Mark estaba
irreconocible. Sus ojos brillaban de alegría cuando hizo las presentaciones de
rigor. Los dos morenitos, los hermanos Matt y Timmy White, que aún se sentían
extraños y afectados por el giro que acababa de dar su vida, eran una meta
conseguida; ser padre de acogida. Y algo que lo acercaba más a su gran
aspiración personal, seguir los pasos de su padre, John Brady.
Miley no se
quedaba atrás en alegría. Le encantaban los niños y para ella, el acogimiento
sería una de las pocas opciones de que dispondría para tener personitas pequeñas en su vida, ya que
su biología le impedía tener hijos.
Para el
resto de los Brady era un gran momento. Volver a tener el rancho repleto de
niños ajenos era algo que, aunque había dejado de suceder hacía cinco años por
expreso pedido de los hijos de la familia, todos echaban mucho de menos.
En el caso
de Demi y Joseph existía una historia sucediendo en paralelo a la que estaba
teniendo lugar en aquel momento. Su reciente intimidad había hecho emerger unas
emociones que empezaban a ser demasiado intensas, demasiado urgentes, para
pasar inadvertidas. Intercambiaban miradas y al hacerlo comprendían que los dos
se sentían de la misma manera. Y que cada minuto que pasaban a tres metros de
distancia, rodeados de familia, aquella locura que los embargaba era cada vez
más evidente; se morían por tocarse, por besarse, por repetir la experiencia de
estar juntos.
Así que, ya
casi no se miraban.
Evitaban que
sus ojos se encontraran, siquiera de forma accidental, e intentaban
involucrarse en conversaciones con distintos miembros de la familia allí
presente. Conversaciones en las que les resultaba casi imposible mantener el
interés.
—¿Sabíais
que en este rancho se preparan las mejores tartas de frutas del estado? —dijo
Mark mirando a los niños con cariño.
Timmy
continuaba bastante callado. Era evidente que se sentía cohibido. Su hermano
Matt, más desenfadado, se ocupó de responder.
—¿Hoy es día
de tarta? —preguntó con cara de pillo—. A él le gustan de chocolate. A mí, me
da igual. Me gustan todas.
—¿Aquí?
Siempre es día de tarta —intervino Miley—. Y también se comen las mejores
tartas de chocolate del estado. También son mis favoritas. Me doy un atracón
cada vez que abro la nevera y veo que toca de chocolate...
Demi miró de
reojo a Joseph y saltó como un resorte.
—¿Y qué tal
si en vez de hablar tanto de tartas, las catamos? —rodeó la mesa sonriendo y
cuando pasó junto a Joseph, añadió—: ¿Me echas una mano con los platos y las
cucharillas?
—Claro... —A
Joseph le faltó tiempo para decirlo.
Miley los
vio desaparecer por la puerta del salón, uno detrás de otro, y miró a Nick con
el ceño fruncido; él se la devolvió portando un mensaje que decí:” ¿Qué está
pasando aquí?”.
Eileen, sin
proponérselo, estropeó la huida de Demi y Joseph en busca de intimidad.
—Están en el
alféizar. No las van a encontrar... —dijo poniéndose de pie.
Miley hizo
ademán de detenerla, pero Jason, con expresión traviesa, se lo impidió.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Demi y Joseph,
obviamente, no buscaban las tartas.
Llegaron a
la cocina en tiempo récord, y tan pronto pusieron un pie allí, se apartaron de
la puerta y dejaron que su piel se expresara. Fundiéndose en un abrazo
apasionado, compartieron besos aún más apasionados, casi agónicos. De a ratos,
enredados en palabras.
—Dios...
—susurró él, inclinándose hacia Demi mientras le recorría el cuerpo con las
manos—. Me estaba volviendo loco...
—Y yo.
Demi deslizó
una de sus manos sobre la bragueta de Joseph.
—Eres una
tentación... —añadió, acariciando su miembro.
Él la hizo
volverse. La apoyó de espaldas contra su cuerpo e hizo que le rodeara el cuello
con los brazos. En su camino de regreso, las manos de Joseph le abarcaron los
pechos, acariciándolos posesivamente.
Ella suspiró
y respiró hondo.
—No pares...
—pidió.
—Tú sí que
eres una tentación... —le susurró al oído al sentir sus pezones endurecidos—.
¿Fue… bien lo de antes?
Casi bien.
Demi sabía
que tendría que deletreárselo, y él acababa de servirle la ocasión en bandeja.
De modo que pegó su espalda contra él, guió las caricias de las manos de Joseph
sobre sus pechos...
Y lo hizo.
Se lo dijo, con suavidad y mucha sensualidad mientras se rendía a sus caricias.
—La ternura,
sexualmente, no me enciende… ¿Entiendes?
Joseph se
estremeció.
Era la
cercanía femenina, la forma en que lo estaba besando. Y también sus palabras.
Estaba loco por ella. No podía imaginar estar con Demi y ser algo diferente que
intensamente tierno con ella.
Uno de los
brazos femeninos le rodeó el cuello, obligándolo a bajar la cabeza. Ella buscó
sus besos, apasionada, y él se los dio.
—Eres
espectacular, Joseph… Con ternura y todo, eres lo más espectacular que he visto
en mi vida.
"Espectacular",
pensó él, "haría lo que fuera por oírtelo decir mil veces".
La rodeó en
un abrazo cerrado, posesivo, y la besó plenamente, como si fuera el último
abrazo y el último beso, hasta que la sintió temblar. Entonces, además llovió
caricias sobre ella, sin recato. Exploró cada rincón de su cuerpo, ardiente. Y
ella hizo lo mismo.
Flotaban,
sumergidos en un maremoto de emociones que los sacudían intensamente, cuando
oyeron pasos acercándose.
Al primer
instante de confusión sobrevino la reacción; se separaron de un salto, como si
los hubiera alcanzado un rayo, e iniciaron una actividad febril; buscando
cucharas y platos, preparando las bandejas...
Cuando
Eileen apareció en la cocina, Demi se volvió sonriendo lo más recuperada que pudo.
—¿Dónde
están las tartas...? —preguntó.
—A eso
venía... Las dejé enfriándose en el alféizar —dijo Eileen, dirigiéndose a la
ventana.
Entró
primero una tarta y luego la otra. Las dos eran de frutas y queso.
—De moras
—aclaró, mirando a Joseph. Sabía que era su favorita. Fue entonces cuando vio
las marcas junto a su boca. Del mismo color que el pintalabios de Demi.
Eileen
apartó la mirada, intentando contener la risa. Demi, que había seguido el
recorrido de los ojos de su madre, también la apartó.
—Bueno... Ya
que os encargáis vosotros, yo vuelvo al salón —dijo Eileen sonriendo con
picardía.
A
continuación, desapareció tras la puerta de la cocina.
—¿Qué?
—preguntó Joseph al ver la expresión de Demi.
Ella se
acercó, muerta de risa, tomó una servilleta y le limpió la mancha.
—Esto
—respondió, enseñándole el paño sucio de pintalabios.
Joseph miró
a otra parte con las mejillas coloreadas de un tono similar al pintalabios de Demi.
—Vaya planchazo... —comentó con una sonrisa
violenta.
“Ni que lo
digas”, pensó ella.
Aquellas
manchas de carmín correrían cual reguero de pólvora entre los Brady, que en
adelante no solo estarían mucho más atentos a lo que ocurría entre ellos, sino
que buscarían pillarlos en una exclusiva que confirmara lo que ya se
imaginaban.
Cuando
regresaron al salón con las bandejas, los dos tuvieron la sensación de que
habían estado hablando de ellos y acababan de dejarlo de golpe cuando los
vieron aparecer. Joseph se limitó a evitar las miradas. Demi, más espontánea y
desenfadada, no las evitó en absoluto.
Las tartas
tuvieron un éxito total entre los niños, que las degustaron sin remilgos. La
conversación continuó, amena, sobre el último partido de los Titanes de
Tennessee, sobre los exámenes de Miley y también sobre Demi y las buenas
críticas que la prensa especializada le estaba dedicando.
Y la locura
entre Joseph y Demi siguió creciendo imparable. Ahora, que estaban sentados a
la mesa, uno junto a otro, la mano femenina, además, subía con descaro por la
pierna de Joseph, en una caricia caliente, sensual...
Insoportable.
Él se puso
de pie casi de un salto, farfulló una disculpa y enfiló hacia el baño; Demi,
con una desesperación bastante inusual en ella, empezó a maquinar alguna forma
de que los dos pudieran quitarse de en medio, aunque fuera cinco minutos.
¿Qué le
estaba sucediendo? ¿Desde cuándo estar con un hombre le apetecía tanto como
para que se le fuera la cabeza de aquella manera loca?
Era su casa.
Su salón. Toda la familia estaba allí. Menuda locura.
Una vez en
el baño, Joseph se refrescó la cara y se entretuvo en acomodarse la ropa, y
luego, el cabello. En realidad, estaba haciendo tiempo para reunir el coraje
necesario para volver a enfrentarse a la situación.
Desde que
aquel mediodía la había hecho suya, se sentía diferente. Es que era otro
hombre, otro Jordan Wyatt.
En este
nuevo no quedaba ni pizca del “controlado y cerebral” Joseph. Todo su sentido
común se diluía ante la intensidad de lo que sentía por Demi. La experiencia de
tener físicamente a la mujer de la que estaba perdidamente enamorado desde que
era un adolescente, había despertado en él necesidades nuevas. Los besos, las
caricias, los olores y sonidos, el éxtasis... Ahora eran tan diferentes…
Ahora
deseaba a una mujer a la que amaba profundamente, y eso lo cambiaba todo.
Ella lo
cambiaba todo.
Joseph supo
entonces que esa parte de su vida nunca volvería a ser igual.
Y lo peor,
también supo que ya no podría vivir sin aquellos besos, sin aquellas caricias,
sin ella…
Sin Demi, él
se volvería loco.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Cuando Joseph
reapareció en el salón, los niños inspeccionaban excitados los dos
reproductores de mp3 que Demi les había traído Demi.
Él se unió
por cortesía durante un pocos minutos, pero al final indicó que se marchaba. El
Huracán Mandy había dejado un caos
hormonal en la última embestida, y necesitaba recuperarse. Además, aún tenía
que pasar por la casa de sus padres. Les había prometido ir a verlos tan pronto
regresara a Camden.
Después de
que él se despidiera de todos en el salón, Demi lo acompañó. Sabía
perfectamente que, aunque su familia no hubiera salido con ella al porche a
despedirlo, seguían el acontecimiento desde la ventana del salón.
—¿Vas a casa
de tus padres? —preguntó Demi, apoyándose contra la barandilla del porche.
Suavemente
tiró de la cazadora de Joseph y lo instó a ponerse frente a ella. Él obedeció,
pero frunció el ceño. Demi hizo las aclaraciones oportunas.
—Contigo
delante, a mí no me ven. Y de ti, solo ven la espalda.
Joseph
asintió, sonriendo divertido.
—Lo tienes
todo estudiado...
—Conozco el
paño. He vivido veintiséis años con estos cotillas... ¿Qué? ¿Vas a casa de tus
padres? —repitió ella curiosa.
—Sí.
—Pensaba que
querías librarte de mí.
Joseph la
miró de reojo. Ella sonreía con picardía.
—No me
apetece en lo más mínimo —admitió él, masculino—, pero está claro que hoy no
repetimos postre... Así que, mejor me voy...
—Me muero
por besarte —susurró ella, y bajó la vista divertida ante su propio ataque de
sinceridad.
Él no la
apartó. Cada vez le costaba más dejar de mirarla.
De acuerdo.
No podía besarla, pero tal vez pudiera tocarla. La oscuridad y su propia
envergadura, les concederían un poco de intimidad.
Joseph no se
lo pensó más. Deslizó su mano por debajo del abrigo de corderito de Demi, sobre
su estómago, y empezó a acariciarlo suavemente.
—Es mutuo
—respondió.
La sintió
estremecerse. Y se estremeció.
—Dios...
—susurró ella, sonriendo algo violenta. Puso su mano sobre la de Joseph y
acompañó sus caricias.
—¿Qué te
apetece hacer mañana?
Lo mismo que
ahora, chaval.
Pegarse a él
y dejar volar la imaginación.
—Pasar el
día contigo —respondió Demi, manteniendo las formas.
Joseph la
miró con incredulidad. “Pasar el día contigo” le había sonado demasiado serio y
formal para aquella preciosidad rubia.
Entonces,
vio cómo una sonrisa aparecía en la cara de Demi. Una inmensa, preciosa... y muy pícara.
—En la cama
—añadió ella, muerta de risa.
—Ya me
parecía...
Ambos
rieron. Bromearon un rato más.
Finalmente, Joseph
le palmeó el estómago con ternura y apartó la mano. Le tiró un beso con los
labios. Ella le tiró otro.
Se dijeron
el resto con miradas, y él se marchó.
Joseph se
fue a la casa de sus padres; Demi volvió dentro, con los suyos.
Sus
emociones permanecieron en el porche.
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