sábado, 6 de julio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 56




Curioso lugar para poner un espejo, ¿no? —añadió ella, con picardía.
Y muy oportuno.

En la pared, un espejo tipo vitral mostraba unas piernas impresionantes más allá del final de las medias. Mucho más allá. Donde se unían a dos nalgas desnudas que formaban el mejor trasero que había visto en su vida...

La mirada del vikingo empezó a evidenciar signos alarmantes de agitación. Demi sonrió satisfecha, y volvió a tamborilear los dedos. Joseph continuó enganchado a la visión del espejo.

—¿Sigues pensando que descomunal me describe bien? —le preguntó con desparpajo.

Él volvió a mirarla a los ojos. Negó con la cabeza y tragó saliva. Entonces, Demi se irguió, dio vuelta a la barra y se detuvo delante de él, invadiendo ostensiblemente su espacio vital.

—No soy descomunal —dijo con toda su sensualidad, sin un ápice de dulzura—. Descomunal era esa muñequita de quirófano que te llevaste a los CMA y necesitó ¿cuántas? ¿Diez operaciones, para poder menearse contigo del brazo por ahí?
—Eres un bombón —dijo él, fogoso.

Intentó abrazarla, pero ella lo esquivó instintivamente. Sentía su propio corazón acelerándose por segundos.
Bombón. Así solía llamarla antes, hacía siglos.

En general, no le gustaba cuando otros hombres se lo decían, pero en Joseph tenía otro sentido. O tal vez fuera su ternura, que hacía que todo fuera diferente cuando provenía de él. 

Pero hacía años que no la llamaba así, y al escucharlo, Demi se dio cuenta de lo mucho que echaba de menos lo que sentía cuando lo oía de sus labios.
Pero no podía decirlo. Ni mostrarlo.
No quería ternura.

—O sea, una tía buena... ¿Y ya? —se burló ella, que volvió a esquivarlo, esta vez con premeditación.

—El otro bombón —aclaró él, en un susurro—. Sensual, tentador y delicado por fuera… Increíblemente dulce, adictivo, por dentro...
Demi contuvo el aliento. Joseph aprovechó el segundo de inmovilidad para acortar distancias y colarse en su cuello, con besos húmedos, calientes.

—Eres como un bombón de chocolate con nueces relleno de cerezas al brandy. Lo mejor de ti está dentro, no fuera.
Por eso siempre le había sonado distinto en sus labios.
Porque era distinto. Como todo en aquel hombre increíble.
Distinto y perfecto.
Demi suspiró y volvió a apartarlo.

Él ya era lo bastante bueno a sus ojos, sin necesidad de decirle aquellas cosas que a su corazón le gustaban tanto como a sus oídos.
Joseph la tomó por la cintura y la atrajo hacia él, buscándola. Pero Demi se echó hacia atrás, apartándose un poco de él para poder mirarlo, y continuó hablando:

—¿Qué?, ¿entras en calor?
—¿Tú qué crees? —dijo él.

Jordan se inclinó sobre ella, la empujó contra la barra hasta que Demi dio contra el borde, y empezó a recorrerle el contorno con manos ávidas.

Ella volvió a estirarse hacia atrás para poder mirarlo. Notó que le brillaban los ojos y que su expresión se había teñido de deseo.
Pero aún no lo bastante.

—Te voy a decir lo que yo creo, Joseph —empezó ella, evitando con delicadeza sus besos que empezaban a ser muy calientes, sin conseguirlo del todo—. Creo que soy un cañonazo de mujer. Que llevo años poniéndotela dura sin necesidad de escotes ni provocación...

Joseph la besó. La obligó a callar, forzándola a abrir la boca, y enredó su lengua en la de Demi. Sus manos hicieron algo parecido entre sus piernas, haciéndola estremecer.

Al fin, ella consiguió apartarse un poco y siguió hablando. Hablaba, se estremecía, y seguía hablando, cada vez más bajo y más entrecortado.

Las caricias de Joseph no le concedieron la menor tregua.
—Creo... que te inspiro pensamientos salvajes... Dios... —echó la cabeza hacia atrás mientras la huella caliente de los labios de él le recorría el cuello, y una de sus manos se colaba dentro del tanga en una caricia sensual—. Creo... que si consiguieras olvidarte de... Dios...  

Joseph la alzó apasionadamente. Hizo que se sentara sobre la barra. A continuación, le separó las piernas con su propio cuerpo y se pegó a ella.

—¿Si consiguiera olvidarme de qué? —susurró él, en un murmullo caliente sobre la porción de canalillo que asomaba por el escote del vestido.

Demi respiró hondo. Con el movimiento, sus pechos se elevaron y los labios de Joseph se pegaron a su piel. Sintió que él abría la boca y empezaba a morderla. Eran mordiscos suaves, breves, calientes... Cada vez que él apretaba ligeramente los dientes, una corriente eléctrica la recorría entera, sacudiéndola.

—De que nos conocemos desde que éramos 
niños... —ella respiró hondo otra vez—. De mi familia. De que eres amigo de mi hermano... Si... —tragó saliva— consiguieras olvidar todo eso, creo que harías locuras... Me las harías a mí...

Demi se irguió. Tomó la cara de Joseph entre sus manos, obligándolo a mirarla. Cuando él, al fin, abrió los ojos cansadamente, lo que vio la hizo estremecer.
Había fuego en aquellos ojos.

—Creo todo esto —añadió, acariciándole el labio inferior con la yema del dedo. Él se las arregló para devolverle las caricias con la punta de la lengua sin perder el contacto visual—. Pero quiero verlo. Quiero sentirlo... Oírtelo decir —los dos se estremecieron—. Después, sé tierno. Ahora no, Joseph.

Hubo una pausa que a ella le pareció interminable, en la que temió haber sido demasiado directa.

Dios, no quería herirlo. Solamente...
Pero no ocurrió nada de eso, al contrario.

Tras la pausa fue como si el Joseph que ella conocía se hubiera ido y otro hubiera ocupado su lugar. Uno apasionado, vehemente, que se pegó a ella mientras la recorría ardientemente con sus manos y su boca, y a ratos, susurraba naderías entre suspiros.
—Eres un bombón —le dijo empujándola sobre la barra con su propio cuerpo—. Un pedazo de mujer que me inspira mucho más que pensamientos salvajes...

Joseph apoyó una rodilla sobre la barra y se subió a ella ante la mirada ardiente de Demi. Le bajó la cremallera del vestido, y éste hasta la cintura, de un solo movimiento. Luego, apoyó apenas un dedo en su hombro, y sin dejar de mirarla, la empujó hasta que estuvo echada de espaldas sobre la barra. 

A medida que el cuerpo de Demi se desplazaba sobre la superficie metálica, las cosas que había en ella caían al suelo. Primero fue el cenicero, luego la cubitera, al final el vaso de bourbon de Joseph.

—Ponérsela dura a un tío es fácil… —continuó él, en un susurro.
Y empezó a bajar entre sus pechos con la punta de la lengua. Instintivamente, ella tomó su cabeza y la guió suavemente hacia abajo. Joseph tiró de los bordes del vestido hasta que se lo quitó completamente. Lo dejó caer en el suelo, y siguió su recorrido húmedo donde lo había dejado.

—Haces que no pueda mirarte sin volverme loco por desnudarte y meterme entre tus piernas... Haces que no pueda pensar más que en...

Jordan dejó de hablar.
Demi tragó saliva. No escuchaba más que los latidos de su propio corazón, retumbándole en el pecho, pero sentía con una intensidad enloquecedora... 

Sentía escalofríos que la recorrían de arriba a abajo con cada respiración caliente de él sobre su ombligo, con cada roce de sus labios, con cada caricia de sus manos. Como si todos los receptores nerviosos de su cuerpo hubieran decidido expresarse a un mismo tiempo y con una intensidad que bordeaba peligrosamente la demencia.

Joseph se incorporó un poco, y se quitó la camisa con movimientos precisos. Abrió el cinturón, el botón de la cintura y bajó la cremallera. 
Cuando sus ojos volvieron a Demi, ella miraba el bulto, mucho más evidente al liberar la presión de la cremallera cerrada. Y a continuación de su mirada, fue su mano, femenina y sensual, deslizándose por debajo de la cintura del slip.

—¿Decías...? —susurró Demi, sin dejar de acariciarlo.
Joseph respiró hondo y cogió la botella de Jack Daniels.

—Creo que necesito algo fuerte —admitió, en un suspiro largo.
Demi le dijo con la mirada que no se le ocurriera echarse atrás.
Joseph no tenía intención de hacer tal cosa. 

Extendió el brazo con el que sostenía la botella hasta que estuvo sobre el pecho femenino, le dio la vuelta y la sacudió un par de veces.

 Demi encogió los hombros instintivamente al sentir el contacto del bourbon frío sobre su piel ardiente. El líquido se deslizó hacia abajo por el centro de su cuerpo y rellenó el hueco de su ombligo. Joseph volvió a sacudir la botella sin dejar de mirarla a los ojos. El bourbon empezó a buscar otros caminos, rodeando sus pechos, cayendo por los costados de su abdomen, de su vientre...

Más movimientos instintos de los hombros, más escalofríos y una sensación ardiente que crecía entre sus piernas, cuando Joseph se inclinó sobre ella, y recorrió con la lengua los mismos caminos que antes había recorrido el licor.

Todos y cada uno de esos caminos.
—Pienso muy poco —continuó él, en susurros interrumpidos frecuentemente por besos pequeños—.

Cuando te tengo a tiro se me va la cabeza... Pero dos segundos antes de que se me vaya... pienso que haría cualquier cosa por volver a sentir cómo te estremeces cuando me tienes dentro... Por oír tus jadeos, esos gemidos que me vuelven loco... —se apartó un poco para mirarla, se acercó a sus labios y los lamió sensualmente—. Y como no quieres que ahora sea tierno, te pido disculpas de antemano... ¿Me disculpas por lo que voy a decir?

Demi se concentró en dejar de temblar y articular alguna palabra. Y como no pudo, lo miró con fuego en los ojos y asintió varias veces.
La mirada de Joseph se encendió, tragó saliva. Luego, le habló en un susurro caliente, apasionado, a diez centímetros de su cara mientras la miraba a los ojos.

—Voy a follarte hasta que tus gritos alerten a Seguridad. Voy a correrme en cada rincón de tu cuerpo y cuando ya no te queden fuerzas ni para pestañear, volveré a empezar. Hoy, bombón, te vas a enterar de las cosas que me inspiras... Y empiezo ya mismo. ¿Estás lista?

Demi no respondió.
No le salieron las palabras.

Solo pudo hacer lo que hizo: pegarse a él, colarse en su boca y besarlo apasionadamente.

jueves, 27 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 55




Joseph se llevaba el vaso de bourbon a la boca cuando la puerta de la habitación se abrió. En un segundo, la visión de aquella mujer lo ocupó todo. No había nada más.

Volvió a apoyar el vaso sobre la barra, y se puso de pie. Sus ojos, como si no fueran suyos, hicieron sus propios planes para los próximos segundos. 

Bajaron recto por el cuello de aquella preciosidad de piel blanca, hacia el canal que había entre sus pechos, que el escote de vértigo mostraba en detalle.

Luego, lentamente, bajaron palmo a palmo por las formas voluptuosas que aquel vestido de cuero negro —ceñido, cortísimo—, delineaba a la perfección.

Y continuaron camino por unas piernas...

Impresionantes, como todo en Demi, enfundadas en unas medias oscuras y plantadas sobre unas sandalias con tacón de aguja.
Cuando su mirada volvió a los ojos de Demi, Joseph sentía los latidos del corazón pulsando en la sien.

Y no era lo único que sentía pulsar.
Demi recorrió la distancia que separaba la habitación de la barra con la seguridad de una mujer que se sabe admirada. Joseph Wyatt babeaba por ella como todos los demás hombres del universo, pero tenía algo que los demás no tenían, algo que jamás ninguno había tenido; la tenía a ella. 

Había habido muchos hombres en su cama. En su vida, ninguno. Excepto Joseph, aquel magnífico ejemplar que ahora la miraba exactamente como Demi había planeado que lo hiciera, con lujuria.
Y lo había planeado porque eso era lo que quería de él y aún no tenía.

Tenía su atención Joseph era un hombre gentil, atento por naturaleza y con ella, mucho más.

Tenía su admiración, podía leerla en sus ojos, sentirla en sus caricias.

Tenía su ternura, para todo y en todo momento; Joseph era tierno con palabras o sin ellas, siempre.

Pero lo que no tenía era su locura. Por alguna razón que Demi no entendía, Joseph calentaba motores como todos los otros hombres que había conocido en el plano íntimo, pero llegado un punto, su ternura tomaba el relevo, y evaporaba todo rastro de lujuria.

Era intenso, sí. También apasionado. Y amarse físicamente era excitante, pero para una mujer como ella resultaba claramente insuficiente. Tenía la sensación de que las revoluciones de él iban demasiado bajas. O las de ella demasiado altas. 

En esas circunstancias, la ternura de Joseph la hacía sentir fuera de contexto. Tanto que, invariablemente, Demi acababa desacelerando hasta su nivel, y luego, lamentándolo.

Pero hoy había decidido que no tendría piedad. Podía vivir sin la ternura de Joseph. Sin sentirlo transpirando locura por cada poro de la piel, no.
Ya no.
Voy a por ti, guaperas, así que junta aire.
Como si hubiera oído los pensamientos de Demi, Joseph inspiró profundamente. A continuación, esbozó una especie de sonrisa, mitad tierna, mitad sensual.

—Vaya... Estás... preciosa —dijo masculino.
Pero no pensó en “preciosa”.

Demi sonrió. Descansó los codos sobre la barra, mirándolo divertida.

—¿Preciosa? —preguntó. Apoyó la barbilla sobre una mano y dejó que el peso de su cuerpo descansara sobre la barra-bar de su suite
.
Joseph bajó la mirada; de unos ojos que el maquillaje realzaba volviéndolos casi magnéticos, hasta el panorama espectacular de sus pechos que ella le ofrecía generosamente.

 Visión bastante amplia, aunque obstaculizada por el brazo en el que ella apoyaba su cara, que se alzaba justo delante.

—Impresionante —se corrigió él. Su mirada volvió a los ojos de Demi, algo más brillante, bastante más agitada.

—¿Impresionante? —volvió a preguntar ella. Coqueta, se tomó un mechón de la melena con la mano con la que antes sostenía su cara, y empezó a enredarlo entre sus dedos.

La mirada de Joseph volvió a bajar.

El brazo seguía obstaculizando la visión, pero menos. Podía ver el canal central abriéndose hasta que se cerraba de golpe al entrar en contacto con la barra. Podía ver el costado de uno de sus pechos. Lo bastante para comprobar que no llevaba sostén.
Él volvió a respirar hondo.

—Descomunal —se corrigió Joseph otra vez. Su mirada regresó a Demi, mucho más brillante, mucho más agitada. Y luego bajó, esta vez a su boca rojo carmín.

—¿Descomunal? — Demi tamborileó sus dedos sobre la barra y los ojos de Joseph, como encantados, bajaron de su boca a sus pechos nuevamente. El brazo seguía allí—. Mira mejor, Joseph...

Cuando él volvió a sus ojos, Demi  sonreía sensualmente, y le indicaba con movimientos suaves de la cabeza que mirara algo situado detrás de ella.


Joseph lo hizo, y las pulsaciones de su cuerpo aceleraron ritmo e intensidad.

Mi Dulce Bombón Capitulo 54




Él volvió a ponerla en el suelo, pero no se apartó.
—Normal —replicó—. En la mía también.

Sin dejar de abrazarse y besarse, avanzaron con torpeza por el pequeño recibidor hacia el interior de la suite. Entonces él la empujó con apasionada brusquedad contra otra cuadro de espejos.
Demi encogió los hombros al sentir el frío contra la piel.

—Dios… —repitió ella, y aprovechó que tenía toda la espalda masculina accesible sin obstáculos para acariciarla a placer—. ¿Qué vamos a decirles?
—Nada.
Si de Joseph dependiera, lo publicaría en primera página de todos los periódicos con un titular bien conciso: “Demi Brady es mía”. Pero se trataba de Demi, no de cualquier mujer.

 Se trataba de aquella que tenía en sus brazos, tan vehemente como rebelde, tan apasionada como escurridiza. No quería que ninguna broma o insinuación de formalidad o mirada pícara la hiciera sentir más vulnerable de lo que seguramente ya se sentía, y lo estropeara todo. Al contrario.

 Joseph se proponía que todo aquello le pareciera casual, incluso temporal. Y placentero. Lo bastante placentero para que Demi quisiera más.

Cuando ella se acurrucó entre sus brazos y empezó a buscarlo apasionadamente, Joseph supo que con su escueta respuesta había vuelto a acertar, y suspiró aliviado. Demi, sin embargo, no lo tomó precisamente por alivio.
—Si estás cansado del viaje… —murmuró al tiempo que colaba una mano entre las piernas masculinas—, y sin que sirva de precedente, podemos usar la cama…

Joseph buscó su mirada con deseo mientras, interiormente, afirmaba una idea: sin ternura.
Sin ternura.

—De pie contra la pared. Sobre una mesa. En la bañera. Por este orden de preferencia —le susurró al oído mientras la elevaba entre sus brazos y se metía en su cuerpo sin preámbulos—. Dime que hoy no necesitamos protección…

—Hoy no necesitamos protección —repitió ella mecánicamente, en un susurro, media ida.
—Bien —dijo él—. Entonces, que empiece la fiesta…
—Dios, cómo me gustas, Joseph.

Él buscó su mirada. El impulso fue besarle la nariz, pero no lo hizo.
“Sin ternura”, se repitió mentalmente.

—No voy a preguntarte qué es lo que te gusta tanto de mí ahora —le dijo en voz baja al oído, acompañando sus palabras con un movimiento de caderas.

Ella entreabrió los ojos, lo miró mientras él le recorría el contorno de los labios con la punta de la lengua.
—Pero después, sí —añadió.
—Hecho —susurró ella.
Y se quedó con su lengua.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Demi despertó tarde aquel sábado. Un concierto en medio de dos sesiones intensivas de sexo, la habían dejado de cama.
Tarde, y sola.

A pesar de que su ternura le siguiera jugando malas pasadas, Joseph bordaba el protocolo de las citas. Sabía que podía quedarse, pero se había marchado. Había abandonado la suite de Demi sobre las dos de la madrugada de forma bastante silenciosa. 

De no haber sido porque al salir a oscuras, la cremallera de su cazadora había golpeado uno de los cuadros de espejo, ella no se habría enterado.

Esta vez había sido muchísimo mejor que las anteriores, y no solamente porque Joseph fuera cada vez más apasionado —y menos tierno—, sino también por ella.

 Sentirse emocionalmente tan cómoda con él, cada vez le resultaba un poco más familiar, menos extraño. Empezaba a reconocerse como Demi en aquel confort extraordinariamente acogedor.

Por esa razón, el resto del día había resultado doblemente duro; a la necesidad de ver a Joseph tuvo que añadir la de volver a sentir aquel raro confort que solamente experimentaba cuando estaban en sus brazos.

Pero no pudo tocarlo ni besarlo ni abrazarlo durante horas. Solo verlo a ratos, guardando la debida distancia y corrección, desesperada porque dieran las cinco para volver a tenerlo en sesión privada hasta que empezara el concierto.


Y ansiosa por descubrir qué tal reaccionaba al plan que había preparado especialmente dedicado a él.

Mi Dulce Bombón Capitulo 53



Tan pronto escuchó que tocaban a la puerta, Demi reaccionó por puro impulso. Corrió a abrirla con una sonrisa que le ocupaba toda la cara. La expresión de Joseph se llenó de sorpresa al ver el recibimiento de lujo que su chica le estaba dando.
—¡Dios! ¡Ya estás aquí! —exclamó ella, y se colgó de su cuello.
Joseph la elevó en un abrazo, sonriendo.
—Vaya —dijo dándole besos pequeños en los labios—, sí que te alegras de verme…
—Dame un segundo y te voy a demostrar lo contenta que estoy de verte... —replicó ella más feliz que unas pascuas.
Joseph la sostuvo con firmeza mientras ella se estiraba hasta alcanzar el borde de la puerta con la punta de los dedos, y la empujaba para cerrarla. Y mientras lo hacía, sus ojos repararon en el cuerpo que sostenía entre sus brazos. Olía genial, como siempre. Llevaba el cabello húmedo y aún sin peinar. Y su albornoz de toalla negra acababa de abrirse un poco, dejándole ver que estaba desnuda. Tentadoramente desnuda.
Pero conseguido el objetivo de cerrar la puerta, ella volvía su atención hacia él, y Joseph se apresuró a subir la vista de aquella porción genenosa de piel que el movimiento había dejado al descubierto hasta los ojos de Demi.
—Bájame —susurró ella sobre sus labios al tiempo que tomaba la cara masculina entre sus manos.
—¿Tan pronto? —preguntó él, pero obedeció.
Ella no libero su rostro cuando él volvió a ponerla en el suelo. Al contrario, lo tomó mejor y se coló en su boca, obligándolo a doblarse sobre ella, que descalza apenas alcanzaba su barbilla.
—No me abraces, quítate la ropa —susurró ella entre besos cuando notó que sus brazos la rodeaban.
Joseph se adueñó de la boca de Demi en un beso corto, pero apasionado. Un segundo después empezó a desnudarse.
—A la orden, mi sargento —murmuró.
Demi lo miró de reojo y se dedicó a desabrocharle el cinturón con movimientos precisos.
—Mi General —lo corrigió, traviesa.
Joseph apenas rozó sus manos cuando empezó a bajarse la cremallera de los pantalones, pero la sintió estremecerse.
—No voy a discutir contigo cuestiones de autoridad —le dijo suavemente mientras se quitaba lo último que le quedaba encima, y la abrazaba por las caderas, estrechándola contra él—. Ahora, no.
Demi se pegó a él buscando sus besos apasionadamente.
—Genial, porque, ¿sabes?, con una suite llena de espejos hay un montón de cosas mejores que hacer… Gracias, me encantó el detalle.
Él la abrazó más fuerte y río bajito en su oído.
—Sabía que te iba a gustar.
En realidad, no eran espejos propiamente dichos, sino cuadros pintados sobre trozos irregulares de espejo. En una suite de tres mil dólares la noche, de estilo futurista, con mucho metal y muchas tonalidades de gris, aquellos cuadros abstractos pintados sobre trozos de espejo, creaban una sensación de estar en el espacio. Y añadían bastante picante para quien buscara entretenimientos en pareja.
Y él, desde que estaban juntos, los buscaba.
Demi lo empujó suavemente contra el primero de los cuadros, al final del pequeño recibidor. Lo vio contraer instintivamente los hombros al sentir el contacto frío del espejo contra la espalda.
Ella movió las cejas sensualmente.
—Brrr…
—Joder, está helado… —susurró sobre el cuello de Demi, mientras le desataba la bata y la abría de par en par. Cuando se pegó a ella, la sintió estremecerse—. Helado por detrás, ardiente por delante…
—¿Te morías por verme tanto como yo me moría por verte a ti?
Joseph cerró los ojos. Se le iba la cabeza. Sentía el aliento caliente de Demi sobre el pecho. Ella de a ratos lo besaba, y de a ratos le hablaba en susurros.
—Más… —atinó a decir.
Se dobló sobre ella, la abrazó por la cintura en un abrazo cerrado, y se enderezó con ella, alzándola. Luego, apoyó la parte superior de la espalda contra la pared. Demi le rodeó la cintura con las piernas y siguió con sus besos susurrantes en el cuello.
—¿Más? ¿Seguro?
—Seguro —dijo él en un suspiro—. Fue un jodido suplicio…
Joseph la sujetó con un solo brazo, se afirmó bien sobre sus piernas, y acomodó mejor los hombros contra la pared, fijando la posición. Con su mano libre empezó a recorrer el perfil de Demi, ascendiendo desde el tobillo, anunciando su presencia con determinación. Ella suspiró, sus manos comenzaron una apasionada sesión de caricias sobre el torso masculino. Transpiraban deseo, el mismo con que su lengua le acariciaba los labios y el filo de los dientes
—¿Vamos a la cama? —sugirió él.

Demi apretó el abrazo de sus piernas, y sus caricias se desplazaron de la boca al cuello de Joseph. Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando sintió que ella le acariciaba los pliegues de la oreja con la punta de la lengua.

—La cama me aburre —susurró ella mientras sus labios jugaban a besarle el lóbulo de la oreja. Él volvió a estremecerse y apretó el abrazo—. De pie contra la pared, sobre una mesa o en la bañera. Por este orden de preferencia.

Joseph dejó un rastro ardiente de besos sobre el cuello de Demi que continuó entre sus pechos.
—Donde tú quieras.


—En casa se lo huelen… —dijo ella en un suspiro cuando sintió que la mano dominante de Jordan ascendía por el centro de su espalda, caliente, exasperantemente despacio, con los dedos abiertos—. Dios…

Demi contrajo los hombros en un intento de que él hiciera una tregua en esa caricia.

martes, 25 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 52




Miley codeó a Mark con disimulo. La expresión de la cara de Demi había cambiado tanto al oír sonar su móvil, que quien llamaba no podía ser otro que el mismísimo Joseph Wyatt.
—¡Hola vaquero! ¿Qué tal te tratan dondequiera que estés?
Joseph se acomodó mejor en la cama de su suite. No era como tenerla al lado, pero después de tres días sin verla, su voz era un regalo.
—Bien... Acabo de dejar a tu hermano.
Hermano = Nashville = Tyler Bradford.
Demi bajó la cabeza. Mark y Miley no le perdían pisada y no quería que se notara que lo que acababa de oír no le había gustado en absoluto.
—¿Y tú? —continuó Jordan. El silencio de ella duraba demasiado y él necesitaba oírla, saber que estaba bien, que lo echaba de menos. Y que no estaba pensando en Tyler.
—Aquí en casa, viendo la tele con Mark y Miley... Íbamos a bajar a la ciudad, pero está diluviando.
Joseph respiró aliviado. Ella no parecía molesta.
—¿Te ha enviado Sharon la agenda del fin de semana?
—Sí.
—¿Te parece bien? Es mucha cosa... Si quieres podemos posponer la entrevista de Tuck Harris — Joseph sonrió—. Te dio caña, así que ahora que aguante...
Mandy se tocó el cabello en un gesto nervioso, y controló el panorama. Hacían que miraban el partido, pero los oídos de Mark y Miley seguían con atención la conversación que ella mantenía con Joseph. Y Demi no tenía la menor intención de dejarlo correr. Se puso de pie y salió del salón.
—La agenda está bien —respondió ella, cortante y directa—. Lo que quiero es saber qué estás haciendo en Nashville y por qué no me has dicho que ibas.
Joseph se enderezó de golpe. Su tono de voz había cambiado en un segundo. Esta era la Demi belicosa y parecía muy molesta.
O celosa. De Tyler.
—No estaba en mis planes —respondió él. Procuró sonar natural, no dejar que algo en su voz o en su forma de hablar reflejaba lo emocionado que se sentía por esos celos. Demi era perfectamente capaz de sacarlo con cajas destempladas—. Me pusieron pegas en California... Así que tuve que dar un rodeo.
—¿Qué rodeo?
—El peso pesado de los patrocinadores, Steven Bradford II.
—¿Bradford? ¿No es ese el apellido de tu muñequita de quirófano?
—Sí —contestó él con dulzura.
—No —replicó ella. Se dirigió hacia la cocina, entró y cerró la puerta—. Ni hablar. Borra ese jodido festival de la lista y contacta al siguiente.
— Demi … —empezó a decir él con dulzura, pero ella lo interrumpió.
—Deja de usar ese tono conmigo.
Joseph se quedó cortado. Molestia, no, enojo. Enojo puro y duro era lo que recibía a través de la onda.
—Puede que la haya fastidiado en el pasado —continuó ella—, pero sigo siendo Demi Brady. Si te pusieron pegas están en su derecho. Quita sus nombres de la lista y llama al siguiente. No voy a actuar para ellos porque ahora la que no quiere soy yo. ¿Está claro?
Joseph pensaba decir que era una pésima idea. Que aunque le hubieran puesto trabas, Steven Bradford creía, como la mayoría de los promotores, que Demi era una estrella tan rutilante como imprescindible del panorama country y que, por supuesto, convencería a los demás organizadores de que dejarla fuera, desluciría el evento. De modo que, posiblemente, ya no tuviera la alternativa de “no actuar para ellos”. En otra época lo habría hecho. Se lo habría dicho. Pero ahora, él no era solo su mánager, también era su hombre.
—Está claro —respondió Joseph.
Demi respiró hondo. Aún no había acabado.
—Dime que no has recurrido a ella para llegar hasta su padre, Joseph. Dime que no la has visto.
Él sonrió.
—No me hace falta recurrir a nadie para ver a ese hombre, preciosa. Y no, no he vuelto a verla… Pero si fuera necesario, por ti, lo haría.
Demi sonrió, pura ironía.
—Seguro que sí.
—Eh… ¿qué pasa? ¿no me crees?
Aquella ternura, el tono acaramelado que Joseph ponía cuando le hablaba, tenía su efecto, pensó Demi. Muy a pesar de ella, tenía su efecto.
—Claro que no. ¿Con quién crees que hablas? Le echarías un polvo sin pensártelo dos veces. Uno… o varios —añadió, sardónica—. Y no lo harías por mí, así que déjate de historias…
—Vale, no ha colado. Me pondría las botas como un señor — Joseph sonrió cuando la escuchó reír—. Pero la primera parte era cierta. Ni la necesito, ni la he visto, ¿de acuerdo?
Los dos rieron unos instantes. Demi aprovechó el momento de distensión para aclarar las cosas.
—Me has dicho que pusiera las reglas del juego, ¿te acuerdas?
—Me acuerdo —respondió él, suavemente. Volvió a recostarse en la cama, con un brazo a modo de almohada y una sonrisa feliz en la cara.
¿Reglas? ¿ Demi Brady? Menudo notición.
—Ahí va la primera —empezó ella—. Si te pillo con otra, te doy puerta. De mi cama y de mi vida.
Joseph contuvo el aliento. Sentía el corazón latiendo tan fuerte que, por un instante, le pareció que no oía más que eso. No solamente no había esperado algo así de una mujer como ella, es que aunque lo había oído no acababa de creerlo. Celos era ya muchísimo suponer en aquella preciosidad rubia. ¿Fidelidad? ¿Eran imaginaciones suyas, o ella empezaba a tomarlo en serio?
—¿Sigues ahí? —preguntó Demi, con tono sugerente al comprobar que él no respondía.
—Sí.
—De acuerdo, entonces ahí va la segunda —continuó ella con actitud definitiva—. Si me la pegas con Tyler Bradford, antes de darte puerta, te machaco. Y después, voy a por ella. ¿Está claro?
Joseph cerró los ojos.
No eran imaginaciones suyas. Estaba ocurriendo.
Se preguntó cómo reaccionaría Demi si supiera que él llevaba media vida enamorado de ella. ¿Echaría a correr?
Posiblemente, sí.
—Entonces, ocúpate de tenerme contento —replicó, seductor.
—¿Más?
—Mucho más.
—¿No será demasiada marcha para un chico serio y formal como tú?
Joseph sonrió feliz.
—Me las apañaré, no te preocupes. —Hizo una pausa y decidió cambiar de tema. Seiscientos kilómetros, tres días sin verla y dos reglas inesperadas eran demasiadas emociones—. ¿Y tú qué tal?
Loquita por verte.
—No me quejo — Demi sonrió con picardía anticipando lo que diría a continuación—. Pensé que iba a ser peor… No verte, quiero decir.
Él soltó una carcajada. A otro perro con ese hueso. Ella estaba tan desesperada por verlo como él. La llamada diaria de rigor de antes de intimar, se había convertido, como por arte de magia, en una media de ocho, de la que cada día Demi subía su porcentaje un poco más. Aquel mismo día, lo había llamado dos veces. Todo un récord.
—Entonces, no hace falta que llegue antes, ¿no? —dijo él—. Pensaba llegar mañana sobre las cuatro y llevarte a picar algo antes del concierto, pero si no lo llevas tan mal, voy a aprovechar para hacer unas cosas…
Demi sonrió de oreja a oreja.
—Hecho. Tú pones el picoteo y yo el postre —dijo, sensualmente.
—Primero el postre, ¿vale?
Ella meneó la cabeza.
—Me gustas, Joseph.
—Es mutuo.
—De acuerdo — Demi suspiró—. ¿Sobre las cuatro, entonces?
—Ya sé lo que piensas y no te critico. Los tíos no somos de fiar — empezó a decir él con suavidad—, pero aunque no vas a creerme te lo voy a decir igual.
Demi sonrió, y se adelantó.
— Joseph, el pez por la boca muere.
—No soy ningún santo.
—No, no eres ningún santo —confirmó ella con picardía. Todo lo contrario. Había sido un barba roja desde los dieciséis. Y era de dominio público.
—Sí —admitió él—. Pero desde que te tengo, lo que me interesa es tenerte — Demi se estremeció. Permaneció en silencio cuando Joseph hizo una pausa ex profeso. Él, por si acaso, se apresuró a matizar—. No estoy diciendo que vaya a durarme toda la vida. O que a ti vaya a durarte… Pero hoy por hoy, en este momento, es así. Cumples mis expectativas…
Joseph volvió a hacer una pausa, intentando adivinar qué acogida tenían sus palabras. Intuyó que iba por buen camino, de modo que continuó:
—Lo que era de esperar porque, bueno, eres Demi Brady; cumples las expectativas de millones de tíos de este planeta… — Demi rió—. Y yo soy bastante más listo de lo que parezco. No te cabrearía por estar con otra, ¿qué sentido tendría? ¿Qué mujer se puede comparar contigo?
Joseph la escuchó respirar hondo y esperó una respuesta con el corazón martilleando a destajo en las sienes.
—De que eres listo, no tengo la menor duda —replicó ella—. Que descanses, Joseph. Te veo mañana.
A seiscientos kilómetros de Camden, él cerró los ojos.

—Sí... Que descanses tú también.

Mi Dulce Bombón Capitulo 51



Para empezar le aclaraban una duda: su familia sabía lo que había entre Joseph y ella, porque si Mark afirmaba que “estaban enrollados”, era porque todos los Brady lo tenían tan claro como su hermano. Lo que de por sí, era toda una afirmación. 
Que ella estuviera “enrollada” con alguien, lo era. Ni hablar de que ese alguien fuera Joseph. Sobre la cuestión de que el vikingo lograra llevarse el gato al agua, bueno, eso eran palabras mayores. El gato era ella, Demi Brady. 
Y si Mark, tan famoso por su claridad mental como por su sinceridad escandalosa, había dicho que la mano la ganaba Joseph, era que la ganaba.
Demi no sabía qué era exactamente aquello que sentía ni cuánto duraría, pero eso, lo que fuera, resultaba evidente para todos ellos. Por primera vez en su vida, lo que sentía, la ponía a merced de un hombre, de aquel hombre. Era así. Y no podía evitarlo.
Pero no tenía por qué darse por aludida.
—Decir que estamos enrollados es muchísimo decir, ¿no crees? Yo no “me enrollo”, solo “me divierto”. Y lo de llevarse el gato al agua... — Demi sonrió divertida—. Antes te enlazan a ti que a mí, guapo.
Mark rió de buena gana.
—¿A mí? Mira, no te ofendas, pero es mucho más fácil que un tío te enamore, que aparezca una mujer capaz de pasar mi prueba del algodón... ¿Cuántas treintañeras conoces que sean inteligentes, femeninas y que lo que les interese en la vida sea ejercer de esposa y madre?
—Ninguna —concedió Demi, riendo—. Eso no es de este siglo, chaval.
Mark asintió varias veces con la cabeza.
—Lo que yo digo. La diferencia entre tú y yo, pimpollo, es que yo no voy a firmar por menos de lo que quiero. Y no hay amor que valga.
—¿Apuestas algo? — Demi lo miró desafiante.
Mark frunció el ceño.
—¿Lo dices en serio?
—Claro. Pon tú la cifra, yo la doblo.
Él meneó la cabeza divertido.
—Vas a perder, Demi, pero si tú quieres... Cien pavos a que te enlazan antes... —hizo una pausa—. No, mejor vamos a dejarlo bien claro. Por enlazar quiero decir casar — Demi soltó la risa. ¿Boda? Estaba loco—. Nada de andarnos por las ramas... 
Cien pavos a que tú te casas primero, ricura... Bueno, primero y último, porque si cuando estaba solo ya era difícil, ahora que traigo a dos morenitos de acogida bajo el brazo... En fin, ya me entiendes.
Demi siguió riendo un buen rato bajo la mirada divertida de Mark. Se había tentado de la risa. Pensar en cualquiera de los tres hermanos Brady casados le parecía un chiste. 
Mark porque era demasiado exigente y ninguna mujer parecía dar la talla. Nick porque aunque llevaba loco por la misma mujer desde antes de que le saliera el bigote, era demasiado vanidoso para admitirse vulnerable y la mujer por la que estaba loco, demasiado importante para la familia como para que él se animara a considerar siquiera la posibilidad. 
Y ella, Demi... Nunca se había enamorado. Nunca había tenido un novio, un noviete de instituto, nada... Llevaba la friolera de cinco días saliendo con Joseph, y todavía no se sentía capaz de admitirlo ante sí misma.
Pero de los tres hermanos, del único para el que casarse formaba parte del plan, era Mark. Era su visión de la vida; casarse con “una mujer de las de verdad”, formar una familia, tener hijos y seguir los pasos de su padre. Si había algún Brady para quien casarse fuera una posibilidad, sin duda, era Mark.
—Doscientos pavos a que te casan a ti primero.
Mark asintió sonriendo y chocó los cinco con ella.
—Hecho, preciosa. Vas a perder. Ya lo sabes, ¿no?
—¿Yo? —Rió Demi —. Tú vas a perder doscientos pavos…
Mark negó con la cabeza.
—Sí —insistió ella—. Los vas a perder. Y yo me voy a reír en tus narices.
Mark le guiñó un ojo y volvió a saltar la alambrada en dirección al predio donde los dos niños estaban acabando con los nervios de ambos, caballo e instructora.
Estaba encantado. Tenía dos niños fenomenales en su vida y doscientos pavos fáciles en camino. Porque dijera lo que dijera su hermana, el vikingo se estaba llevando el gato al agua con un arte digno de quitarse el sombrero.
Debería triplicar la apuesta, pensó.
No podía perderla