sábado, 15 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 38



Demi soltó una carcajada. Miley la miró con estudiada sensualidad e insitió en la idea, que intuyó estaba teniendo una excelente acogida.
—¿Te imaginas ese mismo plan cada noche de la semana? Dios… Necesito un tío que me alegre el cuerpo ya mismo —añadió, quejumbrosa—. No hago más que estudiar. ¡Hasta empiezo a mirar a Jeffrey con cariño, imagínate!
Al final, las dos reían. Igual que cuando eran niñas y encerradas en la habitación de Demi hablaban de sexo a escondidas de mamá Eileen.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Era muy tarde cuando Demi encendió la luz y cogió su móvil.
No sabía qué pasaba con Joseph ni tampoco lo que pasaba con ella misma, pero, efectivamente, no era de las que se sentaban y esperaban. Llevaba horas necesitando escuchar su voz. Y él no llamaba.
Se sentó en la cama, se apoyó en el espaldar y seleccionó su memoria. Esperó, oyendo cómo los latidos de su propio corazón retumbaban en su interior mientras el móvil conectaba la llamada.
Sonó una vez, dos, tres…
Consultó el reloj de la mesilla. Eran casi las cuatro de la madrugada.
Si me hubieras llamado, no tendría que despertarte en plena noche. Así que te jodes, guapo.
Siguió sonando. Cuatro veces. Cinco. Seis. Siete…
El buzón de voz no saltó y después de dejarlo sonar dieciséis veces sin que nadie respondiera, Demi cortó.
—Si hubieras cogido el bate y bateado, ahora no estaría follándose a otra —murmuró con los ojos clavados en la pared de enfrente—. Así que la que se jode eres tú…
Demi apretó los párpados con fuerza.
—¡Cabrón! —exclamó, iracunda.
La siguiente andanada de rabia dejó su móvil desperdigado en trozos por el suelo después de estrellarse contra la pared.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Cuando el teléfono dejó de sonar, Joseph exhaló un suspiro largo. Tomó conciencia de que llevaba reteniendo el aliento desde que había saltado de la cama a sacar el móvil del bolsillo de la cazadora, y sus ojos se habían clavado en la señal luminosa parpadeante que ponía “Demi”.
En aquel momento, el contacto de la piel caliente de la morena que había conocido en el Club Perseus contra su cuerpo desnudo le produjo un escalofrío.
—Creí que Joseph Wyatt era soltero y sin compromisos —susurró ella mientras se pegaba a él, con movimientos deliberadamente sexuales.
Joseph se apartó un poco con el móvil aún en una mano y la miró interrogante. ¿Acaso lo conocía?
—Sales en las revistas —aclaró ella—. Y además ¿quién te llama a estas horas y tú no contestas?
Jordan volvió a guardar el móvil en su cazadora sin decir nada. La mujer se acercó a él nuevamente. Sintió cómo la mano femenina se deslizaba entre sus piernas en una caricia sensual, oyó su voz suave que le decía:
—Estás helado. Volvamos a la cama.
Sí. Estaba helado. Desde que había visto el nombre Demi parpadeando en la pantallita de su móvil, más que helado.
A menos cincuenta grados.
—Ya voy —murmuró con una media mueca de sonrisa mientras con la mirada le indicaba que primero pasaría al baño.
Ella le acarició el brazo.
—No tardes.
Joseph negó con la cabeza, la miró mientras ella volvía a meterse en la cama.
Estaba congelado.
Pero sentía el corazón rozando las doscientas pulsaciones por minuto.

Y la razón no era aquella morena.
Joseph estaba llegando a Boston y seguía sin dar con Demi. Sonaba, pero nadie lo cogía. Empezaba a estar atacado de los nervios, así que su siguiente intento fue hablar con Sharon.
—Soy Joseph. ¿Qué pasa con el móvil de Demi?
Sharon le hizo señas a Demi de que esperara. Ambas acababan de llegar al hotel después del ensayo general en el Teatro de la Ópera.
—No funciona. Acabo de darle otro, pero todavía no está conectado. ¿Dónde estás?
Demi, que se disponía a meterse en la ducha, miró a Sharon, interrogante. “¿Es Joseph?” le preguntó, haciendo mímica con los labios, y cuando vio que su asistente asentía, un escalofrío le recorrió el cuerpo.
—A doscientos kilómetros —respondió él—. ¿Está allí?
—Sí, a punto de darse una ducha. Espera a ver si se puede poner…
Demi respiró hondo. Se moría por oírlo.
Y tenía ganas de matarlo.
Necesitaba tiempo para ponerse en situación, de modo que le indicó a Sharon que ella lo llamaría cuando hubiera acabado. A continuación, cerró la puerta del baño, se sentó sobre la tapa del inodoro, y miró alrededor. Jacuzzi, aroma a lilas, velas… Extendió la mano y acarició la bata negra perfectamente doblada sobre el sillón que había a su lado. 
Tenía sus iniciales grabadas en el bolsillo. Y seguro que las sales serían de cereza y el jabón, de arcilla. Joseph sabía de ella todos los detalles, hasta el más mínimo. Conocía incluso sus preferencias en cuanto a higiene femenina a pesar de que nunca se lo había consultado. Con su meticulosidad habitual, se encargaba de que todo estuviera exactamente como a Demi Brady le gustaba.
¿Pero qué sabía Joseph de Demi, la mujer?
Si había sido capaz de estar cuarenta y ocho horas sin dar señales de vida, desde luego, no lo bastante.
Era hora de abrirle los ojos a aquel vikingo.

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