La expresión
de Demi aumentaba nivel de sorpresa por segundos, pero cuando vio a Joseph
ponerse de pie y mirarla…
J.T. también
se puso de pie. Incapaz de moverse, Demi lo vio hacer el ademán de acercarse a Joseph
y decir algo. Pero él fue todavía más taxativo.
—Tío, me
quedé con ganas de partirte la cara la última vez que nos vimos —añadió,
mirándolo desafiante—. No me tientes.
Se
sostuvieron las miradas un instante mientras Demi continuaba inmóvil de pura
sorpresa. Finalmente, J.T. llamó a retirada. La miró molesto.
—¿Tanto
poder tiene sobre ti este gilipollas?
Demi miró a Joseph
con ganas de matarlo, y luego a J.T.
—Te
agradezco que pensaras en mí. Me caes bien, pero eres un desastre... Donde tú
estás siempre hay bronca, y yo me he rehabilitado.
J.T. asintió
de mala gana. Hizo un par de comentarios irónicos más y luego cambió de tercio.
Pocos minutos más tarde se despidió de Demi. De Joseph, no.
—No vuelvas
a hacer algo así —advirtió Demi cuando entraron en el ascensor.
Joseph iba a
contestar pero ya no estaban solos, así que guardó silencio hasta que
abandonaron el ascensor en la tercera planta. Entonces, la tomó del brazo
suavemente, haciendo que se detuviera, y le habló con su seguridad habitual.
—Es un
gilipollas. Un colgado que no quiero ver al lado tuyo. Si vuelve a aparecer le
parto la cara, ¿está claro?
—Te estás
pasando, Joseph.
—Ya lo sé. Y
si vuelvo a verlo me voy a pasar del todo —se acercó a Demi con los ojos
brillantes de rabia y se lo soltó—. No
quiero verte con ese capullo. No te lo voy a repetir.
A
continuación, se alejó por el corredor bajo la mirada iracunda de Demi.
—Joder…
—rezongó rabiosa.
Se dirigió a
la habitación de Jordan a paso vivo y llamó con los nudillos dos veces. Un
Jordan tan enfadado como ella abrió la puerta.
—Qué.
—¡¿Te has
vuelto loco?! — Demi exhaló el aire ruidosamente y lo miró, encendida de rabia—
Es mi vida. Si alguien me conviene o no, lo decido yo. No vuelvas a hacer algo así —le dijo imitando su tono anterior.
—Demándame
—replicó él, desafiante y volvió a cerrar la puerta.
Y por si le
quedaba alguna duda de que sería lo último que le diría aquella noche, lo
siguiente que oyó Demi fue que había puesto música: Usher sonaba tan alto que
parecía estar allí dentro, tocando en directo con todos sus músicos.
Las cejas de
ella eran dos arcos perfectos, coronando unos ojos como platos, que miraban la
puerta cerrada con expresión tan sorprendida como iracunda.
No podía
creer que Joseph hubiera hecho algo semejante.
La sesión de
fotos había ido bien. Eran cerca de las once de la mañana cuando llegaron a
Rochester y una hora más tarde Demi ya estaba con el periodista del All Country Magazine para la entrevista
de “media hora, sin preguntas personales” que había acordado Joseph la noche
anterior.
No habían
hablado mucho. Ella continuaba enojada. Joseph, evidentemente, también. Más de
una vez había descubierto a alguno de los chicos del grupo enviándole a otro
alguna mirada con mensaje. Pero a medida que fue pasando el día, Demi hizo un
descubrimiento; su rabia se diluía.
Así que
ahora en vez de rabiosa, estaba confundida.
Para la hora
del concierto, no solo no estaba enfadada con Joseph, quería, necesitaba, que olvidaran el asunto y
todo volviera a la normalidad. Pero no lo había vuelto a ver.
"Cinco
minutos" escuchó que le anunciaban tras unos golpes en la puerta.
Y Joseph sin
aparecer.
Demi se
arregló el pelo coqueta. Tras echarse un último vistazo en el espejo, se
dispuso a salir del camerino.
Cuando abrió
la puerta, él estaba ahí.
—Empezaba a
pensar que te habías largado —dijo ella, apartando la vista de aquellos ojos
hechiceros. Últimamente cada vez que lo miraba, se sentía muy rara.
Joseph
anduvo a su lado por el túnel que llevaba al escenario, con las manos en los
bolsillos de su cazadora.
—Tenemos que
hablar y este no es el momento —empezó a decir él suavemente.
A Demi se le
aceleró el corazón. Lo miró brevemente intentando que no se notara en su mirada
que se sentía como un flan. Su mente revisaba lo dicho la noche anterior… Había
sido una discusión como otras que habían tenido. ¿De qué tenían que hablar?
Él se
detuvo, y la hizo volverse y enfrentarlo. Sus ojos le miraban el pelo, la
frente, la nariz, pero no los ojos.
—Perdóname
—dijo él al fin y en aquel momento sus miradas se encontraron—. Ese capullo me
desquicia… Luego hablaremos, pero no quiero que sigamos enfadados. Me pasé y lo
siento… ¿Me perdonas?
Ella
suspiró. No pudo evitarlo. Sintió como si le hubieran quitado un enorme peso de
encima.
Joseph
sonrió.
—¿Eso es un
sí?
La música
introductoria empezaba a sonar. Tenía que salir al escenario.
—No
—respondió ella con toda su sensualidad—. Quiero cena de cinco tenedores, solos
tú y yo. Y que me lleves a bailar. Después, me pensaré si te perdono o no…
Él la vio
alejarse hacia el escenario con aquel impresionante vestido rojo y su melena
leonina cayéndole en rizos sobre la espalda... Aquellos contoneos femeninos lo
volvían loco. Joseph bajó la cabeza. Se restregó el pelo nerviosamente. Diez
minutos después de que ella lo hiciera volar de rabia, se moría por verla.
Ya no
soportaba no tenerla cerca.
En un par de
días Demi volvería al rancho y él a la carretera, a negociar sus actuaciones en
los festivales regionales.
¿Cómo iba a
arreglárselas días enteros sin verla cuando solo diez minutos ya le parecían un
suplicio?

No hay comentarios:
Publicar un comentario