Demi cerró
la carpeta y se apoyó contra el respaldo de la silla. Dos días sin Joseph y
cada vez le costaba más mantener el interés en otra cosa, distinta de su móvil,
del que no se despegaba para nada, desesperada por oírlo sonar y que fuera él.
¿Cómo había
pasado de ser una mujer divertida a aquel muermo con tacones?
Mejor aún,
¿cómo se las había ingeniado Joseph Wyatt para conseguir tenerla así de
desinteresada en cualquier otra cosa que no fuera él? ¿Cómo había empezado todo
aquello?
Demi no
tenía la menor idea acerca de cómo había sucedido. Un día disfrutaba de su
compañía igual que había hecho siempre; al siguiente ya no podía prescindir de
lo que sentía cuando estaban juntos. Y cuanto más intimaban, cuanto más
estrecha era la relación, más imprescindible se volvía él. Necesitaba sus modos
amables, lo fácil que era todo a su lado, la manera en que la trataba, con
tanta sensualidad como respeto...
Y su
ternura... Dios, aquella ternura que la arrullaba como una nana.
Lo peor era
que a ella empezaba a notársele. Era cuestión de días que empezaran las
preguntas. ¿Qué iba a responderles? Los dos habían acordado que lo mantendrían
en secreto, incluso para los Brady.
Y ahora que
su padre acababa de entrar en la cocina, con su sonrisa y aquella mirada
traviesa, Demi se dio cuenta de que ni siquiera era cuestión de días.
—¿Qué hace
mi niña bonita aquí, tan sola? —preguntó John después del reglamentario beso en
la frente.
Niña bonita.
Así la llamaba desde que, efectivamente, era una niña. Solo que ahora era una
mujer.
Demi se
encogió de hombros.
—¿Trabajando?
—insistió él. Le señaló con la mirada la carpeta que había sobre la mesa
mientras se sentaba frente a ella. Demi asintió—. ¿Qué es?
Ella abrió
el dossier, y hojeó el contenido.
—Algunos
proyectos sociales que promueve el gobierno de Arizona. Tengo que decidir
quiénes se quedan con el veinte por ciento de mi caché por actuar en un
festival en junio...
—¿Y?
Demi miró a
su padre. Notó que él la observaba satisfecho. Aquella era su expresión de
“padre orgulloso”, la que mostraba cuando hablaba de la gestión de Mark en el
rancho, o de los logros de Nick.
—Todavía no
lo sé. Hay tanta gente trabajando por cosas importantes que necesitan dinero
para financiarse... Tengo que estudiar estos papeles con calma y después hablar
con Joseph.
—Haces bien.
Son cuestiones importantes que hay que meditar detenidamente. Y también haces
bien en tener en cuenta lo que piensa Joseph. Puedes confiar en él.
¿Días? No, pensó Demi.
Las preguntas ya estaban allí, disfrazadas de comentarios indirectos que
sondeaban el terreno.
—¿Tú crees?
¿Estabas tú cuando dijo que “dejara las cuestiones sociales para activistas y
políticos”? Me parece que sí... —replicó mientras se estiraba a coger la jarra
de la cafetera, tras echarle una mirada irónica a su padre—. ¿Café?
John fue a
buscar dos tazas y las puso sobre la mesa. Demi las sirvió.
—Es abogado.
Y es tu mánager. ¿Qué esperabas que dijera? Te protege. Te ha protegido
siempre. Y puedes confiar en él porque te quiere bien.
Demi tragó
saliva. ¿Hablaba de amor, o de cariño? En aquel momento se dio cuenta de que
las manos se le habían helado.
—¿Sabías
que, desde hace años, colabora económicamente con varias organizaciones no
gubernamentales? —escuchó que su padre le preguntaba.
No, no lo
sabía. Demi tuvo la sensación de que, a pesar de los años que llevaban juntos,
de Joseph no sabía gran cosa. La mayoría de lo que conocía tenía que ver con lo
que hacían juntos a nivel profesional.
—No voy a
fingir que no me doy cuenta de que hay algo entre vosotros, cariño —continuó
John. Demi se esforzó por sostenerle la mirada—. Y no voy a hacerte preguntas.
No lo habéis dicho; vuestras razones tendréis, y yo las respeto. Pero sí me
gustaría decirte dos cosas, ¿puedo?
Demi empezó
a sudar.
Sus manos,
además de heladas, estaban pringosas. ¿Había algo más embarazoso que hablar de
asuntos personales con tu padre?
Sí, que él
hablara de tus asuntos personales contigo.
—No te
pongas roja, Demi —John le acarició las mejillas con ternura.
—Dios, esto
no está sucediendo... —replicó ella al tiempo que apartaba la mano de John de
su cara.
—¿Puedo o no
puedo? —insistió él, suavemente.
Ella volvió
a su café y exhaló el aire en un bufido. No tenía la menor idea de qué podía
tener que decir su padre al respecto. Si era malo, no quería oírlo. Y si era
bueno... Tampoco quería oír más cosas buenas sobre Joseph. Tal como era, la
tenía pendiente del móvil todo el bendito día...
Pero John se
le adelantó:
—Lo voy a
decir igual. Si no quieres oírlo, tápate las oídos y ya está...
Ella volvió
a recostarse contra el respaldo. Se preparó para escuchar sentencia con la
expresión más relajada que pudo poner.
—Quienes nos
rodean —dijo él—, pueden ayudarnos a volar y ser quienes estamos llamados a ser
o pueden ayudarnos a mantener las alas plegadas y no llegar a volar jamás. Para
crecer, necesitas rodearte de personas que te apoyen, que estén de tu parte…
Has decidido darle un giro a tu vida. Uno que, admito, llegué a pensar que
empezaba a tardar demasiado...
— Demi pestañeó cuando los ojos se le llenaron
de lágrimas—. Y la primera de las dos cosas que voy a decirte es que me siento
orgulloso de ti. No espero que mis hijos sean infalibles, pero sí que
rectifiquen cuando se equivocan, intenten reparar el daño que hayan causado, y
sigan adelante. Y tú lo has hecho. Con sobresaliente.
Demi tomó la
taza de café con manos crispadas en un intento vano de cortar la emoción que le
cerraba la garganta, haciéndola sentir como una niña.
John hizo
una pausa para que ella se serenara y luego continuó.
—Y lo
segundo que voy a decirte es sobre Joseph. Tienes una gran deuda con él,
cariño. Se ha ganado el derecho a esperar de ti una honestidad total. Hagas lo
que hagas, jamás lo olvides.
Demi no
olvidaría aquella deuda mientras viviera. Eso lo sabía muy bien. Lo que aún no
sabía era cómo podría saldarla, o al menos, compensarla de alguna manera. Joseph
no era como ella, no se metía en camisa de once varas. Era reflexivo, maduro y
fiable. Ser completamente honesta con él era lo menos que podía hacer.
Aunque
tuviera sus bemoles ser completamente
honesta con el primer hombre que le interesaba, de verdad, en toda su vida.
Pero incluso
en el caso de que, efectivamente, lo consiguiera, para Demi seguiría sin ser
suficiente.
—¿Algo más?
—preguntó, con la ceja enarcada como hacía Mark cuando algo no le gustaba.
John negó
con la cabeza. A continuación, tomó la mano de su hija y, con infinita ternura,
depositó un beso sobre ella.
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