lunes, 17 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 41



Se le reía el alma.
Pero a pesar de que a Demi le hubieran gustado aquellos besos, y de que estaba más que feliz con el cambio de tercio, era una mujer. Una que había descubierto que le importaba, y mucho, lo que aquel hombre pensara de ella y él le había dicho que no le gustaba la parte juerguista de su personalidad.
—¿A qué hora tengo esa sesión?
—Siete y media —respondió él, y dejó que sus ojos volvieran a recorrer el cuerpo de aquella preciosidad por la que, desde hacía unas horas, estaba mucho más loco que antes.
Demi se puso de pie y cogió sus cosas.
—¿Por qué son siempre tan temprano? —comentó sin mirarlo. Joseph se levantó de su asiento como un resorte. ¿Ya se iba?—. Ni yo puedo tener buena cara a esas horas…
¿Bromeas? Tú siempre estás preciosa.
—¿Las prefieres más tarde? —preguntó él, con expresión seria.
Demi se despidió de Harry y Jarvis, que aún seguían en la barra, con un movimiento de la mano, y se dirigió hacia los ascensores.
—¿Quién prefiere que le hagan fotos a las siete y media de la mañana, Joseph? —dijo risueña—. Estoy roque a esas horas. Da igual cuándo me haya acostado.
Las puertas del ascensor se abrieron y ambos entraron.
—Roque sigues igual de preciosa —comentó él sin mirarla cuando las puertas volvieron a cerrarse—. Pero si prefieres otra hora, las próximas serán a otra hora.
Demi lo espió por el rabillo del ojo. Él tenía las manos enlazadas en la espalda y los ojos fijos en el tablero luminoso que, cerca del techo, indicaba el movimiento del ascensor de piso en piso.
—¡Qué amable! Gracias —replicó, con coquetería.
Le encantaba picarlo. Desde que habían compartido besos, más. Le causaba una gracia tremenda haberlo “descolocado” de semejante manera.
—De nada.
Demi se recostó contra la pared lateral y lo miró abiertamente, estudiándolo. Era tan escueto y a la vez tan explícito en todo lo que decía… En él no había insinuaciones. No había frases a medias. Se preguntó si en lo personal sería igual de escueto y explícito. Sonrió ante el pensamiento que le cruzó la mente.
—¿Por qué no me llamaste el jueves?
Joseph la miró de reojo con su sonrisa seductora. Ella no estaba preparada para oír la verdad ni él para decírsela. Por lo tanto, tocaba maniobra de distracción. A ver qué tal resultaba.
—Ya lo sabes. ¿Por qué preguntas?
Las puertas se abrieron en la quinta planta antes de darle tiempo a contestar, pero Demi ya había empezado a reír. Salieron del ascensor y se dirigieron hacia su suite caminando uno junto al otro.
—¿Esperas que me trague que esa niña te tuvo tan ocupado?
Joseph le echó otra mirada de reojo, pero no respondió. En cambio, continuó andando con una sonrisa en los labios. Demi soltó una carcajada.
—¿En serio? ¡Venga, Jordan…! ¿Quién era?, ¿la mujer atómica?
Ambos se detuvieron frente a la puerta de la habitación de Demi. Joseph tomó la tarjeta electrónica de la mano de ella y abrió la puerta. Demi entró, pero no mostró intención alguna de dejarlo pasar. Permaneció junto al marco de la puerta, escrutándolo.
—No te creo. Te estás marcando un farol.
—El atómico soy yo —replicó él—. Y tú, puedes creer lo que te de la real gana…
Y lo dijo mientras la miraba a los ojos, lo que le permitió comprobar que la expresión de Demi pasaba de pícara a sorprendida. En otras palabras; maniobra de distracción culminada con éxito.
—Vale. Es tarde. Me voy a dormir —dijo con una gran sonrisa. A continuación, hizo el ademán de acercarse a él, pero dejó el movimiento a medias y lo miró—. ¿La puerta de mi suite se considera público o privado?
Joseph sonrió meneando la cabeza. Quizás el éxito todavía no estaba decidido. Ella acababa de poner en marcha su contra-maniobra.
—Público, ¿no? —añadió ella, toda picardía—. Mala suerte. Que descanses, Joseph.
—Si doy un paso hacia ti, ya no va a ser público.
Pero fue Demi quien lo dio. Dio un paso fuera de la habitación y se colocó frente a él. Lo miró a la cara con total desafío, y cuando empezó a hablar su voz sonó tan desafiante como sensual.
—Me gustas, Joseph —él la miró desde su altura con los ojos brillantes—, así que voy a ser buena —él tragó saliva y se concentró en que la expresión de su cara no mostrara el maremoto que estaba teniendo lugar allí mismo, en su interior—. Voy a descubrir una de mis cartas y te voy a dejar verla, ¿de acuerdo?
Él continuó en silencio. Mirándola. Admirándola, como llevaba haciendo desde hacía años.
Y deseándola, como nunca había deseado nada ni a nadie.
—Te besé —continuó ella, mirándolo a los ojos con dulzura—. Podría repetirlo. Puede que, de hecho, lo haga; besas muy bien —él respiró hondo, se puso las manos en los bolsillos—. Pero si hay algo más que esos besos entre tú y yo, no va a ser por mí. Has dicho que esa parte de mi personalidad no te gusta y me he dado cuenta de que me importa lo que pienses de mí. Así que… esta es mi carta descubierta; no te lo voy a poner fácil.
La mirada de Joseph hacía innecesaria cualquier explicación, pero aún así la dio.
—Lo sé.
Demi asintió.
—Vale. Entonces, hasta mañana, Joseph —añadió, y desapareció tras la puerta de su habitación.
Él respiró hondo con los ojos clavados en la puerta cerrada.
Diez años esperando que lo que compartieran fuera más que conversaciones sobre conciertos y sesiones fotográficas, y allí estaba, sucediendo ante sus propios ojos.
Demi había dicho que su carta descubierta era dejarle saber que no se lo pondría fácil, pero ambos sabían que no era esa. La verdadera carta era otra; a ella le importaba lo que él pensara.
Casi tenía que pellizcarse para convencerse de que no soñaba, de que aquella preciosidad que había vivido su vida según sus propios criterios, sin hacer caso siquiera de lo que dijera su propia familia, a la que adoraba, estuviera admitiendo ante él, que le importaba su opinión.

Había sido una gran concesión la que ella le había hecho admitiendo algo así. Una que Joseph se proponía aprovechar al máximo.

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