Hacía frío,
lloviznaba de a ratos y su ánimo de los últimos tres días era más o menos el
mismo; insoportable.
Demi se
acercó a la ventana de su habitación en la primera planta de la casa victoriana
de los Brady y dejó que la mirada se perdiera en el horizonte.
Le gustaba
estar con los suyos, pero llevaba cuatro días malhumorada. La razón era Joseph,
y eso empeoraba su humor.
Se pasaba el
día esperando su llamada como si eso fuera lo único que le importara en el
mundo y mientras lo oía, se sentía genial. Luego, volvía el sopor. Y también el
mal humor.
Cuatro días.
Tres llamadas. Eran las cinco de la tarde del jueves y todavía no la había
llamado. Tampoco era que él se estuviera esmerando mucho con la comunicación…
¿Y ella qué? ¿Por qué no lo llamaba si tanto le apetecía hablar con él?
Porque era Joseph,
por eso. Cuando él estaba de por medio todo era distinto: no dejaba de pensar
cada movimiento mil veces y se sentía rara.
Dios. ¿Por
qué no lo llamas de una vez?
Demi miró su
móvil sobre la cama. Llamar o no llamar.
Lo cogió y
respiró hondo.
¿Por qué no
suenas, trasto?
Abrió la
agenda, avanzó con el cursor por la lista uno a uno. Jane. Jarvis. Jeremy…
Siguió
avanzando.
Si estuviera
libre me habría llamado.
Jil. Johnny…
¿O no? ¿Te
estás haciendo desear, chaval?
Continuó avanzando.
John-John… Joseph.
¿En qué
estás, Joseph? ¿Por qué no me...
El corazón
de Demi estuvo a punto de detenerse cuando su teléfono empezó a sonar. Y
después de un instante, volvió a la carga con una fuerza inesperada, retumbando
en su interior.
Se llevó el
móvil al oído sin pensar, sin mirar, casi sin respirar. Del otro lado empezaron
a hablar.
—¿Cómo está mi chica favorita? —dijo una
voz que le resultó vagamente familiar.
Vagamente
familiar.
El corazón
de Demi, lentamente, volvió a latir con normalidad y ella, a ser consciente de
que fuera lloviznaba y estaba oscuro. Y también de que llevaba cuatro días de
un humor de perros.
—Tu chica
favorita está muy bien. Y la respuesta sigue siendo no, J.T.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
En Nashville
Joseph tomaba una cerveza con Nick en el Club Perseus. Estaba libre, pero no
llamaba a Demi.
El quarterback tenía plan para la noche,
pero cuando lo vio al otro lado de la puerta de su apartamento, supo que algo
sucedía e hizo los arreglos oportunos para encargarse de averiguar por qué
razón Joseph Wyatt estaba en su casa, cuando debía estar a seiscientos
veinticinco kilómetros, exactamente. En el rancho Brady.
Y allí
estaban los dos, en el local más cañero
de la ciudad, rodeados de tías buenas de las que su acompañante parecía no
darse por enterado y Nick, esperando pacientemente a que Jordan se dignara a
soltar lo que le rondaba la mente de una vez.
Cosa que no
ocurrió hasta dos horas más tarde, sobre las once.
—Estoy
metido en esto hasta el cuello, tío. No sé si puedo seguir sin… — Joseph exhaló
el aire contrariado y miró a su amigo—. Sin perder los papeles.
Nick respiró
hondo. Cerca, a pocos metros, dos gatitas
bailaban. Y los miraban. A una la conocía, la había visto varias veces rondando
los vestuarios del estadio cuando los Titanes jugaban de locales. A la morena
no la conocía, pero ella no le quitaba ojo de encima a Joseph.
—Esto es
alucinante —dijo acercándose a su amigo y señalándole con la mirada la pista de
baile—. ¿Qué hago aquí aguantándote la neura?
¿Y por qué no te dejas de historias y echas un polvo, tío? Mañana, Dios dirá.
Joseph lo
miró de reojo, valorando la situación y luego echó un vistazo a la pista.
Cuatro días
desesperado por ver a Demi. Cuatro días metido en una vorágine de trabajo que
él mismo creaba con la única finalidad de no tener tiempo libre. Porque cada
vez que tenía diez minutos, pensaba. En ella. En realidad, pensaba en ella
siempre, pero cuando no había carretera que atender, cláusulas que negociar,
promotores que visitar, casi tenía que programarse para no llamarla. Sacaba el móvil y seleccionaba su memoria mil veces
por día. Y un segundo antes de hacer algo irremediable, volvía a guardarlo. Una
llamada al día. Eso era todo lo que podía permitirse. Demi le había dicho “si
no me llamas, te vas a enterar”. Una llamada estaba bien. Pero hoy no había
podido hacerla. Había acabado con su última gestión hacía horas y si la llamaba,
se plantaría en Camden.
Y perdería
los papeles.
¿Camden y
dos días con sus noches completamente libres para estar con ella? Perdería los
papeles, seguro. Y había demasiadas
implicaciones en el tema como para perderlos sin más.
No. Debía
mantenerse lejos del móvil y de Demi un día más. Llegar a Boston con tiempo
suficiente para verla cinco minutos antes de que saliera al escenario, y luego,
disponer de dos horas para recuperarse del efecto, y volver a ser el de
siempre.
—Sí, supongo
que mañana Dios dirá.
Nick le
palmeó el hombro, satisfecho.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
—¿Qué haces
aquí con este frío que pela?
Demi volvió
la cabeza y vio que Miley se acercaba a ella, frotándose los brazos.
Era cierto.
Hacía frío. Pero todos estaban en el salón, más pendientes de ella que de la
película, el bendito móvil seguía sin sonar y tenía la esperanza de que el frío
hiciera algún milagro con sus neuronas y volviera a ser la de antes, la de
siempre. La que no se pasaba el día pensando en un hombre.
Demi se
encogió de hombros. ¿Qué podía responder?
Demi avanzó
a ella mirándola con picardía. Se apoyó contra la barandilla del porche, a su
lado.
—Le estás
dando demasiadas vueltas a este tema, Demi.
Ya. Era
consciente de eso. Pero no podía dejar de hacerlo.
—Es que es todo un tema, ¿sabes? —dijo al fin.
—Para el
resto de los mortales, seguramente. Para Demi Brady, no.
Demi la miró
brevemente, notó que sonreía y volvió la vista al frente, al paisaje helado.
— Demi
Brady… —murmuró— ¿y dónde está esa?
Miley apoyó
los antebrazos en la barandilla, junto a Demi, y le tocó el hombro con el suyo,
cariñosamente.
—Está aquí,
¿dónde, si no?
Ella
prefirió no responder.
—No eres del
tipo de mujer que se sienta y espera —dijo Miley —. No eres del tipo que deja
que un hombre marque las pautas. Ni tampoco de las que dan tantas vueltas a
estos asuntos. No eres así, Demi. Tú decides qué y cómo, y vas a por ello.
—Ya.
Con Joseph
no podía hacerlo así. No sabía por qué, pero con él las cosas no funcionaban de
esa manera.
—Mira, nena…
Puede salir genial o fatal, pero si
juegas a un juego que no es el tuyo, aunque salga genial, no lo vas a ver
claro. Y creo que tampoco lo vas a disfrutar… — Miley la miró con picardía—.
Para ti el “cómo” es tan importante como el “qué” ¿o no?
—Diría que
más.
—¿Lo ves? — Miley
volvió a darle un empujoncito cariñoso con el hombro—. Coge el bate y batea, Demi…
No pienses en lo que él piensa. ¿Cuándo te importó a ti lo que ellos pensaran?
Demi movió
la cabeza como si considerara las posibilidades.
—Me importa
lo que Jordan piense. Ese es el problema. Y tampoco tengo claro que él… Ya
sabes…
Miley se
volvió de frente a su amiga y la observó mientras hablaba. ¿Era posible que Jordan
estuviera jugando tan bien sus cartas como para tenerla así de confundida? Le
parecía increíble.
—Cuando
volvió de Tennessee me dijo que estaba loco
por volver conmigo —continuó Demi, con retintín—, pero luego estuvo una
semana pensándoselo, sin llamarme… Y bueno, es un encanto, como siempre, pero
no veo claro que le interese. Yo,
quiero decir…
—¿Estás de guasa?
Demi negó
con la cabeza.
—Le voy, ya
lo sé... ¿a que tío no le voy? Pero no en ese
plan, ¿me entiendes? Y seguro que piensa en todo lo que hay por medio, en que
es mi mánager, amigo de Nick, casi parte de la familia… Jordan es así. Piensa
en todo. Y hace bien, ésto es una locura.
—Exacto. Él
es de los que lo piensan todo. Hace bien en pensárselo. Pero tú eres de las que
apunta y dispara. Y harías bien en hacerlo. Venga, Demi… ¿Qué es lo peor que
podría pasar? ¿Tan coladita estás que
no aguantarías una calabaza suya?
Demi miró a Miley.
Enarcó una ceja como hacía Mark cuando un tema no le gustaba, y las dos
empezaron a reír.
—Sobreviviría,
seguro —sentenció Demi con toda su vanidad—. No siempre ganas cuando arriesgas,
ya sabes, pero si no arriesgas…
Exacto,
preciosa. Si hay algo que me maravilla de ti es esa capacidad de hacer las
cosas a tope, vivirlas mientras duran y luego seguir con tu vida sin rencores,
sin reproches. Francamente, creo que seguiríais como amigos aunque algo más
entre vosotros no funcionara. Por ti, porque tú eres así… Y si funcionara… — Miley
la miró con picardía. Se acercó para hablarle en confidencia—. ¿Te imaginas
llegar a tu suite después de bajarte del escenario y encontrarte a ese bellezón sureño en tu cama?
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