De Arizona,
hay tres proyectos que me interesan. De Wisconsin, dos. Quiero que los veamos
con más detalle y que me digas qué piensas.
—¿Qué pienso
sobre qué?
Demi sonrió burlona.
—Quiero que
me des tu opinión, Joseph. Está incluido en tu cinco por ciento más, espero ¿o
vas a cobrarme por aconsejarme sobre el tema?
—Está
incluido —apuntó él con humor.
Ambos rieron
un rato. De las mil cosas que Joseph quería saber sobre ella, la mayoría no
debía preguntarlas, pero había una que sí pensaba preguntar.
—¿Por qué lo
haces?
—¿Apoyar
causas sociales?
—Todo.
Causas sociales, ciudades pequeñas, conciertos especiales para fans… Todo. ¿Por
qué lo haces?
Demi sonrió
divertida, pero debajo de los guantes de corderito, notó sus manos húmedas y
heladas.
—¿Cuánto
tiempo tienes? —replicó sonriendo—. Explicarlo puede llevarme un buen rato…
Joseph
continuó mirándola con ternura y permaneció en silencio, lo cual constituyó un
mensaje lo bastante claro para Demi. Ella respiró hondo.
—Cuando todo
te va tan bien, es fácil desconectar de la realidad… Si encima vives rodeada de
gente que te dice a todas horas que eres la octava maravilla del mundo… — Demi miró
a lo lejos. Hizo una pausa larga—. No sé… Dejó de tener sentido y no me dí
cuenta cuándo sucedió.
—¿Qué dejó
de tener sentido?
—Mi vida.
Cuando tomé tierra, tú ya no estabas y yo… Yo no sabía quién era. Volví a casa
porque Miley me lo pidió. No me apetecía, pero pensé “si ella me dice que eso
es lo que tengo que hacer, seguro que es así; ella siempre lo ha tenido todo
tan claro…”. Y dos horas después de estar en casa, me dí cuenta…
Demi meneó
la cabeza, se restregó las manos enguantadas.
—¿Cómo pude
vivir todo ese tiempo lejos de los míos? No lo sé. No entiendo cómo sucedió.
Pero no podía seguir así. Me sentía incapaz de cumplir los compromisos, de
volver a subirme a un escenario, de volver a esa vida… y me planteé dejarlo.
Del todo. Y una tarde me encontré con una saca llena de cartas en mi habitación
— Demi lo miró con los ojos llenos de ilusión—. Cientos de cartas de fans… Me
pedían que volviera… Un chico me decía que le había propuesto matrimonio a su
novia mientras bailaban una canción mía… —sacudió la cabeza sonriendo—. Otra
chica de un pueblecito de California siguió mi gira del 2002 por todo el país,
concierto por concierto… ¿Te lo imaginas?
Demi hizo
una pausa, jugueteaba distraídamente con la nieve a sus pies bajo la atenta
mirada de Joseph.
—Esa vida, mi vida, la que tuve y te llenó la copa,
no me gustaba, pero cantar sí… Me gustó lo que sentí mientras leía esas cartas…
Me di cuenta de que, de alguna manera, soy parte de momentos —buenos momentos—
de la vida de mucha gente. Y me gusta. Me gusta pensar que algo que hago
influye en los demás. Mark es padre de acogida. Nick entrena ese equipo juvenil
de fútbol, de chicos con problemas de drogas. Pensé qué podía hacer yo. Y,
bueno, se me ocurrió lo de las causas sociales. La vida me ha dado un montón de
cosas… Está bien devolver algo a cambio. Cuando miraba esos proyectos me di
cuenta de que hay muchísima gente poniendo su granito de arena para que las
cosas sean mejores… No aparecen en las noticias, ni en las revistas, no reciben
premios y nadie hace fiestas en su honor, pero marcan una diferencia en la vida
de tantas personas…
Demi volvió
la cabeza y lo miró. Él la escuchaba con su expresión atenta de siempre.
—No soy una
activista ni soy política. Tampoco soy de las que se arremangan y se meten a
tope en las cosas, como mis hermanos… Pero esos proyectos necesitan dinero, no
solo brazos. Yo puedo darles eso —asintió varias veces con la cabeza—. Voy a
darles el dinero que necesitan para seguir marcando una diferencia en la vida
de la gente. Y además, es una forma de mantenerme conectada, ya sabes…
—¿Conectada
a qué?
—A la
realidad. Desde un escenario, todo se ve brillante. Y están a tus pies. Te
aplauden. Te ovacionan. Duermes en hoteles de lujo. Vas en limusinas. La gente
se desvive por complacerte y te dicen que eres una maravilla… Pero no es real,
¿sabes? Soy una persona como cualquier otra que tiene un trabajo diferente de
la mayoría, pero vive en el mismo mundo que los demás.
En ese mundo, lo real es
Matt y Timmy White. Su padre en la cárcel, su madre muerta, su abuela
enferma... Tienen nueve y once años y han perdido más cosas de las que yo he
perdido en mis veintiséis. Eso es real, es su vida. Lo mío es solamente un
trabajo ideal…
Definitivamente,
él no tenía ninguna posibilidad de salvarse, pensó Joseph. Si aquella
preciosidad rubia no se enamoraba de él, no tendría la menor posibilidad: lo
haría polvo y el daño sería irreversible. La diva caprichosa se había
evaporado.
Su Demi había vuelto al
mundo de los vivos, con toda su ternura y sus genes compasivos Brady. Con toda
su generosidad.
Si no
conseguía quedarse con su corazón, no se recuperaría.
Joseph
respiró hondo y miró alrededor.
Tenía que
enamorarla, completar su vida de tal forma que llegara a necesitarlo como al
aire.
Más que al
aire.
Mucho más.
—Quién diría
que dentro de ese cuerpo de infarto hay esa maravilla de corazón… —apuntó,
burlón.
Demi rió
nerviosa ante la inesperada reacción de Joseph.
—Tienes
razón. Para la mayoría de las personas que he conocido en mi vida soy poco más
que eso… Como dice mi padre, me rodeé de gente que me ayudó a mantener las alas
replegadas… — Joseph la miró con interés y cierta interrogación en la mirada.
Ella volvió a apoyarle su mano en la mejilla—. Me llevé por delante todo y te
hice daño. Eres la última persona en el mundo a la que habría querido lastimar,
Joseph. No puedo cambiar lo que sucedió, ojalá pudiera. Pero te prometo algo:
voy a volar.
Voy a ser alguien digno de la cabeza a los pies, una Brady de
verdad — Demi sonrió con su sonrisa de niña—. Vas a sentirte tan-tan-tan orgulloso de mí, que vas a
ir por ahí como un pavo real, desplegando las plumas.
Él no
sonrió. Continuó mirándola con los ojos brillantes, y una expresión que la hizo
estremecer. Al final, se llevó la mano femenina a la boca y la acarició varias
veces con sus labios, sin dejar de mirarla.
—¿Vamos?
—murmuró él.
Ella no
contestó, no pudo.

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