Tratándose
de una mujer como ella, cada detalle, cada trocito que le ganaba a su rebeldía,
era una victoria. Una que lo acercaba a su vida, que le concedía tiempo.
El
tiempo que necesitaba para enamorarla. Para que cuando ella se diera cuenta de
lo unida que estaba a él, ya no pudiera echar a correr despavorida.
Por encima
de su taza de café, mientras bebía un sorbo y pensaba, Joseph dejó que sus ojos
la miraran con disimulo.
Matt le
estaba explicando algo sobre un juego que habían descubierto en el móvil de
Mark. Ella, seguía las explicaciones mirando la pequeña pantalla y a veces,
preguntaba algo.
¿Cuántos
trocitos había conseguido ganarle a su rebeldía?
Algunos.
Pocos.
Muchos menos
de los que necesitaba para quedarse con su corazón.
Estaban
juntos. Ella lo pasaba bien con él. Tenía en cuenta su opinión. Más aún, la
buscaba y la pedía. La relación que mantenían, iba bien: en lo personal y en lo
profesional.
Y sabía,
porque ella se lo había dicho, que cuando no estaban juntos, “se moría por
verlo”.
No era
mucho. Y tampoco era definitivo; Demi se escurría entre los dedos con la misma
facilidad que la arena. Pero era muchísimo más de lo que había tenido en los
once años que habían transcurrido desde aquel día en la cabaña del río, cuando
John Brady los pillara casi in fraganti, y se cargara su flamante tonteo con
ella.
Poco, y nada
fiable, y aún así para Joseph significaba tanto...
Quería
gritarlo a los cuatro vientos. Escribirlo en el cielo.
“Demi Brady
es mía”.
Porque lo
era, cada día un poco más. Pero no podía ni gritarlo, ni escribirlo. Llevaba
mal viajar tanto, pasar tanto tiempo sin ella, pero callar, mantener las
apariencias... Eso lo llevaba peor que mal.
Cada vez que
descubría las miradas golosas que llovían sobre ella dondequiera que
estuviera... Cada vez que alguna mano masculina abría una puerta para dejarla
pasar, o colocaba una silla para que ella se sentara, Joseph mordía por dentro.
Tenía que hacer verdaderos esfuerzos por recordar que, de cara a la galería,
solamente era su mánager.
Al día
siguiente, cuando volvieran a la carretera, sería aún peor. Compartirían bus y
horas con el grupo, con los asistentes, con los técnicos... Un mundo de gente,
montones de ojos pendientes de los dos. Eso, mientras estuviera con ella,
cuatro días a la semana. Los otros tres los pasaría firmando contratos,
haciendo kilómetros, durmiendo en hoteles.
Sin ella.
Su propio
suspiro, inesperado e imposible de disimular, devolvió a Joseph a la realidad
para encontrarse con los ojos de Eileen y una pregunta.
—¿Tarta de
moras o de fresas?
Él la vio
sonreír. Su mirada le decía cosas distintas que la pregunta que acababa de
formular, cosas que no tenían que ver con tartas. Pensó que seguro que acababa
de ponerse rojo, ya que sentía un calor insoportable que ascendía por el
cuello.
—De moras.
Le encanta.
Fue Demi la
que respondió. Y no había acabado de hacerlo que ya habían vuelto a empezar las
bromas.
—¿Así que le
gusta la tarta de moras? —se burló Nick—. ¿Y cómo es que tú controlas tanto lo
que a Jordan le gusta y no le gusta?
—¿Y a ti que
te importa? —Replicó Mandy Demi con el mismo tono—. ¿Alguien te pregunta a ti
por qué controlas tan bien lo que le gusta y lo que no le gusta a Miley?
Joseph se la
comió con los ojos. Ella no estaba negando la relación que mantenían, y aunque
se suponía que debía, que no lo hiciera, le gustaba.
Miley se
echó a reír.
Nick se
cruzó de brazos, desafiante, y le echó una mirada igual de desafiante.
—Porque la
conozco muy bien —replicó el quarterback—,
somos muy buenos amigos desde hace siglos. No es tu caso.
Eileen se
dedicó a servir las tartas con una sonrisa pícara, sin hacer el menor
comentario; John, a seguir las reacciones de su niña bonita y aquel vikingo al
que quería como un hijo, con creciente interés.
—Ya —se
limitó a contestar Demi. Miró a Joseph que sonreía y luego a su padre que le
ofrecía más café, y sonrió para sus adentros.
—Solo
—volvió a decir la única mujer de los hermanos Brady—. Sin leche y sin azúcar.
—Vaya...
—intervino Mark sonriendo, recordándole con los ojos la apuesta que tenían.
—¿Qué? ¿Qué
sucede? — Demi revolvía su café, acababa de guiñarle un ojo a Jordan y sonreía
de lo más natural—. Este guaperas
sabe hasta la marca de sales de baño que me gusta y a nadie le parece raro...
—Es que es
tu mánager, pimpollo. Le pagas una pasta para que sepa esas cosas... —apuntó
Mark, pinchándola.
Joseph la
vio removerse incómoda en su silla, echarle una mirada irónica a su hermano, y
volver a concentrarse en su taza de café, procesando.
Una voz de
niño interrumpió el momento, puso carcajadas y libró a Demi de tener que
responder. A Joseph le pareció que había cierto alivio en su expresión cuando
ella, sonriendo, volvió la cabeza para mirar a Matt.
—¿Sus sales? —dijo el niño, burlón—. Si
yo fuera tu mánager, me sabría de memoria hasta los números de teléfono de la
agenda de tu móvil... Te los recitaría como un loro para que no tuvieras que
molestarte en buscarlos.
Joseph rió
de buena gana. Él no pensaba aprendérselos de memoria. Lo que quería era
borrarlos de su agenda y de su vida. De hecho, en eso estaba.

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