Demi soltó
una carcajada. Miley la miró con estudiada sensualidad e insitió en la idea,
que intuyó estaba teniendo una excelente acogida.
—¿Te
imaginas ese mismo plan cada noche de la semana? Dios… Necesito un tío que me
alegre el cuerpo ya mismo —añadió, quejumbrosa—. No hago más que estudiar.
¡Hasta empiezo a mirar a Jeffrey con cariño, imagínate!
Al final,
las dos reían. Igual que cuando eran niñas y encerradas en la habitación de Demi
hablaban de sexo a escondidas de mamá Eileen.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Era muy
tarde cuando Demi encendió la luz y cogió su móvil.
No sabía qué
pasaba con Joseph ni tampoco lo que pasaba con ella misma, pero, efectivamente,
no era de las que se sentaban y esperaban. Llevaba horas necesitando escuchar
su voz. Y él no llamaba.
Se sentó en
la cama, se apoyó en el espaldar y seleccionó su memoria. Esperó, oyendo cómo
los latidos de su propio corazón retumbaban en su interior mientras el móvil
conectaba la llamada.
Sonó una
vez, dos, tres…
Consultó el
reloj de la mesilla. Eran casi las cuatro de la madrugada.
Si me
hubieras llamado, no tendría que despertarte en plena noche. Así que te jodes,
guapo.
Siguió
sonando. Cuatro veces. Cinco. Seis. Siete…
El buzón de
voz no saltó y después de dejarlo sonar dieciséis veces sin que nadie
respondiera, Demi cortó.
—Si hubieras
cogido el bate y bateado, ahora no estaría follándose a otra —murmuró con los
ojos clavados en la pared de enfrente—. Así que la que se jode eres tú…
Demi apretó
los párpados con fuerza.
—¡Cabrón!
—exclamó, iracunda.
La siguiente
andanada de rabia dejó su móvil desperdigado en trozos por el suelo después de
estrellarse contra la pared.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Cuando el
teléfono dejó de sonar, Joseph exhaló un suspiro largo. Tomó conciencia de que
llevaba reteniendo el aliento desde que había saltado de la cama a sacar el
móvil del bolsillo de la cazadora, y sus ojos se habían clavado en la señal
luminosa parpadeante que ponía “Demi”.
En aquel
momento, el contacto de la piel caliente de la morena que había conocido en el
Club Perseus contra su cuerpo desnudo le produjo un escalofrío.
—Creí que Joseph
Wyatt era soltero y sin compromisos —susurró ella mientras se pegaba a él, con
movimientos deliberadamente sexuales.
Joseph se
apartó un poco con el móvil aún en una mano y la miró interrogante. ¿Acaso lo
conocía?
—Sales en
las revistas —aclaró ella—. Y además ¿quién te llama a estas horas y tú no
contestas?
Jordan
volvió a guardar el móvil en su cazadora sin decir nada. La mujer se acercó a
él nuevamente. Sintió cómo la mano femenina se deslizaba entre sus piernas en
una caricia sensual, oyó su voz suave que le decía:
—Estás
helado. Volvamos a la cama.
Sí. Estaba
helado. Desde que había visto el nombre Demi parpadeando en la pantallita de su
móvil, más que helado.
A menos
cincuenta grados.
—Ya voy
—murmuró con una media mueca de sonrisa mientras con la mirada le indicaba que
primero pasaría al baño.
Ella le
acarició el brazo.
—No tardes.
Joseph negó
con la cabeza, la miró mientras ella volvía a meterse en la cama.
Estaba
congelado.
Pero sentía
el corazón rozando las doscientas pulsaciones por minuto.
Y la razón
no era aquella morena.
Joseph estaba
llegando a Boston y seguía sin dar con Demi. Sonaba, pero nadie lo cogía.
Empezaba a estar atacado de los nervios, así que su siguiente intento fue
hablar con Sharon.
—Soy Joseph.
¿Qué pasa con el móvil de Demi?
Sharon le
hizo señas a Demi de que esperara. Ambas acababan de llegar al hotel después
del ensayo general en el Teatro de la Ópera.
—No
funciona. Acabo de darle otro, pero todavía no está conectado. ¿Dónde estás?
Demi, que se
disponía a meterse en la ducha, miró a Sharon, interrogante. “¿Es Joseph?” le
preguntó, haciendo mímica con los labios, y cuando vio que su asistente
asentía, un escalofrío le recorrió el cuerpo.
—A
doscientos kilómetros —respondió él—. ¿Está allí?
—Sí, a punto
de darse una ducha. Espera a ver si se puede poner…
Demi respiró
hondo. Se moría por oírlo.
Y tenía ganas de matarlo.
Necesitaba
tiempo para ponerse en situación, de modo que le indicó a Sharon que ella lo
llamaría cuando hubiera acabado. A continuación, cerró la puerta del baño, se
sentó sobre la tapa del inodoro, y miró alrededor. Jacuzzi, aroma a lilas, velas… Extendió la mano y acarició la bata
negra perfectamente doblada sobre el sillón que había a su lado.
Tenía sus
iniciales grabadas en el bolsillo. Y seguro que las sales serían de cereza y el
jabón, de arcilla. Joseph sabía de ella todos los detalles, hasta el más
mínimo. Conocía incluso sus preferencias en cuanto a higiene femenina a pesar
de que nunca se lo había consultado. Con su meticulosidad habitual, se
encargaba de que todo estuviera exactamente como a Demi Brady le gustaba.
¿Pero qué
sabía Joseph de Demi, la mujer?
Si había
sido capaz de estar cuarenta y ocho horas sin dar señales de vida, desde luego,
no lo bastante.
Era hora de
abrirle los ojos a aquel vikingo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario