Joseph había
hecho mucho más que inspirarla. Le había confirmado que hoy, ahora, lo que
necesitaba era precisamente él. Saberlo le había puesto el ánimo por las nubes.
También sabía que él, sin embargo, sería cauto. Y eso le gustaba. Aunque no fuera
propensa a pararse y pensar, aunque la gente que meditaba mucho las cosas le
resultara terriblemente aburrida, Demi tenía claro que hacía falta que alguno
de los dos mantuviera la cabeza fría. Y ella, por descontado, no iba a ser.
De camino a
los camerinos, firmaba autógrafos a los fans y agradecía felicitaciones como
siempre, mientras interiormente no dejaba de preguntarse qué sucedería cuando
volvieran a verse las caras.
Joseph iba a
querer mantener una conversación seria. Demi estaba segura de ello; él era ese
tipo de persona.
Pero cuando
abrió la puerta del camerino, él no estaba allí. Tampoco en la limusina que la
llevó de regreso al hotel.
Demi sonrió
ante sus propios pensamientos.
¿Te he
dejado nocaut, guaperas?
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Efectivamente,
así había sido. Lo había dejado fuera de combate. Sin embargo, cuando los
latidos de su corazón se serenaron y la sangre recuperó temperatura normal, el
cerebro de Joseph volvió a hacer lo que estaba programado para hacer.
En un pub
cerca del hotel, ante su segundo Chivas Regal servido en un vaso de boca ancha
con dos piedras de hielo, Joseph analizó cuidadosamente la situación.
Estaba
completamente loco por Demi. Llevaba diez años colado por ella. ¿Qué
posibilidades tenían de ser algo más de lo que eran, y que saliera bien? ¿Qué
buscaba Demi exactamente con él?
Se sentía
como un idiota preguntándose esas cosas, pero si cualquier otra mujer lo
hubiera besado, él lo tendría claro. Con Demi, no. Con ella podía significar
cualquier cosa. Desde simple coqueteo a “solo sexo”. Y viniendo de aquella
mujer le apetecía cualquier opción, pero no todas eran viables. En realidad,
solo una lo era; que ella estuviera tan loca por él como él lo estaba por ella.
Cualquier otra opción, le haría un daño terrible, uno del que no se recuperaría.
Si se
acercaba tanto a ella, si ella al final “cambiaba de marca” como le había visto
hacer montones de veces a lo largo de los años… Joseph se había pasado toda la
semana desesperado por verla, y evitándola por miedo a perder el control. Y
ahora, acababa de caer en la cuenta de que ya no dependía de él. Demi, para
variar, había cogido el buey por las astas.
Joseph apuró
su whisky y se puso el abrigo.
Había vuelto
junto a ella por una razón. Posiblemente, no estuviera preparado para el cambio
de tercio que Demi había impuesto al tema, pero su razón, la que lo había hecho
regresar junto a ella y aceptar su “nuevo proyecto” continuaba tan viva como el
primer día.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Demi no
estaba en su suite, tampoco en la de Sharon así que Joseph se dirigió al lounge del hotel.
Ella, que
estaba allí charlando con Harry y Jarvis, el único del grupo que había
desistido de hacer un tour de locales por Boston, lo vio antes de que los ojos
de Joseph la localizaran, sentada a la barra. Él, para variar, estaba hablando
por el móvil y Demi decidió disfrutar de esos segundos de mirar sin ser vista.
Él vestía un chaquetón marinero azul, unos elegantes pantalones a juego y
calzaba botas cortas negras. El abrigo estaba abierto, lo que permitía ver que
debajo llevaba uno de esos jerséis gruesos con motivos alpinos.
La manera en
que la atención de los presentes se concentraba en él a medida que avanzaba
mostraba claramente que no pasaba desapercibido ni siquiera a los de su mismo
sexo. Algo que a Demi no le extrañó en absoluto, ya que en su opinión, Joseph
era sencillamente un hombre espectacular.
Fue cuando
él se disponía a guardar el móvil tras acabar de hablar, que la vio. No lo
pensó dos veces y se dirigió directamente hacia ella al tiempo que desconectaba
el aparato; no quería interrupciones.
—¡Joseph!
¿Dónde te habías metido, hombre? —dijo Jarvis, dándole la bienvenida— Trish me
tenía asfixiado…
Los ojos de Joseph
se detuvieron brevemente en Demi de camino hacia Jarvis.
—¿Por qué te
tenía asfixiado? — Joseph palmeó el hombro de Harry ignorando la mirada con
mensaje que le devolvió Jarvis a modo de respuesta—. ¿Todo bien?
—Diez puntos
—respondió el responsable de seguridad de Demi — ¿Qué bebes?
—Tónica.
Gracias —respondió mientras se quitaba el abrigo. Luego, se dirigió a Demi —.
Buen concierto. Me gustó.
—¿Buen
concierto? —Soltó Jarvis riendo— ¿Pero cómo eres tan tibio, tío? ¡Estuvo
descomunal!
—¿A qué sí?
—terció Demi, riendo. Miró a Joseph con picardía—. Hoy estaba muy inspirada… No
sé, me encanta Boston…
El barman sirvió
la tónica y Joseph exhaló un imperceptible suspiro de ansiedad. Había llegado
el momento de poner las cartas boca arriba.
—Tenemos que
hablar… —dijo echándole una mirada rápida a Demi. Luego, se concentró en coger
su tónica y el abrigo, dispuesto a dirigirse hacia alguno de los cómodos
sillones que había cerca de los ventanales.
—¿Has pedido
hora a mi asistente?
Joseph la
miró con un cuarto de sonrisa y no pronunció ni una palabra.
Vale, la
cosa no estaba para bromas, pensó Demi, que se apresuró a recoger su copa y
despedirse de los demás.
Siguió a Joseph
n hasta unos sillones donde ambos tomaron asiento. Demi esperó pacientemente,
disfrutando con anticipación de las consecuencias de haberlo puesto en jaque.
Disfrutando tanto, que le estaba costando horrores mantener a raya la sonrisa
que pugnaba por salir y delatarla.
Joseph se
tomó su tiempo antes de empezar, pero cuando lo hizo no se anduvo por las
ramas. La miró y disparó a bocajarro:
—¿Movías
ficha o solamente liberabas presión?
Demi sonrió.
Aquellos preciosos ojos azules la estaban taladrando, como si quisieran
escudriñar dentro en busca de la verdad.
—¿Y qué más
da?
La mirada de
él se volvió mucho más intensa, y su expresión, seria. Demi en cambio, continuó
observándolo relajadamente.
—Da más —sentenció
él—. Si solamente has quitado el corcho, te diría que nuestro contrato no
incluye servicios personales. Pero si has movido ficha... Entonces, voy a
querer que me aclares un par de cosas para que yo, a mi vez, pueda aclararte
otro para.
Demi se arrellanó
en el amplio sillón.
—Soy una
mujer y te besé. ¿Necesitas un experto en códigos para entenderlo?
Él continuó
mirándola en silencio, expectante. Demi sonrió suavemente, y descodificó el
mensaje.
—Me gustas, Joseph.
Me pareces un tío espectacular. Y te besé. Esto es lo que hay... ¿Ahora, qué?
Joseph se
estremeció. Demi no había quitado el corcho para liberar presión. Había sido un
movimiento de ficha en toda regla. Su voz, sin embargo, sonó contenida y segura
cuando habló mirándola directamente a los ojos:
—Uno: en
público, ni me mires. Dos: esto queda entre tú y yo. Ni una palabra a los
chicos del grupo, ni al personal, ni a tu familia ni a la mía. Privado total,
¿está claro?
Demi asintió
y bajó la cabeza para esconder la sonrisa tridimensional que lucía en su cara.
Se moría de ganas de subir a la mesa y bailar, más feliz que unas pascuas.
Acababa de
poner a aquel vikingo exactamente donde quería; a dos besos de su cama.
Demi apuró
su tónica sin mirar a Joseph. Tenía que esforzarse para mantener a raya la
sonrisa. Después de tantas semanas, le parecía increíble que los dos se
encontraran en un tercio diferente. Y además, Joseph no había dicho “ni lo
sueñes”. Había puesto sobre la mesa las normas de la casa, lo cual era una
forma de darle luz verde. Solo con pensar que él pudiera estar planteándose
tener algo más con ella…
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