miércoles, 22 de mayo de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 19




—Trabaja en el rancho, querido. Tendría que ser una especie de Adonis para que me tentara hasta ese extremo, y un moreno es muy difícil que me resulte un Adonis… Además, entre nosotros —dijo hablando en confidencia—, esos tíos que no pueden hablar con una mujer sin empalagarla, me da que solamente hablan, ya me entiendes.
—Ese tiene pinta de querer hacerte más cosas, además de hablar.
—Que “quiere” no tengo duda, que “pueda” es otra cuestión… Seguro que es de los que a los cinco minutos ya se les ha mojado la pólvora. Cosa que, por otro lado, es lo que suele ocurrir con la mayoría de los tíos hoy en día….
—¿En serio?
—Sí —respondió ella, asintiendo con la cabeza como si estuviera diciendo la mayor verdad del mundo—. Suele ser un visto y no visto.
Nick soltó una carcajada y Miley, al final, también.
—Dejemos de hablar de sexo, chaval. Tengo un montón de trabajo, poco tiempo y ningún panorama interesante a la vista, ¿te parece?
—Pobrecita.
—Ni que lo digas — Miley reanudó su marcha hacia el establo tirando de los caballos, y cambió de tema—. ¿Nos veremos antes de los CMA?
Se refería a la ceremonia de entrega de los Country Music Awards, los premios más importantes de la música country, que se celebraría en noviembre y a los que Demi estaba nominada como Mejor vocalista mujer.
—No lo creo. Los partidos que jugamos de visitante son en el fin del mundo… ¿Por qué no vienes tú?
—Claro, y a la facultad va mi doble.
—Vente en avión y te quedas el fin de semana...
—¿Tengo cara de millonaria? Y además, ¿qué vas a hacer con tus chicas? —le preguntó divertida—. No quiero acabar con un ojo negro, guapo. Y hay un par de ellas que me tienen unas ganas bárbaras…
—Te invito yo —insistió él—. Fin de semana sin chicas, palabra.
—Mmm, no sé, no sé… Deja que me lo piense ¿vale?
—Los dos próximos fines de semana juego en casa. Vente y nos organizamos un tour por Nashville de los que hacen época... Nos lo vamos a pasar de miedo.
La idea de Nashville le gustaba; verlo a él, más todavía.
—Me lo pienso, ¿vale?
—Vaaale.
—Y ahora te dejo. Mis terneros me reclaman. Sé bueno.
—¡Qué remedio! Terry acaba de largarse…
Miley volvió con sus terneros después de encerrar a los caballos, pero su mente continuaba festejando la noticia.
Un fin de semana en Nashville con Nick.
Se le reía el corazón solo de pensarlo.
Dios, cuánto lo echaba de menos.
Nick decía que era su local favorito en Nashville. Llevaba funcionando cuatro años y aunque los bares y locales de marcha brotaban como champiñones en la capital mundial del country, el Club Perseus seguía al tope de la lista de preferencias de los nashvilianos: buen ambiente, buena música, limpieza escrupulosa, los mejores cócteles de la ciudad, y varios de ellos “sin una gota de alcohol” puntualizaba Nick, que vivía a dieta sana desde los dieciséis. 
Para Gillian, lo más espectacular eran sus bóvedas acristaladas que dejaban ver parte del cielo nocturno de Nashville. Aunque lo que acababa de entrar por la puerta, estaba a punto de desbancarlas del primer puesto.
Miley se acercó un poco a Nick y le habló al oído.
—¿Esto es casual? —preguntó, divertida.
Nick la miró con picardía y negó con la cabeza.
Ella miró en la dirección de los lavabos. Demi aún no aparecía.
—¿Joseph sabe que Demi está aquí? —añadió con ojitos ilusionados. Él asintió con picardía—. Dios… ¡qué historia!
Joseph  ya estaba allí, con su sonrisa seductora y feliz de volver a ver a Miley.
—¡Hace siglos que no te veía! —Exclamó ella, tomando la cara de Joseph entre sus manos, loca de contenta—. ¿Estás bien?
—No me quejo —respondió él, sonriendo—. ¡Y tú, has crecido!
Nick soltó la risa.
—¿Esta enana?
—No, son los zapatos… —aclaró ella—. Las chicas a esta edad solamente crecemos de ancho…
—¿Qué bebes? —invitó Nick —. ¿Jack Daniels?
Joseph asintió. Miley notó que él disimuladamente echaba una mirada alrededor. Buscaba a Demi, estaba claro.
Y cuando la encontró, su expresión cambió completamente.
Miley codeó a Nick. Era un espectáculo digno de ver. Como si, de pronto, todo lo demás se hubiera borrado y solo existiera aquella mujer escultural de melena rubia ensortijada, que aún en jeans y chaqueta vaquera cortaba el aliento. Y no solo el de Joseph. Miradas golosas llovían sobre ella de todas las direcciones mientras atravesaba el local hacia la barra.

Mi Dulce Bombón Capitulo 18




Su ascensión meteórica empezó aquella misma noche, cuando una de las caras importantes allí presentes, le entregó su tarjeta y le dijo “dile a tu mánager que me llame”. Una semana después tenía un contrato por diez actuaciones y al mejor amigo de Nick, Joseph Jonas, como mánager.
Pero a ella le había tomado casi seis años comprender que Joseph había sido algo más que su amigo, más que su mánager; había sido el factor y de la ecuación.
Ahora él no estaba, la ecuación hacía aguas por todos los costados.
Y Demi se hundía.
Se había rodeado de arribistas y viciosos para quienes no era más que carne de cañón. De lujo, pero carne nada más. ¿Por qué no había escuchado a Joseph? ¿Por qué había dejado que su vanidad tomara el timón y descontrolara su vida de aquella manera?
Había regresado a casa casi huyendo, esquivando a la prensa, contando mentiras a su equipo. Había cancelado dos meses de actuaciones con la excusa de una enfermedad que no había precisado, pero tenía que volver. Más tarde o más temprano, tendría que volver a las giras, a los hoteles, a las interminables sesiones promocionales...
Demi inspiró profundamente.
¿Volver a aquella vida sin él? No se sentía capaz de hacerlo.
Sin Joseph, no.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Miley echó un vistazo al porche de la casa. Demi seguía conversando con su padre, de modo que aprovechó para hacer una llamada mientras llevaba los caballos al establo.
Miró la pantalla del móvil y frunció el ceño. Era el número correcto, sin embargo no había atendido quien debía.
—¿Está Nick? —preguntó dudosa.
—¿De parte de quién? —contestó después de una pausa, la voz femenina que había atendido la llamada.
Miley rió en silencio. ¿Lo había pillado en plena faena?
—Soy Miley.
—Un momento… —escuchó que le decían, y lo siguiente que oyó fue una voz que sí le resultaba familiar, en un tono que también le resultaba familiar.
"No cojas mi móvil. Ya te lo he dicho. ¿No entiendes mi idioma o qué?".
La mujer respondió algo, pero Nick ya estaba al teléfono así que Miley no prestó atención.
—¡Hola, nena! ¿Cómo estás?
—Yo bien, tú ocupado ¿no? —apuntó ella, riendo—. Te llamo luego.
—No hace falta, en serio. ¿Qué te cuentas?
—Bueno, como veo que estás bien —dijo tomándole el pelo—, te cuento la otra razón de mi llamada ¿vale?
Nick rió de buena gana.
—Estaba mirando el vídeo del partido del domingo.
—Ya, bueno… —continuó ella con tono pícaro—. Acabo de venir de dar un paseo a caballo con Demi, y en el bucólico paisaje del río me dijo que la semana pasada estuvo en casa de Joseph. Y se enteró de que ya no vivía allí, que ahora vive en Nashville.
—Pues ayer hablé con ella y no me dijo ni pío… Bueno, más tarde o más temprano se iba a enterar.
—Sí, pero resulta que lo llamó y el móvil no lo atendió Joseph —sonrió—. Igual que ahora, pero a Demi la descolocó. Me dijo “Joseph no despista el móvil nunca. Si esa mujer lo atendió es que entre ellos hay algo. Está con él, quien sea, está con él”.
Nick permaneció pensativo un momento.
—¿Y?
—¿Está con alguien?
El quarterback bebió un buen trago de agua mientras decidía qué contestar.
—Sí.
—Genial —se quejó Miley, que se detuvo un momento y volvió a mirar hacia la casa. Su amiga seguía allí, charlando—. Ahora que Demi empezaba a tomar tierra, el que despega es Joseph… ¡Dios, qué agobio!
—¿Y qué bicho le ha picado a mi hermana? ¿Por qué quería hablar con él?
Miley meneó la cabeza incrédula.
—Se dio cuenta de que lleva dos años haciendo tonterías, y que Joseph lo ha pasado fatal... Quería disculparse con él, recuperar lo que había entre ellos…
—A buenas horas, mangas verdes.
— Joseph tampoco se ha lucido mucho, te diré… ¿Cómo puede estar colado por Demi en septiembre, y en octubre estar con otra? ¿Será que en la era de Internet todo va así de rápido? —volvió a quejarse Miley.
—Sigue colado por ella, pero no es un monje. No se dedica a la vida contemplativa.
Cuando la oyó suspirar, Nick soltó la risa.
—Relájate, que no pasa nada.
—¿Tú crees? —Dijo Miley jugueteando con un pie en las piedrecillas del camino—. Ya conoces a tu hermana… Reconocer que ha cometido un error le cuesta horrores. Si es con un tío, una eternidad… Igual se deshiela el Ártico antes de que Demi vuelva a intentar hablar con Joseph…
—Pobres pingüinos —replicó Nick, tentado de la risa.
—¿En serio que está con alguien?
—Está con alguien, como cualquier tío, pero no está en serio… Ya sabes de qué va esto ¿no?
Miley se disponía a contestar, pero entonces se oyó un ruido seco del otro lado de la onda.
—¿Qué ha sido eso?
—Un portazo —respondió Nick, aguantando la risa—. Terry acaba de largarse… Me parece que mi comentario no le gustó nada.
—Normal.
—¿Normal? Entiende de este juego más que tú y yo juntos —dijo él con tono desafiante.
—¿De qué hablas?
Nick rió de buena gana.
—Es una animadora de hockey hielo y le van los tíos grandes. Jueguen al hockey o no. Sabe de qué va esto.
Miley meneó la cabeza con resignación Para entender la forma de vida de Nick hacían falta litros de testosterona cosa que ella, naturalmente, no tenía. O ser una animadora cachonda, cosa que ella naturalmente, tampoco era.
—Esto para mí es chino mandarín, así que me vuelvo con mis terneros, chaval.
—Pues me ha dicho Mark que a Jeffrey el chino mandarín se le da bastante bien —apuntó él con picardía, y se acomodó en el sillón para disfrutar de lo que vendría a continuación. Le encantaba picarla.
Miley sonrió.
—Ya. Me voy, Nick.
—¿Lo sigues manteniendo a raya?
—Eres un cotilla, ¿sabías?
—Venga, dímelo… ¿Hubo fiesta o no?
Miley volvió a mirar en dirección al porche. Demi ya no estaba allí.
—¿Con un empleado del rancho? —respondió, sardónica—. ¿Acaso tienes fiebre? Por supuesto que no.
—Es un temporero, así que a otro perro con ese hueso.

Mi Dulce Bombón Capitulo 17



Había semanas enteras de su vida de las que Demi no podía dar cuenta: ni siquiera recordaba donde había estado. Muchas veces Joseph la había recogido semiinconsciente en algún local. Eso, cuando alguien la reconocía y le avisaba, o ella misma —en un flash de conciencia— marcaba la memoria de su móvil.
 Muchas otras, de las que Joseph no tenía conocimiento, Demi se despertaba en una cama que no era la suya, medio desnuda, en compañía de gente desconocida —a veces hombres, otras mujeres— y volvía al hotel de turno por su propio pie…. Que aún continuara viva y sana, le parecía un milagro. Que no se hubiera quedado embarazada, un montón de suerte.
Solo el pensamiento de lo que debió haber sido para él verla convertida en semejante piltrafa, le resultaba insoportable…
Era necesario que hablara con Joseph. Decirle que lamentaba haberle hecho pasar por eso, intentar recuperar lo que tenían. Llevaban juntos toda la vida, las cosas no podían quedar así.
Demi volvió a tomar a su padre del brazo y reanudaron camino hacia la casa.
—Sí —concedió ella—. Es una buena decisión que pienso celebrar zampándome un buen trozo de tarta de cerezas…. ¡Y a la línea, que le den pomada!
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Demi se echó un último vistazo en el cristal del escaparate, y respiró hondo. Después de cinco semanas de cuidados maternales, los colores habían regresado a sus mejillas, y había ganado un par de kilos. Tenía el mismo aspecto de la Demi normal, la de antes de convertirse en una diva caprichosa.
Aprovechó la salida de un vecino para entrar al elegante edificio donde vivía Joseph deseando que él estuviera en casa
— ¡Señorita Demi! ¿Qué tal está? —la saludó una voz que le resultó familiar cuando se disponía a entrar al ascensor.
Era el encargado del edificio.
—¡Hola! Muy bien…
Sonrió sin saber muy bien qué más decir. La idea de ver a Joseph ya la ponía lo bastante nerviosa como para pensar en hacer relaciones públicas con un hombre al que había visto diez veces en toda su vida.
—¿Qué la trae por aquí? ¡No me diga que le echó el ojo al piso que está en venta! ¿Planea mudarse al edificio?
Demi se tocó el cabello, incómoda, y sonrió. —No, no… Venía a ver a Joseph.
El hombre la miró confuso.
—El señor Jonas no vive aquí desde hace dos meses. Creí que lo sabía —añadió al ver la expresión de Demi.
Ella se quedó cortada. No entendía nada. Si no vivía allí, ¿dónde?
—Cierto… —dijo para salir del paso—. ¡Qué despistada! Algo me comentó hace tiempo… Pero no volvimos a hablar del tema así que imaginé que lo había pospuesto… Vaya, voy a tener que mandarle los papeles por mensajero, tiene que firmarlos hoy…
—Pues va a ser difícil —replicó él—. Vive en Nashville. Nashville de Tennessee, no el de Arkansas.
Una sensación fría, desagradable, recorrió el cuerpo de Demi e no podrá firmarlos hoy… —se encogió de hombros—. Entonces, me voy...
Demi abandonó el edificio a toda prisa y caminó sin rumbo fijo intentando centrarse y entender. ¿Cómo que Joseph se había ido a otro estado? ¿A hacer qué?
“Esto es de locos”, pensó, y se detuvo un momento. Se recostó contra la pared, intentando decidir qué hacer.
Que él se hubiera ido, le resultaba como el punto final, el carpetazo de Joseph a una etapa de su vida. No solamente no había vuelto a intentar hablar con ella desde aquel día, como para que no cupiera ninguna duda de que esta vez “se había acabado” de verdad, había cambiado de vida, de casa, de trabajo. Y de estado.
Demi sacó el móvil de su bolso y buscó el número de Joseph en la agenda.
Con cada ring, la respiración se le aceleraba un poco más.
Sonó tres veces; a la cuarta atendieron. Ella contuvo el aliento.
—Si… ¿quién es? —escuchó que le decían.
Demi cortó sin decir una palabra.
Fue puro impulso. Uno que había salido de sus entrañas, y del que no tomó conciencia hasta varios segundos después.
No era Joseph quien había atendido la llamada.
Era una mujer.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦

Todo continuaba igual en la cabaña de pesca, junto al río. Igual que la última vez que Demi había estado allí, hacía años ya. Si acaso, más lleno de polvo y telarañas.
Demi se sentó en el viejo sofá de fieltro negro y apoyó la cabeza contra el respaldo.
Su mente retrocedió seis años, cuando ella era simplemente Demi, la menor de los hermanos Brady, la única hija mujer de John y Eileen, la compañera de salidas de Miley...
Y la hermana del mejor amigo de Joseph Jonas.
Habían sido buenos tiempos. A pesar de que Nick jugaba a fútbol profesional desde hacía tres años y ya no vivía en Camden, los cinco seguían reuniéndose cada vez que el quarterback regresaba a casa de vacaciones. Jugaban billar, iban de camping, hacían trekking o simplemente, se reunían en la cabaña, y cantaban.
Una sonrisa se dibujó en la cara de Demi al recordarlo. Lo pasaban genial. Todo estaba claro entonces: ella vivía en un sitio ideal, rodeada de gente que quería y la quería, y aunque todavía seguía dudando acerca de a qué deseaba dedicarse en el futuro, había empezado a hacer sus pinitos como modelo, y le iba bastante bien.
La “onda de una piedra arrojada contra la superficie del remanso de su vida”, como solía decir Miley, siempre tan poética ella, había introducido una variante en su patrón.
Y lo había cambiado todo en un instante.
Era un viernes de verano y como siempre, Demi estaba en El Gato Negro, con su familia. Aquella noche había actuación especial. Se trataba de Shirley Rivas, una americana con ascendencia española que cantaba folk como los ángeles. Sus músicos llegaron a tiempo; la cantante no: 
un pinchazo estampó su coche contra el guardarraíl de la I-40 Oeste, a pocos kilómetros de Little Rock. Salvó su vida, pero jugó de factor x en la ecuación de otra existencia, la de Demi.
Ella cantaba desde siempre y en todas partes: la ducha, la cocina, la cabaña, en la iglesia los domingos... Y aquella noche, también en El Gato Negro, ante una audiencia que la escuchaba atentamente, entre quienes había algunas caras importantes del negocio de la música que se habían desplazado al lugar para escuchar cantar folk como los ángeles, y acabaron escuchando un country diferente, al estilo Demi.

martes, 5 de febrero de 2013

Soy Otra Mujer Capitulo37



Demi decidió no tomar un avión en Nápoles sino un taxi hasta Roma. Compró el primer billete de avión que encontró para volver a Sidney. Cuando llegó, destrozada, se quedó durante una semana con Elizabeth, sin apenas salir de su habitación. Tenía los ojos rojos de tanto llorar y se estaba quedando cada día más delgada.
Cuando ya llevaba siete días en su casa, Elizabeth se sentó en la cama de Demi y frunció el ceño, preocupada.
—Vamos, Nina. No te quedes aquí tumbada. Ve y dile cómo te sientes. En el periódico de ayer decían que ha vuelto a la ciudad.
—No puedo —sollozó Demi.
—Sí que puedes —insistió su amiga—. Le quieres a él y quieres a Georgia. El necesita saberlo.
—Él me odia.
— ¿Cómo lo sabes? Tal vez las cosas hayan cambiado. ¿Quién sabe? Una buena dosis de Nadia quizá le haya abierto los ojos.
—Es mi culpa, por no haberle dicho la verdad desde un principio. Tiene todo el derecho de estar enfadado. Se casó con la mujer que no era.
— ¡Vaya estupidez! —dijo Elizabeth—. Si me pides mi opinión, se casó con la mujer que debía. Tú tienes todo lo que él necesita. Eres leal y fiel y prefieres hacerte daño a ti misma antes que hacérselo a otra persona. ¿Qué más puede desear un hombre?
—Quisiera poder decirle cómo me siento —dijo Demi, con la emoción reflejada en la cara.
—Hazlo —Elizabeth le acercó el teléfono—. Llámale y dile que quieres verle.
Demi se quedó mirando el teléfono durante un largo rato.
—Vamos —insistió Elizabeth—. Dime su teléfono y yo lo marcaré por ti.
—No... no. Le llamo yo —dijo Demi, tomando el teléfono con una mano temblorosa.
— ¡Muy bien! —Elizabeth le dirigió una sonrisa esperanzadora—. Me marcho para que llames tranquila. Buena suerte —dijo desde la puerta.
Demi le dirigió una tímida sonrisa a su amiga y empezó a marcar el número de teléfono.
— ¿Demi? —contestó Lucía—. ¡Dio! ¿Dónde estás? ¡Hemos estado tan preocupados! Georgia no duerme y Joe está...
— ¿La niña está bien? —preguntó entrecortadamente Demi.
—Echa de menos a su madre —dijo Lucía.
— ¿Dónde está Nadia?
—A esa madre no... a ti. Tu hermana agarró el dinero y se marchó —dijo Lucía indignada.
— ¿Qué dinero?
—El dinero que pidió a cambio de Georgia —le informó Lucía.
—Y... ¿Joe? ¿Cómo... cómo está? —preguntó Demi con los ojos cerrados. Está enfadado.
—Ya lo sé —Demi se mordisqueó el labio—. Él no tiene la culpa.
— ¿Dónde estás? —preguntó Lucía—. Él querrá verte. —Me dijo que no quería verme nunca más.
—Eso era entonces. Ahora es distinto. Ven esta noche. Me llevaré a Georgia a mi casa para que vosotros dos podáis arreglar las cosas.
—No sé si se pueden arreglar.
—Simplemente ven, Demi. Es aquí donde debes estar.
Demi estaba sentada en el sofá en la casa de Joe, cuando oyó que su coche llegaba. Había estado una hora con Georgia antes de que Lucía se la llevara con ella a su casa. Cuando oyó que se abría la puerta del salón, se levantó nerviosa.
Joe se quedó paralizado cuando vio a Demi. Se quedó pálido.
— ¿Demi? —dijo acercándose a ella—. ¿Eres tú? —Sí, soy yo.
—No estaba seguro... —Joe se revolvió el pelo Esperaba a tu hermana. Ha llamado hoy, pidiendo más dinero.
— ¿Qué le has dicho?
—No puedo decir mucho hasta que los papeles de la adopción estén en regla —contestó Joe mirándola fugazmente.
— ¿Te está permitiendo adoptar a Georgia? —Sí, por un precio, desde luego. —Desde luego.
— ¿Por qué estás aquí? —preguntó Joe, mirándola de nuevo.
—Quería ver a Georgia.
— ¿Eso es todo? —Joe sostuvo la mirada de Demi durante unos interminables segundos.
—No —Demi respiró profundamente—. Quería verte a ti también.
— ¿Por qué? —preguntó como si creyera que ella también le iba a pedir dinero.
—Quería decirte que siento lo que hice. Pensaba que estaba haciendo lo mejor para Georgia pero... ahora me doy cuenta de lo equivocada que estaba. Pensaba que me la ibas a quitar, pero ahora sé que no eres el hombre duro que aparentas ser. Eres... —tuvo que parar por un sollozo—. Eres el hombre más maravilloso que jamás he conocido.
—Tú eres la madre de Georgia de una manera que tu hermana nunca podrá ser —dijo Joe emocionado—. No debí hablarte de la manera en que lo hice. Estaba tan enfadado por cómo me habías engañado, que no me paré a pensar en lo que has tenido que sacrificar para proteger a Georgia de Nadia.
— ¿Q... qué quieres decir?
—Te entregaste a mí. No tenía ni idea de lo que estabas haciendo en aquel momento. Simplemente pensé que habías tenido un parto difícil, jamás pensé que fueras virgen.
Demi se enrojeció y miró hacia otro lado.
—No —Joe se acercó a ella y la abrazó—. No me escondas más la verdad. Te entregaste a mí y quiero saber por qué.
—Yo... Demi apartó su mirada de la de Joe—. No lo pude evitar. Nunca antes me había sentido así. Creo que me enamoré de ti aquel primer día que fuiste a mi piso.
—He sido injusto contigo de una manera tan detestable. ¿Cómo puedes amarme? —preguntó Joe, apoyando su cabeza en el cuello de Demi.
—Simplemente te amo. No hay ninguna razón. Simplemente te amo.
—No me puedo creer lo que estoy oyendo. ¿Quieres decir que me perdonas lo que te dije? —preguntó Joe atormentado.
—Estabas enfadado.
—No sólo enfadado —admitió arrepentido—. ¡Estaba tan herido! Te imaginaba riéndote a mis espaldas por cómo me habías engañado.
— ¿Creía que dijiste que nunca permitirías que te hicieran daño?
—No eres la única que puede mentir. Claro que me hiciste daño. Me había enamorado de ti a pesar de pensar que eras como tu hermana; a veces te comportabas como ella.
— ¿Y aun así te enamoraste de mí?
— ¿Cómo no me iba a enamorar de ti? Eras siempre tan cariñosa con Georgia y te portabas conmigo maravillosamente. Suspiraba por ti día y noche y, mientras que me odiaba a mí mismo por ser tan débil, no podía evitar tocarte —dijo Joe, atrayéndola hacia sí.
—No me puedo creer que me quieras —suspiró Demi, apoyada en el pecho de Joe. —Pues será mejor que te lo creas. Me he vuelto loco tratando de encontrarte. No he comido ni dormido durante días.
—Yo tampoco. Te he echado tanto de menos —Demi le sonrió.
—He estado tumbado despierto en la cama, angustiándome por el modo en que te insulté. Eres la persona más maravillosa que conozco y he sido un tonto en no darme cuenta desde un principio —dijo Joe muy seriamente.
—No seas tan duro contigo. Yo fui la que me equivoqué. Te debería de haber dicho la verdad desde el principio.
—Yo te incité a actuar de esa forma, cara —dijo Joe con arrepentimiento—. Me doy cuenta ahora. No permití que me demostraras cómo eras.
—Pero eso ya es el pasado —dijo Demi—. Nos tenemos el uno al otro y tenemos a Georgia.
—Pero tú has perdido tantas cosas —dijo Joe, de nuevo muy serio—. Una boda por la iglesia y una luna de miel. No sé cómo voy a ser capaz de empezar a recuperar esas cosas para ti.
—No me importa tanto la boda como la luna de miel. ¿Cuándo nos podemos ir? —Demi sonrió y se acurrucó en Joe.
— ¿Qué te parece si nos vamos ahora mismo? —preguntó Joe sonriendo, levantado a Demi en sus brazos.

Fin

Soy Otra Mujer Capitulo 36




Demi sintió el peso de la mirada de Joe posándose en ella, con un gesto de incredulidad, impresión e inconfundible enfado.
— ¿Me vas a decir qué demonios está pasando o se supone que lo tengo que adivinar? —preguntó Joe con un tono de voz muy agudo.
—Te lo iba a decir... —contestó Demi tragando saliva.
— ¿No es una pequeña muy traviesa, Joe? Haciéndose pasar por mí para así poder quedarse con algo de la herencia de Georgia —dijo Nadia acercándose a él.
— ¡Eso no es verdad! —gritó Demi, agarrando el brazo de Joe para que éste la mirara.
Joe miró con desprecio la mano que Demi había puesto en su manga mientras la apartaba de él y le pidió al ama de llaves que los dejara solos.
—Las dos — Joe indicó hacia la puerta del salón—. Entrad aquí... inmediatamente.
—Ahora, vamos a empezar desde el principio —dijo Joe una vez se hubo cerrado la puerta—. ¿Cuál de las dos es la madre de Georgia?
—Soy yo —Nadia dio un paso al frente—. La dejé con Demi por un corto periodo de tiempo para encontrarme con que se había hecho pasar por mí a mis espaldas.
— ¡Yo no hice eso! —Dijo Demi, con los ojos echando chispas—. ¡Tú la abandonaste!
—No la escuches —dijo Nadia, fingiendo estar a punto de llorar—. Yo quiero a mi hija; es todo lo que me queda de André. Demi estaba celosa. Lo que siempre quiso fue casarse y tener un hijo. Te engañó para que te casaras con ella.
— ¡ Joe! — Demi se volvió para mirarlo—. ¡No debes escucharla! ¡Se lo está inventando!
—Me gustaría hablar con mí... Demi a solas un momento. ¿Nos disculpas? —le dijo Joe a Nadia después de mirar un segundo a Demi.
—Te contará más mentiras para tratar de encubrirse. Lo hizo por dinero. A pesar de lo que ella dice, es detrás de lo que va —dijo Nadia levantando la barbilla.
Joe agarró a Demipor el brazo y subieron a su habitación. Demi esperó a que él hablara.
—Será mejor que puedas explicarme tu comportamiento o le juro a Dios que desearás no haber nacido —dijo Joe, mirándola con dureza.
—Te lo iba a decir...
— ¿Cuándo? —La interrumpió Joe —. ¿Cuándo me ibas a decir que me has engañado de una manera tan despreciable?
—No lo hice a propósito... —empezó a decir Demi.
— ¡No me mientas! —Gritó Joe—. Me has tomado el pelo desde el principio. No me puedo creer que hayas caído tan bajo. ¿Ha merecido la pena? ¿Te has reído mucho a mis espaldas por la manera en la que me has engañado?
— ¡No! Yo...
—Maldita seas, Demi—dijo acercándose a ella—. Me has tomado el pelo y no te lo voy a perdonar.
— Joe... por favor, déjame que te explique —le pidió Demi, agitando las manos—. No pretendía llevar esto tan lejos. Cuando te presentaste en mi piso aquel día, yo estaba tan preocupada de que me fueras a quitar a Georgia que tenía que hacer algo. No sabía que iba a conducir a todo esto. Te juro que no lo sabía.
— ¿Por qué no me lo explicaste cuando tuviste la oportunidad? —Preguntó Joe—. Me has estado contando una serie de mentiras durante todo el tiempo. Has tenido numerosas oportunidades para decírmelo y aun así no lo hiciste.
— ¡Lo sé! Lo siento... tenía miedo. Pensé que no me dejarías ver a Georgia nunca más. Estabas amenazando con llevártela; no tuve otra salida.
—Debes pensar que soy el más tonto del mundo, pero no te olvides que sé que en cuanto te ingresé el dinero en tu cuenta te lo gastaste —dijo Joe, apartándose de ella.
— ¡No me lo gasté! Se lo di a Nadia porque estaba insistiendo...
—Lo planeasteis las dos juntas, ¿no es así? — Joe estaba colérico.
— ¿Qué? —Demi lo miró desconcertada.
—Ya veo lo que has estado haciendo. Has jugado muy bien al juego de hacerte pasar por tu hermana gemela. Cambiabas de personalidad con sólo guiñar un ojo.
—No estoy orgullosa de lo que he hecho pero...
— ¿Te divertiste, Demi? ¿Fue divertido tomarme el pelo? ¿Te lo pasaste bien? ¿Disfrutaste con el hecho de ver que, a pesar de mi intención de no hacerlo, me acosté contigo? —le preguntó Joe ofendido.
—Nunca tuve la intención de acostarme contigo. Tienes que creerlo.
— ¡No me creo nada de lo que digas! —Espetó Joe— ¿Cómo podría, después de todo lo que has hecho?
—No pretendí hacerte daño.
— ¿Hacerme daño? — Joe la miró con desdén—. Si quisieras hacerme daño, lo tendrías que intentar mucho más, Demi. Estoy acostumbrado a las mujeres de tu naturaleza y sé cómo protegerme —se dio la vuelta para abrir la puerta—. Te doy de plazo hasta mañana al mediodía para que te marches de mi casa. Te mandaré los papeles del divorcio en cuanto me des una dirección donde poder mandarlos.   
Demi se le quedó mirando. No se podía mover por la impresión.
— ¿No me has escuchado? —preguntó Joe.
—Quiero ver regularmente a Georgia —dijo Demi, tratando de no llorar.
—Eso dependerá de su madre.
—A Nadia no le importa Georgia. Sólo le importa ella misma. Abusó de ella y lo hará otra vez como solía hacer nuestra madre.
—Tu hermana es la madre de Georgia y por lo tanto su tutora legal. Tú no tienes nada que decir.
—Ni tú tampoco.
—Sin ninguna duda, tu hermana y yo llegaremos a un acuerdo que nos satisfaga a ambos.
—Mientras que haya mucho dinero por medio, Nadia estará muy satisfecha dijo Demi con amargura—. Pero debes pensártelo dos veces antes de dejarla a solas con Georgia. No se puede confiar en ella.
— ¿Y tú crees que —dijo Joe con desdén—. Tú, que me has mentido cada vez que has tenido la ocasión. ¿Por qué debería creer una sola palabra de lo que dices?
—Yo quería lo mejor para Georgia. Ése era mi único objetivo. No me importa si no me crees.
—Preferiría que no tuviese que verte más. Voy a disponer que un coche te lleve al aeropuerto, pero por lo que a mí respecta, no quiero tener que verte más.
Demi se dio cuenta de que a Joe le salía el odio hacia ella por cada poro de su cuerpo. Se marchó a su habitación sin dejar que él se diera cuenta de lo hundida que estaba. Se echó en la cama llorando. Unos minutos después, tomó unas pocas cosas y las metió en una mochila que se colgó del hombro. Fue a la habitación de Georgia y se quedó mirando a la pequeña, con el corazón en un puño, durante un momento.
—Adiós, cariño. No me olvidaré de ti mientras viva. Haría lo que fuese para que te quedaras conmigo, pero Joe... —Demi se mordió el labio—. Joe no me quiere. Te quiere a ti, cielo. Te quiere mucho. Sé que será un padre maravilloso contigo.
Demi cerró la puerta de la habitación de la niña con cuidado y, sin apenas hacer ruido, salió de la casa y de la vida de Joe cómo si nunca hubiese estado en ellas.
Joe volvió al salón, donde encontró a Nadia sirviéndose un vaso de su mejor vino.
— ¿Has resuelto todo, Joe? ¿Ha confesado? —preguntó Nadia, con una seductora sonrisa. Joe no contestó y se paso una mano por el pelo de una manera distraída.
—Ella siempre ha tenido celos de mí —continuó diciendo Nadia—. Yo siempre he sido la que ha tenido novios. Nadie se fija en ella porque es muy vergonzosa. Patético, ¿no crees? Todavía es virgen, a no ser que tú te hayas encargado de eso. ¡Con veinticuatro años! ¿Te lo puedes creer?
Joe se quedó helado.
— ¿Creo que te quieres quedar con Georgia? —preguntó Nadia.
—Sí.
—Yo no puedo darle lo que tú le puedes dar —dijo Nadia, mirando a Joe—. Pero si quieres adoptarla... bueno... —Nadia sonrió avispada—. Yo no me voy a poner en tu camino si el precio está bien, hay que hablarlo.
—Pon un precio.
Nadia dijo una cifra que, en otras circunstancias, hubiera dejado impresionado a Joe.
—Tendré los documentos legales preparados por la mañana —dijo Joe.
— ¿Por qué no me das un adelanto ahora? Necesito encontrar un sitio donde quedarme... a no ser que tú tengas una cama que yo pueda usar —dijo Nadia, todavía sonriendo.
— ¿Cuánto? —preguntó Joe, buscando su cartera.
—Ya sabes... —dijo Nadia acercándose a Joe. —Eres mucho más amable que tu hermano. Él no me dio nada al final.
—Te dio una hija —dijo Joe apartándose de ella.
—Nunca quise a Georgia. Sólo la tuve porque Demi insistió.
Joe no podía creer cómo dos hermanas, que además eran gemelas, podían ser tan diferentes. No se había dado cuenta hasta aquel momento.
—Voy a pedirte un taxi —dijo Joe, acercándose al teléfono.
— ¿Estás seguro de que no quieres que me quede y te haga compañía? Nadia le guiñó un ojo.
—No, no quiero —Joe sujetó la puerta para que Nadia saliera—. Ya nos veremos.
Una vez que Nadia se hubo marchado, Joe subió a la planta de arriba en busca de Demi, dispuesto a disculparse. Demi no era como Nadia. Era leal, capaz de casarse con un hombre al que ni siquiera conocía para proteger a su sobrina. Era desinteresada, vergonzosa y, Joe tragó saliva al pensarlo, había sido virgen hasta estar con él.
— ¿Demi? —llamó a su puerta pero no hubo respuesta. Abrió la puerta y se encontró con que Demi no estaba en la habitación, que estaba revuelta, con signos de que ésta había agarrado unas pocas cosas para marcharse, sin preocuparse por llevarse todo consigo.
— ¡Demi! —gritó Joe mientras se dirigía a la habitación de Georgia.
Georgia se despertó por el ruido de la puerta al abrirse y comenzó a llorar.
—Hola, pequeña —Joe tranquilizó a la niña en sus brazos y se la llevó consigo a buscar a Demi por toda la villa.
Georgia no paraba de llorar y cada vez lo hacía de una manera más desesperada.
—No llores —suplicó Joe—. No te preocupes, la vamos a encontrar. Tenemos que encontrarla.
Después de estar buscándola durante veinte minutos, supo que no había nada que hacer. Demi se había ido y él estaba allí, con la pequeña en brazos llorando por la que ella consideraba su madre.

jueves, 31 de enero de 2013

Soy otra mujer capitulo 35





En un determinado momento fue al servicio y, mientras estaba allí pensando en lo que le tenía que decir a Joe cuando volvieran a casa, pudo escuchar la conversación que mantuvieron dos mujeres, que aunque era en italiano, lo entendió todo.
—Oí que bailaba en toples en un club cuando su hermano la conoció. Por lo visto, tuvieron una aventura amorosa durante un tiempo, pero André decidió volver a los brazos de su novia para recuperar la decencia.
—Oí que tuvo un bebé —dijo la otra mujer.
—Sí. Se rumorea que por eso Joe se casó con ella. Quiere a la niña de su hermano y casarse con la madre de la niña era la única manera de tenerla.
—Espero que no se arrepienta. Las mujeres como Nadia Lovato son problemáticas.
—Parece ser que ahora se hace llamar Demi —dijo la otra mujer con una risita—. No hay duda de que se quiere distanciar de su pasado. Pero la verdad es que tiene un cuerpo estupendo teniendo en cuenta que no hace mucho tuvo un bebé. Me pregunto si Joe habrá estado tentado de acostarse con ella.
—Están casados, ¿no es así?
— Joe es conocido por ser muy exigente con las mujeres con las que se acuesta —dijo la mujer—. Sólo se ha casado con ella para poder estar con la niña. Pero ya sabes lo que dicen sobre los hombres: que no piensan con la cabeza, sino con lo que tienen entre las piernas.
—A mí no me importaría ver lo que él tiene entre las piernas —dijo la otra mujer mientras salían del servicio.
Demi se tapó la cara con las manos y gimió, pensando en la posibilidad de que las cosas empeoraran.
Joe se levantó cuando Demi volvió a la mesa. —¿Quieres bailar?
En un primer momento, deseó poder poner alguna excusa, pero decidió que sería mejor bailar que quedarse allí sentada con el resto de los invitados. A saber qué más habrían oído decir de su hermana.
—Está bien —dijo Demi. Pero debo advertirte, bailo muy mal.
Joe la llevó a una esquina del salón dónde había menos gente y bailaron.
—André me dijo que eras una bailarina estupenda —dijo Joe.
—No sé nada sobre eso —contestó Demi, apartando su mirada de él.
—Has estado como ausente toda la noche. ¿Qué es lo que pasa? ¿Te preocupa tener que quedarte en Sorrento más tiempo del que habíamos planeado? Lo siento, pero no he podido hacer otra cosa. Tengo asuntos que arreglar aquí antes de que podamos volver.
—No, no es eso — Demi miró a Joe y finalmente tomó una decisión—. ¿Nos podemos ir a casa? Tengo que hablar contigo... a solas.
— ¿Es eso lo que quieres? —preguntó Joe acercándola más a él.
—Sí.
Mientras se dirigían de regreso a la casa, Joe apenas habló.
—Estás muy guapa esta noche —le dijo finalmente nada más llegar a la villa.
— Joe... — Demi se humedeció los labios y, antes de que se diera cuenta, Joe estaba besándola, allí mismo, nada más salir del coche.
Sintió cómo se derretía por aquel beso cuando empezó a besarla con más pasión. Empezaron a tocarse mutuamente, él acarició sus pechos mientras que ella acariciaba su cuerpo. Joe le apartó el vestido, tocó su sexo, acariciando cada centímetro de aquella íntima parte de su cuerpo, penetrándola después hasta que Demi ya no pudo aguantar más y volvió a sentir de nuevo aquella explosión de placer, como si en vez de sangre fueran burbujas de champán las que recorrían sus venas. Se sintió desconectada de todo, como si nadara en un océano de placer.
Cuando abrió los ojos, se encontró con los oscuros ojos de Joe mirándola; él también iba a alcanzar su pináculo de placer, su éxtasis.
—No te escondas de mí, Demi. Me gusta ver el brillo del placer en tus ojos le dijo Joe tomándola por la barbilla cuando ésta trató de apartar su mirada.
—No me estoy escondiendo de ti —le aclaró Demi soltándose de él—. Vamos adentro, tengo frío.
Joe la siguió hacia la casa frunciendo levemente el ceño.
— ¿Qué pasa? —le preguntó Demi a Lucía, que estaba dando vueltas en el vestíbulo—. ¿Está bien Georgia?
—Georgia está bien —contestó Lucía, dirigiendo su mirada hacia el salón.
— ¿Qué es lo que está pasando? —preguntó Joe mientras cerraba la puerta tras de sí.
—La signora Jonas tiene una visita —contestó Lucía tras mirar a Demi con angustia.
A Demi le invadió el pánico, se quedó blanca y le temblaron las piernas.
— ¿Quién es? —Preguntó Joe—. ¿Alguien que yo conozca?
La puerta del salón se abrió. Joe alzó la mirada y vio a una persona exactamente igual a su esposa.
—Hola, Joe —susurró Nadia.