Demi volvió
a sacarse al hombre de encima suavemente, y forzó una sonrisa agradecida en su
cara.
—De acuerdo.
Ya estoy en mi suite, sana y salva. Gracias, Martin. Eres un encanto, pero
tienes que irte. Mañana madrugo.
El moreno
sonrió y sus manos, que ya habían vuelto a tomarla por la cintura, la atrajeron
hacia él.
—Es
temprano… Ni siquiera son las doce —murmuró junto a la oreja de Demi, algo que
a ella no le hizo ninguna gracia.
Ni el calor
de su aliento en la piel, ni sus palabras.
Tenía razón,
era temprano. Y por alguna extraña razón, Demi no tenía cuerpo de fiesta.
Había salido
sola, sin personal de seguridad, con toda la intención de divertirse y dejar de
pensar en lo que no debía, pero tenía enfrente a un moreno de catálogo de ropa
interior, que seguro le alegraría el cuerpo la mar de bien…
Y no le
apetecía.
Dentro de la
lujosa suite de Demi, Joseph apartó el periódico en el que llevaba una hora y
media intentando concentrarse sin éxito, y se acomodó mejor en el gran sofá del
salón. Se esforzó por ignorar el súbito aceleramiento de su corazón y quedarse
exactamente donde estaba, atendiendo la conversación que transcurría del otro
de la puerta, a pocos metros, y de la que, aguzando el oído, podía oír un poco.
—Es tarde
para mí — Demi lo apartó con suavidad una vez más y volvió a sonreír—. Hagamos
una cosa… Déjame tu número y te llamo, ¿te parece? Ahora tengo que dormir —le
regaló una de sus sonrisas sensuales—, esta belleza no es de plástico ¿sabes?
Hace falta descanso para mantenerla…
Martin
volvió a la carga. La empujó contra la puerta y se coló en su cuello
apasionadamente. A Demi, el calambrazo,
resultado del golpe en el codo que acababa de darse contra el marco de la
puerta, le recorrió el brazo y acabó clavándose en su hombro, dolorosamente.
Fue imposible no chillar, pero él, más concentrado en sus propios intereses,
insistió.
—Media hora
más. Sé buena…
Dentro de la
suite, Joseph se puso de pie como impelido por un resorte al oír el quejido. La
voz de Demi lo hizo detenerse.
—Me muero de
ganas, pero no puedo —dijo ella con un gesto de “lo siento”—. Cosas de chicas,
ya sabes.
Aquellas
tres palabras demostraron ser mágicas; Martin se apartó de mala gana, y la miró
con picardía.
—Entonces
—dijo—, espera a que se te pase para llamarme.
Demi le
acarició la nariz, y volvió a disculparse, esta vez con palabras.
El hombre
continuó observándola unos instantes en silencio, decidiendo su siguiente paso.
Al final, sacó una tarjeta del bolsillo interior de su chaqueta y se la puso en
el escote al tiempo que se inclinaba sobre ella y volvía a besarla una última
vez.
—Esa
llamada... ¿será antes de la próxima glaciación? —preguntó él, con desconfianza
mientras esperaba que las puertas del ascensor volvieran a cerrarse.
Demi le tiró
un beso con la mano.
—Mucho
antes.
Cuando oyó
que abrían la puerta de la suite, Joseph volvió a sentarse. Consciente de que
empezaba la parte de difícil, respiró hondo.
—¿Te has
equivocado de habitación? —preguntó ella al verlo allí.
A
continuación, dejó el bolso sobre el sillón y se quitó su abrigo de cuero,
largo hasta los tobillos. Con naturalidad, sacó la tarjeta que Martin de su escote,
la rompió en cuatro pedazos y los dejó sobre la mesilla.
Había
conseguido esbozar una sonrisa, más bien desdibujada, al comprobar que Joseph estaba
ahí, pero continuaba sin poder mirarlo. No le gustaba lo que llevaba horas
sintiendo. Y no quería arriesgarse a que él lo leyera en sus ojos, como hacía
siempre.
—¿No
habíamos quedado en ir a cenar? —replicó él, a su vez, con otra pregunta.
Demi no
respondió de inmediato, siguió concentrada en abrir la cremallera de sus botas.
—Cuando bajé
—dijo al cabo de un rato—, Miss Gentileza
2004 te tenía tan ocupado que me dio no sé qué arruinarte el plan.
Joseph notó
que ella no lo miraba al hablar, pero sonreía. Su voz sonaba relajada, con una
pizca de picardía. No pudo evitar menear la cabeza. Demi no se parecía a nada
que él hubiera conocido antes. Ella no montaba escenas. No tenía ataques de
protagonismo. Y si sentía celos, suponiendo que eso fuera lo que sentía,
resolvía el asunto en un santiamén; se iba de juerga sin escolta, seducía al
primero que se le antojaba, y lo pasaba bien.
O sea, le
hacía pagar a Joseph sus despistes dos veces: primero, él no la tenía; segundo,
la tenía otro.
—Jennifer
hace su trabajo; es relaciones públicas del hotel —aclaró él con una expresión
divertida en el rostro.
—¿Jennifer?
¿Cuándo dejó de ser la señorita Whattle para ti? El cliente soy yo. Y todavía
nos llamamos formalmente por nuestros apellidos…
Demi
continuaba ocupada en quitarse las botas, con la misma sonrisa burlona.
Y sin
mirarlo directamente a los ojos.
—"¿Qué
tal está, señorita Brady?” —Dijo, imitando una de sus típicas conversaciones—.
"Estupendamente. Gracias, señorita Whattle".
Como si de
pronto aquel asunto la aburriera, Demi se puso de pie, y recogió las cosas.
Enfiló hacia su habitación, pero antes disparó a matar:
—El único
trabajo que quiere hacer la señorita Whattle, te lo quiere hacer a ti, guaperas.
Joseph sonrió
incrédulo. La siguió hasta la habitación mientras respondía:
—Estábamos
hablando de ti, y además ¿por qué te fuiste sin esperarme?
Demi se
volvió. Lo miró directamente a los ojos.
Esta vez,
sí.
Fue una
mirada cargada de ironía, que portaba un mensaje; ¿yo, esperarte a ti?
Joseph
apartó la vista un momento. Contó hasta diez mientras se esforzaba por ignorar
la ironía y centrarse en lo importante.
—¿Por qué
has salido sola? —preguntó con el tono más aséptico que pudo.
Sus miradas
volvieron a encontrarse. Demi sonrió de oreja a oreja. Había sido una pregunta
muy tonta y además, tenía ganas de pincharlo por haber estado con Miss Gentileza cuando debía estar con
ella. Porque se había puesto aquel vestido negro que a él le gustaba, por eso,
porque a él le gustaba. Porque se sentía una idiota desconocida para sí misma…
—¿Y tú qué
crees, Joseph?
Creía que si Demi
volvía a hacer algo así, le daría un ataque.
—No tengo la
menor idea, preciosa —la miró con ternura—. No creo que quisieras correrte una
juerga en un día que te pasan “cosas de chicas”.
Demi frunció
el ceño. ¿De dónde había sacado eso? ¿Había estado oyendo detrás de la puerta?
Jordan no la
dejó atar cabos. Sonrió con su mejor cara de póquer.
—Pero eres
una mujer, ¿acaso sabéis vosotras por qué hacéis lo que hacéis? —le pellizcó la
punta de la nariz—. Me voy a dormir.
Demi sonrió.
—Que duermas
con los angelitos…
—Ya. Tú,
mejor sola —contestó él, riendo. Abrió la puerta para salir pero se volvió y la
miró. Ni rastro de broma en su lenguaje corporal—. Demi, no vuelvas a salir sin
guardaespaldas, ¿estamos?
Ella lo miró
burlona.
—Sí, papá.
Estamos.
Joseph
asintió y cerró la puerta tras de sí. Pero no se fue a dormir. En cambio, se
dirigió con paso firme al lounge del
hotel donde sabía que estaría el responsable de seguridad de Demi. Iba
dispuesto a llevar a cabo el primero de la larga lista de cambios que tenía en
mente realizar al complejo artístico Demi Brady.
Aún
continuaba con una sensación de vacío en el estómago de los nervios que había
pasado las horas que ella había estado fuera. Ya tenía suficiente con los celos
que le hacían hervir la sangre solo de pensar en los infaltables babosos que
llenaban el paisaje de Demi. No añadiría preocupación.
Demi ya ha
vuelto. Llegó hace veinte minutos —dijo Harry, tranquilizándolo—. ¿Te pido un
whisky?
Joseph negó
con la cabeza y fue al grano.
—Escucha, de
ahora en adelante quiero que no la pierdas de vista.
Harry lo
miró algo contrariado.
—Si Demi
dice que me quede, me tengo que quedar. No te ofendas, pero la jefa es ella…
Antes ella
era la jefa. Ahora las cosas serían diferentes.
Joseph
volvió a negar con la cabeza.
—No. A
partir de ya, el que comanda esta nave soy yo. Quiero que sepas qué hace en
cada momento del día. Quiero ver tu sombra detrás de ella siempre, y si esto te
crea algún conflicto, me lo dices ahora, te preparo la cuenta y asunto
arreglado, ¿nos entendemos?
Harry
asintió de mala gana.
—Bien. ¿Han
llegado los demás?
—Los chicos
de la banda, sí. Sharon llega con retraso. Los vuelos estaban suspendidos por
mal tiempo.
—OK. Encárgate de que mañana a las diez
todo el mundo esté en la sala de reuniones de la tercera planta.
—Claro.
Joseph
respiró hondo. Ahora que empezaba a relajarse, le dolía hasta la raíz del pelo.
—Me voy a
dormir —dijo a modo de saludo.
Y a intentar
recuperar fuerzas para su siguiente encuentro con Demi. En ese partido curioso
que jugaban, ella ganaba 2-0.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Para Demi no
estaba tan claro que estuviera ganando nada. Joseph había dicho que “estaba
loco por volver con ella”. Evidentemente, estar
loco tenía una lectura diferente para él que para el resto de los hombres
de su vida. Se había tomado más de una semana para decidir si aceptaba su nuevo
proyecto o no. En Nashville parecía más interesado en Tyler Bradford; en Nueva
York, en la relaciones públicas del hotel, Miss
Gentileza 2004.
Joder, se
había puesto aquel vestido negro por él, y Joseph ni siquiera lo había
notado...
Demi se dio
la vuelta en la cama y abrazó la almohada.
No entendía
nada. Lo de Joseph era un mensaje en clave. Lo de ella misma, peor aún. No
entendía a qué venían esas ganas de verlo a todas horas. Ni por qué había
decidido en el último momento quitarse de encima a Martin. Pero sí entendía una
cosa; no iba a tomarse en serio aquel asunto.
Era Demi
Brady.
Y a Demi
Brady le molestaban las personas que se tomaban las cuestiones emocionales
demasiado en serio y además, le encantaba la juerga.

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