martes, 25 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 52




Miley codeó a Mark con disimulo. La expresión de la cara de Demi había cambiado tanto al oír sonar su móvil, que quien llamaba no podía ser otro que el mismísimo Joseph Wyatt.
—¡Hola vaquero! ¿Qué tal te tratan dondequiera que estés?
Joseph se acomodó mejor en la cama de su suite. No era como tenerla al lado, pero después de tres días sin verla, su voz era un regalo.
—Bien... Acabo de dejar a tu hermano.
Hermano = Nashville = Tyler Bradford.
Demi bajó la cabeza. Mark y Miley no le perdían pisada y no quería que se notara que lo que acababa de oír no le había gustado en absoluto.
—¿Y tú? —continuó Jordan. El silencio de ella duraba demasiado y él necesitaba oírla, saber que estaba bien, que lo echaba de menos. Y que no estaba pensando en Tyler.
—Aquí en casa, viendo la tele con Mark y Miley... Íbamos a bajar a la ciudad, pero está diluviando.
Joseph respiró aliviado. Ella no parecía molesta.
—¿Te ha enviado Sharon la agenda del fin de semana?
—Sí.
—¿Te parece bien? Es mucha cosa... Si quieres podemos posponer la entrevista de Tuck Harris — Joseph sonrió—. Te dio caña, así que ahora que aguante...
Mandy se tocó el cabello en un gesto nervioso, y controló el panorama. Hacían que miraban el partido, pero los oídos de Mark y Miley seguían con atención la conversación que ella mantenía con Joseph. Y Demi no tenía la menor intención de dejarlo correr. Se puso de pie y salió del salón.
—La agenda está bien —respondió ella, cortante y directa—. Lo que quiero es saber qué estás haciendo en Nashville y por qué no me has dicho que ibas.
Joseph se enderezó de golpe. Su tono de voz había cambiado en un segundo. Esta era la Demi belicosa y parecía muy molesta.
O celosa. De Tyler.
—No estaba en mis planes —respondió él. Procuró sonar natural, no dejar que algo en su voz o en su forma de hablar reflejaba lo emocionado que se sentía por esos celos. Demi era perfectamente capaz de sacarlo con cajas destempladas—. Me pusieron pegas en California... Así que tuve que dar un rodeo.
—¿Qué rodeo?
—El peso pesado de los patrocinadores, Steven Bradford II.
—¿Bradford? ¿No es ese el apellido de tu muñequita de quirófano?
—Sí —contestó él con dulzura.
No —replicó ella. Se dirigió hacia la cocina, entró y cerró la puerta—. Ni hablar. Borra ese jodido festival de la lista y contacta al siguiente.
— Demi … —empezó a decir él con dulzura, pero ella lo interrumpió.
—Deja de usar ese tono conmigo.
Joseph se quedó cortado. Molestia, no, enojo. Enojo puro y duro era lo que recibía a través de la onda.
—Puede que la haya fastidiado en el pasado —continuó ella—, pero sigo siendo Demi Brady. Si te pusieron pegas están en su derecho. Quita sus nombres de la lista y llama al siguiente. No voy a actuar para ellos porque ahora la que no quiere soy yo. ¿Está claro?
Joseph pensaba decir que era una pésima idea. Que aunque le hubieran puesto trabas, Steven Bradford creía, como la mayoría de los promotores, que Demi era una estrella tan rutilante como imprescindible del panorama country y que, por supuesto, convencería a los demás organizadores de que dejarla fuera, desluciría el evento. De modo que, posiblemente, ya no tuviera la alternativa de “no actuar para ellos”. En otra época lo habría hecho. Se lo habría dicho. Pero ahora, él no era solo su mánager, también era su hombre.
—Está claro —respondió Joseph.
Demi respiró hondo. Aún no había acabado.
—Dime que no has recurrido a ella para llegar hasta su padre, Joseph. Dime que no la has visto.
Él sonrió.
—No me hace falta recurrir a nadie para ver a ese hombre, preciosa. Y no, no he vuelto a verla… Pero si fuera necesario, por ti, lo haría.
Demi sonrió, pura ironía.
—Seguro que sí.
—Eh… ¿qué pasa? ¿no me crees?
Aquella ternura, el tono acaramelado que Joseph ponía cuando le hablaba, tenía su efecto, pensó Demi. Muy a pesar de ella, tenía su efecto.
—Claro que no. ¿Con quién crees que hablas? Le echarías un polvo sin pensártelo dos veces. Uno… o varios —añadió, sardónica—. Y no lo harías por mí, así que déjate de historias…
—Vale, no ha colado. Me pondría las botas como un señor — Joseph sonrió cuando la escuchó reír—. Pero la primera parte era cierta. Ni la necesito, ni la he visto, ¿de acuerdo?
Los dos rieron unos instantes. Demi aprovechó el momento de distensión para aclarar las cosas.
—Me has dicho que pusiera las reglas del juego, ¿te acuerdas?
—Me acuerdo —respondió él, suavemente. Volvió a recostarse en la cama, con un brazo a modo de almohada y una sonrisa feliz en la cara.
¿Reglas? ¿ Demi Brady? Menudo notición.
—Ahí va la primera —empezó ella—. Si te pillo con otra, te doy puerta. De mi cama y de mi vida.
Joseph contuvo el aliento. Sentía el corazón latiendo tan fuerte que, por un instante, le pareció que no oía más que eso. No solamente no había esperado algo así de una mujer como ella, es que aunque lo había oído no acababa de creerlo. Celos era ya muchísimo suponer en aquella preciosidad rubia. ¿Fidelidad? ¿Eran imaginaciones suyas, o ella empezaba a tomarlo en serio?
—¿Sigues ahí? —preguntó Demi, con tono sugerente al comprobar que él no respondía.
—Sí.
—De acuerdo, entonces ahí va la segunda —continuó ella con actitud definitiva—. Si me la pegas con Tyler Bradford, antes de darte puerta, te machaco. Y después, voy a por ella. ¿Está claro?
Joseph cerró los ojos.
No eran imaginaciones suyas. Estaba ocurriendo.
Se preguntó cómo reaccionaría Demi si supiera que él llevaba media vida enamorado de ella. ¿Echaría a correr?
Posiblemente, sí.
—Entonces, ocúpate de tenerme contento —replicó, seductor.
—¿Más?
—Mucho más.
—¿No será demasiada marcha para un chico serio y formal como tú?
Joseph sonrió feliz.
—Me las apañaré, no te preocupes. —Hizo una pausa y decidió cambiar de tema. Seiscientos kilómetros, tres días sin verla y dos reglas inesperadas eran demasiadas emociones—. ¿Y tú qué tal?
Loquita por verte.
—No me quejo — Demi sonrió con picardía anticipando lo que diría a continuación—. Pensé que iba a ser peor… No verte, quiero decir.
Él soltó una carcajada. A otro perro con ese hueso. Ella estaba tan desesperada por verlo como él. La llamada diaria de rigor de antes de intimar, se había convertido, como por arte de magia, en una media de ocho, de la que cada día Demi subía su porcentaje un poco más. Aquel mismo día, lo había llamado dos veces. Todo un récord.
—Entonces, no hace falta que llegue antes, ¿no? —dijo él—. Pensaba llegar mañana sobre las cuatro y llevarte a picar algo antes del concierto, pero si no lo llevas tan mal, voy a aprovechar para hacer unas cosas…
Demi sonrió de oreja a oreja.
—Hecho. Tú pones el picoteo y yo el postre —dijo, sensualmente.
—Primero el postre, ¿vale?
Ella meneó la cabeza.
—Me gustas, Joseph.
—Es mutuo.
—De acuerdo — Demi suspiró—. ¿Sobre las cuatro, entonces?
—Ya sé lo que piensas y no te critico. Los tíos no somos de fiar — empezó a decir él con suavidad—, pero aunque no vas a creerme te lo voy a decir igual.
Demi sonrió, y se adelantó.
— Joseph, el pez por la boca muere.
—No soy ningún santo.
—No, no eres ningún santo —confirmó ella con picardía. Todo lo contrario. Había sido un barba roja desde los dieciséis. Y era de dominio público.
—Sí —admitió él—. Pero desde que te tengo, lo que me interesa es tenerte — Demi se estremeció. Permaneció en silencio cuando Joseph hizo una pausa ex profeso. Él, por si acaso, se apresuró a matizar—. No estoy diciendo que vaya a durarme toda la vida. O que a ti vaya a durarte… Pero hoy por hoy, en este momento, es así. Cumples mis expectativas…
Joseph volvió a hacer una pausa, intentando adivinar qué acogida tenían sus palabras. Intuyó que iba por buen camino, de modo que continuó:
—Lo que era de esperar porque, bueno, eres Demi Brady; cumples las expectativas de millones de tíos de este planeta… — Demi rió—. Y yo soy bastante más listo de lo que parezco. No te cabrearía por estar con otra, ¿qué sentido tendría? ¿Qué mujer se puede comparar contigo?
Joseph la escuchó respirar hondo y esperó una respuesta con el corazón martilleando a destajo en las sienes.
—De que eres listo, no tengo la menor duda —replicó ella—. Que descanses, Joseph. Te veo mañana.
A seiscientos kilómetros de Camden, él cerró los ojos.

—Sí... Que descanses tú también.

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