llevaba media vida enamorado de ella.
¿Echaría a correr?
Posiblemente,
sí.
—Entonces,
ocúpate de tenerme contento —replicó, seductor.
—¿Más?
—Mucho más.
—¿No será
demasiada marcha para un chico serio y formal como tú?
Joseph sonrió
feliz.
—Me las
apañaré, no te preocupes. —Hizo una pausa y decidió cambiar de tema.
Seiscientos kilómetros, tres días sin verla y dos reglas inesperadas eran
demasiadas emociones—. ¿Y tú qué tal?
Loquita por
verte.
—No me quejo
— Demi sonrió con picardía anticipando lo que diría a continuación—. Pensé que
iba a ser peor… No verte, quiero decir.
Él soltó una
carcajada. A otro perro con ese hueso. Ella estaba tan desesperada por verlo
como él. La llamada diaria de rigor de antes de intimar, se había convertido,
como por arte de magia, en una media de ocho, de la que cada día Demi subía su
porcentaje un poco más. Aquel mismo día, lo había llamado dos veces. Todo un récord.
—Entonces,
no hace falta que llegue antes, ¿no? —dijo él—. Pensaba llegar mañana sobre las
cuatro y llevarte a picar algo antes del concierto, pero si no lo llevas tan
mal, voy a aprovechar para hacer unas cosas…
Demi sonrió
de oreja a oreja.
—Hecho. Tú
pones el picoteo y yo el postre —dijo, sensualmente.
—Primero el
postre, ¿vale?
Ella meneó
la cabeza.
—Me gustas, Joseph.
—Es mutuo.
—De acuerdo
— Demi suspiró—. ¿Sobre las cuatro, entonces?
—Ya sé lo
que piensas y no te critico. Los tíos no somos de fiar — empezó a decir él con
suavidad—, pero aunque no vas a creerme te lo voy a decir igual.
Demi sonrió,
y se adelantó.
— Joseph, el
pez por la boca muere.
—No soy
ningún santo.
—No, no eres
ningún santo —confirmó ella con picardía. Todo lo contrario. Había sido un
barba roja desde los dieciséis. Y era de dominio público.
—Sí —admitió
él—. Pero desde que te tengo, lo que me interesa es tenerte — Demi se
estremeció. Permaneció en silencio cuando Joseph hizo una pausa ex profeso. Él,
por si acaso, se apresuró a matizar—. No estoy diciendo que vaya a durarme toda
la vida. O que a ti vaya a durarte… Pero hoy por hoy, en este momento, es así.
Cumples mis expectativas…
Joseph
volvió a hacer una pausa, intentando adivinar qué acogida tenían sus palabras.
Intuyó que iba por buen camino, de modo que continuó:
—Lo que era
de esperar porque, bueno, eres Demi Brady; cumples las expectativas de millones
de tíos de este planeta… — Demi rió—. Y yo soy bastante más listo de lo que
parezco. No te cabrearía por estar con otra, ¿qué sentido tendría? ¿Qué mujer
se puede comparar contigo?
Joseph la
escuchó respirar hondo y esperó una respuesta con el corazón martilleando a
destajo en las sienes.
—De que eres
listo, no tengo la menor duda —replicó ella—. Que descanses, Joseph. Te veo
mañana.
A
seiscientos kilómetros de Camden, él cerró los ojos.
—Sí... Que descanses
tú también.

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