sábado, 6 de julio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 58




De Arizona, hay tres proyectos que me interesan. De Wisconsin, dos. Quiero que los veamos con más detalle y que me digas qué piensas.
—¿Qué pienso sobre qué?
Demi sonrió burlona.
—Quiero que me des tu opinión, Joseph. Está incluido en tu cinco por ciento más, espero ¿o vas a cobrarme por aconsejarme sobre el tema?
—Está incluido —apuntó él con humor.
Ambos rieron un rato. De las mil cosas que Joseph quería saber sobre ella, la mayoría no debía preguntarlas, pero había una que sí pensaba preguntar.
—¿Por qué lo haces?
—¿Apoyar causas sociales?
—Todo. Causas sociales, ciudades pequeñas, conciertos especiales para fans… Todo. ¿Por qué lo haces?
Demi sonrió divertida, pero debajo de los guantes de corderito, notó sus manos húmedas y heladas.
—¿Cuánto tiempo tienes? —replicó sonriendo—. Explicarlo puede llevarme un buen rato…
Joseph continuó mirándola con ternura y permaneció en silencio, lo cual constituyó un mensaje lo bastante claro para Demi. Ella respiró hondo.
—Cuando todo te va tan bien, es fácil desconectar de la realidad… Si encima vives rodeada de gente que te dice a todas horas que eres la octava maravilla del mundo… — Demi miró a lo lejos. Hizo una pausa larga—. No sé… Dejó de tener sentido y no me dí cuenta cuándo sucedió.
—¿Qué dejó de tener sentido?
—Mi vida. Cuando tomé tierra, tú ya no estabas y yo… Yo no sabía quién era. Volví a casa porque Miley me lo pidió. No me apetecía, pero pensé “si ella me dice que eso es lo que tengo que hacer, seguro que es así; ella siempre lo ha tenido todo tan claro…”. Y dos horas después de estar en casa, me dí cuenta…
Demi meneó la cabeza, se restregó las manos enguantadas.
—¿Cómo pude vivir todo ese tiempo lejos de los míos? No lo sé. No entiendo cómo sucedió. Pero no podía seguir así. Me sentía incapaz de cumplir los compromisos, de volver a subirme a un escenario, de volver a esa vida… y me planteé dejarlo. Del todo. Y una tarde me encontré con una saca llena de cartas en mi habitación — Demi lo miró con los ojos llenos de ilusión—. Cientos de cartas de fans… Me pedían que volviera… Un chico me decía que le había propuesto matrimonio a su novia mientras bailaban una canción mía… —sacudió la cabeza sonriendo—. Otra chica de un pueblecito de California siguió mi gira del 2002 por todo el país, concierto por concierto… ¿Te lo imaginas?
Demi hizo una pausa, jugueteaba distraídamente con la nieve a sus pies bajo la atenta mirada de Joseph.
—Esa vida, mi vida, la que tuve y te llenó la copa, no me gustaba, pero cantar sí… Me gustó lo que sentí mientras leía esas cartas… Me di cuenta de que, de alguna manera, soy parte de momentos —buenos momentos— de la vida de mucha gente. Y me gusta. Me gusta pensar que algo que hago influye en los demás. Mark es padre de acogida. Nick entrena ese equipo juvenil de fútbol, de chicos con problemas de drogas. Pensé qué podía hacer yo. Y, bueno, se me ocurrió lo de las causas sociales. La vida me ha dado un montón de cosas… Está bien devolver algo a cambio. Cuando miraba esos proyectos me di cuenta de que hay muchísima gente poniendo su granito de arena para que las cosas sean mejores… No aparecen en las noticias, ni en las revistas, no reciben premios y nadie hace fiestas en su honor, pero marcan una diferencia en la vida de tantas personas…
Demi volvió la cabeza y lo miró. Él la escuchaba con su expresión atenta de siempre.
—No soy una activista ni soy política. Tampoco soy de las que se arremangan y se meten a tope en las cosas, como mis hermanos… Pero esos proyectos necesitan dinero, no solo brazos. Yo puedo darles eso —asintió varias veces con la cabeza—. Voy a darles el dinero que necesitan para seguir marcando una diferencia en la vida de la gente. Y además, es una forma de mantenerme conectada, ya sabes…
—¿Conectada a qué?
—A la realidad. Desde un escenario, todo se ve brillante. Y están a tus pies. Te aplauden. Te ovacionan. Duermes en hoteles de lujo. Vas en limusinas. La gente se desvive por complacerte y te dicen que eres una maravilla… Pero no es real, ¿sabes? Soy una persona como cualquier otra que tiene un trabajo diferente de la mayoría, pero vive en el mismo mundo que los demás. 

En ese mundo, lo real es Matt y Timmy White. Su padre en la cárcel, su madre muerta, su abuela enferma... Tienen nueve y once años y han perdido más cosas de las que yo he perdido en mis veintiséis. Eso es real, es su vida. Lo mío es solamente un trabajo ideal…
Definitivamente, él no tenía ninguna posibilidad de salvarse, pensó Joseph. Si aquella preciosidad rubia no se enamoraba de él, no tendría la menor posibilidad: lo haría polvo y el daño sería irreversible. La diva caprichosa se había evaporado. 

Su Demi había vuelto al mundo de los vivos, con toda su ternura y sus genes compasivos Brady. Con toda su generosidad.
Si no conseguía quedarse con su corazón, no se recuperaría.
Joseph respiró hondo y miró alrededor.
Tenía que enamorarla, completar su vida de tal forma que llegara a necesitarlo como al aire.
Más que al aire.
Mucho más.
—Quién diría que dentro de ese cuerpo de infarto hay esa maravilla de corazón… —apuntó, burlón.
Demi rió nerviosa ante la inesperada reacción de Joseph.
—Tienes razón. Para la mayoría de las personas que he conocido en mi vida soy poco más que eso… Como dice mi padre, me rodeé de gente que me ayudó a mantener las alas replegadas… — Joseph la miró con interés y cierta interrogación en la mirada. 

Ella volvió a apoyarle su mano en la mejilla—. Me llevé por delante todo y te hice daño. Eres la última persona en el mundo a la que habría querido lastimar, Joseph. No puedo cambiar lo que sucedió, ojalá pudiera. Pero te prometo algo: voy a volar. 

Voy a ser alguien digno de la cabeza a los pies, una Brady de verdad — Demi sonrió con su sonrisa de niña—. Vas a sentirte tan-tan-tan orgulloso de mí, que vas a ir por ahí como un pavo real, desplegando las plumas.

Él no sonrió. Continuó mirándola con los ojos brillantes, y una expresión que la hizo estremecer. Al final, se llevó la mano femenina a la boca y la acarició varias veces con sus labios, sin dejar de mirarla.
—¿Vamos? —murmuró él.

Ella no contestó, no pudo. 

Mi Dulce Bombón Capitulo 57



Hora y media antes del concierto seguían diciéndose mutuamente que tenían que parar y volviendo a enredarse en besos enloquecidos dos minutos más tarde.

Continuaron besándose en la limusina, en el aparcamiento subterráneo del centro de convenciones donde Demi actuaba aquella noche. Incluso en el camerino, entre la sesión de la estilista y la de la maquilladora.
Besos agónicos, caricias apasionadas y una creciente sensación de locura fuera de control que ninguno de los dos parecía poder evitar.
El último recuerdo de Demi sobre aquella noche los situaba en el jacuzzi, de madrugada, después del concierto. Pero cuando a las nueve de la mañana la despertó el sonido del teléfono, llevaba puesto el albornoz y estaba sola en la suite.
Y el otro lado de la cama, seguía con las mantas estiradas. Joseph no había dormido allí.
Los dos habían desayunado con todo el equipo en un Starbucks. Cada uno tomaba un vuelo distinto. Volvían a casa, con la familia, de vacaciones hasta el dos de enero, cuando se reunirían en Los Ángeles, primer punto de la gira de tres meses que los llevaría por distintas ciudades de la geografía americana, con cuatro actuaciones por semana.
Y ahora, Joseph y ella, tapados hasta las orejas, paseaban por la zona rural de Woodstock en Nueva York, calentándose las manos enguantadas con sendos vasos de café caliente que habían comprado en la gasolinera donde habían repostado combustible, cerca de allí.
Continuaban colgados de las intensas emociones que habían compartido las últimas horas. No había habido muchas palabras. Y ahora, seguía costando recuperarlas; llevaban más de una hora solos, y apenas habían intercambiado un par de frases.
—¿Estás bien? —preguntó él. La miró brevemente.
Demi notó que él tenía los ojos brillantes. Se preguntó si sería por el aire frío.
Sonrió algo incómoda, y meneó la cabeza. Cuando volvió a mirarlo, él también sonreía. Demi dejó de andar y echó un vistazo alrededor. Estaba frío, desierto y nublado. Y además había viento.
—Las cosas que hacemos por estar juntos a solas… —comentó con una sonrisa incrédula—. ¿Por qué no nos sentamos en esos troncos?
Demi no esperó respuesta. Se dirigió hacia los tocones, junto a una arboleda frondosa, mientras bebía sorbos pequeños de su café. Joseph la siguió y esperó a que se acomodara.
—¿Estas bien? —volvió a preguntarle.
Mandy lo miró interrogante.
—Claro…
Él se sentó junto a ella, estiró las piernas y volvió a mirarla de refilón.
—¿Seguro?
—¿Qué quieres saber? —dijo ella al fin. No podía creer que él le estuviera preguntando lo que ella pensaba que estaba preguntándole.
Dios, era evidente que estaba mejor que bien. ¿O no?
Joseph bebió un sorbo de café de su vaso, sin mirarla. Al final, resopló molesto y habló con voz suave.
—Iba a mil. Espero no haberme… —la miró con los ojos brillantes y una expresión violenta en el rostro—. Espero no haberme pasado de vueltas.
Demi le acarició la mejilla con su mano enguantada.
—Me encantó.
Él apoyó su mano sobre la de ella, que reposaba sobre su mejilla.
—¿Te encantó?
Ella asintió.
—Fue bestial. Eres bestial —lo miró pilla—. Repite cuando quieras…
Repetir, ya.
Le había costado un esfuerzo sobrehumano ponerle el albornoz, meterla en la cama y marcharse de su suite. De hecho, había intentado despertarla con besos un par de veces. No deseaba irse. Quería seguir junto a ella, dentro de ella. Y doce horas después, seguía sintiéndose de la misma forma.
Joseph sonrió suavemente. Depositó un beso tierno sobre una mano enguantada de Demi, y la retuvo entre las suyas.
Había sido bestial, desde luego.
Ahora entendía a qué se refería ella cuando decía que la ternura no la excitaba.
Ahora sabía cómo era aquella preciosidad rubia cuando se encendía de verdad.
Y era la experiencia más alucinante que había vivido en toda su vida.
Se preguntó si para Demi había sido igual, si habría sentido aquella locura desbordante antes, con otro hombre. Se preguntó si también se habría acurrucado contra él...
Si le habría pedido que la abrazara fuerte y la meciera.
Si habría dormitado en sus brazos.
Joseph tenía mil preguntas. Un millón de cosas que necesitaba saber. Y que no podía preguntar, que no debía preguntar.
—¿Me quedé dormida? —quiso saber ella.
Lo vio asentir varias veces.
—¿Después? —añadió.
Él negó una vez. Entonces, Demi sonrió, incrédula, y apartó la mirada. Le ardían las mejillas.
—No me lo puedo creer…
—Te dije que era explosivo —apuntó él, con picardía.
Lo era. Un auténtico cóctel molotov.
Pero ella era Demi Brady. No se quedaba dormida en el momento en que las piedras soltaban chispas por la fricción. Ella era la que soplaba suavemente para encender las hojas secas.
—Lo siento —replicó Demi, mirándolo violenta—. Discúlpame… No sé qué decir…
Con gesto divertido, él liberó la mano femenina que sostenía entre las suyas. Bebió un sorbo de café y la miró masculino.
—No —sentenció al fin. Demi frunció el ceño—. Quiero todo tu lunes. Por la mañana, compras de Navidad. Al mediodía, comida en un restaurante de cinco tenedores. Después de comer, siesta. Y sexo. Y a las nueve, sesión de cine... O más sexo, ya veré. Luego, me pensaré si te disculpo o no.
Dios. Dios. Dios... Cómo me gustas, Joseph.
—Hecho —respondió ella, y le guiñó un ojo.
Joseph bebió un sorbo de café mientras pensaba en lo que él había dicho. Quería "todo su lunes", así que ese día estaría en Camden. Ella sabía que la Navidad la pasaría en Alberta, Canadá, donde vivía su hermana mayor con su familia. ¿Cuántos días tendría para estar con él?
—Si el martes estás, me gustaría que miráramos lo de los proyectos, ya sabes, la carpeta que me envió Sharon…
Joseph sonrió para sus adentros.
—Estoy toda la semana —aclaró él. Ella seguía mirando su vaso pero en su rostro se había dibujado una sonrisa. Leve, muy leve, pero sonrisa al fin, pensó él—. Me voy el viernes al mediodía y vuelto el sábado por la noche.
Joseph hizo una pausa y la miró de reojo. La sonrisa de su chica, empezaba a ser una en toda regla.
—Y ya me quedo —concluyo él.
—¡Qué bien! —dijo Demi, sin ocultar su alegría. Y volvió a su café.
Él en cambio continuó mirándola.
Es que cuanto más la miraba, cuanto más tiempo pasaban juntos, más loco estaba por ella.
—¿Qué quieres que comentemos de esos proyectos? —le preguntó.

Demi apuró su café y volvió a tapar el vaso de papel.


Mi Dulce Bombón Capitulo 56




Curioso lugar para poner un espejo, ¿no? —añadió ella, con picardía.
Y muy oportuno.

En la pared, un espejo tipo vitral mostraba unas piernas impresionantes más allá del final de las medias. Mucho más allá. Donde se unían a dos nalgas desnudas que formaban el mejor trasero que había visto en su vida...

La mirada del vikingo empezó a evidenciar signos alarmantes de agitación. Demi sonrió satisfecha, y volvió a tamborilear los dedos. Joseph continuó enganchado a la visión del espejo.

—¿Sigues pensando que descomunal me describe bien? —le preguntó con desparpajo.

Él volvió a mirarla a los ojos. Negó con la cabeza y tragó saliva. Entonces, Demi se irguió, dio vuelta a la barra y se detuvo delante de él, invadiendo ostensiblemente su espacio vital.

—No soy descomunal —dijo con toda su sensualidad, sin un ápice de dulzura—. Descomunal era esa muñequita de quirófano que te llevaste a los CMA y necesitó ¿cuántas? ¿Diez operaciones, para poder menearse contigo del brazo por ahí?
—Eres un bombón —dijo él, fogoso.

Intentó abrazarla, pero ella lo esquivó instintivamente. Sentía su propio corazón acelerándose por segundos.
Bombón. Así solía llamarla antes, hacía siglos.

En general, no le gustaba cuando otros hombres se lo decían, pero en Joseph tenía otro sentido. O tal vez fuera su ternura, que hacía que todo fuera diferente cuando provenía de él. 

Pero hacía años que no la llamaba así, y al escucharlo, Demi se dio cuenta de lo mucho que echaba de menos lo que sentía cuando lo oía de sus labios.
Pero no podía decirlo. Ni mostrarlo.
No quería ternura.

—O sea, una tía buena... ¿Y ya? —se burló ella, que volvió a esquivarlo, esta vez con premeditación.

—El otro bombón —aclaró él, en un susurro—. Sensual, tentador y delicado por fuera… Increíblemente dulce, adictivo, por dentro...
Demi contuvo el aliento. Joseph aprovechó el segundo de inmovilidad para acortar distancias y colarse en su cuello, con besos húmedos, calientes.

—Eres como un bombón de chocolate con nueces relleno de cerezas al brandy. Lo mejor de ti está dentro, no fuera.
Por eso siempre le había sonado distinto en sus labios.
Porque era distinto. Como todo en aquel hombre increíble.
Distinto y perfecto.
Demi suspiró y volvió a apartarlo.

Él ya era lo bastante bueno a sus ojos, sin necesidad de decirle aquellas cosas que a su corazón le gustaban tanto como a sus oídos.
Joseph la tomó por la cintura y la atrajo hacia él, buscándola. Pero Demi se echó hacia atrás, apartándose un poco de él para poder mirarlo, y continuó hablando:

—¿Qué?, ¿entras en calor?
—¿Tú qué crees? —dijo él.

Jordan se inclinó sobre ella, la empujó contra la barra hasta que Demi dio contra el borde, y empezó a recorrerle el contorno con manos ávidas.

Ella volvió a estirarse hacia atrás para poder mirarlo. Notó que le brillaban los ojos y que su expresión se había teñido de deseo.
Pero aún no lo bastante.

—Te voy a decir lo que yo creo, Joseph —empezó ella, evitando con delicadeza sus besos que empezaban a ser muy calientes, sin conseguirlo del todo—. Creo que soy un cañonazo de mujer. Que llevo años poniéndotela dura sin necesidad de escotes ni provocación...

Joseph la besó. La obligó a callar, forzándola a abrir la boca, y enredó su lengua en la de Demi. Sus manos hicieron algo parecido entre sus piernas, haciéndola estremecer.

Al fin, ella consiguió apartarse un poco y siguió hablando. Hablaba, se estremecía, y seguía hablando, cada vez más bajo y más entrecortado.

Las caricias de Joseph no le concedieron la menor tregua.
—Creo... que te inspiro pensamientos salvajes... Dios... —echó la cabeza hacia atrás mientras la huella caliente de los labios de él le recorría el cuello, y una de sus manos se colaba dentro del tanga en una caricia sensual—. Creo... que si consiguieras olvidarte de... Dios...  

Joseph la alzó apasionadamente. Hizo que se sentara sobre la barra. A continuación, le separó las piernas con su propio cuerpo y se pegó a ella.

—¿Si consiguiera olvidarme de qué? —susurró él, en un murmullo caliente sobre la porción de canalillo que asomaba por el escote del vestido.

Demi respiró hondo. Con el movimiento, sus pechos se elevaron y los labios de Joseph se pegaron a su piel. Sintió que él abría la boca y empezaba a morderla. Eran mordiscos suaves, breves, calientes... Cada vez que él apretaba ligeramente los dientes, una corriente eléctrica la recorría entera, sacudiéndola.

—De que nos conocemos desde que éramos 
niños... —ella respiró hondo otra vez—. De mi familia. De que eres amigo de mi hermano... Si... —tragó saliva— consiguieras olvidar todo eso, creo que harías locuras... Me las harías a mí...

Demi se irguió. Tomó la cara de Joseph entre sus manos, obligándolo a mirarla. Cuando él, al fin, abrió los ojos cansadamente, lo que vio la hizo estremecer.
Había fuego en aquellos ojos.

—Creo todo esto —añadió, acariciándole el labio inferior con la yema del dedo. Él se las arregló para devolverle las caricias con la punta de la lengua sin perder el contacto visual—. Pero quiero verlo. Quiero sentirlo... Oírtelo decir —los dos se estremecieron—. Después, sé tierno. Ahora no, Joseph.

Hubo una pausa que a ella le pareció interminable, en la que temió haber sido demasiado directa.

Dios, no quería herirlo. Solamente...
Pero no ocurrió nada de eso, al contrario.

Tras la pausa fue como si el Joseph que ella conocía se hubiera ido y otro hubiera ocupado su lugar. Uno apasionado, vehemente, que se pegó a ella mientras la recorría ardientemente con sus manos y su boca, y a ratos, susurraba naderías entre suspiros.
—Eres un bombón —le dijo empujándola sobre la barra con su propio cuerpo—. Un pedazo de mujer que me inspira mucho más que pensamientos salvajes...

Joseph apoyó una rodilla sobre la barra y se subió a ella ante la mirada ardiente de Demi. Le bajó la cremallera del vestido, y éste hasta la cintura, de un solo movimiento. Luego, apoyó apenas un dedo en su hombro, y sin dejar de mirarla, la empujó hasta que estuvo echada de espaldas sobre la barra. 

A medida que el cuerpo de Demi se desplazaba sobre la superficie metálica, las cosas que había en ella caían al suelo. Primero fue el cenicero, luego la cubitera, al final el vaso de bourbon de Joseph.

—Ponérsela dura a un tío es fácil… —continuó él, en un susurro.
Y empezó a bajar entre sus pechos con la punta de la lengua. Instintivamente, ella tomó su cabeza y la guió suavemente hacia abajo. Joseph tiró de los bordes del vestido hasta que se lo quitó completamente. Lo dejó caer en el suelo, y siguió su recorrido húmedo donde lo había dejado.

—Haces que no pueda mirarte sin volverme loco por desnudarte y meterme entre tus piernas... Haces que no pueda pensar más que en...

Jordan dejó de hablar.
Demi tragó saliva. No escuchaba más que los latidos de su propio corazón, retumbándole en el pecho, pero sentía con una intensidad enloquecedora... 

Sentía escalofríos que la recorrían de arriba a abajo con cada respiración caliente de él sobre su ombligo, con cada roce de sus labios, con cada caricia de sus manos. Como si todos los receptores nerviosos de su cuerpo hubieran decidido expresarse a un mismo tiempo y con una intensidad que bordeaba peligrosamente la demencia.

Joseph se incorporó un poco, y se quitó la camisa con movimientos precisos. Abrió el cinturón, el botón de la cintura y bajó la cremallera. 
Cuando sus ojos volvieron a Demi, ella miraba el bulto, mucho más evidente al liberar la presión de la cremallera cerrada. Y a continuación de su mirada, fue su mano, femenina y sensual, deslizándose por debajo de la cintura del slip.

—¿Decías...? —susurró Demi, sin dejar de acariciarlo.
Joseph respiró hondo y cogió la botella de Jack Daniels.

—Creo que necesito algo fuerte —admitió, en un suspiro largo.
Demi le dijo con la mirada que no se le ocurriera echarse atrás.
Joseph no tenía intención de hacer tal cosa. 

Extendió el brazo con el que sostenía la botella hasta que estuvo sobre el pecho femenino, le dio la vuelta y la sacudió un par de veces.

 Demi encogió los hombros instintivamente al sentir el contacto del bourbon frío sobre su piel ardiente. El líquido se deslizó hacia abajo por el centro de su cuerpo y rellenó el hueco de su ombligo. Joseph volvió a sacudir la botella sin dejar de mirarla a los ojos. El bourbon empezó a buscar otros caminos, rodeando sus pechos, cayendo por los costados de su abdomen, de su vientre...

Más movimientos instintos de los hombros, más escalofríos y una sensación ardiente que crecía entre sus piernas, cuando Joseph se inclinó sobre ella, y recorrió con la lengua los mismos caminos que antes había recorrido el licor.

Todos y cada uno de esos caminos.
—Pienso muy poco —continuó él, en susurros interrumpidos frecuentemente por besos pequeños—.

Cuando te tengo a tiro se me va la cabeza... Pero dos segundos antes de que se me vaya... pienso que haría cualquier cosa por volver a sentir cómo te estremeces cuando me tienes dentro... Por oír tus jadeos, esos gemidos que me vuelven loco... —se apartó un poco para mirarla, se acercó a sus labios y los lamió sensualmente—. Y como no quieres que ahora sea tierno, te pido disculpas de antemano... ¿Me disculpas por lo que voy a decir?

Demi se concentró en dejar de temblar y articular alguna palabra. Y como no pudo, lo miró con fuego en los ojos y asintió varias veces.
La mirada de Joseph se encendió, tragó saliva. Luego, le habló en un susurro caliente, apasionado, a diez centímetros de su cara mientras la miraba a los ojos.

—Voy a follarte hasta que tus gritos alerten a Seguridad. Voy a correrme en cada rincón de tu cuerpo y cuando ya no te queden fuerzas ni para pestañear, volveré a empezar. Hoy, bombón, te vas a enterar de las cosas que me inspiras... Y empiezo ya mismo. ¿Estás lista?

Demi no respondió.
No le salieron las palabras.

Solo pudo hacer lo que hizo: pegarse a él, colarse en su boca y besarlo apasionadamente.

jueves, 27 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 55




Joseph se llevaba el vaso de bourbon a la boca cuando la puerta de la habitación se abrió. En un segundo, la visión de aquella mujer lo ocupó todo. No había nada más.

Volvió a apoyar el vaso sobre la barra, y se puso de pie. Sus ojos, como si no fueran suyos, hicieron sus propios planes para los próximos segundos. 

Bajaron recto por el cuello de aquella preciosidad de piel blanca, hacia el canal que había entre sus pechos, que el escote de vértigo mostraba en detalle.

Luego, lentamente, bajaron palmo a palmo por las formas voluptuosas que aquel vestido de cuero negro —ceñido, cortísimo—, delineaba a la perfección.

Y continuaron camino por unas piernas...

Impresionantes, como todo en Demi, enfundadas en unas medias oscuras y plantadas sobre unas sandalias con tacón de aguja.
Cuando su mirada volvió a los ojos de Demi, Joseph sentía los latidos del corazón pulsando en la sien.

Y no era lo único que sentía pulsar.
Demi recorrió la distancia que separaba la habitación de la barra con la seguridad de una mujer que se sabe admirada. Joseph Wyatt babeaba por ella como todos los demás hombres del universo, pero tenía algo que los demás no tenían, algo que jamás ninguno había tenido; la tenía a ella. 

Había habido muchos hombres en su cama. En su vida, ninguno. Excepto Joseph, aquel magnífico ejemplar que ahora la miraba exactamente como Demi había planeado que lo hiciera, con lujuria.
Y lo había planeado porque eso era lo que quería de él y aún no tenía.

Tenía su atención Joseph era un hombre gentil, atento por naturaleza y con ella, mucho más.

Tenía su admiración, podía leerla en sus ojos, sentirla en sus caricias.

Tenía su ternura, para todo y en todo momento; Joseph era tierno con palabras o sin ellas, siempre.

Pero lo que no tenía era su locura. Por alguna razón que Demi no entendía, Joseph calentaba motores como todos los otros hombres que había conocido en el plano íntimo, pero llegado un punto, su ternura tomaba el relevo, y evaporaba todo rastro de lujuria.

Era intenso, sí. También apasionado. Y amarse físicamente era excitante, pero para una mujer como ella resultaba claramente insuficiente. Tenía la sensación de que las revoluciones de él iban demasiado bajas. O las de ella demasiado altas. 

En esas circunstancias, la ternura de Joseph la hacía sentir fuera de contexto. Tanto que, invariablemente, Demi acababa desacelerando hasta su nivel, y luego, lamentándolo.

Pero hoy había decidido que no tendría piedad. Podía vivir sin la ternura de Joseph. Sin sentirlo transpirando locura por cada poro de la piel, no.
Ya no.
Voy a por ti, guaperas, así que junta aire.
Como si hubiera oído los pensamientos de Demi, Joseph inspiró profundamente. A continuación, esbozó una especie de sonrisa, mitad tierna, mitad sensual.

—Vaya... Estás... preciosa —dijo masculino.
Pero no pensó en “preciosa”.

Demi sonrió. Descansó los codos sobre la barra, mirándolo divertida.

—¿Preciosa? —preguntó. Apoyó la barbilla sobre una mano y dejó que el peso de su cuerpo descansara sobre la barra-bar de su suite
.
Joseph bajó la mirada; de unos ojos que el maquillaje realzaba volviéndolos casi magnéticos, hasta el panorama espectacular de sus pechos que ella le ofrecía generosamente.

 Visión bastante amplia, aunque obstaculizada por el brazo en el que ella apoyaba su cara, que se alzaba justo delante.

—Impresionante —se corrigió él. Su mirada volvió a los ojos de Demi, algo más brillante, bastante más agitada.

—¿Impresionante? —volvió a preguntar ella. Coqueta, se tomó un mechón de la melena con la mano con la que antes sostenía su cara, y empezó a enredarlo entre sus dedos.

La mirada de Joseph volvió a bajar.

El brazo seguía obstaculizando la visión, pero menos. Podía ver el canal central abriéndose hasta que se cerraba de golpe al entrar en contacto con la barra. Podía ver el costado de uno de sus pechos. Lo bastante para comprobar que no llevaba sostén.
Él volvió a respirar hondo.

—Descomunal —se corrigió Joseph otra vez. Su mirada regresó a Demi, mucho más brillante, mucho más agitada. Y luego bajó, esta vez a su boca rojo carmín.

—¿Descomunal? — Demi tamborileó sus dedos sobre la barra y los ojos de Joseph, como encantados, bajaron de su boca a sus pechos nuevamente. El brazo seguía allí—. Mira mejor, Joseph...

Cuando él volvió a sus ojos, Demi  sonreía sensualmente, y le indicaba con movimientos suaves de la cabeza que mirara algo situado detrás de ella.


Joseph lo hizo, y las pulsaciones de su cuerpo aceleraron ritmo e intensidad.

Mi Dulce Bombón Capitulo 54




Él volvió a ponerla en el suelo, pero no se apartó.
—Normal —replicó—. En la mía también.

Sin dejar de abrazarse y besarse, avanzaron con torpeza por el pequeño recibidor hacia el interior de la suite. Entonces él la empujó con apasionada brusquedad contra otra cuadro de espejos.
Demi encogió los hombros al sentir el frío contra la piel.

—Dios… —repitió ella, y aprovechó que tenía toda la espalda masculina accesible sin obstáculos para acariciarla a placer—. ¿Qué vamos a decirles?
—Nada.
Si de Joseph dependiera, lo publicaría en primera página de todos los periódicos con un titular bien conciso: “Demi Brady es mía”. Pero se trataba de Demi, no de cualquier mujer.

 Se trataba de aquella que tenía en sus brazos, tan vehemente como rebelde, tan apasionada como escurridiza. No quería que ninguna broma o insinuación de formalidad o mirada pícara la hiciera sentir más vulnerable de lo que seguramente ya se sentía, y lo estropeara todo. Al contrario.

 Joseph se proponía que todo aquello le pareciera casual, incluso temporal. Y placentero. Lo bastante placentero para que Demi quisiera más.

Cuando ella se acurrucó entre sus brazos y empezó a buscarlo apasionadamente, Joseph supo que con su escueta respuesta había vuelto a acertar, y suspiró aliviado. Demi, sin embargo, no lo tomó precisamente por alivio.
—Si estás cansado del viaje… —murmuró al tiempo que colaba una mano entre las piernas masculinas—, y sin que sirva de precedente, podemos usar la cama…

Joseph buscó su mirada con deseo mientras, interiormente, afirmaba una idea: sin ternura.
Sin ternura.

—De pie contra la pared. Sobre una mesa. En la bañera. Por este orden de preferencia —le susurró al oído mientras la elevaba entre sus brazos y se metía en su cuerpo sin preámbulos—. Dime que hoy no necesitamos protección…

—Hoy no necesitamos protección —repitió ella mecánicamente, en un susurro, media ida.
—Bien —dijo él—. Entonces, que empiece la fiesta…
—Dios, cómo me gustas, Joseph.

Él buscó su mirada. El impulso fue besarle la nariz, pero no lo hizo.
“Sin ternura”, se repitió mentalmente.

—No voy a preguntarte qué es lo que te gusta tanto de mí ahora —le dijo en voz baja al oído, acompañando sus palabras con un movimiento de caderas.

Ella entreabrió los ojos, lo miró mientras él le recorría el contorno de los labios con la punta de la lengua.
—Pero después, sí —añadió.
—Hecho —susurró ella.
Y se quedó con su lengua.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Demi despertó tarde aquel sábado. Un concierto en medio de dos sesiones intensivas de sexo, la habían dejado de cama.
Tarde, y sola.

A pesar de que su ternura le siguiera jugando malas pasadas, Joseph bordaba el protocolo de las citas. Sabía que podía quedarse, pero se había marchado. Había abandonado la suite de Demi sobre las dos de la madrugada de forma bastante silenciosa. 

De no haber sido porque al salir a oscuras, la cremallera de su cazadora había golpeado uno de los cuadros de espejo, ella no se habría enterado.

Esta vez había sido muchísimo mejor que las anteriores, y no solamente porque Joseph fuera cada vez más apasionado —y menos tierno—, sino también por ella.

 Sentirse emocionalmente tan cómoda con él, cada vez le resultaba un poco más familiar, menos extraño. Empezaba a reconocerse como Demi en aquel confort extraordinariamente acogedor.

Por esa razón, el resto del día había resultado doblemente duro; a la necesidad de ver a Joseph tuvo que añadir la de volver a sentir aquel raro confort que solamente experimentaba cuando estaban en sus brazos.

Pero no pudo tocarlo ni besarlo ni abrazarlo durante horas. Solo verlo a ratos, guardando la debida distancia y corrección, desesperada porque dieran las cinco para volver a tenerlo en sesión privada hasta que empezara el concierto.


Y ansiosa por descubrir qué tal reaccionaba al plan que había preparado especialmente dedicado a él.