domingo, 9 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 33



Volver a verse las caras con los miembros del grupo después de tres meses había sido un gran momento. Demi actuaba con aquellos mismos cuatro músicos desde el principio. Exceptuando algunas sustituciones por enfermedad, siempre habían tocado juntos. Jarvis al bajo, Trent en los teclados, Charly en las cuerdas y Pepper a la batería. Sus vidas habían cambiado a lo largo de los cinco años que llevaban juntos. 

Alguno se había casado, otro se había divorciado y los demás habían cambiado de novia varias veces, pero cuando la puerta del estudio o de la sala de reuniones se cerraba, Demi sentía que continuaban siendo los mismos de siempre.
El coro era otra tema. Los primeros tiempos había tenido una pareja estable: Travis y Lilly, pero después que un accidente acabara con la vida de él, Lilly lo había dejado. Estar con el grupo le traía demasiados recuerdos. Desde entonces, hacía más de cuatro años, las voces del coro habían cambiado casi en cada concierto. Y ahora sucedía lo mismo. 

Demi no conocía más que de nombre a las dos veinteañeras mega-modernas que no dejaban de mirar a Joseph como si él fuera un postre apetitoso al que quisieran dar un bocado. Y como continuaran haciéndolo, ya podían ser reencarnaciones de Judy Garland, que durarían lo que un suspiro en el grupo.
Joseph otra vez. ¿Es que estaba enferma o qué? A él siempre lo miraban así. ¿Desde cuándo le molestaban aquellas miradas?
Demi se obligó a no responder a la pregunta y a poner su atención en lo que sucedía en la sala de reuniones de la tercera planta del lujoso hotel neoyorquino, parada habitual cuando actuaba en Nueva York.
Joseph había dejado a Sharon, la asistente personal de Demi, a cargo de su móvil para no tener interrupciones durante la sesión de trabajo. Acababa de explicar la agenda de los seis conciertos que quedaban hasta fin de año empezando por el primero que tendría lugar aquella misma noche en el Radio City Hall. 

Ahora, describía a grandes rasgos el nuevo proyecto artístico de Demi Brady ante la mirada atenta de todos, excepto la aludida. Ella estaba más interesada en pasar revista al habitual aspecto impecable de Joseph, que hoy consistía en unos pantalones marrones de pana y un jersey de lana gorda de color crema.
—Dentro de un par de semanas tendré la agenda provisional para el primer trimestre del año, pero desde ya os puedo anticipar que se acabó la vida tranquila —hubo sonrisas y algún comentario. Joseph asintió con la cabeza—. Sí. Dejadles un álbum actualizado a vuestras chicas porque os verán poco… En enero arrancamos después de año nuevo con cuatro conciertos por semana…
—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer con la tuya? —preguntó el teclista, mirándolo burlón.
Demi miró a Joseph por el rabillo del ojo. Él continuaba sonriendo sin darse por aludido
—Soy libre, tío. No tengo que darle cuentas a nadie —dijo, al fin—. Y menos a ti — Demi bajó la cabeza para que no la vieran sonreír. Joseph continuó—. Lo digo en serio. Va a tocar trabajar mucho, y va a ser así todo el año. Salvo agosto que pararemos tres semanas… Así que pensad si estáis dispuestos o no. No quiero ponerme a buscar sustituciones a mitad de camino, ¿de acuerdo?
Jarvis miró a Demi sin ocultar su satisfacción.
—No puedo creer que hayas decidido dejarte de moñas y tocar de verdad…
Ella sonrió. No esperaba menos de él. Siempre le había dado la murga con eso de “tocar para la gente de verdad, donde estaba la gente de verdad”. Hacer giras, recorrer la geografía palmo a palmo.
—De a poco me voy haciendo mayor —apuntó Demi, divertida.
—Era hora, muñeca —replicó él—. Eres lo mejor que ha parido este país después de Janis Joplin. Sal ahí fuera y cómetelos. Me va a encantar estar contigo en esto.
Hubo más comentarios y más risas, y muchas más aún cuando Joseph dijo algo que le salió del alma.
—¡Y a mí que lo digas, chaval! —Exclamó con sentimiento—. Van a hacer falta brazos para quitarle de encima a las torres peludas que nos vamos a encontrar en el salvaje oeste…
Un buen rato después de que la reunión se hubiera acabado, Demi seguía desternillándose cada vez que su mirada se encontraba con la de Joseph.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
El ensayo había ido bien. Las luces funcionaban a la perfección. Los equipos habían tenido fallos menores, nada importante. Y, milagrosamente, las chicas del coro se acoplaban sin mayores problemas. El concierto había empezado en punto con un casi lleno y Demi estaba…
Impresionante.
A veces, a Joseph le costaba distinguir en qué punto dejaba de admirarla como mánager para empezar a admirarla como hombre. Llevaba demasiado tiempo loco por ella. Pero ahora, en este preciso momento el que desde la zona de prensa la miraba comerse el escenario, era el mánager.
Demi Brady era impresionante.
Era una mujer preciosa, sí. Pero arriba de un escenario era tantas cosas más, que su belleza se convertía en un mero adorno, como un vestido bonito o unos zapatos llamativos. Cuando empezaba la música y las luces la enfocaban, ocurría algo mágico; Demi hechizaba. Era su voz, poderosa y rica en matices, su increíble sensualidad que lo acariciaba todo…

 Y su presencia, aquel montón de personalidad que plantaba firme sobre dos tacones de aguja con total seguridad, como si estuviera diciendo con cada centímetro de su piel, “aquí estoy yo”.
Había conseguido crear un estilo, una mezcla de country melódico con baladas pop, bastante imitado, pero rebelde como era, frecuentemente sorprendía a sus fans versionando temas populares de otros cantantes, incluidas canciones de categorías tan lejanas a ella como el rock duro o el rythm & blues.
Y además, mantenía con el público un intercambio fluido. Era cálida, cariñosa con la gente que iba a ver sus espectáculos.
Se comía el escenario. Enloquecía a sus fans.
Y estás de muerte.
Joseph bajó la cabeza sonriendo. Aquello no lo había pensado el mánager sino el hombre, uno que después de once años, la seguía encontrando hermosa, imponente, superior...
Era una noche perfecta.
Como Demi.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
O casi. ¿Qué hacía J.T. allí?
El concierto había acabado. Demi, cubierta por una gruesa bata negra que le llegaba hasta los pies, firmaba autógrafos al último grupo de fans cuando de la nada había aparecido el vocalista de la banda de rock Psicodelia.
La última vez que se habían visto las caras, Joseph lo había sacado a empellones de la suite de Demi.
— Joseph —dijo J.T. a modo de saludo cuando pasó a su lado.
Él ni se molestó en contestar. En cambio, se concentró en Demi. Ella continuaba firmando autógrafos y charlando con sus fans.
Como lo hayas llamado tú, te vas a enterar…
Pero no había sido cosa de Demi. La expresión de sorpresa en su cara era auténtica.
—¡J.T.! —exclamó, abrazándolo afectuosa— ¿Qué tal te va la vida?
La mirada del roquero se cruzó brevemente con la de Joseph cuando la abrazó.
—Me enteré de que actuabas y aquí me tienes… Has estado genial, como siempre. — Demi sonrió halagada.
Joseph continuó mirando la escena. Vio a Demi cerrar mejor su bata y cruzarse de brazos.
—Me estoy helando… —dijo—. ¿Sigues con el mismo número? Te llamo luego ¿vale?
Alto, delgado, con aspecto de ir a tope siempre. Con aquel uniforme de roquero que le daba ese aire tan desaliñado… No entendía qué veía Demi en un tipo como él.
—Quiero hablar de negocios contigo. ¿Te importa si te espero?
Demi se encogió de hombros.
—Estoy muerta y mañana madrugo… Pásate por el Hilton Times Square en una hora o así, y nos tomamos algo en el lounge, ¿te parece?
Él sonrió.
—Te veo luego entonces.

Pasó junto a Joseph con las manos en los bolsillos de sus vaqueros desgastados, sin mirarlo, y desapareció en el pasillo que llevaba a la salida posterior del Radio City Hall.

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