Tan pronto
escuchó que tocaban a la puerta, Demi reaccionó por puro impulso. Corrió a
abrirla con una sonrisa que le ocupaba toda la cara. La expresión de Joseph se
llenó de sorpresa al ver el recibimiento de lujo que su chica le estaba dando.
—¡Dios! ¡Ya
estás aquí! —exclamó ella, y se colgó de su cuello.
Joseph la
elevó en un abrazo, sonriendo.
—Vaya —dijo
dándole besos pequeños en los labios—, sí que te alegras de verme…
—Dame un
segundo y te voy a demostrar lo contenta que estoy de verte... —replicó ella
más feliz que unas pascuas.
Joseph la
sostuvo con firmeza mientras ella se estiraba hasta alcanzar el borde de la
puerta con la punta de los dedos, y la empujaba para cerrarla. Y mientras lo
hacía, sus ojos repararon en el cuerpo que sostenía entre sus brazos. Olía
genial, como siempre. Llevaba el cabello húmedo y aún sin peinar. Y su albornoz
de toalla negra acababa de abrirse un poco, dejándole ver que estaba desnuda.
Tentadoramente desnuda.
Pero
conseguido el objetivo de cerrar la puerta, ella volvía su atención hacia él, y
Joseph se apresuró a subir la vista de aquella porción genenosa de piel que el
movimiento había dejado al descubierto hasta los ojos de Demi.
—Bájame
—susurró ella sobre sus labios al tiempo que tomaba la cara masculina entre sus
manos.
—¿Tan
pronto? —preguntó él, pero obedeció.
Ella no
libero su rostro cuando él volvió a ponerla en el suelo. Al contrario, lo tomó
mejor y se coló en su boca, obligándolo a doblarse sobre ella, que descalza
apenas alcanzaba su barbilla.
—No me
abraces, quítate la ropa —susurró ella entre besos cuando notó que sus brazos
la rodeaban.
Joseph se
adueñó de la boca de Demi en un beso corto, pero apasionado. Un segundo después
empezó a desnudarse.
—A la orden,
mi sargento —murmuró.
Demi lo miró
de reojo y se dedicó a desabrocharle el cinturón con movimientos precisos.
—Mi General —lo corrigió, traviesa.
Joseph apenas
rozó sus manos cuando empezó a bajarse la cremallera de los pantalones, pero la
sintió estremecerse.
—No voy a
discutir contigo cuestiones de autoridad —le dijo suavemente mientras se
quitaba lo último que le quedaba encima, y la abrazaba por las caderas,
estrechándola contra él—. Ahora, no.
Demi se pegó
a él buscando sus besos apasionadamente.
—Genial,
porque, ¿sabes?, con una suite llena de espejos hay un montón de cosas mejores
que hacer… Gracias, me encantó el detalle.
Él la abrazó
más fuerte y río bajito en su oído.
—Sabía que
te iba a gustar.
En realidad,
no eran espejos propiamente dichos, sino cuadros pintados sobre trozos
irregulares de espejo. En una suite de tres mil dólares la noche, de estilo
futurista, con mucho metal y muchas tonalidades de gris, aquellos cuadros
abstractos pintados sobre trozos de espejo, creaban una sensación de estar en
el espacio. Y añadían bastante picante para quien buscara entretenimientos en
pareja.
Y él, desde
que estaban juntos, los buscaba.
Demi lo
empujó suavemente contra el primero de los cuadros, al final del pequeño
recibidor. Lo vio contraer instintivamente los hombros al sentir el contacto
frío del espejo contra la espalda.
Ella movió
las cejas sensualmente.
—Brrr…
—Joder, está
helado… —susurró sobre el cuello de Demi, mientras le desataba la bata y la
abría de par en par. Cuando se pegó a ella, la sintió estremecerse—. Helado por
detrás, ardiente por delante…
—¿Te morías
por verme tanto como yo me moría por verte a ti?
Joseph cerró
los ojos. Se le iba la cabeza. Sentía el aliento caliente de Demi sobre el
pecho. Ella de a ratos lo besaba, y de a ratos le hablaba en susurros.
—Más… —atinó
a decir.
Se dobló
sobre ella, la abrazó por la cintura en un abrazo cerrado, y se enderezó con
ella, alzándola. Luego, apoyó la parte superior de la espalda contra la pared. Demi
le rodeó la cintura con las piernas y siguió con sus besos susurrantes en el cuello.
—¿Más?
¿Seguro?
—Seguro
—dijo él en un suspiro—. Fue un jodido suplicio…
Joseph la
sujetó con un solo brazo, se afirmó bien sobre sus piernas, y acomodó mejor los
hombros contra la pared, fijando la posición. Con su mano libre empezó a
recorrer el perfil de Demi, ascendiendo desde el tobillo, anunciando su
presencia con determinación. Ella suspiró, sus manos comenzaron una apasionada
sesión de caricias sobre el torso masculino. Transpiraban deseo, el mismo con
que su lengua le acariciaba los labios y el filo de los dientes
—¿Vamos a la
cama? —sugirió él.
Demi apretó
el abrazo de sus piernas, y sus caricias se desplazaron de la boca al cuello de
Joseph. Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando sintió que ella le acariciaba
los pliegues de la oreja con la punta de la lengua.
—La cama me
aburre —susurró ella mientras sus labios jugaban a besarle el lóbulo de la
oreja. Él volvió a estremecerse y apretó el abrazo—. De pie contra la pared,
sobre una mesa o en la bañera. Por este orden de preferencia.
Joseph dejó
un rastro ardiente de besos sobre el cuello de Demi que continuó entre sus
pechos.
—Donde tú
quieras.
—En casa se
lo huelen… —dijo ella en un suspiro cuando sintió que la mano dominante de Jordan
ascendía por el centro de su espalda, caliente, exasperantemente despacio, con los dedos abiertos—. Dios…
Demi
contrajo los hombros en un intento de que él hiciera una tregua en esa caricia.

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