Hora y media
antes del concierto seguían diciéndose mutuamente que tenían que parar y
volviendo a enredarse en besos enloquecidos dos minutos más tarde.
Continuaron
besándose en la limusina, en el aparcamiento subterráneo del centro de
convenciones donde Demi actuaba aquella noche. Incluso en el camerino, entre la
sesión de la estilista y la de la maquilladora.
Besos
agónicos, caricias apasionadas y una creciente sensación de locura fuera de
control que ninguno de los dos parecía poder evitar.
El último
recuerdo de Demi sobre aquella noche los situaba en el jacuzzi, de madrugada,
después del concierto. Pero cuando a las nueve de la mañana la despertó el
sonido del teléfono, llevaba puesto el albornoz y estaba sola en la suite.
Y el otro
lado de la cama, seguía con las mantas estiradas. Joseph no había dormido allí.
Los dos
habían desayunado con todo el equipo en un Starbucks. Cada uno tomaba un vuelo
distinto. Volvían a casa, con la familia, de vacaciones hasta el dos de enero,
cuando se reunirían en Los Ángeles, primer punto de la gira de tres meses que
los llevaría por distintas ciudades de la geografía americana, con cuatro
actuaciones por semana.
Y ahora, Joseph
y ella, tapados hasta las orejas, paseaban por la zona rural de Woodstock en
Nueva York, calentándose las manos enguantadas con sendos vasos de café caliente
que habían comprado en la gasolinera donde habían repostado combustible, cerca
de allí.
Continuaban
colgados de las intensas emociones que habían compartido las últimas horas. No
había habido muchas palabras. Y ahora, seguía costando recuperarlas; llevaban
más de una hora solos, y apenas habían intercambiado un par de frases.
—¿Estás
bien? —preguntó él. La miró brevemente.
Demi notó
que él tenía los ojos brillantes. Se preguntó si sería por el aire frío.
Sonrió algo
incómoda, y meneó la cabeza. Cuando volvió a mirarlo, él también sonreía. Demi
dejó de andar y echó un vistazo alrededor. Estaba frío, desierto y nublado. Y
además había viento.
—Las cosas
que hacemos por estar juntos a solas… —comentó con una sonrisa incrédula—. ¿Por
qué no nos sentamos en esos troncos?
Demi no
esperó respuesta. Se dirigió hacia los tocones, junto a una arboleda frondosa,
mientras bebía sorbos pequeños de su café. Joseph la siguió y esperó a que se
acomodara.
—¿Estas
bien? —volvió a preguntarle.
Mandy lo
miró interrogante.
—Claro…
Él se sentó
junto a ella, estiró las piernas y volvió a mirarla de refilón.
—¿Seguro?
—¿Qué
quieres saber? —dijo ella al fin. No podía creer que él le estuviera
preguntando lo que ella pensaba que estaba preguntándole.
Dios, era
evidente que estaba mejor que bien. ¿O no?
Joseph bebió
un sorbo de café de su vaso, sin mirarla. Al final, resopló molesto y habló con
voz suave.
—Iba a mil.
Espero no haberme… —la miró con los ojos brillantes y una expresión violenta en
el rostro—. Espero no haberme pasado de vueltas.
Demi le
acarició la mejilla con su mano enguantada.
—Me encantó.
Él apoyó su
mano sobre la de ella, que reposaba sobre su mejilla.
—¿Te
encantó?
Ella
asintió.
—Fue
bestial. Eres bestial —lo miró
pilla—. Repite cuando quieras…
Repetir, ya.
Le había
costado un esfuerzo sobrehumano ponerle el albornoz, meterla en la cama y
marcharse de su suite. De hecho, había intentado despertarla con besos un par
de veces. No deseaba irse. Quería seguir junto a ella, dentro de ella. Y doce horas después, seguía sintiéndose de la
misma forma.
Joseph sonrió
suavemente. Depositó un beso tierno sobre una mano enguantada de Demi, y la
retuvo entre las suyas.
Había sido
bestial, desde luego.
Ahora
entendía a qué se refería ella cuando decía que la ternura no la excitaba.
Ahora sabía
cómo era aquella preciosidad rubia cuando se encendía de verdad.
Y era la
experiencia más alucinante que había vivido en toda su vida.
Se preguntó
si para Demi había sido igual, si habría sentido aquella locura desbordante
antes, con otro hombre. Se preguntó si también se habría acurrucado contra
él...
Si le habría
pedido que la abrazara fuerte y la meciera.
Si habría
dormitado en sus brazos.
Joseph tenía
mil preguntas. Un millón de cosas que necesitaba saber. Y que no podía preguntar,
que no debía preguntar.
—¿Me quedé
dormida? —quiso saber ella.
Lo vio
asentir varias veces.
—¿Después?
—añadió.
Él negó una
vez. Entonces, Demi sonrió, incrédula, y apartó la mirada. Le ardían las
mejillas.
—No me lo
puedo creer…
—Te dije que
era explosivo —apuntó él, con picardía.
Lo era. Un
auténtico cóctel molotov.
Pero ella
era Demi Brady. No se quedaba dormida en el momento en que las piedras soltaban
chispas por la fricción. Ella era la que soplaba suavemente para encender las
hojas secas.
—Lo siento
—replicó Demi, mirándolo violenta—. Discúlpame… No sé qué decir…
Con gesto
divertido, él liberó la mano femenina que sostenía entre las suyas. Bebió un
sorbo de café y la miró masculino.
—No
—sentenció al fin. Demi frunció el ceño—. Quiero todo tu lunes. Por la mañana,
compras de Navidad. Al mediodía, comida en un restaurante de cinco tenedores.
Después de comer, siesta. Y sexo. Y a las nueve, sesión de cine... O más sexo,
ya veré. Luego, me pensaré si te disculpo o no.
Dios. Dios.
Dios... Cómo me gustas, Joseph.
—Hecho
—respondió ella, y le guiñó un ojo.
Joseph bebió
un sorbo de café mientras pensaba en lo que él había dicho. Quería "todo
su lunes", así que ese día estaría en Camden. Ella sabía que la Navidad la
pasaría en Alberta, Canadá, donde vivía su hermana mayor con su familia.
¿Cuántos días tendría para estar con él?
—Si el
martes estás, me gustaría que miráramos lo de los proyectos, ya sabes, la
carpeta que me envió Sharon…
Joseph
sonrió para sus adentros.
—Estoy toda
la semana —aclaró él. Ella seguía mirando su vaso pero en su rostro se había
dibujado una sonrisa. Leve, muy leve, pero sonrisa al fin, pensó él—. Me voy el
viernes al mediodía y vuelto el sábado por la noche.
Joseph hizo
una pausa y la miró de reojo. La sonrisa de su chica, empezaba a ser una en
toda regla.
—Y ya me
quedo —concluyo él.
—¡Qué bien!
—dijo Demi, sin ocultar su alegría. Y volvió a su café.
Él en cambio
continuó mirándola.
Es que
cuanto más la miraba, cuanto más tiempo pasaban juntos, más loco estaba por
ella.
—¿Qué
quieres que comentemos de esos proyectos? —le preguntó.
Demi apuró
su café y volvió a tapar el vaso de papel.

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