sábado, 6 de julio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 58




De Arizona, hay tres proyectos que me interesan. De Wisconsin, dos. Quiero que los veamos con más detalle y que me digas qué piensas.
—¿Qué pienso sobre qué?
Demi sonrió burlona.
—Quiero que me des tu opinión, Joseph. Está incluido en tu cinco por ciento más, espero ¿o vas a cobrarme por aconsejarme sobre el tema?
—Está incluido —apuntó él con humor.
Ambos rieron un rato. De las mil cosas que Joseph quería saber sobre ella, la mayoría no debía preguntarlas, pero había una que sí pensaba preguntar.
—¿Por qué lo haces?
—¿Apoyar causas sociales?
—Todo. Causas sociales, ciudades pequeñas, conciertos especiales para fans… Todo. ¿Por qué lo haces?
Demi sonrió divertida, pero debajo de los guantes de corderito, notó sus manos húmedas y heladas.
—¿Cuánto tiempo tienes? —replicó sonriendo—. Explicarlo puede llevarme un buen rato…
Joseph continuó mirándola con ternura y permaneció en silencio, lo cual constituyó un mensaje lo bastante claro para Demi. Ella respiró hondo.
—Cuando todo te va tan bien, es fácil desconectar de la realidad… Si encima vives rodeada de gente que te dice a todas horas que eres la octava maravilla del mundo… — Demi miró a lo lejos. Hizo una pausa larga—. No sé… Dejó de tener sentido y no me dí cuenta cuándo sucedió.
—¿Qué dejó de tener sentido?
—Mi vida. Cuando tomé tierra, tú ya no estabas y yo… Yo no sabía quién era. Volví a casa porque Miley me lo pidió. No me apetecía, pero pensé “si ella me dice que eso es lo que tengo que hacer, seguro que es así; ella siempre lo ha tenido todo tan claro…”. Y dos horas después de estar en casa, me dí cuenta…
Demi meneó la cabeza, se restregó las manos enguantadas.
—¿Cómo pude vivir todo ese tiempo lejos de los míos? No lo sé. No entiendo cómo sucedió. Pero no podía seguir así. Me sentía incapaz de cumplir los compromisos, de volver a subirme a un escenario, de volver a esa vida… y me planteé dejarlo. Del todo. Y una tarde me encontré con una saca llena de cartas en mi habitación — Demi lo miró con los ojos llenos de ilusión—. Cientos de cartas de fans… Me pedían que volviera… Un chico me decía que le había propuesto matrimonio a su novia mientras bailaban una canción mía… —sacudió la cabeza sonriendo—. Otra chica de un pueblecito de California siguió mi gira del 2002 por todo el país, concierto por concierto… ¿Te lo imaginas?
Demi hizo una pausa, jugueteaba distraídamente con la nieve a sus pies bajo la atenta mirada de Joseph.
—Esa vida, mi vida, la que tuve y te llenó la copa, no me gustaba, pero cantar sí… Me gustó lo que sentí mientras leía esas cartas… Me di cuenta de que, de alguna manera, soy parte de momentos —buenos momentos— de la vida de mucha gente. Y me gusta. Me gusta pensar que algo que hago influye en los demás. Mark es padre de acogida. Nick entrena ese equipo juvenil de fútbol, de chicos con problemas de drogas. Pensé qué podía hacer yo. Y, bueno, se me ocurrió lo de las causas sociales. La vida me ha dado un montón de cosas… Está bien devolver algo a cambio. Cuando miraba esos proyectos me di cuenta de que hay muchísima gente poniendo su granito de arena para que las cosas sean mejores… No aparecen en las noticias, ni en las revistas, no reciben premios y nadie hace fiestas en su honor, pero marcan una diferencia en la vida de tantas personas…
Demi volvió la cabeza y lo miró. Él la escuchaba con su expresión atenta de siempre.
—No soy una activista ni soy política. Tampoco soy de las que se arremangan y se meten a tope en las cosas, como mis hermanos… Pero esos proyectos necesitan dinero, no solo brazos. Yo puedo darles eso —asintió varias veces con la cabeza—. Voy a darles el dinero que necesitan para seguir marcando una diferencia en la vida de la gente. Y además, es una forma de mantenerme conectada, ya sabes…
—¿Conectada a qué?
—A la realidad. Desde un escenario, todo se ve brillante. Y están a tus pies. Te aplauden. Te ovacionan. Duermes en hoteles de lujo. Vas en limusinas. La gente se desvive por complacerte y te dicen que eres una maravilla… Pero no es real, ¿sabes? Soy una persona como cualquier otra que tiene un trabajo diferente de la mayoría, pero vive en el mismo mundo que los demás. 

En ese mundo, lo real es Matt y Timmy White. Su padre en la cárcel, su madre muerta, su abuela enferma... Tienen nueve y once años y han perdido más cosas de las que yo he perdido en mis veintiséis. Eso es real, es su vida. Lo mío es solamente un trabajo ideal…
Definitivamente, él no tenía ninguna posibilidad de salvarse, pensó Joseph. Si aquella preciosidad rubia no se enamoraba de él, no tendría la menor posibilidad: lo haría polvo y el daño sería irreversible. La diva caprichosa se había evaporado. 

Su Demi había vuelto al mundo de los vivos, con toda su ternura y sus genes compasivos Brady. Con toda su generosidad.
Si no conseguía quedarse con su corazón, no se recuperaría.
Joseph respiró hondo y miró alrededor.
Tenía que enamorarla, completar su vida de tal forma que llegara a necesitarlo como al aire.
Más que al aire.
Mucho más.
—Quién diría que dentro de ese cuerpo de infarto hay esa maravilla de corazón… —apuntó, burlón.
Demi rió nerviosa ante la inesperada reacción de Joseph.
—Tienes razón. Para la mayoría de las personas que he conocido en mi vida soy poco más que eso… Como dice mi padre, me rodeé de gente que me ayudó a mantener las alas replegadas… — Joseph la miró con interés y cierta interrogación en la mirada. 

Ella volvió a apoyarle su mano en la mejilla—. Me llevé por delante todo y te hice daño. Eres la última persona en el mundo a la que habría querido lastimar, Joseph. No puedo cambiar lo que sucedió, ojalá pudiera. Pero te prometo algo: voy a volar. 

Voy a ser alguien digno de la cabeza a los pies, una Brady de verdad — Demi sonrió con su sonrisa de niña—. Vas a sentirte tan-tan-tan orgulloso de mí, que vas a ir por ahí como un pavo real, desplegando las plumas.

Él no sonrió. Continuó mirándola con los ojos brillantes, y una expresión que la hizo estremecer. Al final, se llevó la mano femenina a la boca y la acarició varias veces con sus labios, sin dejar de mirarla.
—¿Vamos? —murmuró él.

Ella no contestó, no pudo. 

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