jueves, 27 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 54




Él volvió a ponerla en el suelo, pero no se apartó.
—Normal —replicó—. En la mía también.

Sin dejar de abrazarse y besarse, avanzaron con torpeza por el pequeño recibidor hacia el interior de la suite. Entonces él la empujó con apasionada brusquedad contra otra cuadro de espejos.
Demi encogió los hombros al sentir el frío contra la piel.

Dios… —repitió ella, y aprovechó que tenía toda la espalda masculina accesible sin obstáculos para acariciarla a placer—. ¿Qué vamos a decirles?
—Nada.
Si de Joseph dependiera, lo publicaría en primera página de todos los periódicos con un titular bien conciso: “Demi Brady es mía”. Pero se trataba de Demi, no de cualquier mujer.

 Se trataba de aquella que tenía en sus brazos, tan vehemente como rebelde, tan apasionada como escurridiza. No quería que ninguna broma o insinuación de formalidad o mirada pícara la hiciera sentir más vulnerable de lo que seguramente ya se sentía, y lo estropeara todo. Al contrario.

 Joseph se proponía que todo aquello le pareciera casual, incluso temporal. Y placentero. Lo bastante placentero para que Demi quisiera más.

Cuando ella se acurrucó entre sus brazos y empezó a buscarlo apasionadamente, Joseph supo que con su escueta respuesta había vuelto a acertar, y suspiró aliviado. Demi, sin embargo, no lo tomó precisamente por alivio.
—Si estás cansado del viaje… —murmuró al tiempo que colaba una mano entre las piernas masculinas—, y sin que sirva de precedente, podemos usar la cama…

Joseph buscó su mirada con deseo mientras, interiormente, afirmaba una idea: sin ternura.
Sin ternura.

—De pie contra la pared. Sobre una mesa. En la bañera. Por este orden de preferencia —le susurró al oído mientras la elevaba entre sus brazos y se metía en su cuerpo sin preámbulos—. Dime que hoy no necesitamos protección…

—Hoy no necesitamos protección —repitió ella mecánicamente, en un susurro, media ida.
—Bien —dijo él—. Entonces, que empiece la fiesta…
Dios, cómo me gustas, Joseph.

Él buscó su mirada. El impulso fue besarle la nariz, pero no lo hizo.
“Sin ternura”, se repitió mentalmente.

—No voy a preguntarte qué es lo que te gusta tanto de mí ahora —le dijo en voz baja al oído, acompañando sus palabras con un movimiento de caderas.

Ella entreabrió los ojos, lo miró mientras él le recorría el contorno de los labios con la punta de la lengua.
—Pero después, sí —añadió.
—Hecho —susurró ella.
Y se quedó con su lengua.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Demi despertó tarde aquel sábado. Un concierto en medio de dos sesiones intensivas de sexo, la habían dejado de cama.
Tarde, y sola.

A pesar de que su ternura le siguiera jugando malas pasadas, Joseph bordaba el protocolo de las citas. Sabía que podía quedarse, pero se había marchado. Había abandonado la suite de Demi sobre las dos de la madrugada de forma bastante silenciosa. 

De no haber sido porque al salir a oscuras, la cremallera de su cazadora había golpeado uno de los cuadros de espejo, ella no se habría enterado.

Esta vez había sido muchísimo mejor que las anteriores, y no solamente porque Joseph fuera cada vez más apasionado —y menos tierno—, sino también por ella.

 Sentirse emocionalmente tan cómoda con él, cada vez le resultaba un poco más familiar, menos extraño. Empezaba a reconocerse como Demi en aquel confort extraordinariamente acogedor.

Por esa razón, el resto del día había resultado doblemente duro; a la necesidad de ver a Joseph tuvo que añadir la de volver a sentir aquel raro confort que solamente experimentaba cuando estaban en sus brazos.

Pero no pudo tocarlo ni besarlo ni abrazarlo durante horas. Solo verlo a ratos, guardando la debida distancia y corrección, desesperada porque dieran las cinco para volver a tenerlo en sesión privada hasta que empezara el concierto.


Y ansiosa por descubrir qué tal reaccionaba al plan que había preparado especialmente dedicado a él.

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