viernes, 21 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 47



Joseph volvió a ponerla de pie en el suelo sin dejar de besarla. La empujó con suavidad contra la pared y descendió por su cuerpo dejando un reguero de besos. Tomó el preservativo que ella guardaba en su ropa interior, enredó sus dedos en las tiras del tanga y se lo quitó. Ella dio el visto bueno, empujando sus caderas contra él.
Entonces, Joseph volvió a erguirse. Echó la cabeza hacia atrás, buscando aire, como si estuviera a punto de ahogarse.
Ella era su sueño hecho realidad; sensual, apasionada, ardiente...
Se iba. Su mente se iba; su cuerpo, también.
Con desesperación, se metió en la boca de Demi, besándola apasionado mientras la empujaba con su cuerpo. Al fin, a trompicones, los dos entraron en el salón y ella se dio contra la mesa. La alzó como si fuera un pluma, y la depositó sobre la fría superficie metálica.
—Vaya dotación —susurró Demi, dejando un rastro de besos ardientes sobre el cuello masculino, mientras su mano, igual de ardiente, le acariciaba el pene en erección plena—. Y dime... ¿follas igual de bien que besas?
Joseph exhaló una bocanada de aire que a punto estuvo de fundirla como la nieve al sol. Luego, retuvo la mano de Demi, la retiró de la zona de peligro, y la colocó despacio sobre su propio pecho. Durante un instante, ambos se miraron ardiendo de pasión. Entonces, él tragó saliva.
—Voy a tope —consiguió decir.
La vio mover las cejas sensualmente y recorrerse despacio el filo de los dientes superiores con la lengua. Incapaz de dejar de mirarla, él se puso el condón de memoria. Sus ojos continuaron pegados a cada gesto femenino, a cada movimiento.
Al final, respiró hondo.
—No durará mucho...
En aquel momento, sin darse cuenta, Joseph dejó de hablar.
Ella acababa de echarse hacia atrás, recostando el peso del cuerpo sobre los codos. Ahora, apartaba las rodillas, ofreciéndole una tentadora perspectiva del placer que le esperaba.
—Ya —susurró Demi —. Pero me va a encantar, ¿no?
Joseph no respondió. Permaneció inmóvil, de pie frente a ella, con los ojos clavados en aquella visión mientras sentía el corazón galopando en el pecho, y su erección pulsaba dolorosamente.
Demi estiró la mano. Descendió con un dedo por el pecho de Joseph, a través de una manta tupida de bello rubio.
—En el aparcamiento —continuó ella, en un susurro—, me pediste que te dijera si me gustó cómo me besabas.
Los ojos de Joseph se desplazaron del rincón íntimo que se moría por explorar, a los de Demi. Se miraron en silencio un instante; ella remató la faena.
Me encantó.
Como atraído por un poderoso campo electromagnético, Joseph recorrió la corta distancia que los separaba. La rodeó con sus brazos en un abrazo pleno, lloviendo besos sobre ella, mientras por la proximidad, su miembro se enterraba en el pubis de Demi. Sintió cómo se estremecía, en una sucesión de escalofríos que la recorrieron de parte a parte, y luego, su mano, suave, delicada, guiándolo inexorablemente hacia su vagina.
—Me enfrío...
—¿Qué?
—Que me enfrío —repitió ella, con un hilo de voz.
Él estrechó el abrazo.
—No me abraces, Joseph... Háblame, ¿entiendes?
Claro que entendía.
Joseph exhaló un suspiro. Empujó sus caderas, profundamente. Ella también suspiró cuando con ímpetu acompañó los movimientos de él. Pronto sincronizaron el ritmo y la pasión empezó a dispararse. Entonces, él cerró el abrazo y empezó a hablarle al oído.
Claro que entendía.
O eso fue lo que él creyó, que lo había comprendido. Demi se refería a “fuego”. Joseph le dio pasión...
Y ternura.
Toneladas de una ternura desbordante que Demi supo que acabaría convirtiéndose en una adicción.
Emocionalmente fue como estar en el cielo.

Sexualmente... Casi.

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