martes, 25 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 50




Le había llevado nada más que tres horas decidirse por dos de los cinco proyectos que contenía la carpeta. Ahora solo quedaba que lo hablara con Joseph y tomar la decisión final. Así las cosas, Demi decidió que se merecía un premio por haber conseguido dedicar tres horas completas a pensar en otra cosa distinta que aquel rubio de metro ochenta y mucho que se había colado en su vida hacía dos décadas y en su cama, hacía cuatro días.
Tenía pensado premiarse con un buen paseo a caballo por el río. No nevaba, tampoco llovía y el frío era soportable, pero cuando iba acercándose a la cuadra, unas risas llamaron su atención. Venían del predio de adiestramiento. Allí dos negritos acababan de tirar al suelo a Mark y le hacían cosquillas mientras decían cosas que a esa distancia Demi no acababa de entender. Desde la alambrada, Miley festejaba las risas.
—Difícil decir quién es el adulto, ¿no? —comentó Demi, riendo al ver a su hermano devolviendo las cosquillas a los pequeños.
—Está feliz —confirmó Miley—. Hacía años que no lo veía tan contento... Y eso que los críos no están llevando nada bien lo de la abuela...
Demi miró a los niños. Tenían nueve y once años. No habían empezado a vivir aún, y ya habían sufrido pérdidas terribles.
—¿Y el padre?
Miley se encogió de hombros.
—Si sabe que sus hijos están aquí, no se ha dado por aludido... Le quedan seis años de condena y por lo que comentó la trabajadora social que los trajo, parece que no es candidato a la condicional. Así que...
—Bueno — Demi le pasó un brazo por el hombro a Miley—. Mark Brady, el superpapá oso, está a cargo. Esos críos han ganado la lotería... Y además, tienen a supermamá Miley en la reserva... ¿Qué más pueden pedir?
—Pues piden más —Miley se acercó para hablarle al oído—: Matt quiere tener quince años más para poder pedirte que seas su novia.
Demi se apartó mirándola, alucinada.
—¡Estás de guasa!
Miley meneó la cabeza.
—No. Arrasas, chica. Aunque me parece que eso le traerá algún que otro problema con cierto señor rubio y alto que ya tiene los quince años más...
Tema Joseph Wyatt sobre la mesa por segunda vez en una misma mañana.
Demi le echó una mirada irónica.
—¿Y tú? ¿Arrasas, o sigues mirando a Jeffrey con cariño?
—Yo estoy plenamente dedicada a mis exámenes, mis terneros y ahora, mis dos “sobrinos” de acogida... —dijo risueña y añadió en voz baja—. Y lo de que miraba a Jeffrey con cariño era broma... Es moreno, Demi, ¿cuándo me has visto a mí con un moreno?
Demi estaba riendo cuando Mark pasó al otro lado de la alambrada de un salto y se dirigió hacia ella.
—¡Pero bueno, si es Demi...! —Dijo codeando a Miley—. Y no está hablando por móvil...
—¿Ya te has rajado? —dijo Matt trepando a la alambrada. Miraba a Mark con cara de pillo.
—Me tomo un descanso. Sois dos contra uno ¿qué pasa?
—¡Venga ya! Si casi es la hora de comer... Para cuando aprendamos a montar a caballo, vamos a ser ancianitos…
—Haya paz... Sigo yo —intervino Miley, pasando al otro de la alambrada—. Venga, por turnos. Diez minutos cada uno. Primero tú, caballerito —señaló a Matt.
Mark se apartó los rizos rubios de la cara, empujándolos hacia atrás con las dos manos.
—Son inagotables —comentó con una sonrisa satisfecha.
—Mira quien habla —replicó su hermana.
Él recostó la espaldas contra uno de los postes de la alambrada y se cruzó de brazos.
—Aquí la única que habla eres tú. Por móvil. Y un montón...
Demi volvió la cabeza y miró a su hermano con la ceja enarcada.
Él soltó una carcajada.
—Me imitas fatal...
—Mientras entiendas el mensaje... —dijo ella, burlona.
—Eres de la familia, pero que sepas que voy a apostar por Jordan.
—Sé que voy a arrepentirme de preguntártelo, pero ¿de qué estás hablando?
Mark meneó la cabeza.
—Estáis enrollados, pimpollo —sentenció, y la miró de reojo. Demi se obligó a no mover ni un músculo de la cara—. Es un tío con un par de pelotas, las ideas clarísimas y toda la habilidad que no tenía ninguno de los fantasmas que han pasado por tu vida. Si además es un tigre en la cama, tiene todos los números para llevarse el gato al agua. Y a juzgar por lo pendiente de ese trasto que te tiene, diría que lo es. Yo apuesto a ganador, así que voy a apostar por él. Y te voy a decir una cosa; me alegro de que vayas a perder esta apuesta. Joseph Wyatt es lo mejor que te ha pasado en la vida, Demi.
Ella continuó mirándolo con su expresión mitad desafiante, mitad burlona. Imposible adivinar si algo de lo dicho, había hecho diana en ella o no. Como buena Brady, cuando se lo proponía, era bastante eficiente a la hora de controlar la expresión de sus emociones. Especialmente, con sus hermanos.

Pero aunque no las expresara, las sentía. Y las palabras de Mark, definitivamente, habían tocado ciertos resortes emocionales. 

sábado, 22 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 49




Demi cerró la carpeta y se apoyó contra el respaldo de la silla. Dos días sin Joseph y cada vez le costaba más mantener el interés en otra cosa, distinta de su móvil, del que no se despegaba para nada, desesperada por oírlo sonar y que fuera él.
¿Cómo había pasado de ser una mujer divertida a aquel muermo con tacones?
Mejor aún, ¿cómo se las había ingeniado Joseph Wyatt para conseguir tenerla así de desinteresada en cualquier otra cosa que no fuera él? ¿Cómo había empezado todo aquello?
Demi no tenía la menor idea acerca de cómo había sucedido. Un día disfrutaba de su compañía igual que había hecho siempre; al siguiente ya no podía prescindir de lo que sentía cuando estaban juntos. Y cuanto más intimaban, cuanto más estrecha era la relación, más imprescindible se volvía él. Necesitaba sus modos amables, lo fácil que era todo a su lado, la manera en que la trataba, con tanta sensualidad como respeto...
Y su ternura... Dios, aquella ternura que la arrullaba como una nana.
Lo peor era que a ella empezaba a notársele. Era cuestión de días que empezaran las preguntas. ¿Qué iba a responderles? Los dos habían acordado que lo mantendrían en secreto, incluso para los Brady.
Y ahora que su padre acababa de entrar en la cocina, con su sonrisa y aquella mirada traviesa, Demi se dio cuenta de que ni siquiera era cuestión de días.
—¿Qué hace mi niña bonita aquí, tan sola? —preguntó John después del reglamentario beso en la frente.
Niña bonita. Así la llamaba desde que, efectivamente, era una niña. Solo que ahora era una mujer.
Demi se encogió de hombros.
—¿Trabajando? —insistió él. Le señaló con la mirada la carpeta que había sobre la mesa mientras se sentaba frente a ella. Demi asintió—. ¿Qué es?
Ella abrió el dossier, y hojeó el contenido.
—Algunos proyectos sociales que promueve el gobierno de Arizona. Tengo que decidir quiénes se quedan con el veinte por ciento de mi caché por actuar en un festival en junio...
—¿Y?
Demi miró a su padre. Notó que él la observaba satisfecho. Aquella era su expresión de “padre orgulloso”, la que mostraba cuando hablaba de la gestión de Mark en el rancho, o de los logros de Nick.
—Todavía no lo sé. Hay tanta gente trabajando por cosas importantes que necesitan dinero para financiarse... Tengo que estudiar estos papeles con calma y después hablar con Joseph.
—Haces bien. Son cuestiones importantes que hay que meditar detenidamente. Y también haces bien en tener en cuenta lo que piensa Joseph. Puedes confiar en él.
¿Días? No, pensó Demi. Las preguntas ya estaban allí, disfrazadas de comentarios indirectos que sondeaban el terreno.
—¿Tú crees? ¿Estabas tú cuando dijo que “dejara las cuestiones sociales para activistas y políticos”? Me parece que sí... —replicó mientras se estiraba a coger la jarra de la cafetera, tras echarle una mirada irónica a su padre—. ¿Café?
John fue a buscar dos tazas y las puso sobre la mesa. Demi las sirvió.
—Es abogado. Y es tu mánager. ¿Qué esperabas que dijera? Te protege. Te ha protegido siempre. Y puedes confiar en él porque te quiere bien.
Demi tragó saliva. ¿Hablaba de amor, o de cariño? En aquel momento se dio cuenta de que las manos se le habían helado.
—¿Sabías que, desde hace años, colabora económicamente con varias organizaciones no gubernamentales? —escuchó que su padre le preguntaba.
No, no lo sabía. Demi tuvo la sensación de que, a pesar de los años que llevaban juntos, de Joseph no sabía gran cosa. La mayoría de lo que conocía tenía que ver con lo que hacían juntos a nivel profesional.
—No voy a fingir que no me doy cuenta de que hay algo entre vosotros, cariño —continuó John. Demi se esforzó por sostenerle la mirada—. Y no voy a hacerte preguntas. No lo habéis dicho; vuestras razones tendréis, y yo las respeto. Pero sí me gustaría decirte dos cosas, ¿puedo?
Demi empezó a sudar.
Sus manos, además de heladas, estaban pringosas. ¿Había algo más embarazoso que hablar de asuntos personales con tu padre?
Sí, que él hablara de tus asuntos personales contigo.
—No te pongas roja, Demi —John le acarició las mejillas con ternura.
—Dios, esto no está sucediendo... —replicó ella al tiempo que apartaba la mano de John de su cara.
—¿Puedo o no puedo? —insistió él, suavemente.
Ella volvió a su café y exhaló el aire en un bufido. No tenía la menor idea de qué podía tener que decir su padre al respecto. Si era malo, no quería oírlo. Y si era bueno... Tampoco quería oír más cosas buenas sobre Joseph. Tal como era, la tenía pendiente del móvil todo el bendito día...
Pero John se le adelantó:
—Lo voy a decir igual. Si no quieres oírlo, tápate las oídos y ya está...
Ella volvió a recostarse contra el respaldo. Se preparó para escuchar sentencia con la expresión más relajada que pudo poner.
—Quienes nos rodean —dijo él—, pueden ayudarnos a volar y ser quienes estamos llamados a ser o pueden ayudarnos a mantener las alas plegadas y no llegar a volar jamás. Para crecer, necesitas rodearte de personas que te apoyen, que estén de tu parte… Has decidido darle un giro a tu vida. Uno que, admito, llegué a pensar que empezaba a tardar demasiado... 
— Demi pestañeó cuando los ojos se le llenaron de lágrimas—. Y la primera de las dos cosas que voy a decirte es que me siento orgulloso de ti. No espero que mis hijos sean infalibles, pero sí que rectifiquen cuando se equivocan, intenten reparar el daño que hayan causado, y sigan adelante. Y tú lo has hecho. Con sobresaliente.
Demi tomó la taza de café con manos crispadas en un intento vano de cortar la emoción que le cerraba la garganta, haciéndola sentir como una niña.
John hizo una pausa para que ella se serenara y luego continuó.
—Y lo segundo que voy a decirte es sobre Joseph. Tienes una gran deuda con él, cariño. Se ha ganado el derecho a esperar de ti una honestidad total. Hagas lo que hagas, jamás lo olvides.
Demi no olvidaría aquella deuda mientras viviera. Eso lo sabía muy bien. Lo que aún no sabía era cómo podría saldarla, o al menos, compensarla de alguna manera. Joseph no era como ella, no se metía en camisa de once varas. Era reflexivo, maduro y fiable. Ser completamente honesta con él era lo menos que podía hacer.
Aunque tuviera sus bemoles ser completamente honesta con el primer hombre que le interesaba, de verdad, en toda su vida.
Pero incluso en el caso de que, efectivamente, lo consiguiera, para Demi seguiría sin ser suficiente.
—¿Algo más? —preguntó, con la ceja enarcada como hacía Mark cuando algo no le gustaba.

John negó con la cabeza. A continuación, tomó la mano de su hija y, con infinita ternura, depositó un beso sobre ella.

Mi Dulce Bombón Capitulo 48




Mark estaba irreconocible. Sus ojos brillaban de alegría cuando hizo las presentaciones de rigor. Los dos morenitos, los hermanos Matt y Timmy White, que aún se sentían extraños y afectados por el giro que acababa de dar su vida, eran una meta conseguida; ser padre de acogida. Y algo que lo acercaba más a su gran aspiración personal, seguir los pasos de su padre, John Brady.
Miley no se quedaba atrás en alegría. Le encantaban los niños y para ella, el acogimiento sería una de las pocas opciones de que dispondría para tener personitas pequeñas en su vida, ya que su biología le impedía tener hijos.
Para el resto de los Brady era un gran momento. Volver a tener el rancho repleto de niños ajenos era algo que, aunque había dejado de suceder hacía cinco años por expreso pedido de los hijos de la familia, todos echaban mucho de menos.
En el caso de Demi y Joseph existía una historia sucediendo en paralelo a la que estaba teniendo lugar en aquel momento. Su reciente intimidad había hecho emerger unas emociones que empezaban a ser demasiado intensas, demasiado urgentes, para pasar inadvertidas. Intercambiaban miradas y al hacerlo comprendían que los dos se sentían de la misma manera. Y que cada minuto que pasaban a tres metros de distancia, rodeados de familia, aquella locura que los embargaba era cada vez más evidente; se morían por tocarse, por besarse, por repetir la experiencia de estar juntos.
Así que, ya casi no se miraban.
Evitaban que sus ojos se encontraran, siquiera de forma accidental, e intentaban involucrarse en conversaciones con distintos miembros de la familia allí presente. Conversaciones en las que les resultaba casi imposible mantener el interés.
—¿Sabíais que en este rancho se preparan las mejores tartas de frutas del estado? —dijo Mark mirando a los niños con cariño.
Timmy continuaba bastante callado. Era evidente que se sentía cohibido. Su hermano Matt, más desenfadado, se ocupó de responder.
—¿Hoy es día de tarta? —preguntó con cara de pillo—. A él le gustan de chocolate. A mí, me da igual. Me gustan todas.
—¿Aquí? Siempre es día de tarta —intervino Miley—. Y también se comen las mejores tartas de chocolate del estado. También son mis favoritas. Me doy un atracón cada vez que abro la nevera y veo que toca de chocolate...
Demi miró de reojo a Joseph y saltó como un resorte.
—¿Y qué tal si en vez de hablar tanto de tartas, las catamos? —rodeó la mesa sonriendo y cuando pasó junto a Joseph, añadió—: ¿Me echas una mano con los platos y las cucharillas?
—Claro... —A Joseph le faltó tiempo para decirlo.
Miley los vio desaparecer por la puerta del salón, uno detrás de otro, y miró a Nick con el ceño fruncido; él se la devolvió portando un mensaje que decí:” ¿Qué está pasando aquí?”.
Eileen, sin proponérselo, estropeó la huida de Demi y Joseph en busca de intimidad.
—Están en el alféizar. No las van a encontrar... —dijo poniéndose de pie.
Miley hizo ademán de detenerla, pero Jason, con expresión traviesa, se lo impidió.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Demi y Joseph, obviamente, no buscaban las tartas.
Llegaron a la cocina en tiempo récord, y tan pronto pusieron un pie allí, se apartaron de la puerta y dejaron que su piel se expresara. Fundiéndose en un abrazo apasionado, compartieron besos aún más apasionados, casi agónicos. De a ratos, enredados en palabras.
—Dios... —susurró él, inclinándose hacia Demi mientras le recorría el cuerpo con las manos—. Me estaba volviendo loco...
—Y yo.
Demi deslizó una de sus manos sobre la bragueta de Joseph.
—Eres una tentación... —añadió, acariciando su miembro.
Él la hizo volverse. La apoyó de espaldas contra su cuerpo e hizo que le rodeara el cuello con los brazos. En su camino de regreso, las manos de Joseph le abarcaron los pechos, acariciándolos posesivamente.
Ella suspiró y respiró hondo.
—No pares... —pidió.
—Tú sí que eres una tentación... —le susurró al oído al sentir sus pezones endurecidos—. ¿Fue… bien lo de antes?
Casi bien.
Demi sabía que tendría que deletreárselo, y él acababa de servirle la ocasión en bandeja. De modo que pegó su espalda contra él, guió las caricias de las manos de Joseph sobre sus pechos...
Y lo hizo. Se lo dijo, con suavidad y mucha sensualidad mientras se rendía a sus caricias.
—La ternura, sexualmente, no me enciende… ¿Entiendes?
Joseph se estremeció.
Era la cercanía femenina, la forma en que lo estaba besando. Y también sus palabras. Estaba loco por ella. No podía imaginar estar con Demi y ser algo diferente que intensamente tierno con ella.
Uno de los brazos femeninos le rodeó el cuello, obligándolo a bajar la cabeza. Ella buscó sus besos, apasionada, y él se los dio.
—Eres espectacular, Joseph… Con ternura y todo, eres lo más espectacular que he visto en mi vida.
"Espectacular", pensó él, "haría lo que fuera por oírtelo decir mil veces".
La rodeó en un abrazo cerrado, posesivo, y la besó plenamente, como si fuera el último abrazo y el último beso, hasta que la sintió temblar. Entonces, además llovió caricias sobre ella, sin recato. Exploró cada rincón de su cuerpo, ardiente. Y ella hizo lo mismo.
Flotaban, sumergidos en un maremoto de emociones que los sacudían intensamente, cuando oyeron pasos acercándose.
Al primer instante de confusión sobrevino la reacción; se separaron de un salto, como si los hubiera alcanzado un rayo, e iniciaron una actividad febril; buscando cucharas y platos, preparando las bandejas...
Cuando Eileen apareció en la cocina, Demi se volvió sonriendo lo más recuperada que pudo.
—¿Dónde están las tartas...? —preguntó.
—A eso venía... Las dejé enfriándose en el alféizar —dijo Eileen, dirigiéndose a la ventana.
Entró primero una tarta y luego la otra. Las dos eran de frutas y queso.
—De moras —aclaró, mirando a Joseph. Sabía que era su favorita. Fue entonces cuando vio las marcas junto a su boca. Del mismo color que el pintalabios de Demi.
Eileen apartó la mirada, intentando contener la risa. Demi, que había seguido el recorrido de los ojos de su madre, también la apartó.
—Bueno... Ya que os encargáis vosotros, yo vuelvo al salón —dijo Eileen sonriendo con picardía.
A continuación, desapareció tras la puerta de la cocina.
—¿Qué? —preguntó Joseph al ver la expresión de Demi.
Ella se acercó, muerta de risa, tomó una servilleta y le limpió la mancha.
—Esto —respondió, enseñándole el paño sucio de pintalabios.
Joseph miró a otra parte con las mejillas coloreadas de un tono similar al pintalabios de Demi.
—Vaya planchazo... —comentó con una sonrisa violenta.
“Ni que lo digas”, pensó ella.
Aquellas manchas de carmín correrían cual reguero de pólvora entre los Brady, que en adelante no solo estarían mucho más atentos a lo que ocurría entre ellos, sino que buscarían pillarlos en una exclusiva que confirmara lo que ya se imaginaban.
Cuando regresaron al salón con las bandejas, los dos tuvieron la sensación de que habían estado hablando de ellos y acababan de dejarlo de golpe cuando los vieron aparecer. Joseph se limitó a evitar las miradas. Demi, más espontánea y desenfadada, no las evitó en absoluto.
Las tartas tuvieron un éxito total entre los niños, que las degustaron sin remilgos. La conversación continuó, amena, sobre el último partido de los Titanes de Tennessee, sobre los exámenes de Miley y también sobre Demi y las buenas críticas que la prensa especializada le estaba dedicando.
Y la locura entre Joseph y Demi siguió creciendo imparable. Ahora, que estaban sentados a la mesa, uno junto a otro, la mano femenina, además, subía con descaro por la pierna de Joseph, en una caricia caliente, sensual...
Insoportable.
Él se puso de pie casi de un salto, farfulló una disculpa y enfiló hacia el baño; Demi, con una desesperación bastante inusual en ella, empezó a maquinar alguna forma de que los dos pudieran quitarse de en medio, aunque fuera cinco minutos.
¿Qué le estaba sucediendo? ¿Desde cuándo estar con un hombre le apetecía tanto como para que se le fuera la cabeza de aquella manera loca?
Era su casa. Su salón. Toda la familia estaba allí. Menuda locura.
Una vez en el baño, Joseph se refrescó la cara y se entretuvo en acomodarse la ropa, y luego, el cabello. En realidad, estaba haciendo tiempo para reunir el coraje necesario para volver a enfrentarse a la situación.
Desde que aquel mediodía la había hecho suya, se sentía diferente. Es que era otro hombre, otro Jordan Wyatt.
En este nuevo no quedaba ni pizca del “controlado y cerebral” Joseph. Todo su sentido común se diluía ante la intensidad de lo que sentía por Demi. La experiencia de tener físicamente a la mujer de la que estaba perdidamente enamorado desde que era un adolescente, había despertado en él necesidades nuevas. Los besos, las caricias, los olores y sonidos, el éxtasis... Ahora eran tan diferentes…
Ahora deseaba a una mujer a la que amaba profundamente, y eso lo cambiaba todo.
Ella lo cambiaba todo.
Joseph supo entonces que esa parte de su vida nunca volvería a ser igual.
Y lo peor, también supo que ya no podría vivir sin aquellos besos, sin aquellas caricias, sin ella…
Sin Demi, él se volvería loco.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Cuando Joseph reapareció en el salón, los niños inspeccionaban excitados los dos reproductores de mp3 que Demi les había traído Demi.
Él se unió por cortesía durante un pocos minutos, pero al final indicó que se marchaba. El Huracán Mandy había dejado un caos hormonal en la última embestida, y necesitaba recuperarse. Además, aún tenía que pasar por la casa de sus padres. Les había prometido ir a verlos tan pronto regresara a Camden.
Después de que él se despidiera de todos en el salón, Demi lo acompañó. Sabía perfectamente que, aunque su familia no hubiera salido con ella al porche a despedirlo, seguían el acontecimiento desde la ventana del salón.
—¿Vas a casa de tus padres? —preguntó Demi, apoyándose contra la barandilla del porche.
Suavemente tiró de la cazadora de Joseph y lo instó a ponerse frente a ella. Él obedeció, pero frunció el ceño. Demi hizo las aclaraciones oportunas.
—Contigo delante, a mí no me ven. Y de ti, solo ven la espalda.
Joseph asintió, sonriendo divertido.
—Lo tienes todo estudiado...
—Conozco el paño. He vivido veintiséis años con estos cotillas... ¿Qué? ¿Vas a casa de tus padres? —repitió ella curiosa.
—Sí.
—Pensaba que querías librarte de mí.
Joseph la miró de reojo. Ella sonreía con picardía.
—No me apetece en lo más mínimo —admitió él, masculino—, pero está claro que hoy no repetimos postre... Así que, mejor me voy...
—Me muero por besarte —susurró ella, y bajó la vista divertida ante su propio ataque de sinceridad.
Él no la apartó. Cada vez le costaba más dejar de mirarla.
De acuerdo. No podía besarla, pero tal vez pudiera tocarla. La oscuridad y su propia envergadura, les concederían un poco de intimidad.
Joseph no se lo pensó más. Deslizó su mano por debajo del abrigo de corderito de Demi, sobre su estómago, y empezó a acariciarlo suavemente.
—Es mutuo —respondió.
La sintió estremecerse. Y se estremeció.
—Dios... —susurró ella, sonriendo algo violenta. Puso su mano sobre la de Joseph y acompañó sus caricias.
—¿Qué te apetece hacer mañana?
Lo mismo que ahora, chaval.
Pegarse a él y dejar volar la imaginación.  
—Pasar el día contigo —respondió Demi, manteniendo las formas.
Joseph la miró con incredulidad. “Pasar el día contigo” le había sonado demasiado serio y formal para aquella preciosidad rubia.
Entonces, vio cómo una sonrisa aparecía en la cara de Demi. Una inmensa, preciosa... y muy pícara.
—En la cama —añadió ella, muerta de risa.
—Ya me parecía...
Ambos rieron. Bromearon un rato más.
Finalmente, Joseph le palmeó el estómago con ternura y apartó la mano. Le tiró un beso con los labios. Ella le tiró otro.
Se dijeron el resto con miradas, y él se marchó.
Joseph se fue a la casa de sus padres; Demi volvió dentro, con los suyos.

Sus emociones permanecieron en el porche.

viernes, 21 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 47



Joseph volvió a ponerla de pie en el suelo sin dejar de besarla. La empujó con suavidad contra la pared y descendió por su cuerpo dejando un reguero de besos. Tomó el preservativo que ella guardaba en su ropa interior, enredó sus dedos en las tiras del tanga y se lo quitó. Ella dio el visto bueno, empujando sus caderas contra él.
Entonces, Joseph volvió a erguirse. Echó la cabeza hacia atrás, buscando aire, como si estuviera a punto de ahogarse.
Ella era su sueño hecho realidad; sensual, apasionada, ardiente...
Se iba. Su mente se iba; su cuerpo, también.
Con desesperación, se metió en la boca de Demi, besándola apasionado mientras la empujaba con su cuerpo. Al fin, a trompicones, los dos entraron en el salón y ella se dio contra la mesa. La alzó como si fuera un pluma, y la depositó sobre la fría superficie metálica.
—Vaya dotación —susurró Demi, dejando un rastro de besos ardientes sobre el cuello masculino, mientras su mano, igual de ardiente, le acariciaba el pene en erección plena—. Y dime... ¿follas igual de bien que besas?
Joseph exhaló una bocanada de aire que a punto estuvo de fundirla como la nieve al sol. Luego, retuvo la mano de Demi, la retiró de la zona de peligro, y la colocó despacio sobre su propio pecho. Durante un instante, ambos se miraron ardiendo de pasión. Entonces, él tragó saliva.
—Voy a tope —consiguió decir.
La vio mover las cejas sensualmente y recorrerse despacio el filo de los dientes superiores con la lengua. Incapaz de dejar de mirarla, él se puso el condón de memoria. Sus ojos continuaron pegados a cada gesto femenino, a cada movimiento.
Al final, respiró hondo.
—No durará mucho...
En aquel momento, sin darse cuenta, Joseph dejó de hablar.
Ella acababa de echarse hacia atrás, recostando el peso del cuerpo sobre los codos. Ahora, apartaba las rodillas, ofreciéndole una tentadora perspectiva del placer que le esperaba.
—Ya —susurró Demi —. Pero me va a encantar, ¿no?
Joseph no respondió. Permaneció inmóvil, de pie frente a ella, con los ojos clavados en aquella visión mientras sentía el corazón galopando en el pecho, y su erección pulsaba dolorosamente.
Demi estiró la mano. Descendió con un dedo por el pecho de Joseph, a través de una manta tupida de bello rubio.
—En el aparcamiento —continuó ella, en un susurro—, me pediste que te dijera si me gustó cómo me besabas.
Los ojos de Joseph se desplazaron del rincón íntimo que se moría por explorar, a los de Demi. Se miraron en silencio un instante; ella remató la faena.
—Me encantó.
Como atraído por un poderoso campo electromagnético, Joseph recorrió la corta distancia que los separaba. La rodeó con sus brazos en un abrazo pleno, lloviendo besos sobre ella, mientras por la proximidad, su miembro se enterraba en el pubis de Demi. Sintió cómo se estremecía, en una sucesión de escalofríos que la recorrieron de parte a parte, y luego, su mano, suave, delicada, guiándolo inexorablemente hacia su vagina.
—Me enfrío...
—¿Qué?
—Que me enfrío —repitió ella, con un hilo de voz.
Él estrechó el abrazo.
—No me abraces, Joseph... Háblame, ¿entiendes?
Claro que entendía.
Joseph exhaló un suspiro. Empujó sus caderas, profundamente. Ella también suspiró cuando con ímpetu acompañó los movimientos de él. Pronto sincronizaron el ritmo y la pasión empezó a dispararse. Entonces, él cerró el abrazo y empezó a hablarle al oído.
Claro que entendía.
O eso fue lo que él creyó, que lo había comprendido. Demi se refería a “fuego”. Joseph le dio pasión...
Y ternura.
Toneladas de una ternura desbordante que Demi supo que acabaría convirtiéndose en una adicción.
Emocionalmente fue como estar en el cielo.

Sexualmente... Casi.

Mi Dulce Bombón Capitulo 46




—¿Puedo? —susurró él, cuando estaba a diez centímetros de sus labios.
Pero no esperó luz verde. Recorrió la distancia que los separaba sin darle tiempo a nada más, y se metió en su boca sin prolegómenos, buscándola.
—¿Te gusta así? —le dijo en un susurro caliente, en medio de un beso aún más caliente. Demi no atinó a nada—. Mejor que me lo digas ahora...
Joseph se apartó apenas un poco, lo suficiente para dejarla respirar. Ella inspiró con los ojos cerrados, y él volvió a la carga.
—Porque exactamente igual me voy a meter entre tus piernas —murmuró, y se adueñó de la boca de Demi en un beso voraz.
Durante unos instantes, ambos se dejaron llevar por aquel huracán de emociones que los arrancó de la realidad para introducirlos en un mundo en el que solo existían ellos dos y la pasión que crecía entre ambos. Pero entonces, en medio de sus propios estremecimientos, Joseph la sintió temblar y comprendió que había llegado la hora de largarse de allí.
 Con un esfuerzo que le resultó casi sobrehumano, él consiguió despegarse de aquellos labios de fuego. Se apoyó contra el marco de la puerta, y respiró a todo pulmón en un intento de recuperar el centro de gravedad.
Demi se recostó contra el reposacabeza y lo miró en silencio. Los latidos del corazón retumbaban en su garganta. No podía pensar. No podía hablar. Solo mirarlo, y sentir cómo las hormonas rugían en su interior.
—Tomaré eso como un sí —añadió él en un suspiro largo. Con evidente esfuerzo, se apartó y cerró la puerta—. ¿Puedes conducir o quieres que te lleve?
Pretendía ser una broma, cortar la intensidad del momento, pero cuando volvió a mirarla no encontró lo que esperaba. Ella no sonreía. Continuaba mirándolo con los ojos brillantes, una expresión que él nunca antes había visto en ella.
Demi tardó siglos en lograr articular una palabra, y cuando lo hizo la expresión que cambió fue la de Joseph.
—Sube —susurró, indicándole con un gesto de los ojos que ocupara el asiento del acompañante—. Vamos a tu casa.
Joseph volvió a respirar hondo, soltó el aire en un suspiro...
Y no se lo pensó dos veces.
Prácticamente no hablaron, y aunque no se desviaron de la ruta, les tomó dos horas hacer un recorrido que normalmente se hacía en poco más de una. Pararon cuatro veces. Para besarse sin riesgo de estrellarse.
Al llegar, entraron en el edificio donde vivía Joseph desde el aparcamiento, esperaron el ascensor y mantuvieron las distancias hasta que él abrió la puerta de su piso.
Entonces, se desató la locura.
—Vamos a la cama —murmuró él, empujándola suavemente con intención de guiarla hasta el dormitorio.
Pero Demi se dio la vuelta sin dejar de besarlo, hizo que él la abrazara y se recostó contra la puerta cerrada del piso.
—Dios... vamos a la cama, Demi —insistió él, besándola apasionadamente mientras manipulaba su ropa para quitársela.
—Me parece que hoy vas a hacer ejercicio —susurró ella al tiempo que le mordisqueaba los labios—. ¿Estás en forma?
Joseph exhaló un suspiro ardiente. Se apartó un poco para bajarle los pantalones.
—Dios... Si seguimos así... —dijo él, y volvió a pegarse a ella.
—¿Qué? ¿Vas a correrte tan pronto?
Cuando él sintió que Demi le bajaba la cremallera y colaba una mano por debajo de la cintura del slip, la retuvo y habló con decisión:
—Sí. Quita el pie del acelerador.
Entonces, vio como ella le regalaba una sonrisa sensual y empezaba a abrir los corchetes de su camisa vaquera uno a uno, sin dejar de mirarlo. A continuación, la vio sacar una bolsita metalizada del bolsillo y ponérsela en el tanga.
Los ojos de Joseph siguieron el recorrido de aquellas manos, como si estuvieran encantados.
—¿Vamos bien? —murmuró ella mientras se abría la camisa de par en par.
A aquella mujer no le hacía falta un WonderBra de encaje negro, pensó Joseph, pero era lo que llevaba.
Espectacular.
Espectacular cómo el calor abrasador que se instaló en su entrepierna y empezó a treparle por la espalda cual serpiente de fuego. Sus ojos ascendieron despacio hasta encontrar la mirada de Demi. Ella sonreía.
—¿Bonito, verdad?
Él no respondió. Volvió a respirar hondo al sentir que la mano femenina se deslizaba sobre su pierna, en una caricia larga, y la abrazó, buscándola apasionado.
—Vamos a la cama...
—No —replicó ella, jugueteando en su oreja mientras con movimientos certeros lo desnudaba prenda a prenda.
Tras liberarlo de la última y dejarla caer con una sonrisa traviesa, Demi le rodeó el cuello con los brazos y sosteniéndose en él, se elevó y le abrazó las caderas con las piernas
—No quiero ir a la cama —añadió.
Demi jugaba, era su estilo y a él le encantaba, pero no hoy. No, entonces.
En aquel momento, Joseph no estaba para juegos.
Él la aprisionó entre su cuerpo y la puerta. Sus besos no tardaron en volverse agónicos. Desabrochó el sostén casi con desesperación, y coló una de sus manos por debajo, mientras con la otra sostenía a Demi.

Ella suspiró cuando sintió la mano masculina apretándole un pecho posesivamente.

Mi Dulce Bombón Capitulo 45



Eran cerca de las dos de la madrugada cuando las puertas del ascensor se abrieron en la quinta planta y los dos se dirigieron hacia la habitación de Demi.
Joseph repitió su ritual galante; tomó la tarjeta electrónica de la mano de Demi, y abrió la puerta. Ella dio un paso dentro de la suite y se volvió sonriendo.
—Lo he pasado muy bien, gracias.
Él la observó unos instantes con expresión divertida. ¿Pensaba mandarlo a la cama sin postre otra vez? No sonaba nada a la Demi que conocía.
—El gusto fue mío.
La sonrisa de ella se hizo más grande.
—Bueno... Hasta mañana, Joseph.
Demi se apartó para cerrar la puerta, pero él se lo impidió. La mantuvo abierta con su mano.
—¿No te apetece que entre? —le preguntó.
La miraba con aquellos ojos de mirada serena y sus maneras seductoras... Y le preguntaba cosas tan obvias.
Claro que le apetecía. Vaya pregunta. La Demi de hacía cuatro meses lo habría puesto a calentar motores en el ascensor hasta conseguir que fuera él quién la guiara dentro de la habitación, cerrara la puerta y empezara a desnudarla, sin mediar palabra. Pero esta Demi se sentía tan seducida como vulnerable. Hacía y decía cosas que no podía evitar hacer ni decir, pero continuaba siendo, en muchos sentidos, la Demi de siempre. Y a ella, sentirse vulnerable la enfriaba.
Además, a aquel bellezón sureño “no le gustaba nada el lado juerguista de su personalidad”.
—Por momentos, sí. Ahora es el momento que no —respondió Demi con sencillez, y volvió a intentar cerrar la puerta.
Joseph, nuevamente, la mantuvo abierta.
—Doble razón para entrar y esperar al momento bueno.
Notó que él le ofrecía su sonrisa de siempre. Si algo en la situación le molestaba, no era aparente. Y eso a Demi no le gustaba: si ella se sentía vulnerable, como mínimo, quería que él se sintiera molesto.
Demi se cruzó de brazos y soltó el bombazo.
—Doble razón para dejarlo. Reconozco que para alguien que me conoce tan de cerca como tú, estas cosas deben sonarte muy poco a Demi Brady. Y sí, en algunas cosas he cambiado aunque no sé si tomarme muy en serio, la verdad. Soy como el viento; muy, muy cambiante... Pero en esto sigo siendo igual: cuando digo no, es no. Los insistentes me repatean, Joseph. Así que, por favor, no me repatees...
Oh-Oh.
—Perdona si te he hecho sentir incómoda... —dijo él con dulzura, sin ocultar su incomodidad. Un instante después, sin embargo, volvió a sonreír... Y a imitarla—. Tienes razón. Que me besaras me dejó alucinado. No me hagas caso...
Demi soltó una carcajada. Aquel vikingo era dulce como la miel.
Y más listo que el hambre.
—Me voy —anunció Joseph, apartándose de la puerta—. Que descanses...
—Tú también.
Ella continuó apoyada contra la puerta mientras él empezaba a alejarse por el pasillo.
—Si te despiertas en un “momento que sí”, ya sabes, no te cortes —añadió él, con expresión pícara al tiempo que se volvía brevemente.
Demi sonrió, burlona. Él le hizo un guiño y reanudó el camino hacia los ascensores.
—Claro que voy a cortarme, Joseph —murmuró Demi mientras cerraba la puerta—. Tú “quieres más”, ¿no? Pues, yo también.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Realmente, Joseph no esperaba que la nueva Demi lo llamara en mitad de la noche para invitarlo a su suite, pero, por descontado, quería que lo hiciera. Llevaba dos días con el nivel de temperatura corporal subiendo imparable y todas sus alarmas se habían encendido. Concretamente a las dos y diez de la madrugada, cuando ella le había soltado en plena cara y sin atajos “que no, era no”.
Pero aquella noche el teléfono de Joseph no sonó, de modo que, varias horas más tarde las alarmas continuaban encendidas y el mercurio no dejaba de subir.
La mañana siguiente se habían despedido del resto del grupo de músicos, asistentes y técnicos en el aeropuerto de Boston y cada cual había tomado su vuelo. Demi y Joseph, el mismo.
Ella había dormido la mayor parte del viaje. Él había dedicado parte del tiempo a mirarla dormir con disimulo, y el restante, a revisar papeles.
Ahora, tras recoger las maletas, caminaban uno junto a otro en dirección al aparcamiento del aeropuerto regalándose miradas con tanta carga explosiva que ni las gafas de sol lograban ocultar del todo. Joseph empujaba el carro con el equipaje de los dos.
—¿Donde está tu coche? —preguntó él cuando entraron al aparcamiento.
—Allí — Demi señaló su Land Cruiser negro, aparcado diez metros más adelante, en una fila con todas las plazas ocupadas.
Ella sonrió cuando él, con su gentileza habitual, le sacó la llave de las manos y accionó el mando a distancia. Joseph se encargó de poner el equipaje en el maletero y volver a cerrarlo. De a ratos, la miraba y sonreía. Luego, él abrió la puerta del lado del conductor y la mantuvo abierta para que ella subiera.
—Gracias...
—De nada —respondió masculino. Echó un vistazo rápido alrededor mientras Demi se sentaba al volante, y volvió su vista a ella.
No cerró la puerta. En cambio, se agachó un poco, extendió una mano y le subió las gafas de sol hasta ponérselas de diadema.
Una sonrisa divertida iluminó el rostro de Demi.
—Es un aparcamiento, Joseph. No puede ser más público... —dijo ella con suavidad, escondiendo detrás de su sonrisa, unos nervios de quinceañera en su primera cita, tan inesperados como inexplicables.
—Seguro que ese Pontiac nos guarda el secreto —respondió él, mientras se quitaba las gafas.

Demi lo vio acercarse a ella despacio. Por momentos, sus miradas se encontraban; la mayoría de las veces, no. Ella lo miraba a los ojos; él, la boca.