Joseph le
echó una mirada a Sharon que a ella debió resultarle tan explícita que volvió a
cerrar la puerta del camerino después de farfullar una disculpa. Demi bajó la
cabeza para evitar que él la viera reír.
Desde los
escasos cinco minutos que habían conseguido arañar a primera hora de la mañana,
después de la sesión fotográfica, no habían vuelto a estar en un mismo lugar a
solas en todo el día. Cuanto había podido complicarse lo había hecho, incluido
la avería de dos equipos.
—¡Qué día!
—se quejó él, apoyándose contra la puerta, frustrado—. No puedo creer que no
hayamos podido tener cinco minutos tranquilos…
Demi se
recostó contra la puerta, a su lado, y lo miró con expresión divertida.
—Pues están
a punto de avisarme que me toca subir, así que…
Desde esa
distancia él no solamente tenía una panorámica preciosa de los hombros
delicados de aquella mujer, también olía a Demi.
Dios… Donna Karan. Jazmín.
No le
gustaba esa fragancia hasta que ella empezó a usarla. Y desde aquel momento, le
pareció el aroma más embriagador del universo. En nadie olía tan bien. Se le
iba la cabeza. Literalmente.
Joseph
respiró hondo.
—Va a haber
que poner más atrás los cordones de seguridad, porque como te huelan, saltarán
en masa sobre el escenario.
Una sonrisa
inmensa iluminó la cara de Demi.
—Vaya,
gracias…Y gracias por la rosa del desayuno.
—¿Qué rosa?
Joseph la
miraba de reojo, sonriendo con picardía.
—¿No era
tuya? ¡Pues ahora qué comecocos! —volvió la cabeza y lo miró. Él ya no sonreía
y su mirada se había vuelto intensa—. Porque si no es tuya, ¿de quién es?
Era suya.
Joseph no
respondió. Cada vez que la miraba, perdía la noción de todo. Desde la noche
anterior, cuando había vuelto a sentir el contacto de su boca caliente, la
firmeza de su cuerpo, todos sus sentidos estaban completamente despiertos.
Atentos a cada gesto, a cada mensaje, a cada movimiento. No podía dejar de
mirarla. Ni podía dejar de sacudirse interiormente. Esos besos de Demi habían
agitado tanto sus sentimientos como sus emociones. Habían sacudido un amor que,
aletargado, esperaba en un rincón de su corazón ,y habían encendido un deseo
básico, primario, que también dormía en su sangre. Y ahora, rugía.
—¿Cenamos en
tu suite después del concierto? —le preguntó, intentando mantenerse sereno.
Demi sonrió.
—¿Me estás
preparando la cama, guaperas?
—Sí.
Había sido
un “sí” envuelto en un suspiro largo. Joseph se sentía a punto de explotar, de
desbordarse sin control. Y ella, evidentemente, se había dado cuenta.
La vio bajar
la vista unos instantes justo cuando alguien le avisaba que tenía que salir al
escenario. Ella continuó donde estaba, moviendo suavemente la cabeza y
considerando la situación.
Al final, se
apartó de la puerta mirándolo con suavidad. Jordan sonrió, le acarició un
mechón de cabello con un dedo.
—Tengo plan
para esta noche —respondió Demi con ternura—. Lo siento.
Puso una
mano en el pomo y lo miró instándolo a que se apartara de la puerta.
Joseph no
podía decir que no lo hubiera imaginado. Haber admitido que su opinión le
importaba había sido una gran concesión, pero no dejaba de ser algo que la
hacía sentir vulnerable. Los Brady odiaban sentirse así. Y como una buena Brady
que era, le estaba plantando cara a esa vulnerabilidad.
Jordan asintió,
y se apartó de la puerta sin dejar de mirarla.
Ella, que ya
estaba en el corredor cuando él la llamó, se volvió sonriendo suavemente.
—Tu plan de
esta noche soy yo —dijo él. Ella ladeó la cabeza y lo miró divertida. Joseph e
creció—. Es lo que nos apetece. A ti y a mí.
—No voy a
cenar contigo en mi suite —dijo Demi riendo—. ¿Qué propones?
Los ojos de
él se iluminaron.
—¿Y en la
mía?
Demi meneó
la cabeza sonriendo y empezó a alejarse en dirección al escenario. Jordan la
siguió muerto de risa. No había resistencia, ella solo jugaba.
—Vale, vale,
vale... Te debo cena y baile ¿no? —buscó su mirada. Ella asintió varias veces
con la cabeza—. Bien. Entonces, ponte zapatos cómodos…
Lo vio
hacerle un guiño con aquella expresión superseductora,
y respiró hondo. Dios, cuánto le gustaba él y cuánto le gustaban sus maneras...
Subió al ascensor que la llevaba al escenario, sin dejar de sonreír.
¿Noche de
cena y baile con aquel vikingo solo para ella?
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