Eran cerca de
las dos de la madrugada cuando las puertas del ascensor se abrieron en la quinta
planta y los dos se dirigieron hacia la habitación de Demi.
Joseph
repitió su ritual galante; tomó la tarjeta electrónica de la mano de Demi, y
abrió la puerta. Ella dio un paso dentro de la suite y se volvió sonriendo.
—Lo he
pasado muy bien, gracias.
Él la
observó unos instantes con expresión divertida. ¿Pensaba mandarlo a la cama sin
postre otra vez? No sonaba nada a la Demi que conocía.
—El gusto
fue mío.
La sonrisa
de ella se hizo más grande.
—Bueno...
Hasta mañana, Joseph.
Demi se
apartó para cerrar la puerta, pero él se lo impidió. La mantuvo abierta con su
mano.
—¿No te
apetece que entre? —le preguntó.
La miraba
con aquellos ojos de mirada serena y sus maneras seductoras... Y le preguntaba
cosas tan obvias.
Claro que le
apetecía. Vaya pregunta. La Demi de hacía cuatro meses lo habría puesto a
calentar motores en el ascensor hasta conseguir que fuera él quién la guiara
dentro de la habitación, cerrara la puerta y empezara a desnudarla, sin mediar
palabra. Pero esta Demi se sentía tan
seducida como vulnerable. Hacía y decía cosas que no podía evitar hacer ni
decir, pero continuaba siendo, en muchos sentidos, la Demi de siempre. Y a
ella, sentirse vulnerable la enfriaba.
Además, a
aquel bellezón sureño “no le gustaba
nada el lado juerguista de su personalidad”.
—Por
momentos, sí. Ahora es el momento que no —respondió Demi con sencillez, y
volvió a intentar cerrar la puerta.
Joseph,
nuevamente, la mantuvo abierta.
—Doble razón
para entrar y esperar al momento bueno.
Notó que él
le ofrecía su sonrisa de siempre. Si algo en la situación le molestaba, no era
aparente. Y eso a Demi no le gustaba: si ella se sentía vulnerable, como
mínimo, quería que él se sintiera molesto.
Demi se
cruzó de brazos y soltó el bombazo.
—Doble razón
para dejarlo. Reconozco que para alguien que me conoce tan de cerca como tú,
estas cosas deben sonarte muy poco a Demi Brady. Y sí, en algunas cosas he
cambiado aunque no sé si tomarme muy en serio, la verdad. Soy como el viento;
muy, muy cambiante... Pero en esto sigo siendo igual: cuando digo no, es no.
Los insistentes me repatean, Joseph. Así que, por favor, no me repatees...
Oh-Oh.
—Perdona si
te he hecho sentir incómoda... —dijo él con dulzura, sin ocultar su
incomodidad. Un instante después, sin embargo, volvió a sonreír... Y a
imitarla—. Tienes razón. Que me besaras me dejó alucinado. No me hagas caso...
Demi soltó
una carcajada. Aquel vikingo era dulce como la miel.
Y más listo
que el hambre.
—Me voy
—anunció Joseph, apartándose de la puerta—. Que descanses...
—Tú también.
Ella
continuó apoyada contra la puerta mientras él empezaba a alejarse por el
pasillo.
—Si te
despiertas en un “momento que sí”, ya sabes, no te cortes —añadió él, con
expresión pícara al tiempo que se volvía brevemente.
Demi sonrió,
burlona. Él le hizo un guiño y reanudó el camino hacia los ascensores.
—Claro que
voy a cortarme, Joseph —murmuró Demi mientras cerraba la puerta—. Tú “quieres
más”, ¿no? Pues, yo también.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Realmente, Joseph
no esperaba que la nueva Demi lo llamara en mitad de la noche para invitarlo a
su suite, pero, por descontado, quería que lo hiciera. Llevaba dos días con el
nivel de temperatura corporal subiendo imparable y todas sus alarmas se habían
encendido. Concretamente a las dos y diez de la madrugada, cuando ella le había
soltado en plena cara y sin atajos “que no, era no”.
Pero aquella
noche el teléfono de Joseph no sonó, de modo que, varias horas más tarde las
alarmas continuaban encendidas y el mercurio no dejaba de subir.
La mañana
siguiente se habían despedido del resto del grupo de músicos, asistentes y
técnicos en el aeropuerto de Boston y cada cual había tomado su vuelo. Demi y Joseph,
el mismo.
Ella había
dormido la mayor parte del viaje. Él había dedicado parte del tiempo a mirarla
dormir con disimulo, y el restante, a revisar papeles.
Ahora, tras
recoger las maletas, caminaban uno junto a otro en dirección al aparcamiento
del aeropuerto regalándose miradas con tanta carga explosiva que ni las gafas
de sol lograban ocultar del todo. Joseph empujaba el carro con el equipaje de
los dos.
—¿Donde está
tu coche? —preguntó él cuando entraron al aparcamiento.
—Allí — Demi
señaló su Land Cruiser negro, aparcado diez metros más adelante, en una fila
con todas las plazas ocupadas.
Ella sonrió
cuando él, con su gentileza habitual, le sacó la llave de las manos y accionó
el mando a distancia. Joseph se encargó de poner el equipaje en el maletero y
volver a cerrarlo. De a ratos, la miraba y sonreía. Luego, él abrió la puerta
del lado del conductor y la mantuvo abierta para que ella subiera.
—Gracias...
—De nada
—respondió masculino. Echó un vistazo rápido alrededor mientras Demi se sentaba
al volante, y volvió su vista a ella.
No cerró la
puerta. En cambio, se agachó un poco, extendió una mano y le subió las gafas de
sol hasta ponérselas de diadema.
Una sonrisa
divertida iluminó el rostro de Demi.
—Es un
aparcamiento, Joseph. No puede ser más público... —dijo ella con suavidad,
escondiendo detrás de su sonrisa, unos nervios de quinceañera en su primera
cita, tan inesperados como inexplicables.
—Seguro que
ese Pontiac nos guarda el secreto —respondió él, mientras se quitaba las gafas.
Demi lo vio
acercarse a ella despacio. Por momentos, sus miradas se encontraban; la mayoría
de las veces, no. Ella lo miraba a los ojos; él, la boca.

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