sábado, 6 de julio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 57



Hora y media antes del concierto seguían diciéndose mutuamente que tenían que parar y volviendo a enredarse en besos enloquecidos dos minutos más tarde.

Continuaron besándose en la limusina, en el aparcamiento subterráneo del centro de convenciones donde Demi actuaba aquella noche. Incluso en el camerino, entre la sesión de la estilista y la de la maquilladora.
Besos agónicos, caricias apasionadas y una creciente sensación de locura fuera de control que ninguno de los dos parecía poder evitar.
El último recuerdo de Demi sobre aquella noche los situaba en el jacuzzi, de madrugada, después del concierto. Pero cuando a las nueve de la mañana la despertó el sonido del teléfono, llevaba puesto el albornoz y estaba sola en la suite.
Y el otro lado de la cama, seguía con las mantas estiradas. Joseph no había dormido allí.
Los dos habían desayunado con todo el equipo en un Starbucks. Cada uno tomaba un vuelo distinto. Volvían a casa, con la familia, de vacaciones hasta el dos de enero, cuando se reunirían en Los Ángeles, primer punto de la gira de tres meses que los llevaría por distintas ciudades de la geografía americana, con cuatro actuaciones por semana.
Y ahora, Joseph y ella, tapados hasta las orejas, paseaban por la zona rural de Woodstock en Nueva York, calentándose las manos enguantadas con sendos vasos de café caliente que habían comprado en la gasolinera donde habían repostado combustible, cerca de allí.
Continuaban colgados de las intensas emociones que habían compartido las últimas horas. No había habido muchas palabras. Y ahora, seguía costando recuperarlas; llevaban más de una hora solos, y apenas habían intercambiado un par de frases.
—¿Estás bien? —preguntó él. La miró brevemente.
Demi notó que él tenía los ojos brillantes. Se preguntó si sería por el aire frío.
Sonrió algo incómoda, y meneó la cabeza. Cuando volvió a mirarlo, él también sonreía. Demi dejó de andar y echó un vistazo alrededor. Estaba frío, desierto y nublado. Y además había viento.
—Las cosas que hacemos por estar juntos a solas… —comentó con una sonrisa incrédula—. ¿Por qué no nos sentamos en esos troncos?
Demi no esperó respuesta. Se dirigió hacia los tocones, junto a una arboleda frondosa, mientras bebía sorbos pequeños de su café. Joseph la siguió y esperó a que se acomodara.
—¿Estas bien? —volvió a preguntarle.
Mandy lo miró interrogante.
—Claro…
Él se sentó junto a ella, estiró las piernas y volvió a mirarla de refilón.
—¿Seguro?
—¿Qué quieres saber? —dijo ella al fin. No podía creer que él le estuviera preguntando lo que ella pensaba que estaba preguntándole.
Dios, era evidente que estaba mejor que bien. ¿O no?
Joseph bebió un sorbo de café de su vaso, sin mirarla. Al final, resopló molesto y habló con voz suave.
—Iba a mil. Espero no haberme… —la miró con los ojos brillantes y una expresión violenta en el rostro—. Espero no haberme pasado de vueltas.
Demi le acarició la mejilla con su mano enguantada.
—Me encantó.
Él apoyó su mano sobre la de ella, que reposaba sobre su mejilla.
—¿Te encantó?
Ella asintió.
—Fue bestial. Eres bestial —lo miró pilla—. Repite cuando quieras…
Repetir, ya.
Le había costado un esfuerzo sobrehumano ponerle el albornoz, meterla en la cama y marcharse de su suite. De hecho, había intentado despertarla con besos un par de veces. No deseaba irse. Quería seguir junto a ella, dentro de ella. Y doce horas después, seguía sintiéndose de la misma forma.
Joseph sonrió suavemente. Depositó un beso tierno sobre una mano enguantada de Demi, y la retuvo entre las suyas.
Había sido bestial, desde luego.
Ahora entendía a qué se refería ella cuando decía que la ternura no la excitaba.
Ahora sabía cómo era aquella preciosidad rubia cuando se encendía de verdad.
Y era la experiencia más alucinante que había vivido en toda su vida.
Se preguntó si para Demi había sido igual, si habría sentido aquella locura desbordante antes, con otro hombre. Se preguntó si también se habría acurrucado contra él...
Si le habría pedido que la abrazara fuerte y la meciera.
Si habría dormitado en sus brazos.
Joseph tenía mil preguntas. Un millón de cosas que necesitaba saber. Y que no podía preguntar, que no debía preguntar.
—¿Me quedé dormida? —quiso saber ella.
Lo vio asentir varias veces.
—¿Después? —añadió.
Él negó una vez. Entonces, Demi sonrió, incrédula, y apartó la mirada. Le ardían las mejillas.
—No me lo puedo creer…
—Te dije que era explosivo —apuntó él, con picardía.
Lo era. Un auténtico cóctel molotov.
Pero ella era Demi Brady. No se quedaba dormida en el momento en que las piedras soltaban chispas por la fricción. Ella era la que soplaba suavemente para encender las hojas secas.
—Lo siento —replicó Demi, mirándolo violenta—. Discúlpame… No sé qué decir…
Con gesto divertido, él liberó la mano femenina que sostenía entre las suyas. Bebió un sorbo de café y la miró masculino.
—No —sentenció al fin. Demi frunció el ceño—. Quiero todo tu lunes. Por la mañana, compras de Navidad. Al mediodía, comida en un restaurante de cinco tenedores. Después de comer, siesta. Y sexo. Y a las nueve, sesión de cine... O más sexo, ya veré. Luego, me pensaré si te disculpo o no.
Dios. Dios. Dios... Cómo me gustas, Joseph.
—Hecho —respondió ella, y le guiñó un ojo.
Joseph bebió un sorbo de café mientras pensaba en lo que él había dicho. Quería "todo su lunes", así que ese día estaría en Camden. Ella sabía que la Navidad la pasaría en Alberta, Canadá, donde vivía su hermana mayor con su familia. ¿Cuántos días tendría para estar con él?
—Si el martes estás, me gustaría que miráramos lo de los proyectos, ya sabes, la carpeta que me envió Sharon…
Joseph sonrió para sus adentros.
—Estoy toda la semana —aclaró él. Ella seguía mirando su vaso pero en su rostro se había dibujado una sonrisa. Leve, muy leve, pero sonrisa al fin, pensó él—. Me voy el viernes al mediodía y vuelto el sábado por la noche.
Joseph hizo una pausa y la miró de reojo. La sonrisa de su chica, empezaba a ser una en toda regla.
—Y ya me quedo —concluyo él.
—¡Qué bien! —dijo Demi, sin ocultar su alegría. Y volvió a su café.
Él en cambio continuó mirándola.
Es que cuanto más la miraba, cuanto más tiempo pasaban juntos, más loco estaba por ella.
—¿Qué quieres que comentemos de esos proyectos? —le preguntó.

Demi apuró su café y volvió a tapar el vaso de papel.


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