viernes, 12 de julio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 61




Tratándose de una mujer como ella, cada detalle, cada trocito que le ganaba a su rebeldía, era una victoria. Una que lo acercaba a su vida, que le concedía tiempo. 

El tiempo que necesitaba para enamorarla. Para que cuando ella se diera cuenta de lo unida que estaba a él, ya no pudiera echar a correr despavorida.
Por encima de su taza de café, mientras bebía un sorbo y pensaba, Joseph dejó que sus ojos la miraran con disimulo.
Matt le estaba explicando algo sobre un juego que habían descubierto en el móvil de Mark. Ella, seguía las explicaciones mirando la pequeña pantalla y a veces, preguntaba algo.
¿Cuántos trocitos había conseguido ganarle a su rebeldía?
Algunos.
Pocos.
Muchos menos de los que necesitaba para quedarse con su corazón.
Estaban juntos. Ella lo pasaba bien con él. Tenía en cuenta su opinión. Más aún, la buscaba y la pedía. La relación que mantenían, iba bien: en lo personal y en lo profesional.
Y sabía, porque ella se lo había dicho, que cuando no estaban juntos, “se moría por verlo”.
No era mucho. Y tampoco era definitivo; Demi se escurría entre los dedos con la misma facilidad que la arena. Pero era muchísimo más de lo que había tenido en los once años que habían transcurrido desde aquel día en la cabaña del río, cuando John Brady los pillara casi in fraganti, y se cargara su flamante tonteo con ella.
Poco, y nada fiable, y aún así para Joseph significaba tanto...
Quería gritarlo a los cuatro vientos. Escribirlo en el cielo.
“Demi Brady es mía”.
Porque lo era, cada día un poco más. Pero no podía ni gritarlo, ni escribirlo. Llevaba mal viajar tanto, pasar tanto tiempo sin ella, pero callar, mantener las apariencias... Eso lo llevaba peor que mal.
Cada vez que descubría las miradas golosas que llovían sobre ella dondequiera que estuviera... Cada vez que alguna mano masculina abría una puerta para dejarla pasar, o colocaba una silla para que ella se sentara, Joseph mordía por dentro. Tenía que hacer verdaderos esfuerzos por recordar que, de cara a la galería, solamente era su mánager.
Al día siguiente, cuando volvieran a la carretera, sería aún peor. Compartirían bus y horas con el grupo, con los asistentes, con los técnicos... Un mundo de gente, montones de ojos pendientes de los dos. Eso, mientras estuviera con ella, cuatro días a la semana. Los otros tres los pasaría firmando contratos, haciendo kilómetros, durmiendo en hoteles.
Sin ella.
Su propio suspiro, inesperado e imposible de disimular, devolvió a Joseph a la realidad para encontrarse con los ojos de Eileen y una pregunta.
—¿Tarta de moras o de fresas?
Él la vio sonreír. Su mirada le decía cosas distintas que la pregunta que acababa de formular, cosas que no tenían que ver con tartas. Pensó que seguro que acababa de ponerse rojo, ya que sentía un calor insoportable que ascendía por el cuello.
—De moras. Le encanta.
Fue Demi la que respondió. Y no había acabado de hacerlo que ya habían vuelto a empezar las bromas.
—¿Así que le gusta la tarta de moras? —se burló Nick—. ¿Y cómo es que tú controlas tanto lo que a Jordan le gusta y no le gusta?
—¿Y a ti que te importa? —Replicó Mandy Demi con el mismo tono—. ¿Alguien te pregunta a ti por qué controlas tan bien lo que le gusta y lo que no le gusta a Miley?
Joseph se la comió con los ojos. Ella no estaba negando la relación que mantenían, y aunque se suponía que debía, que no lo hiciera, le gustaba.
Miley se echó a reír.
Nick se cruzó de brazos, desafiante, y le echó una mirada igual de desafiante.
—Porque la conozco muy bien —replicó el quarterback—, somos muy buenos amigos desde hace siglos. No es tu caso.
Eileen se dedicó a servir las tartas con una sonrisa pícara, sin hacer el menor comentario; John, a seguir las reacciones de su niña bonita y aquel vikingo al que quería como un hijo, con creciente interés.
—Ya —se limitó a contestar Demi. Miró a Joseph que sonreía y luego a su padre que le ofrecía más café, y sonrió para sus adentros.
—Solo —volvió a decir la única mujer de los hermanos Brady—. Sin leche y sin azúcar.
—Vaya... —intervino Mark sonriendo, recordándole con los ojos la apuesta que tenían.
—¿Qué? ¿Qué sucede? — Demi revolvía su café, acababa de guiñarle un ojo a Jordan y sonreía de lo más natural—. Este guaperas sabe hasta la marca de sales de baño que me gusta y a nadie le parece raro...
—Es que es tu mánager, pimpollo. Le pagas una pasta para que sepa esas cosas... —apuntó Mark, pinchándola.
Joseph la vio removerse incómoda en su silla, echarle una mirada irónica a su hermano, y volver a concentrarse en su taza de café, procesando.
Una voz de niño interrumpió el momento, puso carcajadas y libró a Demi de tener que responder. A Joseph le pareció que había cierto alivio en su expresión cuando ella, sonriendo, volvió la cabeza para mirar a Matt.
¿Sus sales? —dijo el niño, burlón—. Si yo fuera tu mánager, me sabría de memoria hasta los números de teléfono de la agenda de tu móvil... Te los recitaría como un loro para que no tuvieras que molestarte en buscarlos.

Joseph rió de buena gana. Él no pensaba aprendérselos de memoria. Lo que quería era borrarlos de su agenda y de su vida. De hecho, en eso estaba.

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