Él volvió a
ponerla en el suelo, pero no se apartó.
—Normal
—replicó—. En la mía también.
Sin dejar de
abrazarse y besarse, avanzaron con torpeza por el pequeño recibidor hacia el
interior de la suite. Entonces él la empujó con apasionada brusquedad contra
otra cuadro de espejos.
Demi encogió
los hombros al sentir el frío contra la piel.
—Dios… —repitió ella, y aprovechó que
tenía toda la espalda masculina accesible sin obstáculos para acariciarla a
placer—. ¿Qué vamos a decirles?
—Nada.
Si de Joseph
dependiera, lo publicaría en primera página de todos los periódicos con un
titular bien conciso: “Demi Brady es mía”. Pero se trataba de Demi, no de
cualquier mujer.
Se trataba de aquella que tenía en sus brazos, tan vehemente
como rebelde, tan apasionada como escurridiza. No quería que ninguna broma o
insinuación de formalidad o mirada pícara la hiciera sentir más vulnerable de
lo que seguramente ya se sentía, y lo estropeara todo. Al contrario.
Joseph se
proponía que todo aquello le pareciera casual, incluso temporal. Y placentero.
Lo bastante placentero para que Demi quisiera más.
Cuando ella
se acurrucó entre sus brazos y empezó a buscarlo apasionadamente, Joseph supo
que con su escueta respuesta había vuelto a acertar, y suspiró aliviado. Demi,
sin embargo, no lo tomó precisamente por alivio.
—Si estás
cansado del viaje… —murmuró al tiempo que colaba una mano entre las piernas
masculinas—, y sin que sirva de precedente, podemos usar la cama…
Joseph buscó
su mirada con deseo mientras, interiormente, afirmaba una idea: sin ternura.
Sin ternura.
—De pie
contra la pared. Sobre una mesa. En la bañera. Por este orden de preferencia
—le susurró al oído mientras la elevaba entre sus brazos y se metía en su
cuerpo sin preámbulos—. Dime que hoy no
necesitamos protección…
—Hoy no
necesitamos protección —repitió ella mecánicamente, en un susurro, media ida.
—Bien —dijo
él—. Entonces, que empiece la fiesta…
—Dios, cómo me gustas, Joseph.
Él buscó su
mirada. El impulso fue besarle la nariz, pero no lo hizo.
“Sin
ternura”, se repitió mentalmente.
—No voy a
preguntarte qué es lo que te gusta tanto de mí ahora —le dijo en voz baja al
oído, acompañando sus palabras con un movimiento de caderas.
Ella
entreabrió los ojos, lo miró mientras él le recorría el contorno de los labios
con la punta de la lengua.
—Pero
después, sí —añadió.
—Hecho
—susurró ella.
Y se quedó
con su lengua.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Demi
despertó tarde aquel sábado. Un concierto en medio de dos sesiones intensivas
de sexo, la habían dejado de cama.
Tarde, y
sola.
A pesar de
que su ternura le siguiera jugando malas pasadas, Joseph bordaba el protocolo
de las citas. Sabía que podía quedarse, pero se había marchado. Había
abandonado la suite de Demi sobre las dos de la madrugada de forma bastante
silenciosa.
De no haber sido porque al salir a oscuras, la cremallera de su
cazadora había golpeado uno de los cuadros de espejo, ella no se habría
enterado.
Esta vez
había sido muchísimo mejor que las anteriores, y no solamente porque Joseph fuera
cada vez más apasionado —y menos tierno—, sino también por ella.
Sentirse
emocionalmente tan cómoda con él, cada vez le resultaba un poco más familiar,
menos extraño. Empezaba a reconocerse como Demi en aquel confort
extraordinariamente acogedor.
Por esa
razón, el resto del día había resultado doblemente duro; a la necesidad de ver
a Joseph tuvo que añadir la de volver a sentir aquel raro confort que solamente
experimentaba cuando estaban en sus brazos.
Pero no pudo
tocarlo ni besarlo ni abrazarlo durante horas. Solo verlo a ratos, guardando la
debida distancia y corrección, desesperada porque dieran las cinco para volver
a tenerlo en sesión privada hasta que empezara el concierto.
Y ansiosa
por descubrir qué tal reaccionaba al plan que había preparado especialmente
dedicado a él.

No hay comentarios:
Publicar un comentario