Estaba
preciosa. Y mucho más que enojada.
Demi no
solamente había vuelto a quitarse de en medio rápidamente en cuanto vio a Joseph
aparcar el coche al otro lado del jardín, además ahora ensillaba su caballo
dispuesta a irse, otra vez, como si la cosa no fuera con ella.
—Hablemos Demi
… —la voz de Joseph sonó suave. A ella le supo a una caricia y eso la hizo
rabiar más aún.
—Me parece
que no estoy al nivel de los temas que a ti te interesan últimamente —le soltó
una mirada cáustica de reojo y montó el caballo—. La alta sociedad me da
urticaria y la cirugía plástica no me hace falta… Así que, si te has tomado la
molestia de venir para hablar conmigo, espero
que no —puntualizó con ironía—, no pierdas más el tiempo.
Joseph cogió
las riendas del caballo y la miró con su ternura habitual.
—Desmonta, Demi.
Hablemos, nena, por favor. Hablemos de nosotros.
—No hay
ningún “nosotros”, Joseph. Entre otras cosas porque te fuiste. Tú, te fuiste. Y porque ahora pareces
más ocupado en otros asuntos. Que, por lo visto, te interesan más. Podíamos
haber hablado en los CMA —lo miró con
los ojos brillantes— peeero
preferiste… —meneó la cabeza molesta—. No sé qué me cabrea más, Joseph, si que
me esquivaras, o que prefirieras aparecer en las fotos con una jodida muñequita de quirófano como esa…
—Vivo
deseando volver contigo desde que me fui, Demi. No me hallo en Nashville. No me
hallo… — Joseph suspiró con resignación— haciendo otras cosas que las tuyas.
Pero lo he pasado fatal estos dos últimos años, estoy dolido y no quería
ponértelo tan fácil —extendió la mano para ayudarla a desmontar y le habló con
tanta firmeza como dulzura—. Desmonta. Por
favor.
Demi lo miró
de reojo brevemente, y apartó la vista considerando su siguiente paso.
Desde que
habían vuelto a verse en el club de Nashville, le costaba hasta sostenerle la
mirada.
Aquellos
ojos la traspasaban de tal manera que tenía la sensación de que podían mirar
dentro de ella, y saber exactamente lo que le pasaba y cuánto la afectaba.
Y además, él
estaba allí, a dos metros, con su ternura de siempre. Estaba allí, así que ella
le importaba. De alguna manera, aunque fuera por los años que llevaban juntos,
le importaba.
Demi ignoró
la mano extendida, y desmontó. Volvió a encerrar al caballo y empezó a andar
hacia el camino. Joseph la siguió.
Anduvieron
en silencio un buen rato, uno junto al otro.
—¿Quieres
volver a encargarte de mis asuntos? —preguntó ella, al fin.
Joseph la
miró. Con su expresión de diva enfurruñada y su tono fingidamente indiferente,
era como una niña. Su niña.
—Tanto como
tú, sí.
Demi
continuó andando en silencio.
—¿Y tu barbi de apellido ilustre? —dijo al
rato.
Joseph sonrió
para sus adentros.
—Nuestro
acuerdo comercial no incluye que mis amigas tengan que gustarte.
No me digas... Demi
paró en seco y le plantó cara.
—Tampoco que
pudieras echar a los míos a patadas de mi suite, y ya ves.
Asunto J.T.,
otra vez.
—Suerte tuvo
de que solamente lo echara, guapa. La próxima vez que lo encuentre en tu suite
—la miró completamente serio y rectificó—, a
ese gilipollas o a cualquier otro, lo van a juntar con cuchara ¿está claro?
—No te metas
en mi vida privada —espetó ella.
Era lo que
le decía su voz y también su actitud, pero a Joseph le dio igual. Si volvían
juntos, él iba a ir a por todas. Y eso incluía su vida privada, especialmente.
—Me voy a
meter en todas tus cosas, Demi. En todas. O lo tomas o lo dejas —pero al notar
que la mirada femenina se encendía de rabia, Joseph suavizó sus palabras—. No
hace falta que te los lleves a los hoteles donde todo el mundo, empezando por
la prensa, sabe que te alojas. Aprende a ser discreta.
—No me
llames Demetria—dijo ella, a modo de respuesta—. Y no quiero toparme con esa
muestra de silicona andante. Fóllatela en Marte. Donde yo esté, no.
Demi
permaneció donde estaba, mirándolo a los ojos con actitud desafiante hasta que
él, finalmente, asintió. Ella hizo lo mismo y a continuación, reanudó la
marcha.
En un
segundo empezó a sentirse liviana como una pluma y tomó conciencia de que casi
podía oír cómo cada músculo de su cuerpo se relajaba. Y también podía oír su
propio corazón: latía al mismo ritmo, pero mucho más fuerte. Retumbaba en su
interior.
Y todo eso,
solamente por saber que él volvía a estar en su vida… Se preguntó si Joseph
sentiría lo mismo, si para él aquellos meses habían sido tan raros como para
ella. No tenía la menor idea y tampoco podía preguntárselo, de modo que
continuó andando en silencio.
Aunque Joseph
sentía muchas más cosas, solo pensaba en una. Un pensamiento —más bien una
decisión—, que acabó de tomar forma cuando ella le confirmó, sin decirlo, que
sentía celos.
Vas a ser mía.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Volver a
estar entre los Brady era algo que Joseph echaba muchísimo de menos. Lo
comprendió al instante de poner un pie en la casa, devuelta del paseo con Demi.
Siempre se había sentido cómodo entre aquella gente, como si fuera parte de
ellos. Y era mutuo: Mark y Miley habían tardado cinco minutos en aparecer al
enterarse que Joseph había vuelto a casa y aunque rápidamente volvieron a sus
faenas, dejaron en el aire el plan para después de cenar: partida de billar en
el Beer&Wine.
Eileen no
dejaba de hacerle carantoñas cada vez que pasaba por su lado y volvía tomar
consciencia de Joseph estaba de nuevo sentado a su mesa. John lo miraba con su
sonrisa suave, y sus ojos de mirada tierna le recordaban una conversación de
“hombre a hombre” que habían mantenido hacía años, cuando Joseph no era más que
un chaval.

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