sábado, 15 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 36



Aquella noche Demi había flotado sobre el escenario, excitada como una niña de quince años ante la idea de que tendría a Joseph todo para ella durante unas horas. Disfrutarían de una buena cena, y luego, de unas cuantas canciones, lentas mejor.
Y así fue; lo tuvo para ella, aunque no sucedió exactamente como esperaba.
La cena de cinco tenedores acabó siendo unos tacos y unas fajitas en un local del centro de Rochester, en compañía del grupo. Estaban contentos por lo bien que iban las cosas y querían celebrarlo con ella. No podía negarse.
Era cerca de la una de la madrugada cuando Demi acabó la última partida de billar que había anunciado que jugaría aquella noche, y volvió a la mesa junto a Joseph.
—¿Te apetece una cerveza? —ofreció él gentilmente.
—¿Tú que estás bebiendo?
Bourbon.
—¿Puedo?
— Joseph le acercó su vaso y se quedó mirándola. Ella bebió un sorbo y lo dejo sobre la mesa.
—Todavía me sigues debiendo mi cena y mi baile, pero quiero que aclaremos lo que haya que aclarar… —dijo ella mientras jugueteaba con el vaso sobre el cristal de la mesilla.
Había llegado la hora de la verdad. Joseph se inclinó hacia delante, apoyó sus antebrazos en las piernas y empezó a hablar lo bastante alto como para que ella lo oyera por encima del ruido del local, pero no tanto como para que la conversación dejara de ser privada. Demi se acercó más a él y prestó atención.
—No sé si eres lo mejor que ha parido esta tierra después de Janis Joplin —dijo aludiendo al comentario que siempre hacía Jarvis. La mirada de Demi se volvió tierna—, pero eres especial. Tienes todo lo que hace falta para estar en lo más alto y quiero verte ahí… — Joseph hizo una pausa para beber—. Tienes que dejarme hacer mi trabajo sin sentir que intento imponerte nada. Estos últimos dos años te hicieron mucho daño, Demi. Arreglar eso va a llevar tiempo y es necesario que todo el mundo vea que vas en serio, que estás bien asesorada… Que ya no hay más escándalos, ni más fotos comprometedoras, ni más estupideces de diva… Que ahora haces tus deberes, y los haces bien.
Demi apartó la mirada.
—La cagué, Joseph, pero no soy idiota…
La voz de él sonó suave como una caricia.
—¿Crees que no lo sé?
—¿Lo sabes? —le preguntó. Sus ojos brillaban—. Anoche me hiciste sentir una completa imbécil…
—El imbécil fui yo. Sé que no irías con ese tipo ni a comprar el periódico… —respiró hondo y la miró—, pero no lo soporto. Cada vez que lo miro lo veo en tu cama. No entiendo cómo pudiste estar con ese esperpento.
—Ya te he dicho que no tuvimos nada.
Joseph le dedicó una mirada llena de ironía.
—Él estaba en cueros, Demi … Y tú, por el estilo…
Ella sintió que un calor abrasador se instalaba en sus mejillas. Recordarlo le resultaba violento. Y sentirse violenta la ponía mucho más violenta. ¿Qué más daba si estaban desnudos o vestidos? ¿Qué más daba si se habían enrollado o no? A la Demi de entonces le habría dado exactamente igual.
Pero a la de ahora… La de ahora se había sonrojado por lo que aquel vikingo que tenía enfrente pudiera pensar de ella.
—No estaba por el estilo. Tenía mi ropa interior perfectamente puesta donde debía. Y él estaba desnudo porque quería fiesta… — Demi lo miró desafiante—. Yo no quería. Así que, como comprenderás, si ni estando borracha consiguió meterse entre mis piernas, es que como te dije, no tuvimos nada. Paso de J.T. No me va. ¿Quieres que te lo ponga por escrito y así lo olvidamos de una vez?
Joseph la miró con dulzura y negó con la cabeza.
—Quiero decidir los pasos que tienes que dar y en qué dirección debes darlos. Y quiero que tú te relajes, me dejes hacer y te concentres en cumplir tu parte; súbete al escenario, cómetelos, y olvídate de lo demás. Te conozco Demi. Sé lo que te gusta y lo que no te gusta. Confía en mí ¿de acuerdo? Si tengo alguna duda, te prometo que lo consulto contigo…
—No me mangonees —replicó ella, cortante—. No me gusta que un tío se plante delante de mí a decirme lo que debo y no debo hacer.
—No soy un tío. Soy Joseph.
Ella lo miró burlona.
—Soy el único tío del mundo que puede decirte lo que debes y lo que no debes… —añadió él, con una sonrisa maliciosa.
—Yo que tú no me fiaría.
Joseph se acercó más a ella y le habló al oído.
—¿Por qué te haces la dura conmigo? A un diez por ciento de ti puede que le cabree, pero al resto de Mandy le encanta… —buscó su mirada—. Te encanta que te pare los pies.
Era cierto. Y no entendía por qué, pero le gustaba. Que fuera a admitirlo era otra cuestión.
Ella lo miró con expresión seria.
—Yo que tú, no me fiaría.
Joseph bajó la cabeza. Estaba sonriendo. Demi miró a otro lado. También sonreía.
—Joder… Te habría zurrado cuando te despachaste con el “demándame”—admitió ella, riendo.
Joseph soltó una carcajada y se dejó caer contra el respaldo del sillón. Rieron un buen rato antes de que la conversación volviera al tema trabajo.
—Por cierto, ¿quién es el periodista que tiene que volver dentro de tres vidas?
—Tuck Harris. El que dejó caer que andabas con drogas cuando empezaron a fotografiarte con J.T.
Demi asintió.
—Entonces, mejor que sean cinco vidas.
—No podemos darle largas mucho tiempo… — Joseph se acomodó mejor contra el respaldo—. No nos conviene. Pero cuando esta semana me llame, porque me va a llamar, le voy a dejar caer que va a ser más fácil convencerte de que cooperes, si puedo mostrarte una buena crítica firmada por él...
Demi sonrió traviesa. Joseph le guiñó un ojo y bebió un trago de whisky.
—Hace mucho que no oigo sonar tu móvil…
—Lo apagué —contestó él—. No para de sonar
Era verdad. Cada vez que lo miraba, y lo miraba montones de veces por hora, Joseph hablaba por teléfono, o con alguien en persona mientras tenía una llamada en espera.
—Contrata a alguien para que se ocupe.
—Sí. Cuando vuelva de viaje me pondré con eso.
—¿De qué viaje?
—La semana que viene me toca hacer kilómetros… —bebió un sorbo de whisky. Solo con pensarlo se le quedaba la idea atravesada en la garganta—. No puedo negociar cláusulas secretas por teléfono, Demi. Tenemos que vernos las caras.
Los festivales regionales, claro. Demi tomó tierra estrepitosamente.
—¿Cuándo te vas?
—Mañana.
—¿No vienes a Camden? —Él negó con la cabeza—. ¿Cuándo vuelves?
—Lo antes que pueda. Pero aunque se diera fatal, cortó y me reúno contigo en Boston, antes del concierto del sábado.
Demi contuvo el aliento y no se dio cuenta hasta que suspiró. Apartó la mirada e intentó concentrarse en lo que pasaba en los billares, donde los chicos jugaban su partida número un millón.
Casi una semana sin verlo. Seis días. Iba a estar insoportable. ¿Volver a pasar otra semana como la que había tenido cuando Joseph estaba en Nashville?
—Como no me llames, te vas a enterar —advirtió. Le había salido del alma.
Joseph la miró con los ojos brillantes, notó que ella seguía con los suyos fijos en la partida de billar. Tragó saliva e hizo lo propio, completamente consciente de que dentro del pecho, su corazón corría las 1.000 Millas de Indianápolis.
¿Era el estilo Demi de darle a entender que lo echaría de menos?

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