sábado, 22 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 48




Mark estaba irreconocible. Sus ojos brillaban de alegría cuando hizo las presentaciones de rigor. Los dos morenitos, los hermanos Matt y Timmy White, que aún se sentían extraños y afectados por el giro que acababa de dar su vida, eran una meta conseguida; ser padre de acogida. Y algo que lo acercaba más a su gran aspiración personal, seguir los pasos de su padre, John Brady.
Miley no se quedaba atrás en alegría. Le encantaban los niños y para ella, el acogimiento sería una de las pocas opciones de que dispondría para tener personitas pequeñas en su vida, ya que su biología le impedía tener hijos.
Para el resto de los Brady era un gran momento. Volver a tener el rancho repleto de niños ajenos era algo que, aunque había dejado de suceder hacía cinco años por expreso pedido de los hijos de la familia, todos echaban mucho de menos.
En el caso de Demi y Joseph existía una historia sucediendo en paralelo a la que estaba teniendo lugar en aquel momento. Su reciente intimidad había hecho emerger unas emociones que empezaban a ser demasiado intensas, demasiado urgentes, para pasar inadvertidas. Intercambiaban miradas y al hacerlo comprendían que los dos se sentían de la misma manera. Y que cada minuto que pasaban a tres metros de distancia, rodeados de familia, aquella locura que los embargaba era cada vez más evidente; se morían por tocarse, por besarse, por repetir la experiencia de estar juntos.
Así que, ya casi no se miraban.
Evitaban que sus ojos se encontraran, siquiera de forma accidental, e intentaban involucrarse en conversaciones con distintos miembros de la familia allí presente. Conversaciones en las que les resultaba casi imposible mantener el interés.
—¿Sabíais que en este rancho se preparan las mejores tartas de frutas del estado? —dijo Mark mirando a los niños con cariño.
Timmy continuaba bastante callado. Era evidente que se sentía cohibido. Su hermano Matt, más desenfadado, se ocupó de responder.
—¿Hoy es día de tarta? —preguntó con cara de pillo—. A él le gustan de chocolate. A mí, me da igual. Me gustan todas.
—¿Aquí? Siempre es día de tarta —intervino Miley—. Y también se comen las mejores tartas de chocolate del estado. También son mis favoritas. Me doy un atracón cada vez que abro la nevera y veo que toca de chocolate...
Demi miró de reojo a Joseph y saltó como un resorte.
—¿Y qué tal si en vez de hablar tanto de tartas, las catamos? —rodeó la mesa sonriendo y cuando pasó junto a Joseph, añadió—: ¿Me echas una mano con los platos y las cucharillas?
—Claro... —A Joseph le faltó tiempo para decirlo.
Miley los vio desaparecer por la puerta del salón, uno detrás de otro, y miró a Nick con el ceño fruncido; él se la devolvió portando un mensaje que decí:” ¿Qué está pasando aquí?”.
Eileen, sin proponérselo, estropeó la huida de Demi y Joseph en busca de intimidad.
—Están en el alféizar. No las van a encontrar... —dijo poniéndose de pie.
Miley hizo ademán de detenerla, pero Jason, con expresión traviesa, se lo impidió.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Demi y Joseph, obviamente, no buscaban las tartas.
Llegaron a la cocina en tiempo récord, y tan pronto pusieron un pie allí, se apartaron de la puerta y dejaron que su piel se expresara. Fundiéndose en un abrazo apasionado, compartieron besos aún más apasionados, casi agónicos. De a ratos, enredados en palabras.
—Dios... —susurró él, inclinándose hacia Demi mientras le recorría el cuerpo con las manos—. Me estaba volviendo loco...
—Y yo.
Demi deslizó una de sus manos sobre la bragueta de Joseph.
—Eres una tentación... —añadió, acariciando su miembro.
Él la hizo volverse. La apoyó de espaldas contra su cuerpo e hizo que le rodeara el cuello con los brazos. En su camino de regreso, las manos de Joseph le abarcaron los pechos, acariciándolos posesivamente.
Ella suspiró y respiró hondo.
—No pares... —pidió.
—Tú sí que eres una tentación... —le susurró al oído al sentir sus pezones endurecidos—. ¿Fue… bien lo de antes?
Casi bien.
Demi sabía que tendría que deletreárselo, y él acababa de servirle la ocasión en bandeja. De modo que pegó su espalda contra él, guió las caricias de las manos de Joseph sobre sus pechos...
Y lo hizo. Se lo dijo, con suavidad y mucha sensualidad mientras se rendía a sus caricias.
—La ternura, sexualmente, no me enciende… ¿Entiendes?
Joseph se estremeció.
Era la cercanía femenina, la forma en que lo estaba besando. Y también sus palabras. Estaba loco por ella. No podía imaginar estar con Demi y ser algo diferente que intensamente tierno con ella.
Uno de los brazos femeninos le rodeó el cuello, obligándolo a bajar la cabeza. Ella buscó sus besos, apasionada, y él se los dio.
—Eres espectacular, Joseph… Con ternura y todo, eres lo más espectacular que he visto en mi vida.
"Espectacular", pensó él, "haría lo que fuera por oírtelo decir mil veces".
La rodeó en un abrazo cerrado, posesivo, y la besó plenamente, como si fuera el último abrazo y el último beso, hasta que la sintió temblar. Entonces, además llovió caricias sobre ella, sin recato. Exploró cada rincón de su cuerpo, ardiente. Y ella hizo lo mismo.
Flotaban, sumergidos en un maremoto de emociones que los sacudían intensamente, cuando oyeron pasos acercándose.
Al primer instante de confusión sobrevino la reacción; se separaron de un salto, como si los hubiera alcanzado un rayo, e iniciaron una actividad febril; buscando cucharas y platos, preparando las bandejas...
Cuando Eileen apareció en la cocina, Demi se volvió sonriendo lo más recuperada que pudo.
—¿Dónde están las tartas...? —preguntó.
—A eso venía... Las dejé enfriándose en el alféizar —dijo Eileen, dirigiéndose a la ventana.
Entró primero una tarta y luego la otra. Las dos eran de frutas y queso.
—De moras —aclaró, mirando a Joseph. Sabía que era su favorita. Fue entonces cuando vio las marcas junto a su boca. Del mismo color que el pintalabios de Demi.
Eileen apartó la mirada, intentando contener la risa. Demi, que había seguido el recorrido de los ojos de su madre, también la apartó.
—Bueno... Ya que os encargáis vosotros, yo vuelvo al salón —dijo Eileen sonriendo con picardía.
A continuación, desapareció tras la puerta de la cocina.
—¿Qué? —preguntó Joseph al ver la expresión de Demi.
Ella se acercó, muerta de risa, tomó una servilleta y le limpió la mancha.
—Esto —respondió, enseñándole el paño sucio de pintalabios.
Joseph miró a otra parte con las mejillas coloreadas de un tono similar al pintalabios de Demi.
—Vaya planchazo... —comentó con una sonrisa violenta.
“Ni que lo digas”, pensó ella.
Aquellas manchas de carmín correrían cual reguero de pólvora entre los Brady, que en adelante no solo estarían mucho más atentos a lo que ocurría entre ellos, sino que buscarían pillarlos en una exclusiva que confirmara lo que ya se imaginaban.
Cuando regresaron al salón con las bandejas, los dos tuvieron la sensación de que habían estado hablando de ellos y acababan de dejarlo de golpe cuando los vieron aparecer. Joseph se limitó a evitar las miradas. Demi, más espontánea y desenfadada, no las evitó en absoluto.
Las tartas tuvieron un éxito total entre los niños, que las degustaron sin remilgos. La conversación continuó, amena, sobre el último partido de los Titanes de Tennessee, sobre los exámenes de Miley y también sobre Demi y las buenas críticas que la prensa especializada le estaba dedicando.
Y la locura entre Joseph y Demi siguió creciendo imparable. Ahora, que estaban sentados a la mesa, uno junto a otro, la mano femenina, además, subía con descaro por la pierna de Joseph, en una caricia caliente, sensual...
Insoportable.
Él se puso de pie casi de un salto, farfulló una disculpa y enfiló hacia el baño; Demi, con una desesperación bastante inusual en ella, empezó a maquinar alguna forma de que los dos pudieran quitarse de en medio, aunque fuera cinco minutos.
¿Qué le estaba sucediendo? ¿Desde cuándo estar con un hombre le apetecía tanto como para que se le fuera la cabeza de aquella manera loca?
Era su casa. Su salón. Toda la familia estaba allí. Menuda locura.
Una vez en el baño, Joseph se refrescó la cara y se entretuvo en acomodarse la ropa, y luego, el cabello. En realidad, estaba haciendo tiempo para reunir el coraje necesario para volver a enfrentarse a la situación.
Desde que aquel mediodía la había hecho suya, se sentía diferente. Es que era otro hombre, otro Jordan Wyatt.
En este nuevo no quedaba ni pizca del “controlado y cerebral” Joseph. Todo su sentido común se diluía ante la intensidad de lo que sentía por Demi. La experiencia de tener físicamente a la mujer de la que estaba perdidamente enamorado desde que era un adolescente, había despertado en él necesidades nuevas. Los besos, las caricias, los olores y sonidos, el éxtasis... Ahora eran tan diferentes…
Ahora deseaba a una mujer a la que amaba profundamente, y eso lo cambiaba todo.
Ella lo cambiaba todo.
Joseph supo entonces que esa parte de su vida nunca volvería a ser igual.
Y lo peor, también supo que ya no podría vivir sin aquellos besos, sin aquellas caricias, sin ella…
Sin Demi, él se volvería loco.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Cuando Joseph reapareció en el salón, los niños inspeccionaban excitados los dos reproductores de mp3 que Demi les había traído Demi.
Él se unió por cortesía durante un pocos minutos, pero al final indicó que se marchaba. El Huracán Mandy había dejado un caos hormonal en la última embestida, y necesitaba recuperarse. Además, aún tenía que pasar por la casa de sus padres. Les había prometido ir a verlos tan pronto regresara a Camden.
Después de que él se despidiera de todos en el salón, Demi lo acompañó. Sabía perfectamente que, aunque su familia no hubiera salido con ella al porche a despedirlo, seguían el acontecimiento desde la ventana del salón.
—¿Vas a casa de tus padres? —preguntó Demi, apoyándose contra la barandilla del porche.
Suavemente tiró de la cazadora de Joseph y lo instó a ponerse frente a ella. Él obedeció, pero frunció el ceño. Demi hizo las aclaraciones oportunas.
—Contigo delante, a mí no me ven. Y de ti, solo ven la espalda.
Joseph asintió, sonriendo divertido.
—Lo tienes todo estudiado...
—Conozco el paño. He vivido veintiséis años con estos cotillas... ¿Qué? ¿Vas a casa de tus padres? —repitió ella curiosa.
—Sí.
—Pensaba que querías librarte de mí.
Joseph la miró de reojo. Ella sonreía con picardía.
—No me apetece en lo más mínimo —admitió él, masculino—, pero está claro que hoy no repetimos postre... Así que, mejor me voy...
—Me muero por besarte —susurró ella, y bajó la vista divertida ante su propio ataque de sinceridad.
Él no la apartó. Cada vez le costaba más dejar de mirarla.
De acuerdo. No podía besarla, pero tal vez pudiera tocarla. La oscuridad y su propia envergadura, les concederían un poco de intimidad.
Joseph no se lo pensó más. Deslizó su mano por debajo del abrigo de corderito de Demi, sobre su estómago, y empezó a acariciarlo suavemente.
—Es mutuo —respondió.
La sintió estremecerse. Y se estremeció.
—Dios... —susurró ella, sonriendo algo violenta. Puso su mano sobre la de Joseph y acompañó sus caricias.
—¿Qué te apetece hacer mañana?
Lo mismo que ahora, chaval.
Pegarse a él y dejar volar la imaginación.  
—Pasar el día contigo —respondió Demi, manteniendo las formas.
Joseph la miró con incredulidad. “Pasar el día contigo” le había sonado demasiado serio y formal para aquella preciosidad rubia.
Entonces, vio cómo una sonrisa aparecía en la cara de Demi. Una inmensa, preciosa... y muy pícara.
—En la cama —añadió ella, muerta de risa.
—Ya me parecía...
Ambos rieron. Bromearon un rato más.
Finalmente, Joseph le palmeó el estómago con ternura y apartó la mano. Le tiró un beso con los labios. Ella le tiró otro.
Se dijeron el resto con miradas, y él se marchó.
Joseph se fue a la casa de sus padres; Demi volvió dentro, con los suyos.

Sus emociones permanecieron en el porche.

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