sábado, 22 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 49




Demi cerró la carpeta y se apoyó contra el respaldo de la silla. Dos días sin Joseph y cada vez le costaba más mantener el interés en otra cosa, distinta de su móvil, del que no se despegaba para nada, desesperada por oírlo sonar y que fuera él.
¿Cómo había pasado de ser una mujer divertida a aquel muermo con tacones?
Mejor aún, ¿cómo se las había ingeniado Joseph Wyatt para conseguir tenerla así de desinteresada en cualquier otra cosa que no fuera él? ¿Cómo había empezado todo aquello?
Demi no tenía la menor idea acerca de cómo había sucedido. Un día disfrutaba de su compañía igual que había hecho siempre; al siguiente ya no podía prescindir de lo que sentía cuando estaban juntos. Y cuanto más intimaban, cuanto más estrecha era la relación, más imprescindible se volvía él. Necesitaba sus modos amables, lo fácil que era todo a su lado, la manera en que la trataba, con tanta sensualidad como respeto...
Y su ternura... Dios, aquella ternura que la arrullaba como una nana.
Lo peor era que a ella empezaba a notársele. Era cuestión de días que empezaran las preguntas. ¿Qué iba a responderles? Los dos habían acordado que lo mantendrían en secreto, incluso para los Brady.
Y ahora que su padre acababa de entrar en la cocina, con su sonrisa y aquella mirada traviesa, Demi se dio cuenta de que ni siquiera era cuestión de días.
—¿Qué hace mi niña bonita aquí, tan sola? —preguntó John después del reglamentario beso en la frente.
Niña bonita. Así la llamaba desde que, efectivamente, era una niña. Solo que ahora era una mujer.
Demi se encogió de hombros.
—¿Trabajando? —insistió él. Le señaló con la mirada la carpeta que había sobre la mesa mientras se sentaba frente a ella. Demi asintió—. ¿Qué es?
Ella abrió el dossier, y hojeó el contenido.
—Algunos proyectos sociales que promueve el gobierno de Arizona. Tengo que decidir quiénes se quedan con el veinte por ciento de mi caché por actuar en un festival en junio...
—¿Y?
Demi miró a su padre. Notó que él la observaba satisfecho. Aquella era su expresión de “padre orgulloso”, la que mostraba cuando hablaba de la gestión de Mark en el rancho, o de los logros de Nick.
—Todavía no lo sé. Hay tanta gente trabajando por cosas importantes que necesitan dinero para financiarse... Tengo que estudiar estos papeles con calma y después hablar con Joseph.
—Haces bien. Son cuestiones importantes que hay que meditar detenidamente. Y también haces bien en tener en cuenta lo que piensa Joseph. Puedes confiar en él.
¿Días? No, pensó Demi. Las preguntas ya estaban allí, disfrazadas de comentarios indirectos que sondeaban el terreno.
—¿Tú crees? ¿Estabas tú cuando dijo que “dejara las cuestiones sociales para activistas y políticos”? Me parece que sí... —replicó mientras se estiraba a coger la jarra de la cafetera, tras echarle una mirada irónica a su padre—. ¿Café?
John fue a buscar dos tazas y las puso sobre la mesa. Demi las sirvió.
—Es abogado. Y es tu mánager. ¿Qué esperabas que dijera? Te protege. Te ha protegido siempre. Y puedes confiar en él porque te quiere bien.
Demi tragó saliva. ¿Hablaba de amor, o de cariño? En aquel momento se dio cuenta de que las manos se le habían helado.
—¿Sabías que, desde hace años, colabora económicamente con varias organizaciones no gubernamentales? —escuchó que su padre le preguntaba.
No, no lo sabía. Demi tuvo la sensación de que, a pesar de los años que llevaban juntos, de Joseph no sabía gran cosa. La mayoría de lo que conocía tenía que ver con lo que hacían juntos a nivel profesional.
—No voy a fingir que no me doy cuenta de que hay algo entre vosotros, cariño —continuó John. Demi se esforzó por sostenerle la mirada—. Y no voy a hacerte preguntas. No lo habéis dicho; vuestras razones tendréis, y yo las respeto. Pero sí me gustaría decirte dos cosas, ¿puedo?
Demi empezó a sudar.
Sus manos, además de heladas, estaban pringosas. ¿Había algo más embarazoso que hablar de asuntos personales con tu padre?
Sí, que él hablara de tus asuntos personales contigo.
—No te pongas roja, Demi —John le acarició las mejillas con ternura.
—Dios, esto no está sucediendo... —replicó ella al tiempo que apartaba la mano de John de su cara.
—¿Puedo o no puedo? —insistió él, suavemente.
Ella volvió a su café y exhaló el aire en un bufido. No tenía la menor idea de qué podía tener que decir su padre al respecto. Si era malo, no quería oírlo. Y si era bueno... Tampoco quería oír más cosas buenas sobre Joseph. Tal como era, la tenía pendiente del móvil todo el bendito día...
Pero John se le adelantó:
—Lo voy a decir igual. Si no quieres oírlo, tápate las oídos y ya está...
Ella volvió a recostarse contra el respaldo. Se preparó para escuchar sentencia con la expresión más relajada que pudo poner.
—Quienes nos rodean —dijo él—, pueden ayudarnos a volar y ser quienes estamos llamados a ser o pueden ayudarnos a mantener las alas plegadas y no llegar a volar jamás. Para crecer, necesitas rodearte de personas que te apoyen, que estén de tu parte… Has decidido darle un giro a tu vida. Uno que, admito, llegué a pensar que empezaba a tardar demasiado... 
— Demi pestañeó cuando los ojos se le llenaron de lágrimas—. Y la primera de las dos cosas que voy a decirte es que me siento orgulloso de ti. No espero que mis hijos sean infalibles, pero sí que rectifiquen cuando se equivocan, intenten reparar el daño que hayan causado, y sigan adelante. Y tú lo has hecho. Con sobresaliente.
Demi tomó la taza de café con manos crispadas en un intento vano de cortar la emoción que le cerraba la garganta, haciéndola sentir como una niña.
John hizo una pausa para que ella se serenara y luego continuó.
—Y lo segundo que voy a decirte es sobre Joseph. Tienes una gran deuda con él, cariño. Se ha ganado el derecho a esperar de ti una honestidad total. Hagas lo que hagas, jamás lo olvides.
Demi no olvidaría aquella deuda mientras viviera. Eso lo sabía muy bien. Lo que aún no sabía era cómo podría saldarla, o al menos, compensarla de alguna manera. Joseph no era como ella, no se metía en camisa de once varas. Era reflexivo, maduro y fiable. Ser completamente honesta con él era lo menos que podía hacer.
Aunque tuviera sus bemoles ser completamente honesta con el primer hombre que le interesaba, de verdad, en toda su vida.
Pero incluso en el caso de que, efectivamente, lo consiguiera, para Demi seguiría sin ser suficiente.
—¿Algo más? —preguntó, con la ceja enarcada como hacía Mark cuando algo no le gustaba.

John negó con la cabeza. A continuación, tomó la mano de su hija y, con infinita ternura, depositó un beso sobre ella.

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