Volver a
verse las caras con los miembros del grupo después de tres meses había sido un
gran momento. Demi actuaba con aquellos mismos cuatro músicos desde el
principio. Exceptuando algunas sustituciones por enfermedad, siempre habían
tocado juntos. Jarvis al bajo, Trent en los teclados, Charly en las cuerdas y
Pepper a la batería. Sus vidas habían cambiado a lo largo de los cinco años que
llevaban juntos.
Alguno se había casado, otro se había divorciado y los demás
habían cambiado de novia varias veces, pero cuando la puerta del estudio o de
la sala de reuniones se cerraba, Demi sentía que continuaban siendo los mismos
de siempre.
El coro era
otra tema. Los primeros tiempos había tenido una pareja estable: Travis y
Lilly, pero después que un accidente acabara con la vida de él, Lilly lo había
dejado. Estar con el grupo le traía demasiados recuerdos. Desde entonces, hacía
más de cuatro años, las voces del coro habían cambiado casi en cada concierto.
Y ahora sucedía lo mismo.
Demi no conocía más que de nombre a las dos
veinteañeras mega-modernas que no dejaban de mirar a Joseph como si él fuera un
postre apetitoso al que quisieran dar un bocado. Y como continuaran haciéndolo,
ya podían ser reencarnaciones de Judy Garland, que durarían lo que un suspiro
en el grupo.
Joseph otra
vez. ¿Es que estaba enferma o qué? A él siempre lo miraban así. ¿Desde cuándo
le molestaban aquellas miradas?
Demi se
obligó a no responder a la pregunta y a poner su atención en lo que sucedía en
la sala de reuniones de la tercera planta del lujoso hotel neoyorquino, parada
habitual cuando actuaba en Nueva York.
Joseph había
dejado a Sharon, la asistente personal de Demi, a cargo de su móvil para no
tener interrupciones durante la sesión de trabajo. Acababa de explicar la
agenda de los seis conciertos que quedaban hasta fin de año empezando por el
primero que tendría lugar aquella misma noche en el Radio City Hall.
Ahora,
describía a grandes rasgos el nuevo proyecto artístico de Demi Brady ante la
mirada atenta de todos, excepto la aludida. Ella estaba más interesada en pasar
revista al habitual aspecto impecable de Joseph, que hoy consistía en unos
pantalones marrones de pana y un jersey de lana gorda de color crema.
—Dentro de
un par de semanas tendré la agenda provisional para el primer trimestre del
año, pero desde ya os puedo anticipar que se acabó la vida tranquila —hubo
sonrisas y algún comentario. Joseph asintió con la cabeza—. Sí. Dejadles un
álbum actualizado a vuestras chicas porque os verán poco… En enero arrancamos
después de año nuevo con cuatro conciertos por semana…
—¿Y tú? ¿Qué
vas a hacer con la tuya? —preguntó el teclista, mirándolo burlón.
Demi miró a Joseph
por el rabillo del ojo. Él continuaba sonriendo sin darse por aludido
—Soy libre,
tío. No tengo que darle cuentas a nadie —dijo, al fin—. Y menos a ti — Demi bajó
la cabeza para que no la vieran sonreír. Joseph continuó—. Lo digo en serio. Va
a tocar trabajar mucho, y va a ser así todo el año. Salvo agosto que pararemos
tres semanas… Así que pensad si estáis dispuestos o no. No quiero ponerme a
buscar sustituciones a mitad de camino, ¿de acuerdo?
Jarvis miró
a Demi sin ocultar su satisfacción.
—No puedo
creer que hayas decidido dejarte de moñas y tocar de verdad…
Ella sonrió.
No esperaba menos de él. Siempre le había dado la murga con eso de “tocar para
la gente de verdad, donde estaba la gente de verdad”. Hacer giras, recorrer la
geografía palmo a palmo.
—De a poco
me voy haciendo mayor —apuntó Demi, divertida.
—Era hora,
muñeca —replicó él—. Eres lo mejor que ha parido este país después de Janis
Joplin. Sal ahí fuera y cómetelos. Me va a encantar estar contigo en esto.
Hubo más
comentarios y más risas, y muchas más aún cuando Joseph dijo algo que le salió
del alma.
—¡Y a mí que
lo digas, chaval! —Exclamó con sentimiento—. Van a hacer falta brazos para
quitarle de encima a las torres peludas que nos vamos a encontrar en el salvaje
oeste…
Un buen rato
después de que la reunión se hubiera acabado, Demi seguía desternillándose cada
vez que su mirada se encontraba con la de Joseph.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
El ensayo
había ido bien. Las luces funcionaban a la perfección. Los equipos habían
tenido fallos menores, nada importante. Y, milagrosamente, las chicas del coro
se acoplaban sin mayores problemas. El concierto había empezado en punto con un
casi lleno y Demi estaba…
Impresionante.
A veces, a Joseph
le costaba distinguir en qué punto dejaba de admirarla como mánager para
empezar a admirarla como hombre. Llevaba demasiado tiempo loco por ella. Pero
ahora, en este preciso momento el que desde la zona de prensa la miraba comerse
el escenario, era el mánager.
Demi Brady
era impresionante.
Era una
mujer preciosa, sí. Pero arriba de un escenario era tantas cosas más, que su
belleza se convertía en un mero adorno, como un vestido bonito o unos zapatos
llamativos. Cuando empezaba la música y las luces la enfocaban, ocurría algo
mágico; Demi hechizaba. Era su voz, poderosa y rica en matices, su increíble
sensualidad que lo acariciaba todo…
Y su presencia, aquel montón de
personalidad que plantaba firme sobre dos tacones de aguja con total seguridad,
como si estuviera diciendo con cada centímetro de su piel, “aquí estoy yo”.
Había
conseguido crear un estilo, una mezcla de country melódico con baladas pop,
bastante imitado, pero rebelde como era, frecuentemente sorprendía a sus fans
versionando temas populares de otros cantantes, incluidas canciones de
categorías tan lejanas a ella como el rock duro o el rythm & blues.
Y además,
mantenía con el público un intercambio fluido. Era cálida, cariñosa con la gente
que iba a ver sus espectáculos.
Se comía el
escenario. Enloquecía a sus fans.
Y estás de muerte.
Joseph bajó
la cabeza sonriendo. Aquello no lo había pensado el mánager sino el hombre, uno
que después de once años, la seguía encontrando hermosa, imponente, superior...
Era una
noche perfecta.
Como Demi.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
O casi. ¿Qué
hacía J.T. allí?
El concierto
había acabado. Demi, cubierta por una gruesa bata negra que le llegaba hasta
los pies, firmaba autógrafos al último grupo de fans cuando de la nada había
aparecido el vocalista de la banda de rock Psicodelia.
La última
vez que se habían visto las caras, Joseph lo había sacado a empellones de la
suite de Demi.
— Joseph
—dijo J.T. a modo de saludo cuando pasó a su lado.
Él ni se
molestó en contestar. En cambio, se concentró en Demi. Ella continuaba firmando
autógrafos y charlando con sus fans.
Como lo
hayas llamado tú, te vas a enterar…
Pero no
había sido cosa de Demi. La expresión de sorpresa en su cara era auténtica.
—¡J.T.!
—exclamó, abrazándolo afectuosa— ¿Qué tal te va la vida?
La mirada
del roquero se cruzó brevemente con la de Joseph cuando la abrazó.
—Me enteré
de que actuabas y aquí me tienes… Has estado genial, como siempre. — Demi
sonrió halagada.
Joseph
continuó mirando la escena. Vio a Demi cerrar mejor su bata y cruzarse de
brazos.
—Me estoy
helando… —dijo—. ¿Sigues con el mismo número? Te llamo luego ¿vale?
Alto,
delgado, con aspecto de ir a tope siempre. Con aquel uniforme de roquero que le
daba ese aire tan desaliñado… No entendía qué veía Demi en un tipo como él.
—Quiero
hablar de negocios contigo. ¿Te importa si te espero?
Demi se
encogió de hombros.
—Estoy
muerta y mañana madrugo… Pásate por el Hilton Times Square en una hora o así, y
nos tomamos algo en el lounge, ¿te
parece?
Él sonrió.
—Te veo
luego entonces.
Pasó junto a
Joseph con las manos en los bolsillos de sus vaqueros desgastados, sin mirarlo,
y desapareció en el pasillo que llevaba a la salida posterior del Radio City
Hall.
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