Para empezar
le aclaraban una duda: su familia sabía
lo que había entre Joseph y ella, porque si Mark afirmaba que “estaban
enrollados”, era porque todos los Brady lo tenían tan claro como su hermano. Lo
que de por sí, era toda una afirmación.
Que ella estuviera “enrollada” con
alguien, lo era. Ni hablar de que ese alguien fuera Joseph. Sobre la cuestión
de que el vikingo lograra llevarse el gato al agua, bueno, eso eran palabras
mayores. El gato era ella, Demi Brady.
Y si Mark, tan famoso por su claridad
mental como por su sinceridad escandalosa, había dicho que la mano la ganaba Joseph,
era que la ganaba.
Demi no
sabía qué era exactamente aquello que sentía ni cuánto duraría, pero eso, lo
que fuera, resultaba evidente para todos ellos. Por primera vez en su vida, lo
que sentía, la ponía a merced de un hombre, de aquel hombre. Era así. Y no podía evitarlo.
Pero no
tenía por qué darse por aludida.
—Decir que
estamos enrollados es muchísimo decir, ¿no crees? Yo no “me enrollo”, solo “me
divierto”. Y lo de llevarse el gato al agua... — Demi sonrió divertida—. Antes
te enlazan a ti que a mí, guapo.
Mark rió de
buena gana.
—¿A mí?
Mira, no te ofendas, pero es mucho más fácil que un tío te enamore, que
aparezca una mujer capaz de pasar mi prueba del algodón... ¿Cuántas treintañeras
conoces que sean inteligentes, femeninas y que lo que les interese en la vida
sea ejercer de esposa y madre?
—Ninguna
—concedió Demi, riendo—. Eso no es de este siglo, chaval.
Mark asintió
varias veces con la cabeza.
—Lo que yo
digo. La diferencia entre tú y yo, pimpollo,
es que yo no voy a firmar por menos de lo que quiero. Y no hay amor que valga.
—¿Apuestas
algo? — Demi lo miró desafiante.
Mark frunció
el ceño.
—¿Lo dices
en serio?
—Claro. Pon
tú la cifra, yo la doblo.
Él meneó la
cabeza divertido.
—Vas a
perder, Demi, pero si tú quieres... Cien pavos a que te enlazan antes... —hizo
una pausa—. No, mejor vamos a dejarlo bien claro. Por enlazar quiero decir
casar — Demi soltó la risa. ¿Boda? Estaba loco—. Nada de andarnos por las
ramas...
Cien pavos a que tú te casas primero, ricura... Bueno, primero y
último, porque si cuando estaba solo ya era difícil, ahora que traigo a dos
morenitos de acogida bajo el brazo... En fin, ya me entiendes.
Demi siguió
riendo un buen rato bajo la mirada divertida de Mark. Se había tentado de la
risa. Pensar en cualquiera de los tres hermanos Brady casados le parecía un
chiste.
Mark porque era demasiado exigente y ninguna mujer parecía dar la
talla. Nick porque aunque llevaba loco por la misma mujer desde antes de que le
saliera el bigote, era demasiado vanidoso para admitirse vulnerable y la mujer
por la que estaba loco, demasiado importante para la familia como para que él
se animara a considerar siquiera la posibilidad.
Y ella, Demi... Nunca se había
enamorado. Nunca había tenido un novio, un noviete de instituto, nada...
Llevaba la friolera de cinco días
saliendo con Joseph, y todavía no se sentía capaz de admitirlo ante sí misma.
Pero de los
tres hermanos, del único para el que casarse formaba parte del plan, era Mark.
Era su visión de la vida; casarse con “una mujer de las de verdad”, formar una
familia, tener hijos y seguir los pasos de su padre. Si había algún Brady para
quien casarse fuera una posibilidad, sin duda, era Mark.
—Doscientos
pavos a que te casan a ti primero.
Mark asintió
sonriendo y chocó los cinco con ella.
—Hecho,
preciosa. Vas a perder. Ya lo sabes, ¿no?
—¿Yo? —Rió Demi
—. Tú vas a perder doscientos pavos…
Mark negó
con la cabeza.
—Sí
—insistió ella—. Los vas a perder. Y yo me voy a reír en tus narices.
Mark le
guiñó un ojo y volvió a saltar la alambrada en dirección al predio donde los
dos niños estaban acabando con los nervios de ambos, caballo e instructora.
Estaba
encantado. Tenía dos niños fenomenales en su vida y doscientos pavos fáciles en
camino. Porque dijera lo que dijera su hermana, el vikingo se estaba llevando
el gato al agua con un arte digno de quitarse el sombrero.
Debería
triplicar la apuesta, pensó.
No podía perderla

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