—No voy a
bajar mi caché. Ofréceles en cláusula privada que donaré el veinte por ciento a
causas sociales que estén promoviendo en la región. Yo diré cuáles. Tú me dirás
quiénes son y qué harán con mi dinero. Que baje el precio de las entradas a mis
conciertos. Promocióname.
Que se llene. Consígueme patrocinadores que sufraguen
el resto. Si apoyar causas que mejoren la vida de las personas me cierra puertas,
bien cerradas estarán. Son puertas que no me interesa tener en mi vida, ni
abiertas ni cerradas —hizo una pausa y pensó en cómo decir lo que iba a decir—.
La que actúa soy yo, sí. Y va a ser duro, por eso solamente puedes ser tú,
¿entiendes? Me conoces, Joseph. Sabes los qué, cuándo y cómo de mí, mejor que
yo misma. Si tú me prometes que vas a estar conmigo en cada parada del bus, en
cada concierto, en cada feria… Yo te prometo que me voy a mantener de una
pieza. Esta vez, no voy a fallarte.
Joseph tragó
saliva con disimulo, y apartó la mirada. Eran demasiadas emociones para un
mismo día. Realmente, no había esperado algo así de ella. Estaba tan
impresionado como bloqueado. Ahora todo era distinto. Ella empezaba a ser otra Demi.
Y él ya no era solo su mánager; quería ser su hombre. Así que necesitaba tiempo
para analizar la situación, y jugar bien sus cartas.
Cuando
volvió a mirarla apurando los últimos segundos que le dieran la forma de salir
del paso y no responder inmediatamente, su móvil sonó.
Habría podido
decir que acababa de salvarlo la campana, pero no le dio tiempo ni a completar
el pensamiento. En la pequeña pantalla parpadeaba un nombre; “Tyler”.
O como Demi la
llamaba, “su muñequita de quirófano”.
Atendió con
la vista fija en la mesa e intentó ser breve.
—Ahora no
puedo. Te llamo luego.
Demi se
concentró en su café. No le hacía falta preguntar para saber quién era. ¿Quién
otro podía ser para que Joseph se hubiera vuelto telegráfico y tenso en un
segundo?
Cuando lo
vio ponerse de pie, con el móvil pegado a la oreja, decir a todos un
“disculpad” y dirigirse al porche, ella tuvo claro que no se había equivocado.
Era su barbi rellena de silicona.
¿Qué le
veía? ¿Cómo podía sentirse atraído por una cosa así? Desde los CMA se devanaba
el seso intentando entender qué narices le veía a aquella mujer. Como no fuera
el apellido ilustre… Pero Joseph no era de esa clase de hombres, de los que
iban por interés.
¿O sí?
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
La llamada
de Tyler le había dado a Joseph el tiempo que necesitaba para salvar el momento
y pensar su siguiente paso, pero ella empezaba a resultar cargante.
—Podías haberme dicho que no estarías en la
ciudad este finde. Contaba contigo…
Ya. Para
alguna de sus fiestas privadas llenas de tipos estirados y señoras tan
glamurosas como mortalmente aburridas.
Sonríe, Joseph.
—¿Me
perdonas? Fue un imprevisto.
En la
cocina, Demi acababa de abrir sigilosamente la ventana. Necesitaba saber y no
podía preguntárselo a él, ya que no podía explicarle por qué quería saber algo
tan personal.
Ni siquiera ella misma entendía lo que le pasaba, como para
explicarlo... Además, lo último que haría en la vida sería dejarle ver a Joseph
que él le importaba. Eso, ni loca.
—¿Un imprevisto en Camden? —la voz de
Tyler sonó exactamente a lo que estaba pensando—. ¿Qué ha sucedido? ¿La princesa Demi se quebró una uña y su nueva mánager no sabe qué hacer?
Joseph meneó
la cabeza divertido. Se odiaban mutuamente. De Tyler podía entenderlo. Después
de todo, era hija de uno de los hombres más influyentes del país; no estaba
acostumbrada a que la gente le hiciera el vacío. Y Demi, tan pronto la había
visto de su brazo en los CMA, se había dado media vuelta sin mostrar el menor
interés por entablar conversación con ella. De Demi, también podía entenderlo.
Si admitía
el factor celos.
Y tratándose
de Demi, era todo un factor. Especialmente, si el hombre en cuestión era él. Se
derretía. Cada vez que pensaba que Demi tenía celos de Tyler, el corazón
empezaba a darle brincos en el pecho porque aunque con Demi eso no significara
necesariamente amor, era mucho más de lo que jamás había tenido de ella. Y
muchísimo más de lo que había esperado tener algún día.
Joseph rió
para evitar responder.
—Oye… Me
están esperando, tengo que dejarte. Te llamo más tarde, ¿ok?
—¿Vas a volver con ella?
Su intento
no había funcionado. Joseph respiró hondo y se apoyó contra la barandilla.
—Es posible,
no lo sé —admitió, al fin—. Me ha propuesto un proyecto nuevo y tengo que
estudiarlo. No sé si es viable. Mira, he de cortar... El lunes voy a buscarte,
cenamos por ahí y hablamos, ¿te parece bien?
—Los hombres sois muy tontos… —la escuchó
decir con su tono de niña de alta sociedad—. Eres bueno en lo tuyo y yo soy Tyler Bradford. No hay ninguna puerta
que yo no pueda abrir. ¿Te imaginas todo lo que podrías conseguir?

No hay comentarios:
Publicar un comentario