domingo, 9 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 32




Demi volvió a sacarse al hombre de encima suavemente, y forzó una sonrisa agradecida en su cara.
—De acuerdo. Ya estoy en mi suite, sana y salva. Gracias, Martin. Eres un encanto, pero tienes que irte. Mañana madrugo.
El moreno sonrió y sus manos, que ya habían vuelto a tomarla por la cintura, la atrajeron hacia él.
—Es temprano… Ni siquiera son las doce —murmuró junto a la oreja de Demi, algo que a ella no le hizo ninguna gracia.
Ni el calor de su aliento en la piel, ni sus palabras.
Tenía razón, era temprano. Y por alguna extraña razón, Demi no tenía cuerpo de fiesta.
Había salido sola, sin personal de seguridad, con toda la intención de divertirse y dejar de pensar en lo que no debía, pero tenía enfrente a un moreno de catálogo de ropa interior, que seguro le alegraría el cuerpo la mar de bien…
Y no le apetecía.
Dentro de la lujosa suite de Demi, Joseph apartó el periódico en el que llevaba una hora y media intentando concentrarse sin éxito, y se acomodó mejor en el gran sofá del salón. Se esforzó por ignorar el súbito aceleramiento de su corazón y quedarse exactamente donde estaba, atendiendo la conversación que transcurría del otro de la puerta, a pocos metros, y de la que, aguzando el oído, podía oír un poco.
—Es tarde para mí — Demi lo apartó con suavidad una vez más y volvió a sonreír—. Hagamos una cosa… Déjame tu número y te llamo, ¿te parece? Ahora tengo que dormir —le regaló una de sus sonrisas sensuales—, esta belleza no es de plástico ¿sabes? Hace falta descanso para mantenerla…
Martin volvió a la carga. La empujó contra la puerta y se coló en su cuello apasionadamente. A Demi, el calambrazo, resultado del golpe en el codo que acababa de darse contra el marco de la puerta, le recorrió el brazo y acabó clavándose en su hombro, dolorosamente. Fue imposible no chillar, pero él, más concentrado en sus propios intereses, insistió.
—Media hora más. Sé buena…
Dentro de la suite, Joseph se puso de pie como impelido por un resorte al oír el quejido. La voz de Demi lo hizo detenerse.
—Me muero de ganas, pero no puedo —dijo ella con un gesto de “lo siento”—. Cosas de chicas, ya sabes.
Aquellas tres palabras demostraron ser mágicas; Martin se apartó de mala gana, y la miró con picardía.
—Entonces —dijo—, espera a que se te pase para llamarme.
Demi le acarició la nariz, y volvió a disculparse, esta vez con palabras.
El hombre continuó observándola unos instantes en silencio, decidiendo su siguiente paso. Al final, sacó una tarjeta del bolsillo interior de su chaqueta y se la puso en el escote al tiempo que se inclinaba sobre ella y volvía a besarla una última vez.
—Esa llamada... ¿será antes de la próxima glaciación? —preguntó él, con desconfianza mientras esperaba que las puertas del ascensor volvieran a cerrarse.
Demi le tiró un beso con la mano.
—Mucho antes.
Cuando oyó que abrían la puerta de la suite, Joseph volvió a sentarse. Consciente de que empezaba la parte de difícil, respiró hondo.
—¿Te has equivocado de habitación? —preguntó ella al verlo allí.
A continuación, dejó el bolso sobre el sillón y se quitó su abrigo de cuero, largo hasta los tobillos. Con naturalidad, sacó la tarjeta que Martin de su escote, la rompió en cuatro pedazos y los dejó sobre la mesilla.
Había conseguido esbozar una sonrisa, más bien desdibujada, al comprobar que Joseph estaba ahí, pero continuaba sin poder mirarlo. No le gustaba lo que llevaba horas sintiendo. Y no quería arriesgarse a que él lo leyera en sus ojos, como hacía siempre.
—¿No habíamos quedado en ir a cenar? —replicó él, a su vez, con otra pregunta.
Demi no respondió de inmediato, siguió concentrada en abrir la cremallera de sus botas.
—Cuando bajé —dijo al cabo de un rato—, Miss Gentileza 2004 te tenía tan ocupado que me dio no sé qué arruinarte el plan.
Joseph notó que ella no lo miraba al hablar, pero sonreía. Su voz sonaba relajada, con una pizca de picardía. No pudo evitar menear la cabeza. Demi no se parecía a nada que él hubiera conocido antes. Ella no montaba escenas. No tenía ataques de protagonismo. Y si sentía celos, suponiendo que eso fuera lo que sentía, resolvía el asunto en un santiamén; se iba de juerga sin escolta, seducía al primero que se le antojaba, y lo pasaba bien.
O sea, le hacía pagar a Joseph sus despistes dos veces: primero, él no la tenía; segundo, la tenía otro.
—Jennifer hace su trabajo; es relaciones públicas del hotel —aclaró él con una expresión divertida en el rostro.
—¿Jennifer? ¿Cuándo dejó de ser la señorita Whattle para ti? El cliente soy yo. Y todavía nos llamamos formalmente por nuestros apellidos…
Demi continuaba ocupada en quitarse las botas, con la misma sonrisa burlona.
Y sin mirarlo directamente a los ojos.
—"¿Qué tal está, señorita Brady?” —Dijo, imitando una de sus típicas conversaciones—. "Estupendamente. Gracias, señorita Whattle".
Como si de pronto aquel asunto la aburriera, Demi se puso de pie, y recogió las cosas. Enfiló hacia su habitación, pero antes disparó a matar:
—El único trabajo que quiere hacer la señorita Whattle, te lo quiere hacer a ti, guaperas.
Joseph sonrió incrédulo. La siguió hasta la habitación mientras respondía:
—Estábamos hablando de ti, y además ¿por qué te fuiste sin esperarme?
Demi se volvió. Lo miró directamente a los ojos.
Esta vez, sí.
Fue una mirada cargada de ironía, que portaba un mensaje; ¿yo, esperarte a ti?  
Joseph apartó la vista un momento. Contó hasta diez mientras se esforzaba por ignorar la ironía y centrarse en lo importante.
—¿Por qué has salido sola? —preguntó con el tono más aséptico que pudo.
Sus miradas volvieron a encontrarse. Demi sonrió de oreja a oreja. Había sido una pregunta muy tonta y además, tenía ganas de pincharlo por haber estado con Miss Gentileza cuando debía estar con ella. Porque se había puesto aquel vestido negro que a él le gustaba, por eso, porque a él le gustaba. Porque se sentía una idiota desconocida para sí misma…
—¿Y tú qué crees, Joseph?
Creía que si Demi volvía a hacer algo así, le daría un ataque.  
—No tengo la menor idea, preciosa —la miró con ternura—. No creo que quisieras correrte una juerga en un día que te pasan “cosas de chicas”.
Demi frunció el ceño. ¿De dónde había sacado eso? ¿Había estado oyendo detrás de la puerta?
Jordan no la dejó atar cabos. Sonrió con su mejor cara de póquer.
—Pero eres una mujer, ¿acaso sabéis vosotras por qué hacéis lo que hacéis? —le pellizcó la punta de la nariz—. Me voy a dormir.
Demi sonrió.
—Que duermas con los angelitos…
—Ya. Tú, mejor sola —contestó él, riendo. Abrió la puerta para salir pero se volvió y la miró. Ni rastro de broma en su lenguaje corporal—. Demi, no vuelvas a salir sin guardaespaldas, ¿estamos?
Ella lo miró burlona.
—Sí, papá. Estamos.
Joseph asintió y cerró la puerta tras de sí. Pero no se fue a dormir. En cambio, se dirigió con paso firme al lounge del hotel donde sabía que estaría el responsable de seguridad de Demi. Iba dispuesto a llevar a cabo el primero de la larga lista de cambios que tenía en mente realizar al complejo artístico Demi Brady.
Aún continuaba con una sensación de vacío en el estómago de los nervios que había pasado las horas que ella había estado fuera. Ya tenía suficiente con los celos que le hacían hervir la sangre solo de pensar en los infaltables babosos que llenaban el paisaje de Demi. No añadiría preocupación.
Demi ya ha vuelto. Llegó hace veinte minutos —dijo Harry, tranquilizándolo—. ¿Te pido un whisky?
Joseph negó con la cabeza y fue al grano.
—Escucha, de ahora en adelante quiero que no la pierdas de vista.
Harry lo miró algo contrariado.
—Si Demi dice que me quede, me tengo que quedar. No te ofendas, pero la jefa es ella…
Antes ella era la jefa. Ahora las cosas serían diferentes.
Joseph volvió a negar con la cabeza.
—No. A partir de ya, el que comanda esta nave soy yo. Quiero que sepas qué hace en cada momento del día. Quiero ver tu sombra detrás de ella siempre, y si esto te crea algún conflicto, me lo dices ahora, te preparo la cuenta y asunto arreglado, ¿nos entendemos?
Harry asintió de mala gana.
—Bien. ¿Han llegado los demás?
—Los chicos de la banda, sí. Sharon llega con retraso. Los vuelos estaban suspendidos por mal tiempo.
OK. Encárgate de que mañana a las diez todo el mundo esté en la sala de reuniones de la tercera planta.
—Claro.
Joseph respiró hondo. Ahora que empezaba a relajarse, le dolía hasta la raíz del pelo.
—Me voy a dormir —dijo a modo de saludo.
Y a intentar recuperar fuerzas para su siguiente encuentro con Demi. En ese partido curioso que jugaban, ella ganaba 2-0.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Para Demi no estaba tan claro que estuviera ganando nada. Joseph había dicho que “estaba loco por volver con ella”. Evidentemente, estar loco tenía una lectura diferente para él que para el resto de los hombres de su vida. Se había tomado más de una semana para decidir si aceptaba su nuevo proyecto o no. En Nashville parecía más interesado en Tyler Bradford; en Nueva York, en la relaciones públicas del hotel, Miss Gentileza 2004.  
Joder, se había puesto aquel vestido negro por él, y Joseph ni siquiera lo había notado...
Demi se dio la vuelta en la cama y abrazó la almohada.
No entendía nada. Lo de Joseph era un mensaje en clave. Lo de ella misma, peor aún. No entendía a qué venían esas ganas de verlo a todas horas. Ni por qué había decidido en el último momento quitarse de encima a Martin. Pero sí entendía una cosa; no iba a tomarse en serio aquel asunto.
Era Demi Brady.

Y a Demi Brady le molestaban las personas que se tomaban las cuestiones emocionales demasiado en serio y además, le encantaba la juerga.

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