Aquella
noche Demi había flotado sobre el escenario, excitada como una niña de quince
años ante la idea de que tendría a Joseph todo para ella durante unas horas.
Disfrutarían de una buena cena, y luego, de unas cuantas canciones, lentas
mejor.
Y así fue;
lo tuvo para ella, aunque no sucedió exactamente como esperaba.
La cena de
cinco tenedores acabó siendo unos tacos y unas fajitas en un local del centro
de Rochester, en compañía del grupo. Estaban contentos por lo bien que iban las
cosas y querían celebrarlo con ella. No podía negarse.
Era cerca de
la una de la madrugada cuando Demi acabó la última partida de billar que había
anunciado que jugaría aquella noche, y volvió a la mesa junto a Joseph.
—¿Te apetece
una cerveza? —ofreció él gentilmente.
—¿Tú que
estás bebiendo?
—Bourbon.
—¿Puedo?
— Joseph le
acercó su vaso y se quedó mirándola. Ella bebió un sorbo y lo dejo sobre la
mesa.
—Todavía me
sigues debiendo mi cena y mi baile, pero quiero que aclaremos lo que haya que
aclarar… —dijo ella mientras jugueteaba con el vaso sobre el cristal de la
mesilla.
Había
llegado la hora de la verdad. Joseph se inclinó hacia delante, apoyó sus
antebrazos en las piernas y empezó a hablar lo bastante alto como para que ella
lo oyera por encima del ruido del local, pero no tanto como para que la
conversación dejara de ser privada. Demi se acercó más a él y prestó atención.
—No sé si
eres lo mejor que ha parido esta tierra después de Janis Joplin —dijo aludiendo
al comentario que siempre hacía Jarvis. La mirada de Demi se volvió tierna—,
pero eres especial. Tienes todo lo que hace falta para estar en lo más alto y
quiero verte ahí… — Joseph hizo una pausa para beber—. Tienes que dejarme hacer
mi trabajo sin sentir que intento imponerte nada. Estos últimos dos años te
hicieron mucho daño, Demi. Arreglar eso va a llevar tiempo y es necesario que
todo el mundo vea que vas en serio, que estás bien asesorada… Que ya no hay más
escándalos, ni más fotos comprometedoras, ni más estupideces de diva… Que ahora
haces tus deberes, y los haces bien.
Demi apartó
la mirada.
—La cagué, Joseph,
pero no soy idiota…
La voz de él
sonó suave como una caricia.
—¿Crees que
no lo sé?
—¿Lo sabes?
—le preguntó. Sus ojos brillaban—. Anoche me hiciste sentir una completa
imbécil…
—El imbécil fui
yo. Sé que no irías con ese tipo ni a comprar el periódico… —respiró hondo y la
miró—, pero no lo soporto. Cada vez que lo miro lo veo en tu cama. No entiendo
cómo pudiste estar con ese esperpento.
—Ya te he
dicho que no tuvimos nada.
Joseph le
dedicó una mirada llena de ironía.
—Él estaba
en cueros, Demi … Y tú, por el estilo…
Ella sintió
que un calor abrasador se instalaba en sus mejillas. Recordarlo le resultaba
violento. Y sentirse violenta la ponía mucho más violenta. ¿Qué más daba si
estaban desnudos o vestidos? ¿Qué más daba si se habían enrollado o no? A la Demi
de entonces le habría dado exactamente igual.
Pero a la de
ahora… La de ahora se había sonrojado por lo que aquel vikingo que tenía
enfrente pudiera pensar de ella.
—No estaba por el estilo. Tenía mi ropa
interior perfectamente puesta donde debía. Y él estaba desnudo porque quería
fiesta… — Demi lo miró desafiante—. Yo
no quería. Así que, como comprenderás, si ni estando borracha consiguió meterse
entre mis piernas, es que como te dije, no tuvimos nada. Paso de J.T. No me va.
¿Quieres que te lo ponga por escrito y así lo olvidamos de una vez?
Joseph la
miró con dulzura y negó con la cabeza.
—Quiero
decidir los pasos que tienes que dar y en qué dirección debes darlos. Y quiero
que tú te relajes, me dejes hacer y te concentres en cumplir tu parte; súbete
al escenario, cómetelos, y olvídate de lo demás. Te conozco Demi. Sé lo que te
gusta y lo que no te gusta. Confía en mí ¿de acuerdo? Si tengo alguna duda, te
prometo que lo consulto contigo…
—No me
mangonees —replicó ella, cortante—. No me gusta que un tío se plante delante de
mí a decirme lo que debo y no debo hacer.
—No soy un tío. Soy Joseph.
Ella lo miró
burlona.
—Soy el
único tío del mundo que puede decirte lo que debes y lo que no debes… —añadió
él, con una sonrisa maliciosa.
—Yo que tú
no me fiaría.
Joseph se
acercó más a ella y le habló al oído.
—¿Por qué te
haces la dura conmigo? A un diez por ciento de ti puede que le cabree, pero al
resto de Mandy le encanta… —buscó su mirada—. Te encanta que te pare los pies.
Era cierto.
Y no entendía por qué, pero le gustaba. Que fuera a admitirlo era otra
cuestión.
Ella lo miró
con expresión seria.
—Yo que tú, no me fiaría.
Joseph bajó
la cabeza. Estaba sonriendo. Demi miró a otro lado. También sonreía.
—Joder… Te
habría zurrado cuando te despachaste con el “demándame”—admitió ella, riendo.
Joseph soltó
una carcajada y se dejó caer contra el respaldo del sillón. Rieron un buen rato
antes de que la conversación volviera al tema trabajo.
—Por cierto,
¿quién es el periodista que tiene que volver dentro de tres vidas?
—Tuck
Harris. El que dejó caer que andabas con drogas cuando empezaron a
fotografiarte con J.T.
Demi
asintió.
—Entonces,
mejor que sean cinco vidas.
—No podemos
darle largas mucho tiempo… — Joseph se acomodó mejor contra el respaldo—. No
nos conviene. Pero cuando esta semana me llame, porque me va a llamar, le voy a dejar caer que va a ser más fácil
convencerte de que cooperes, si puedo mostrarte una buena crítica firmada por
él...
Demi sonrió
traviesa. Joseph le guiñó un ojo y bebió un trago de whisky.
—Hace mucho
que no oigo sonar tu móvil…
—Lo apagué
—contestó él—. No para de sonar
Era verdad.
Cada vez que lo miraba, y lo miraba montones de veces por hora, Joseph hablaba
por teléfono, o con alguien en persona mientras tenía una llamada en espera.
—Contrata a
alguien para que se ocupe.
—Sí. Cuando
vuelva de viaje me pondré con eso.
—¿De qué
viaje?
—La semana
que viene me toca hacer kilómetros… —bebió un sorbo de whisky. Solo con pensarlo
se le quedaba la idea atravesada en la garganta—. No puedo negociar cláusulas
secretas por teléfono, Demi. Tenemos que vernos las caras.
Los
festivales regionales, claro. Demi tomó tierra estrepitosamente.
—¿Cuándo te
vas?
—Mañana.
—¿No vienes
a Camden? —Él negó con la cabeza—. ¿Cuándo vuelves?
—Lo antes
que pueda. Pero aunque se diera fatal, cortó y me reúno contigo en Boston,
antes del concierto del sábado.
Demi contuvo
el aliento y no se dio cuenta hasta que suspiró. Apartó la mirada e intentó
concentrarse en lo que pasaba en los billares, donde los chicos jugaban su
partida número un millón.
Casi una
semana sin verlo. Seis días. Iba a estar insoportable. ¿Volver a pasar otra
semana como la que había tenido cuando Joseph estaba en Nashville?
—Como no me
llames, te vas a enterar —advirtió. Le había salido del alma.
Joseph la
miró con los ojos brillantes, notó que ella seguía con los suyos fijos en la
partida de billar. Tragó saliva e hizo lo propio, completamente consciente de
que dentro del pecho, su corazón corría las 1.000
Millas de Indianápolis.
¿Era el estilo Demi de darle a entender que lo echaría de menos?
No hay comentarios:
Publicar un comentario