sábado, 15 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 37



Hacía frío, lloviznaba de a ratos y su ánimo de los últimos tres días era más o menos el mismo; insoportable.
Demi se acercó a la ventana de su habitación en la primera planta de la casa victoriana de los Brady y dejó que la mirada se perdiera en el horizonte.
Le gustaba estar con los suyos, pero llevaba cuatro días malhumorada. La razón era Joseph, y eso empeoraba su humor.
Se pasaba el día esperando su llamada como si eso fuera lo único que le importara en el mundo y mientras lo oía, se sentía genial. Luego, volvía el sopor. Y también el mal humor.
Cuatro días. Tres llamadas. Eran las cinco de la tarde del jueves y todavía no la había llamado. Tampoco era que él se estuviera esmerando mucho con la comunicación… ¿Y ella qué? ¿Por qué no lo llamaba si tanto le apetecía hablar con él?
Porque era Joseph, por eso. Cuando él estaba de por medio todo era distinto: no dejaba de pensar cada movimiento mil veces y se sentía rara.
Dios. ¿Por qué no lo llamas de una vez?
Demi miró su móvil sobre la cama. Llamar o no llamar.
Lo cogió y respiró hondo.
¿Por qué no suenas, trasto?
Abrió la agenda, avanzó con el cursor por la lista uno a uno. Jane. Jarvis. Jeremy…
Siguió avanzando.
Si estuviera libre me habría llamado.
Jil. Johnny…
¿O no? ¿Te estás haciendo desear, chaval?
Continuó avanzando. John-John… Joseph.
¿En qué estás, Joseph? ¿Por qué no me...
El corazón de Demi estuvo a punto de detenerse cuando su teléfono empezó a sonar. Y después de un instante, volvió a la carga con una fuerza inesperada, retumbando en su interior.
Se llevó el móvil al oído sin pensar, sin mirar, casi sin respirar. Del otro lado empezaron a hablar.
¿Cómo está mi chica favorita? —dijo una voz que le resultó vagamente familiar.
Vagamente familiar.
El corazón de Demi, lentamente, volvió a latir con normalidad y ella, a ser consciente de que fuera lloviznaba y estaba oscuro. Y también de que llevaba cuatro días de un humor de perros.
—Tu chica favorita está muy bien. Y la respuesta sigue siendo no, J.T.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
En Nashville Joseph tomaba una cerveza con Nick en el Club Perseus. Estaba libre, pero no llamaba a Demi.
El quarterback tenía plan para la noche, pero cuando lo vio al otro lado de la puerta de su apartamento, supo que algo sucedía e hizo los arreglos oportunos para encargarse de averiguar por qué razón Joseph Wyatt estaba en su casa, cuando debía estar a seiscientos veinticinco kilómetros, exactamente. En el rancho Brady.
Y allí estaban los dos, en el local más cañero de la ciudad, rodeados de tías buenas de las que su acompañante parecía no darse por enterado y Nick, esperando pacientemente a que Jordan se dignara a soltar lo que le rondaba la mente de una vez.
Cosa que no ocurrió hasta dos horas más tarde, sobre las once.
—Estoy metido en esto hasta el cuello, tío. No sé si puedo seguir sin… — Joseph exhaló el aire contrariado y miró a su amigo—. Sin perder los papeles.
Nick respiró hondo. Cerca, a pocos metros, dos gatitas bailaban. Y los miraban. A una la conocía, la había visto varias veces rondando los vestuarios del estadio cuando los Titanes jugaban de locales. A la morena no la conocía, pero ella no le quitaba ojo de encima a Joseph.
—Esto es alucinante —dijo acercándose a su amigo y señalándole con la mirada la pista de baile—. ¿Qué hago aquí aguantándote la neura? ¿Y por qué no te dejas de historias y echas un polvo, tío? Mañana, Dios dirá.
Joseph lo miró de reojo, valorando la situación y luego echó un vistazo a la pista.
Cuatro días desesperado por ver a Demi. Cuatro días metido en una vorágine de trabajo que él mismo creaba con la única finalidad de no tener tiempo libre. Porque cada vez que tenía diez minutos, pensaba. En ella. En realidad, pensaba en ella siempre, pero cuando no había carretera que atender, cláusulas que negociar, promotores que visitar, casi tenía que programarse para no llamarla. Sacaba el móvil y seleccionaba su memoria mil veces por día. Y un segundo antes de hacer algo irremediable, volvía a guardarlo. Una llamada al día. Eso era todo lo que podía permitirse. Demi le había dicho “si no me llamas, te vas a enterar”. Una llamada estaba bien. Pero hoy no había podido hacerla. Había acabado con su última gestión hacía horas y si la llamaba, se plantaría en Camden.
Y perdería los papeles.
¿Camden y dos días con sus noches completamente libres para estar con ella? Perdería los papeles, seguro. Y había demasiadas implicaciones en el tema como para perderlos sin más.
No. Debía mantenerse lejos del móvil y de Demi un día más. Llegar a Boston con tiempo suficiente para verla cinco minutos antes de que saliera al escenario, y luego, disponer de dos horas para recuperarse del efecto, y volver a ser el de siempre.
—Sí, supongo que mañana Dios dirá.
Nick le palmeó el hombro, satisfecho.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
—¿Qué haces aquí con este frío que pela?
Demi volvió la cabeza y vio que Miley se acercaba a ella, frotándose los brazos.
Era cierto. Hacía frío. Pero todos estaban en el salón, más pendientes de ella que de la película, el bendito móvil seguía sin sonar y tenía la esperanza de que el frío hiciera algún milagro con sus neuronas y volviera a ser la de antes, la de siempre. La que no se pasaba el día pensando en un hombre.
Demi se encogió de hombros. ¿Qué podía responder?
Demi avanzó a ella mirándola con picardía. Se apoyó contra la barandilla del porche, a su lado.
—Le estás dando demasiadas vueltas a este tema, Demi.
Ya. Era consciente de eso. Pero no podía dejar de hacerlo.
—Es que es todo un tema, ¿sabes? —dijo al fin.
—Para el resto de los mortales, seguramente. Para Demi Brady, no.
Demi la miró brevemente, notó que sonreía y volvió la vista al frente, al paisaje helado.
— Demi Brady… —murmuró— ¿y dónde está esa?
Miley apoyó los antebrazos en la barandilla, junto a Demi, y le tocó el hombro con el suyo, cariñosamente.
—Está aquí, ¿dónde, si no?
Ella prefirió no responder.
—No eres del tipo de mujer que se sienta y espera —dijo Miley —. No eres del tipo que deja que un hombre marque las pautas. Ni tampoco de las que dan tantas vueltas a estos asuntos. No eres así, Demi. Tú decides qué y cómo, y vas a por ello.
—Ya.
Con Joseph no podía hacerlo así. No sabía por qué, pero con él las cosas no funcionaban de esa manera.
—Mira, nena… Puede salir genial o fatal, pero si juegas a un juego que no es el tuyo, aunque salga genial, no lo vas a ver claro. Y creo que tampoco lo vas a disfrutar… — Miley la miró con picardía—. Para ti el “cómo” es tan importante como el “qué” ¿o no?
—Diría que más.
—¿Lo ves? — Miley volvió a darle un empujoncito cariñoso con el hombro—. Coge el bate y batea, Demi… No pienses en lo que él piensa. ¿Cuándo te importó a ti lo que ellos pensaran?
Demi movió la cabeza como si considerara las posibilidades.
—Me importa lo que Jordan piense. Ese es el problema. Y tampoco tengo claro que él… Ya sabes…
Miley se volvió de frente a su amiga y la observó mientras hablaba. ¿Era posible que Jordan estuviera jugando tan bien sus cartas como para tenerla así de confundida? Le parecía increíble.
—Cuando volvió de Tennessee me dijo que estaba loco por volver conmigo —continuó Demi, con retintín—, pero luego estuvo una semana pensándoselo, sin llamarme… Y bueno, es un encanto, como siempre, pero no veo claro que le interese. Yo, quiero decir…
—¿Estás de guasa?
Demi negó con la cabeza.
—Le voy, ya lo sé... ¿a que tío no le voy? Pero no en ese plan, ¿me entiendes? Y seguro que piensa en todo lo que hay por medio, en que es mi mánager, amigo de Nick, casi parte de la familia… Jordan es así. Piensa en todo. Y hace bien, ésto es una locura.
—Exacto. Él es de los que lo piensan todo. Hace bien en pensárselo. Pero tú eres de las que apunta y dispara. Y harías bien en hacerlo. Venga, Demi… ¿Qué es lo peor que podría pasar? ¿Tan coladita estás que no aguantarías una calabaza suya?
Demi miró a Miley. Enarcó una ceja como hacía Mark cuando un tema no le gustaba, y las dos empezaron a reír.
—Sobreviviría, seguro —sentenció Demi con toda su vanidad—. No siempre ganas cuando arriesgas, ya sabes, pero si no arriesgas…

Exacto, preciosa. Si hay algo que me maravilla de ti es esa capacidad de hacer las cosas a tope, vivirlas mientras duran y luego seguir con tu vida sin rencores, sin reproches. Francamente, creo que seguiríais como amigos aunque algo más entre vosotros no funcionara. Por ti, porque tú eres así… Y si funcionara… — Miley la miró con picardía. Se acercó para hablarle en confidencia—. ¿Te imaginas llegar a tu suite después de bajarte del escenario y encontrarte a ese bellezón sureño en tu cama? 

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