Joseph
volvió a ponerla de pie en el suelo sin dejar de besarla. La empujó con
suavidad contra la pared y descendió por su cuerpo dejando un reguero de besos.
Tomó el preservativo que ella guardaba en su ropa interior, enredó sus dedos en
las tiras del tanga y se lo quitó. Ella dio el visto bueno, empujando sus
caderas contra él.
Entonces, Joseph
volvió a erguirse. Echó la cabeza hacia atrás, buscando aire, como si estuviera
a punto de ahogarse.
Ella era su
sueño hecho realidad; sensual, apasionada, ardiente...
Se iba. Su
mente se iba; su cuerpo, también.
Con
desesperación, se metió en la boca de Demi, besándola apasionado mientras la
empujaba con su cuerpo. Al fin, a trompicones, los dos entraron en el salón y
ella se dio contra la mesa. La alzó como si fuera un pluma, y la depositó sobre
la fría superficie metálica.
—Vaya
dotación —susurró Demi, dejando un rastro de besos ardientes sobre el cuello
masculino, mientras su mano, igual de ardiente, le acariciaba el pene en
erección plena—. Y dime... ¿follas igual de bien que besas?
Joseph exhaló
una bocanada de aire que a punto estuvo de fundirla como la nieve al sol.
Luego, retuvo la mano de Demi, la retiró de la zona de peligro, y la colocó
despacio sobre su propio pecho. Durante un instante, ambos se miraron ardiendo
de pasión. Entonces, él tragó saliva.
—Voy a tope
—consiguió decir.
La vio mover
las cejas sensualmente y recorrerse despacio el filo de los dientes superiores
con la lengua. Incapaz de dejar de mirarla, él se puso el condón de memoria.
Sus ojos continuaron pegados a cada gesto femenino, a cada movimiento.
Al final,
respiró hondo.
—No durará
mucho...
En aquel
momento, sin darse cuenta, Joseph dejó de hablar.
Ella acababa
de echarse hacia atrás, recostando el peso del cuerpo sobre los codos. Ahora,
apartaba las rodillas, ofreciéndole una tentadora perspectiva del placer que le
esperaba.
—Ya —susurró
Demi —. Pero me va a encantar, ¿no?
Joseph no
respondió. Permaneció inmóvil, de pie frente a ella, con los ojos clavados en
aquella visión mientras sentía el corazón galopando en el pecho, y su erección
pulsaba dolorosamente.
Demi estiró
la mano. Descendió con un dedo por el pecho de Joseph, a través de una manta
tupida de bello rubio.
—En el
aparcamiento —continuó ella, en un susurro—, me pediste que te dijera si me
gustó cómo me besabas.
Los ojos de Joseph
se desplazaron del rincón íntimo que se moría por explorar, a los de Demi. Se
miraron en silencio un instante; ella remató la faena.
—Me encantó.
Como atraído
por un poderoso campo electromagnético, Joseph recorrió la corta distancia que
los separaba. La rodeó con sus brazos en un abrazo pleno, lloviendo besos sobre
ella, mientras por la proximidad, su miembro se enterraba en el pubis de Demi.
Sintió cómo se estremecía, en una sucesión de escalofríos que la recorrieron de
parte a parte, y luego, su mano, suave, delicada, guiándolo inexorablemente
hacia su vagina.
—Me
enfrío...
—¿Qué?
—Que me
enfrío —repitió ella, con un hilo de voz.
Él estrechó
el abrazo.
—No me
abraces, Joseph... Háblame,
¿entiendes?
Claro que
entendía.
Joseph
exhaló un suspiro. Empujó sus caderas, profundamente. Ella también suspiró
cuando con ímpetu acompañó los movimientos de él. Pronto sincronizaron el ritmo
y la pasión empezó a dispararse. Entonces, él cerró el abrazo y empezó a
hablarle al oído.
Claro que
entendía.
O eso fue lo
que él creyó, que lo había comprendido. Demi se refería a “fuego”. Joseph le
dio pasión...
Y ternura.
Toneladas de
una ternura desbordante que Demi supo que acabaría convirtiéndose en una
adicción.
Emocionalmente
fue como estar en el cielo.
Sexualmente...
Casi.

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