Se le reía
el alma.
Pero a pesar
de que a Demi le hubieran gustado aquellos besos, y de que estaba más que feliz
con el cambio de tercio, era una mujer. Una que había descubierto que le
importaba, y mucho, lo que aquel hombre pensara de ella y él le había dicho que
no le gustaba la parte juerguista de
su personalidad.
—¿A qué hora
tengo esa sesión?
—Siete y
media —respondió él, y dejó que sus ojos volvieran a recorrer el cuerpo de
aquella preciosidad por la que, desde hacía unas horas, estaba mucho más loco
que antes.
Demi se puso
de pie y cogió sus cosas.
—¿Por qué
son siempre tan temprano? —comentó sin mirarlo. Joseph se levantó de su asiento
como un resorte. ¿Ya se iba?—. Ni yo puedo tener buena cara a esas horas…
¿Bromeas? Tú
siempre estás preciosa.
—¿Las
prefieres más tarde? —preguntó él, con expresión seria.
Demi se
despidió de Harry y Jarvis, que aún seguían en la barra, con un movimiento de
la mano, y se dirigió hacia los ascensores.
—¿Quién
prefiere que le hagan fotos a las siete y media de la mañana, Joseph? —dijo
risueña—. Estoy roque a esas horas. Da igual cuándo me haya acostado.
Las puertas
del ascensor se abrieron y ambos entraron.
—Roque
sigues igual de preciosa —comentó él sin mirarla cuando las puertas volvieron a
cerrarse—. Pero si prefieres otra hora, las próximas serán a otra hora.
Demi lo
espió por el rabillo del ojo. Él tenía las manos enlazadas en la espalda y los
ojos fijos en el tablero luminoso que, cerca del techo, indicaba el movimiento
del ascensor de piso en piso.
—¡Qué
amable! Gracias —replicó, con coquetería.
Le encantaba
picarlo. Desde que habían compartido besos, más. Le causaba una gracia tremenda
haberlo “descolocado” de semejante manera.
—De nada.
Demi se
recostó contra la pared lateral y lo miró abiertamente, estudiándolo. Era tan
escueto y a la vez tan explícito en todo lo que decía… En él no había
insinuaciones. No había frases a medias. Se preguntó si en lo personal sería
igual de escueto y explícito. Sonrió ante el pensamiento que le cruzó la mente.
—¿Por qué no
me llamaste el jueves?
Joseph la
miró de reojo con su sonrisa seductora. Ella no estaba preparada para oír la
verdad ni él para decírsela. Por lo tanto, tocaba maniobra de distracción. A
ver qué tal resultaba.
—Ya lo
sabes. ¿Por qué preguntas?
Las puertas
se abrieron en la quinta planta antes de darle tiempo a contestar, pero Demi ya
había empezado a reír. Salieron del ascensor y se dirigieron hacia su suite
caminando uno junto al otro.
—¿Esperas
que me trague que esa niña te tuvo tan ocupado?
Joseph le
echó otra mirada de reojo, pero no respondió. En cambio, continuó andando con
una sonrisa en los labios. Demi soltó una carcajada.
—¿En serio?
¡Venga, Jordan…! ¿Quién era?, ¿la mujer atómica?
Ambos se
detuvieron frente a la puerta de la habitación de Demi. Joseph tomó la tarjeta
electrónica de la mano de ella y abrió la puerta. Demi entró, pero no mostró
intención alguna de dejarlo pasar. Permaneció junto al marco de la puerta,
escrutándolo.
—No te creo.
Te estás marcando un farol.
—El atómico
soy yo —replicó él—. Y tú, puedes creer lo que te de la real gana…
Y lo dijo
mientras la miraba a los ojos, lo que le permitió comprobar que la expresión de
Demi pasaba de pícara a sorprendida. En otras palabras; maniobra de distracción
culminada con éxito.
—Vale. Es
tarde. Me voy a dormir —dijo con una gran sonrisa. A continuación, hizo el
ademán de acercarse a él, pero dejó el movimiento a medias y lo miró—. ¿La
puerta de mi suite se considera público o privado?
Joseph
sonrió meneando la cabeza. Quizás el éxito todavía no estaba decidido. Ella
acababa de poner en marcha su contra-maniobra.
—Público,
¿no? —añadió ella, toda picardía—. Mala suerte. Que descanses, Joseph.
—Si doy un
paso hacia ti, ya no va a ser público.
Pero fue Demi
quien lo dio. Dio un paso fuera de la habitación y se colocó frente a él. Lo
miró a la cara con total desafío, y cuando empezó a hablar su voz sonó tan
desafiante como sensual.
—Me gustas, Joseph
—él la miró desde su altura con los ojos brillantes—, así que voy a ser buena
—él tragó saliva y se concentró en que la expresión de su cara no mostrara el
maremoto que estaba teniendo lugar allí mismo, en su interior—. Voy a descubrir
una de mis cartas y te voy a dejar verla, ¿de acuerdo?
Él continuó
en silencio. Mirándola. Admirándola,
como llevaba haciendo desde hacía años.
Y
deseándola, como nunca había deseado nada ni a nadie.
—Te besé
—continuó ella, mirándolo a los ojos con dulzura—. Podría repetirlo. Puede que,
de hecho, lo haga; besas muy bien —él respiró hondo, se puso las manos en los
bolsillos—. Pero si hay algo más que esos besos entre tú y yo, no va a ser por
mí. Has dicho que esa parte de mi personalidad no te gusta y me he dado cuenta
de que me importa lo que pienses de mí. Así que… esta es mi carta descubierta;
no te lo voy a poner fácil.
La mirada de
Joseph hacía innecesaria cualquier explicación, pero aún así la dio.
—Lo sé.
Demi
asintió.
—Vale.
Entonces, hasta mañana, Joseph —añadió, y desapareció tras la puerta de su
habitación.
Él respiró
hondo con los ojos clavados en la puerta cerrada.
Diez años
esperando que lo que compartieran fuera más que conversaciones sobre conciertos
y sesiones fotográficas, y allí estaba, sucediendo ante sus propios ojos.
Demi había
dicho que su carta descubierta era dejarle saber que no se lo pondría fácil,
pero ambos sabían que no era esa. La verdadera carta era otra; a ella le
importaba lo que él pensara.
Casi tenía
que pellizcarse para convencerse de que no soñaba, de que aquella preciosidad
que había vivido su vida según sus propios criterios, sin hacer caso siquiera
de lo que dijera su propia familia, a la que adoraba, estuviera admitiendo ante
él, que le importaba su opinión.
Había sido
una gran concesión la que ella le había hecho admitiendo algo así. Una que Joseph
se proponía aprovechar al máximo.

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