viernes, 21 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 45



Eran cerca de las dos de la madrugada cuando las puertas del ascensor se abrieron en la quinta planta y los dos se dirigieron hacia la habitación de Demi.
Joseph repitió su ritual galante; tomó la tarjeta electrónica de la mano de Demi, y abrió la puerta. Ella dio un paso dentro de la suite y se volvió sonriendo.
—Lo he pasado muy bien, gracias.
Él la observó unos instantes con expresión divertida. ¿Pensaba mandarlo a la cama sin postre otra vez? No sonaba nada a la Demi que conocía.
—El gusto fue mío.
La sonrisa de ella se hizo más grande.
—Bueno... Hasta mañana, Joseph.
Demi se apartó para cerrar la puerta, pero él se lo impidió. La mantuvo abierta con su mano.
—¿No te apetece que entre? —le preguntó.
La miraba con aquellos ojos de mirada serena y sus maneras seductoras... Y le preguntaba cosas tan obvias.
Claro que le apetecía. Vaya pregunta. La Demi de hacía cuatro meses lo habría puesto a calentar motores en el ascensor hasta conseguir que fuera él quién la guiara dentro de la habitación, cerrara la puerta y empezara a desnudarla, sin mediar palabra. Pero esta Demi se sentía tan seducida como vulnerable. Hacía y decía cosas que no podía evitar hacer ni decir, pero continuaba siendo, en muchos sentidos, la Demi de siempre. Y a ella, sentirse vulnerable la enfriaba.
Además, a aquel bellezón sureño “no le gustaba nada el lado juerguista de su personalidad”.
—Por momentos, sí. Ahora es el momento que no —respondió Demi con sencillez, y volvió a intentar cerrar la puerta.
Joseph, nuevamente, la mantuvo abierta.
—Doble razón para entrar y esperar al momento bueno.
Notó que él le ofrecía su sonrisa de siempre. Si algo en la situación le molestaba, no era aparente. Y eso a Demi no le gustaba: si ella se sentía vulnerable, como mínimo, quería que él se sintiera molesto.
Demi se cruzó de brazos y soltó el bombazo.
—Doble razón para dejarlo. Reconozco que para alguien que me conoce tan de cerca como tú, estas cosas deben sonarte muy poco a Demi Brady. Y sí, en algunas cosas he cambiado aunque no sé si tomarme muy en serio, la verdad. Soy como el viento; muy, muy cambiante... Pero en esto sigo siendo igual: cuando digo no, es no. Los insistentes me repatean, Joseph. Así que, por favor, no me repatees...
Oh-Oh.
—Perdona si te he hecho sentir incómoda... —dijo él con dulzura, sin ocultar su incomodidad. Un instante después, sin embargo, volvió a sonreír... Y a imitarla—. Tienes razón. Que me besaras me dejó alucinado. No me hagas caso...
Demi soltó una carcajada. Aquel vikingo era dulce como la miel.
Y más listo que el hambre.
—Me voy —anunció Joseph, apartándose de la puerta—. Que descanses...
—Tú también.
Ella continuó apoyada contra la puerta mientras él empezaba a alejarse por el pasillo.
—Si te despiertas en un “momento que sí”, ya sabes, no te cortes —añadió él, con expresión pícara al tiempo que se volvía brevemente.
Demi sonrió, burlona. Él le hizo un guiño y reanudó el camino hacia los ascensores.
—Claro que voy a cortarme, Joseph —murmuró Demi mientras cerraba la puerta—. Tú “quieres más”, ¿no? Pues, yo también.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Realmente, Joseph no esperaba que la nueva Demi lo llamara en mitad de la noche para invitarlo a su suite, pero, por descontado, quería que lo hiciera. Llevaba dos días con el nivel de temperatura corporal subiendo imparable y todas sus alarmas se habían encendido. Concretamente a las dos y diez de la madrugada, cuando ella le había soltado en plena cara y sin atajos “que no, era no”.
Pero aquella noche el teléfono de Joseph no sonó, de modo que, varias horas más tarde las alarmas continuaban encendidas y el mercurio no dejaba de subir.
La mañana siguiente se habían despedido del resto del grupo de músicos, asistentes y técnicos en el aeropuerto de Boston y cada cual había tomado su vuelo. Demi y Joseph, el mismo.
Ella había dormido la mayor parte del viaje. Él había dedicado parte del tiempo a mirarla dormir con disimulo, y el restante, a revisar papeles.
Ahora, tras recoger las maletas, caminaban uno junto a otro en dirección al aparcamiento del aeropuerto regalándose miradas con tanta carga explosiva que ni las gafas de sol lograban ocultar del todo. Joseph empujaba el carro con el equipaje de los dos.
—¿Donde está tu coche? —preguntó él cuando entraron al aparcamiento.
—Allí — Demi señaló su Land Cruiser negro, aparcado diez metros más adelante, en una fila con todas las plazas ocupadas.
Ella sonrió cuando él, con su gentileza habitual, le sacó la llave de las manos y accionó el mando a distancia. Joseph se encargó de poner el equipaje en el maletero y volver a cerrarlo. De a ratos, la miraba y sonreía. Luego, él abrió la puerta del lado del conductor y la mantuvo abierta para que ella subiera.
—Gracias...
—De nada —respondió masculino. Echó un vistazo rápido alrededor mientras Demi se sentaba al volante, y volvió su vista a ella.
No cerró la puerta. En cambio, se agachó un poco, extendió una mano y le subió las gafas de sol hasta ponérselas de diadema.
Una sonrisa divertida iluminó el rostro de Demi.
—Es un aparcamiento, Joseph. No puede ser más público... —dijo ella con suavidad, escondiendo detrás de su sonrisa, unos nervios de quinceañera en su primera cita, tan inesperados como inexplicables.
—Seguro que ese Pontiac nos guarda el secreto —respondió él, mientras se quitaba las gafas.

Demi lo vio acercarse a ella despacio. Por momentos, sus miradas se encontraban; la mayoría de las veces, no. Ella lo miraba a los ojos; él, la boca.

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