jueves, 27 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 53



Tan pronto escuchó que tocaban a la puerta, Demi reaccionó por puro impulso. Corrió a abrirla con una sonrisa que le ocupaba toda la cara. La expresión de Joseph se llenó de sorpresa al ver el recibimiento de lujo que su chica le estaba dando.
—¡Dios! ¡Ya estás aquí! —exclamó ella, y se colgó de su cuello.
Joseph la elevó en un abrazo, sonriendo.
—Vaya —dijo dándole besos pequeños en los labios—, sí que te alegras de verme…
—Dame un segundo y te voy a demostrar lo contenta que estoy de verte... —replicó ella más feliz que unas pascuas.
Joseph la sostuvo con firmeza mientras ella se estiraba hasta alcanzar el borde de la puerta con la punta de los dedos, y la empujaba para cerrarla. Y mientras lo hacía, sus ojos repararon en el cuerpo que sostenía entre sus brazos. Olía genial, como siempre. Llevaba el cabello húmedo y aún sin peinar. Y su albornoz de toalla negra acababa de abrirse un poco, dejándole ver que estaba desnuda. Tentadoramente desnuda.
Pero conseguido el objetivo de cerrar la puerta, ella volvía su atención hacia él, y Joseph se apresuró a subir la vista de aquella porción genenosa de piel que el movimiento había dejado al descubierto hasta los ojos de Demi.
—Bájame —susurró ella sobre sus labios al tiempo que tomaba la cara masculina entre sus manos.
—¿Tan pronto? —preguntó él, pero obedeció.
Ella no libero su rostro cuando él volvió a ponerla en el suelo. Al contrario, lo tomó mejor y se coló en su boca, obligándolo a doblarse sobre ella, que descalza apenas alcanzaba su barbilla.
—No me abraces, quítate la ropa —susurró ella entre besos cuando notó que sus brazos la rodeaban.
Joseph se adueñó de la boca de Demi en un beso corto, pero apasionado. Un segundo después empezó a desnudarse.
—A la orden, mi sargento —murmuró.
Demi lo miró de reojo y se dedicó a desabrocharle el cinturón con movimientos precisos.
—Mi General —lo corrigió, traviesa.
Joseph apenas rozó sus manos cuando empezó a bajarse la cremallera de los pantalones, pero la sintió estremecerse.
—No voy a discutir contigo cuestiones de autoridad —le dijo suavemente mientras se quitaba lo último que le quedaba encima, y la abrazaba por las caderas, estrechándola contra él—. Ahora, no.
Demi se pegó a él buscando sus besos apasionadamente.
—Genial, porque, ¿sabes?, con una suite llena de espejos hay un montón de cosas mejores que hacer… Gracias, me encantó el detalle.
Él la abrazó más fuerte y río bajito en su oído.
—Sabía que te iba a gustar.
En realidad, no eran espejos propiamente dichos, sino cuadros pintados sobre trozos irregulares de espejo. En una suite de tres mil dólares la noche, de estilo futurista, con mucho metal y muchas tonalidades de gris, aquellos cuadros abstractos pintados sobre trozos de espejo, creaban una sensación de estar en el espacio. Y añadían bastante picante para quien buscara entretenimientos en pareja.
Y él, desde que estaban juntos, los buscaba.
Demi lo empujó suavemente contra el primero de los cuadros, al final del pequeño recibidor. Lo vio contraer instintivamente los hombros al sentir el contacto frío del espejo contra la espalda.
Ella movió las cejas sensualmente.
—Brrr…
—Joder, está helado… —susurró sobre el cuello de Demi, mientras le desataba la bata y la abría de par en par. Cuando se pegó a ella, la sintió estremecerse—. Helado por detrás, ardiente por delante…
—¿Te morías por verme tanto como yo me moría por verte a ti?
Joseph cerró los ojos. Se le iba la cabeza. Sentía el aliento caliente de Demi sobre el pecho. Ella de a ratos lo besaba, y de a ratos le hablaba en susurros.
—Más… —atinó a decir.
Se dobló sobre ella, la abrazó por la cintura en un abrazo cerrado, y se enderezó con ella, alzándola. Luego, apoyó la parte superior de la espalda contra la pared. Demi le rodeó la cintura con las piernas y siguió con sus besos susurrantes en el cuello.
—¿Más? ¿Seguro?
—Seguro —dijo él en un suspiro—. Fue un jodido suplicio…
Joseph la sujetó con un solo brazo, se afirmó bien sobre sus piernas, y acomodó mejor los hombros contra la pared, fijando la posición. Con su mano libre empezó a recorrer el perfil de Demi, ascendiendo desde el tobillo, anunciando su presencia con determinación. Ella suspiró, sus manos comenzaron una apasionada sesión de caricias sobre el torso masculino. Transpiraban deseo, el mismo con que su lengua le acariciaba los labios y el filo de los dientes
—¿Vamos a la cama? —sugirió él.

Demi apretó el abrazo de sus piernas, y sus caricias se desplazaron de la boca al cuello de Joseph. Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando sintió que ella le acariciaba los pliegues de la oreja con la punta de la lengua.

—La cama me aburre —susurró ella mientras sus labios jugaban a besarle el lóbulo de la oreja. Él volvió a estremecerse y apretó el abrazo—. De pie contra la pared, sobre una mesa o en la bañera. Por este orden de preferencia.

Joseph dejó un rastro ardiente de besos sobre el cuello de Demi que continuó entre sus pechos.
—Donde tú quieras.


—En casa se lo huelen… —dijo ella en un suspiro cuando sintió que la mano dominante de Jordan ascendía por el centro de su espalda, caliente, exasperantemente despacio, con los dedos abiertos—. Dios

Demi contrajo los hombros en un intento de que él hiciera una tregua en esa caricia.

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