domingo, 9 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 33



Volver a verse las caras con los miembros del grupo después de tres meses había sido un gran momento. Demi actuaba con aquellos mismos cuatro músicos desde el principio. Exceptuando algunas sustituciones por enfermedad, siempre habían tocado juntos. Jarvis al bajo, Trent en los teclados, Charly en las cuerdas y Pepper a la batería. Sus vidas habían cambiado a lo largo de los cinco años que llevaban juntos. 

Alguno se había casado, otro se había divorciado y los demás habían cambiado de novia varias veces, pero cuando la puerta del estudio o de la sala de reuniones se cerraba, Demi sentía que continuaban siendo los mismos de siempre.
El coro era otra tema. Los primeros tiempos había tenido una pareja estable: Travis y Lilly, pero después que un accidente acabara con la vida de él, Lilly lo había dejado. Estar con el grupo le traía demasiados recuerdos. Desde entonces, hacía más de cuatro años, las voces del coro habían cambiado casi en cada concierto. Y ahora sucedía lo mismo. 

Demi no conocía más que de nombre a las dos veinteañeras mega-modernas que no dejaban de mirar a Joseph como si él fuera un postre apetitoso al que quisieran dar un bocado. Y como continuaran haciéndolo, ya podían ser reencarnaciones de Judy Garland, que durarían lo que un suspiro en el grupo.
Joseph otra vez. ¿Es que estaba enferma o qué? A él siempre lo miraban así. ¿Desde cuándo le molestaban aquellas miradas?
Demi se obligó a no responder a la pregunta y a poner su atención en lo que sucedía en la sala de reuniones de la tercera planta del lujoso hotel neoyorquino, parada habitual cuando actuaba en Nueva York.
Joseph había dejado a Sharon, la asistente personal de Demi, a cargo de su móvil para no tener interrupciones durante la sesión de trabajo. Acababa de explicar la agenda de los seis conciertos que quedaban hasta fin de año empezando por el primero que tendría lugar aquella misma noche en el Radio City Hall. 

Ahora, describía a grandes rasgos el nuevo proyecto artístico de Demi Brady ante la mirada atenta de todos, excepto la aludida. Ella estaba más interesada en pasar revista al habitual aspecto impecable de Joseph, que hoy consistía en unos pantalones marrones de pana y un jersey de lana gorda de color crema.
—Dentro de un par de semanas tendré la agenda provisional para el primer trimestre del año, pero desde ya os puedo anticipar que se acabó la vida tranquila —hubo sonrisas y algún comentario. Joseph asintió con la cabeza—. Sí. Dejadles un álbum actualizado a vuestras chicas porque os verán poco… En enero arrancamos después de año nuevo con cuatro conciertos por semana…
—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer con la tuya? —preguntó el teclista, mirándolo burlón.
Demi miró a Joseph por el rabillo del ojo. Él continuaba sonriendo sin darse por aludido
—Soy libre, tío. No tengo que darle cuentas a nadie —dijo, al fin—. Y menos a ti — Demi bajó la cabeza para que no la vieran sonreír. Joseph continuó—. Lo digo en serio. Va a tocar trabajar mucho, y va a ser así todo el año. Salvo agosto que pararemos tres semanas… Así que pensad si estáis dispuestos o no. No quiero ponerme a buscar sustituciones a mitad de camino, ¿de acuerdo?
Jarvis miró a Demi sin ocultar su satisfacción.
—No puedo creer que hayas decidido dejarte de moñas y tocar de verdad…
Ella sonrió. No esperaba menos de él. Siempre le había dado la murga con eso de “tocar para la gente de verdad, donde estaba la gente de verdad”. Hacer giras, recorrer la geografía palmo a palmo.
—De a poco me voy haciendo mayor —apuntó Demi, divertida.
—Era hora, muñeca —replicó él—. Eres lo mejor que ha parido este país después de Janis Joplin. Sal ahí fuera y cómetelos. Me va a encantar estar contigo en esto.
Hubo más comentarios y más risas, y muchas más aún cuando Joseph dijo algo que le salió del alma.
—¡Y a mí que lo digas, chaval! —Exclamó con sentimiento—. Van a hacer falta brazos para quitarle de encima a las torres peludas que nos vamos a encontrar en el salvaje oeste…
Un buen rato después de que la reunión se hubiera acabado, Demi seguía desternillándose cada vez que su mirada se encontraba con la de Joseph.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
El ensayo había ido bien. Las luces funcionaban a la perfección. Los equipos habían tenido fallos menores, nada importante. Y, milagrosamente, las chicas del coro se acoplaban sin mayores problemas. El concierto había empezado en punto con un casi lleno y Demi estaba…
Impresionante.
A veces, a Joseph le costaba distinguir en qué punto dejaba de admirarla como mánager para empezar a admirarla como hombre. Llevaba demasiado tiempo loco por ella. Pero ahora, en este preciso momento el que desde la zona de prensa la miraba comerse el escenario, era el mánager.
Demi Brady era impresionante.
Era una mujer preciosa, sí. Pero arriba de un escenario era tantas cosas más, que su belleza se convertía en un mero adorno, como un vestido bonito o unos zapatos llamativos. Cuando empezaba la música y las luces la enfocaban, ocurría algo mágico; Demi hechizaba. Era su voz, poderosa y rica en matices, su increíble sensualidad que lo acariciaba todo…

 Y su presencia, aquel montón de personalidad que plantaba firme sobre dos tacones de aguja con total seguridad, como si estuviera diciendo con cada centímetro de su piel, “aquí estoy yo”.
Había conseguido crear un estilo, una mezcla de country melódico con baladas pop, bastante imitado, pero rebelde como era, frecuentemente sorprendía a sus fans versionando temas populares de otros cantantes, incluidas canciones de categorías tan lejanas a ella como el rock duro o el rythm & blues.
Y además, mantenía con el público un intercambio fluido. Era cálida, cariñosa con la gente que iba a ver sus espectáculos.
Se comía el escenario. Enloquecía a sus fans.
Y estás de muerte.
Joseph bajó la cabeza sonriendo. Aquello no lo había pensado el mánager sino el hombre, uno que después de once años, la seguía encontrando hermosa, imponente, superior...
Era una noche perfecta.
Como Demi.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
O casi. ¿Qué hacía J.T. allí?
El concierto había acabado. Demi, cubierta por una gruesa bata negra que le llegaba hasta los pies, firmaba autógrafos al último grupo de fans cuando de la nada había aparecido el vocalista de la banda de rock Psicodelia.
La última vez que se habían visto las caras, Joseph lo había sacado a empellones de la suite de Demi.
— Joseph —dijo J.T. a modo de saludo cuando pasó a su lado.
Él ni se molestó en contestar. En cambio, se concentró en Demi. Ella continuaba firmando autógrafos y charlando con sus fans.
Como lo hayas llamado tú, te vas a enterar…
Pero no había sido cosa de Demi. La expresión de sorpresa en su cara era auténtica.
—¡J.T.! —exclamó, abrazándolo afectuosa— ¿Qué tal te va la vida?
La mirada del roquero se cruzó brevemente con la de Joseph cuando la abrazó.
—Me enteré de que actuabas y aquí me tienes… Has estado genial, como siempre. — Demi sonrió halagada.
Joseph continuó mirando la escena. Vio a Demi cerrar mejor su bata y cruzarse de brazos.
—Me estoy helando… —dijo—. ¿Sigues con el mismo número? Te llamo luego ¿vale?
Alto, delgado, con aspecto de ir a tope siempre. Con aquel uniforme de roquero que le daba ese aire tan desaliñado… No entendía qué veía Demi en un tipo como él.
—Quiero hablar de negocios contigo. ¿Te importa si te espero?
Demi se encogió de hombros.
—Estoy muerta y mañana madrugo… Pásate por el Hilton Times Square en una hora o así, y nos tomamos algo en el lounge, ¿te parece?
Él sonrió.
—Te veo luego entonces.

Pasó junto a Joseph con las manos en los bolsillos de sus vaqueros desgastados, sin mirarlo, y desapareció en el pasillo que llevaba a la salida posterior del Radio City Hall.

Mi Dulce Bombón Capitulo 32




Demi volvió a sacarse al hombre de encima suavemente, y forzó una sonrisa agradecida en su cara.
—De acuerdo. Ya estoy en mi suite, sana y salva. Gracias, Martin. Eres un encanto, pero tienes que irte. Mañana madrugo.
El moreno sonrió y sus manos, que ya habían vuelto a tomarla por la cintura, la atrajeron hacia él.
—Es temprano… Ni siquiera son las doce —murmuró junto a la oreja de Demi, algo que a ella no le hizo ninguna gracia.
Ni el calor de su aliento en la piel, ni sus palabras.
Tenía razón, era temprano. Y por alguna extraña razón, Demi no tenía cuerpo de fiesta.
Había salido sola, sin personal de seguridad, con toda la intención de divertirse y dejar de pensar en lo que no debía, pero tenía enfrente a un moreno de catálogo de ropa interior, que seguro le alegraría el cuerpo la mar de bien…
Y no le apetecía.
Dentro de la lujosa suite de Demi, Joseph apartó el periódico en el que llevaba una hora y media intentando concentrarse sin éxito, y se acomodó mejor en el gran sofá del salón. Se esforzó por ignorar el súbito aceleramiento de su corazón y quedarse exactamente donde estaba, atendiendo la conversación que transcurría del otro de la puerta, a pocos metros, y de la que, aguzando el oído, podía oír un poco.
—Es tarde para mí — Demi lo apartó con suavidad una vez más y volvió a sonreír—. Hagamos una cosa… Déjame tu número y te llamo, ¿te parece? Ahora tengo que dormir —le regaló una de sus sonrisas sensuales—, esta belleza no es de plástico ¿sabes? Hace falta descanso para mantenerla…
Martin volvió a la carga. La empujó contra la puerta y se coló en su cuello apasionadamente. A Demi, el calambrazo, resultado del golpe en el codo que acababa de darse contra el marco de la puerta, le recorrió el brazo y acabó clavándose en su hombro, dolorosamente. Fue imposible no chillar, pero él, más concentrado en sus propios intereses, insistió.
—Media hora más. Sé buena…
Dentro de la suite, Joseph se puso de pie como impelido por un resorte al oír el quejido. La voz de Demi lo hizo detenerse.
—Me muero de ganas, pero no puedo —dijo ella con un gesto de “lo siento”—. Cosas de chicas, ya sabes.
Aquellas tres palabras demostraron ser mágicas; Martin se apartó de mala gana, y la miró con picardía.
—Entonces —dijo—, espera a que se te pase para llamarme.
Demi le acarició la nariz, y volvió a disculparse, esta vez con palabras.
El hombre continuó observándola unos instantes en silencio, decidiendo su siguiente paso. Al final, sacó una tarjeta del bolsillo interior de su chaqueta y se la puso en el escote al tiempo que se inclinaba sobre ella y volvía a besarla una última vez.
—Esa llamada... ¿será antes de la próxima glaciación? —preguntó él, con desconfianza mientras esperaba que las puertas del ascensor volvieran a cerrarse.
Demi le tiró un beso con la mano.
—Mucho antes.
Cuando oyó que abrían la puerta de la suite, Joseph volvió a sentarse. Consciente de que empezaba la parte de difícil, respiró hondo.
—¿Te has equivocado de habitación? —preguntó ella al verlo allí.
A continuación, dejó el bolso sobre el sillón y se quitó su abrigo de cuero, largo hasta los tobillos. Con naturalidad, sacó la tarjeta que Martin de su escote, la rompió en cuatro pedazos y los dejó sobre la mesilla.
Había conseguido esbozar una sonrisa, más bien desdibujada, al comprobar que Joseph estaba ahí, pero continuaba sin poder mirarlo. No le gustaba lo que llevaba horas sintiendo. Y no quería arriesgarse a que él lo leyera en sus ojos, como hacía siempre.
—¿No habíamos quedado en ir a cenar? —replicó él, a su vez, con otra pregunta.
Demi no respondió de inmediato, siguió concentrada en abrir la cremallera de sus botas.
—Cuando bajé —dijo al cabo de un rato—, Miss Gentileza 2004 te tenía tan ocupado que me dio no sé qué arruinarte el plan.
Joseph notó que ella no lo miraba al hablar, pero sonreía. Su voz sonaba relajada, con una pizca de picardía. No pudo evitar menear la cabeza. Demi no se parecía a nada que él hubiera conocido antes. Ella no montaba escenas. No tenía ataques de protagonismo. Y si sentía celos, suponiendo que eso fuera lo que sentía, resolvía el asunto en un santiamén; se iba de juerga sin escolta, seducía al primero que se le antojaba, y lo pasaba bien.
O sea, le hacía pagar a Joseph sus despistes dos veces: primero, él no la tenía; segundo, la tenía otro.
—Jennifer hace su trabajo; es relaciones públicas del hotel —aclaró él con una expresión divertida en el rostro.
—¿Jennifer? ¿Cuándo dejó de ser la señorita Whattle para ti? El cliente soy yo. Y todavía nos llamamos formalmente por nuestros apellidos…
Demi continuaba ocupada en quitarse las botas, con la misma sonrisa burlona.
Y sin mirarlo directamente a los ojos.
—"¿Qué tal está, señorita Brady?” —Dijo, imitando una de sus típicas conversaciones—. "Estupendamente. Gracias, señorita Whattle".
Como si de pronto aquel asunto la aburriera, Demi se puso de pie, y recogió las cosas. Enfiló hacia su habitación, pero antes disparó a matar:
—El único trabajo que quiere hacer la señorita Whattle, te lo quiere hacer a ti, guaperas.
Joseph sonrió incrédulo. La siguió hasta la habitación mientras respondía:
—Estábamos hablando de ti, y además ¿por qué te fuiste sin esperarme?
Demi se volvió. Lo miró directamente a los ojos.
Esta vez, sí.
Fue una mirada cargada de ironía, que portaba un mensaje; ¿yo, esperarte a ti?  
Joseph apartó la vista un momento. Contó hasta diez mientras se esforzaba por ignorar la ironía y centrarse en lo importante.
—¿Por qué has salido sola? —preguntó con el tono más aséptico que pudo.
Sus miradas volvieron a encontrarse. Demi sonrió de oreja a oreja. Había sido una pregunta muy tonta y además, tenía ganas de pincharlo por haber estado con Miss Gentileza cuando debía estar con ella. Porque se había puesto aquel vestido negro que a él le gustaba, por eso, porque a él le gustaba. Porque se sentía una idiota desconocida para sí misma…
—¿Y tú qué crees, Joseph?
Creía que si Demi volvía a hacer algo así, le daría un ataque.  
—No tengo la menor idea, preciosa —la miró con ternura—. No creo que quisieras correrte una juerga en un día que te pasan “cosas de chicas”.
Demi frunció el ceño. ¿De dónde había sacado eso? ¿Había estado oyendo detrás de la puerta?
Jordan no la dejó atar cabos. Sonrió con su mejor cara de póquer.
—Pero eres una mujer, ¿acaso sabéis vosotras por qué hacéis lo que hacéis? —le pellizcó la punta de la nariz—. Me voy a dormir.
Demi sonrió.
—Que duermas con los angelitos…
—Ya. Tú, mejor sola —contestó él, riendo. Abrió la puerta para salir pero se volvió y la miró. Ni rastro de broma en su lenguaje corporal—. Demi, no vuelvas a salir sin guardaespaldas, ¿estamos?
Ella lo miró burlona.
—Sí, papá. Estamos.
Joseph asintió y cerró la puerta tras de sí. Pero no se fue a dormir. En cambio, se dirigió con paso firme al lounge del hotel donde sabía que estaría el responsable de seguridad de Demi. Iba dispuesto a llevar a cabo el primero de la larga lista de cambios que tenía en mente realizar al complejo artístico Demi Brady.
Aún continuaba con una sensación de vacío en el estómago de los nervios que había pasado las horas que ella había estado fuera. Ya tenía suficiente con los celos que le hacían hervir la sangre solo de pensar en los infaltables babosos que llenaban el paisaje de Demi. No añadiría preocupación.
Demi ya ha vuelto. Llegó hace veinte minutos —dijo Harry, tranquilizándolo—. ¿Te pido un whisky?
Joseph negó con la cabeza y fue al grano.
—Escucha, de ahora en adelante quiero que no la pierdas de vista.
Harry lo miró algo contrariado.
—Si Demi dice que me quede, me tengo que quedar. No te ofendas, pero la jefa es ella…
Antes ella era la jefa. Ahora las cosas serían diferentes.
Joseph volvió a negar con la cabeza.
—No. A partir de ya, el que comanda esta nave soy yo. Quiero que sepas qué hace en cada momento del día. Quiero ver tu sombra detrás de ella siempre, y si esto te crea algún conflicto, me lo dices ahora, te preparo la cuenta y asunto arreglado, ¿nos entendemos?
Harry asintió de mala gana.
—Bien. ¿Han llegado los demás?
—Los chicos de la banda, sí. Sharon llega con retraso. Los vuelos estaban suspendidos por mal tiempo.
—OK. Encárgate de que mañana a las diez todo el mundo esté en la sala de reuniones de la tercera planta.
—Claro.
Joseph respiró hondo. Ahora que empezaba a relajarse, le dolía hasta la raíz del pelo.
—Me voy a dormir —dijo a modo de saludo.
Y a intentar recuperar fuerzas para su siguiente encuentro con Demi. En ese partido curioso que jugaban, ella ganaba 2-0.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Para Demi no estaba tan claro que estuviera ganando nada. Joseph había dicho que “estaba loco por volver con ella”. Evidentemente, estar loco tenía una lectura diferente para él que para el resto de los hombres de su vida. Se había tomado más de una semana para decidir si aceptaba su nuevo proyecto o no. En Nashville parecía más interesado en Tyler Bradford; en Nueva York, en la relaciones públicas del hotel, Miss Gentileza 2004.  
Joder, se había puesto aquel vestido negro por él, y Joseph ni siquiera lo había notado...
Demi se dio la vuelta en la cama y abrazó la almohada.
No entendía nada. Lo de Joseph era un mensaje en clave. Lo de ella misma, peor aún. No entendía a qué venían esas ganas de verlo a todas horas. Ni por qué había decidido en el último momento quitarse de encima a Martin. Pero sí entendía una cosa; no iba a tomarse en serio aquel asunto.
Era Demi Brady.

Y a Demi Brady le molestaban las personas que se tomaban las cuestiones emocionales demasiado en serio y además, le encantaba la juerga.

lunes, 3 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 31




Las cosas todavía continuaban algo tensas entre los dos cuando llegaron al Beer & Wine con Miley, Nick y Mark, pero después de un par de partidas de billar y algunas risas con Nick, de a poco, Demi se relajaba.
Joseph la conocía bien y sabía que lo peor ya había pasado: volvían a estar juntos, y aunque quedaba mucho por delante, para él era motivo suficiente para la sonrisa encantada que tenía desde hacía horas, que no se le quitaba con nada.
—Ya me he enterado de que has hecho un negocio redondo —empezó Mark, pinchándolo—. Aunque la verdad, pensé que habías vuelto por ella, no por la pasta.
Joseph le echó una mirada irónica.
—¿Qué crees que pensaría si acepto trabajar como un cabrón por el mismo dinero?
Mark sonrió divertido.
—Me gusta tu técnica, tío. A ver si funciona...
Joseph volvió a mirarlo. Esta vez no contestó. Y no hizo falta. El mensaje era claro.
Funcionaría.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Aquel hombre llevaba diez minutos dándole conversación. Estaba con Demi antes de que Joseph fuera al lavabo y cuando regresó, aún continuaba allí. Así que en una reacción nada habitual, Joseph descubrió que sus pies habían decidido, sin consultarle, dirigirse a la barra. Y allí estaba, plantado delante de Demi y aquel individuo, a segundos de tener que abrir la boca para decir algo, y sin tener la menor idea de qué.
—No te conozco. ¿Quién eres?
Su mente tampoco le había consultado aquello antes de ordenar a su boca que lo dijera. Pero ya estaba dicho. Demi sintió una súbita necesidad de apartar la mirada y bajar la cabeza.
—Yo… le pedía un autógrafo —atinó a decir el larguirucho rubio que estaba junto a ella.
Por toda respuesta, Joseph se estiró para coger una servilleta de la barra, sacó una estilográfica de su bolsillo y le dio ambas cosas a Demi.
—¿A quién la dedico? —preguntó ella intentando aguantar la risa mientras se preparaba para estampar su firma sobre la servilleta.
—Peter —contestó el interesado.
Demi garabateó un autógrafo dedicado que Joseph se encargó de entregar.
—Autógrafo. ¿Algo más?
Peter se despidió rápidamente y tan pronto se alejó, Demi soltó la risa mirando a Joseph con incredulidad.
—Era inofensivo —dijo, coqueta.
—Tú no.
—¿Y eso? —preguntó con expresión divertida.
Joseph se colocó junto a ella, contra la barra, y la miró con ternura.
—Y eso ¿qué?
—¿Qué quieres decir con eso de que “no soy inofensiva”?
—Como si no lo supieras…
—Es que no lo sé —insistió ella.
—A la hora de flirtear eres más peligrosa que un mono con una escopeta — Joseph miró de reojo al del autógrafo que había regresado con su grupo de amigos—. Rubio. Alto. Buen lomo. Cinco minutos más, y te lo habrías ligado —volvió a mirarla—. Y esto es Camden. Aquí no puedes ligarte a un tipo en el Beer & Wine y enrollarte con él. Mañana sería noticia de primera página.
Como era habitual en aquel vikingo, y aunque en este caso concreto se equivocara, hablaba con conocimiento de causa. Demi cogió su botellín de cerveza sin alcohol. Él se lo quitó de la mano, sirvió un poco en la copa y se la ofreció después de dejar el envase sobre la barra.
Joseph estaba en lo cierto. En otra época, Demi lo habría hecho. Enrollarse con el hombre del autógrafo. Sin pensárselo dos veces. En esta, solo coqueteaba. En ningún momento se le había cruzado por la cabeza nada más.
—El día que discutimos, me llamaste... — Demi hizo una pausa y lo miró—. Bueno, no lo dijiste, pero casi. ¿De verdad, piensas eso?
Joseph apartó la mirada. Sabía que algún día el tema volvería a salir, pero no esperaba que fuera tan pronto.
—Me mataba verte tan hecha polvo…
Demi esbozó una sonrisa incómoda.
—Pero no fue eso lo que dijiste.
—Ya.
Había dicho algo completamente distinto. Estaba loco de celos.
—No me gusta esa parte de ti —admitió, finalmente—. Es una idiotez porque es exactamente lo que hacemos los tíos. No debería molestarme. Y si me dices que soy un cabrón hipócrita que te suelta monsergas a ti y luego hace lo mismo, tendré que aguantar... Pero soy un hombre, sé lo que piensan cuando se levantan de tu cama, y sé lo que dicen. Y me molesta un montón que seas tú de quien lo dicen. Me saca de quicio.
Demi se bajó del taburete y recogió las bebidas para llevarlas a la mesa. Se sentía tan incómoda que, por momentos, no parecía ella. ¿Desde cuándo le preocupaba que alguien la censurara? Se irguió y se colgó su mejor sonrisa.
—Eres un cabrón hipócrita —le dijo, desafiante.
Joseph sonrió.
—¿Le has aclarado a tu barbi que como me tope con ella van a tener que reconstruirle los implantes? —continuó mientras empujaba tres cervezas contra el pecho de Joseph, indicándole que las cogiera.
—Qué pena —replicó él, seductor—. Está como un queso.
Ella le echó una mirada llena de ironía y se alejó con el resto de las cervezas sin hacer el menor comentario.
Sobraban las palabras, estaba claro.
Joseph bajó la cabeza para ocultar que sonreía.
¿Como un queso? ¿Y se lo había dicho al bombón de Demi Brady?

Tendría que aprender a contar mentiras más creíbles.


Mi Dulce Bombón Capitulo 30




—¿Está claro, o no?
Él la miró con ternura. Finalmente, asintió.
—Bien —replicó ella—. No voy a hablar de negocios hoy, así que si has venido a eso, puedes irte.
Joseph la vio dar media vuelta y subir la escalera hacia la primera planta. Entonces, las palabras de Nick sobre lo que funcionaba o no funcionaba con una mujer, volvieron a su mente. Cada segundo que pasaba tenía más claro que con esta mujer, no funcionaría. Había sido un error no devolverle la llamada. Joseph asintió. Sí, había sido un error que no volvería a cometer.
En la cocina, Mark y su padre se miraron divertidos. Demi había sacado las uñas. Los siguientes capítulos de la historia " Joseph & Demi " prometían ser apasionantes.
Cuando Joseph entró, las miradas hablaban por sí mismas, pero por si cabía alguna duda, John se lo aclaró.
—Mandy 1, Jordan 0 —le palmeó el hombro con cariño—.Ven, come algo y recupérate para el siguiente asalto.
Joseph se sentó a la mesa sonriendo violento, y se dispuso a recobrar fuerzas con un trozo de la mejor torta de queso y moras del país.
Para vérselas con Demi, desde luego, le haría falta.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Demi no habló de negocios aquel día. Ni el siguiente. No fue hasta el domingo después de comer, cuando Jordan volvió a intentarlo por quinta vez en tres días, y el muro cedió.
Mientras el resto de la familia miraba televisión en el salón, Demi escuchaba la exposición de Joseph en la cocina, con la vista fija en su taza de café.
Continuaba enfadada. Y celosa.
Celosa de que hubiera corrido a darle explicaciones a su barbi, y a ella la hubiera tenido una semana esperando una decisión. Y lo peor de todo era que admitir que estaba celosa la enojaba mucho más que todo lo demás. Porque los celos no podía controlarlos. Los sentía. No los había sentido en la vida antes, y no sabía cómo manejarlos.
—Las seis fechas que tienes en diciembre son impepinables. Si no cumples, te va a costar un montón de pasta, así que yo te aconsejo que actúes. Año nuevo, vida nueva. Y con la discográfica… las actuaciones comprometidas ya están cumplidas, aunque en algún momento del año tendrás que volver a entrar en el estudio de grabación con un álbum nuevo y habrá que negociar las actuaciones promocionales, pero eso se verá en su momento… 

He estado echando un vistazo a los festivales. Varios coinciden mes, así que va a haber que montarlo muy bien, si no vas a acabar de cama…. Las actuaciones en ciudades más pequeñas se pueden coordinar en relación a los festivales. Con tus actuaciones especiales para fans, lo mismo — Joseph estiró las piernas, bebió un sorbo de café—. Va a ser una pila de trabajo y hará falta engranar las cosas muy bien, pero puede funcionar.
Miró a Demi. Ella seguía con su vista fija en la cucharilla con la que removía el café, algo ausente.
—Vas a tener que modificar un poco tu imagen —continuó Jordan al ver que ella no decía nada—. Tejanos, Demi. Ropa más normal. No quiero tener que estar sacándote vaqueros salvajes de encima.
—Me los vas a tener que quitar de encima igualmente. Lo que les gusta no es mi ropa.
Cierto. Como para que no les gustara…
—Tejanos, Demi —repitió masculino. Hizo una pausa y añadió—. Y un cinco por ciento más.
La mirada femenina se desplazó de la taza de café a sus ojos, desafiante.
—Vaya —se recostó contra el respaldo de su silla—. Eso es un montón de dinero, ¿sabías?
En aquel momento Mark se disponía a entrar en la cocina, pero se detuvo. ¿Cinco por ciento más? Sonrió divertido y se apoyó junto al marco de la puerta a ver qué contestaba Demi.
—Tu proyecto es un montón de trabajo.
Demi continuó mirándolo, desafiante. Así que no había vuelto con la cabeza gacha…  
Está bien, sabes lo que vales.
—Por un cinco por ciento más, te voy a querer pegado a mi sombra las veinticuatro horas del día. Todos los días.
—Dieciséis —puntualizó él—. No voy a dormir contigo.
Demi sonrió. Joseph también; era la primera sonrisa auténtica que veía en aquel rostro hermoso, en tres días.
—Encárgate de que tus chicas lo sepan, ¿vale?
Había dicho “chicas”, pero quería decir “barbi de apellido ilustre”. Joseph leyó entre líneas.
—Ya lo saben —respondió, masculino.
Mark se frotó las manos y regresó al salón a compartir las noticias.
Demi asintió y se puso de pie. Joseph la miró mientras se alejaba hacia el salón, con las manos en los bolsillos de los tejanos.
Sus ojos, como siempre desde hacía años, la recorrieron. Desde aquella melena rizada que le cubría los hombros y la espalda, a través de unas curvas de vértigo que no conseguía disimular ni aunque se pusiera un jersey dos tallas más grande como el azul que llevaba hoy, hasta las deportivas, que en sus pies, resultaban sexy.
Es que era sexy. Toda ella. La mujer más sexy del planeta.
Dieciséis horas por día con Mandy. Siete días a la semana.

Dios.

Mi Dulce Bombón Capitulo 29




Sí que podía. Y recién llegado a Nashville, ella le había parecido un buen as en la manga. Pero si tenía que elegir…
—Y las mujeres muy malpensadas —replicó él. Puso voz seductora para hacerlo. Quería acabar con aquella conversación y volver dentro—. Nos conocemos desde que éramos críos y hemos hecho un montón de cosas juntos. Pero cuando Demi quiere esa clase de compañía, no me viene a buscar y yo a ella tampoco, ¿de acuerdo? Te recojo el lunes y hablamos.
Hubo una pausa. Joseph supo que ella no había tragado, pero era lo que había. Volvería con Demi. Y no quería dar carpetazo al asunto Tyler, pero si tenía que hacerlo, lo haría.
—De acuerdo —escuchó que Tyler respondía, y a continuación el sonido de llamada cortada.
Demi volvió a cerrar la ventana y se sirvió un café por hacer algo, lo que fuera. Algo que le hiciera olvidar la sensación de desilusión mezclada con angustia que la invadía.
Estaba con aquella mujer. Y por alguna razón, ella era lo bastante importante para Joseph como para que él intentara contentarla, para que le diera explicaciones. Lo bastante importante para que le dijera que no tenía que preocuparse por Demi Brady, que no eran más que amigos de la infancia.
Y además tenía que estudiarse lo de volver con ella. No sabía si era viable.
Demi respiró hondo, intentando que el aire volviera a entrar en sus pulmones. Pero continuó igual, con la misma opresión en el pecho...
Y la misma desilusión.
Tal vez, después de todo, Joseph sí fuera aquella clase de hombre.

Demi llevaba varios días sin saber de Joseph y se sentía rara. Se habían despedido el lunes por la mañana con un “hablamos ¿sí?”. Él había regresado a Nashville.
Y no habían hablado.
Él no la había llamado.
En otras circunstancias no le habría importado tanto, pero ahora…
Demi se subió a la tranquera y se sentó sobre el listón de madera, con las piernas colgando hacia adentro. El predio de adiestramiento estaba vacío. A lo lejos, se veían luces en el pabellón de los peones. El sol se había ocultado hacía un rato y las faenas del día habían acabado.
Después de darle mil vueltas, el miércoles ella se había decidido y lo había llamado. Nadie había contestado. Tampoco había saltado el buzón de voz. Desde entonces habían pasado tres días, y continuaba sin saber nada de Joseph.
Demi se subió el cuello del abrigo. Se estaba quedando helada. ¿Qué hacía allí con semejante frío? Bajó de un salto y retomó el camino que llevaba a la casa.
Estaba insoportable. No se sentía ella misma. Pasaba el día ociosa, incapaz de concentrarse en nada más de cinco minutos, y con sus pensamientos volviendo una y otra vez sobre el mismo tema; Joseph Wyatt. Él le había dicho que “se moría por volver con ella”, pero ni había aceptado su nuevo proyecto aún, ni estaba con ella.
Estaba en Nashville.
Seguramente disfrutando de la compañía de su barbi de apellido ilustre.
Y no la había llamado.
Ni siquiera le había devuelto la llamada.
Demi meneó la cabeza, disgustada. ¿En qué situación estaban? Necesitaba saberlo de una vez. Ya no soportaba continuar así. Respiró hondo cuando comprendió que estaba a punto de saberlo; el hombre que aparcaba frente al jardín, era él.
Demi se irguió, y avanzó hacia el coche como si no tuviera un nudo en el estómago. Avanzó con una sonrisa despreocupada en los labios, ignorando las sensaciones que últimamente se adueñaban de su cuerpo cada vez que lo veía. Eran intensas y raras. No podía clasificarlas. En realidad, no se animaba a hacerlo. Así que jugaba a ignorarlas. Pero seguían allí, y eran las mismas: boca inesperadamente seca, latidos que retumbaban en sus oídos, y un montón de nervios que no sentía ni cuando estaba en el escenario frente a diez mil personas.
—Si vienes a cenar, es pronto… —dijo ella, apoyándose contra el Corvette, junto a la puerta.
Él sonrió y se dedicó a sacar abrigo y maletín bajo la persistente mirada femenina que le pasaba revista.
Jersey negro de cuello alto. Botas negras cortas. Tejanos de muerte. Imponente como siempre, pero demasiado sport para Joseph.
—¿Es el estilo Nashville? —preguntó Demi, con ironía.
Joseph cerró el maletero.
—Es el estilo mudanza. Lo mejor para ponerse de mierda hasta arriba embalando una casa, son unos tejanos y un jersey negro. También valen para hacer seiscientos kilómetros por carretera…
Así que has vuelto a Camden”, pensó ella, y se obligó a no mover ni un músculo de su cara.
—¿Entramos? —invitó Joseph.
—¿”Entramos”? — Demi y se incorporó, puso las manos en los bolsillos de su abrigo y lo miró con ironía—. ¿Es que vienes a verme a mí?
Joseph sonrió.
—Tenemos un tema pendiente, sí.
—Bueno… Supongo que si ha esperado una semana, es que no es urgente, ¿no?
Demi pasó junto a él y se dirigió a la casa. Entró y dejó la puerta abierta. Joseph la siguió intentando mantenerse serio. No quería enfadarla más de lo que estaba. Entró y cerró la puerta tras de sí.
—Tenía que analizar bien tu propuesta, Demi… No es tan fácil como a ti te parece que es.
Ella estaba al pie de la escalera cuando él habló, y se revolvió.
Menudo imbécil.
—¿Tengo cara de idiota? —Regresó sobre sus pasos y se detuvo frente a Joseph —. Mira, niño... Si me dices que hablamos, me llamas. Y si ves mi llamada perdida, me la devuelves. Quiero que seas tú, Joseph, pero no pienses ni por un segundo que te voy a dejar jugar a este juego conmigo. Vuelve a pasar de mí, y me abro. ¿Está claro?
—No pasé de ti.

Mandy no solo lo interrumpió, dio un paso más y lo enfrentó. 

sábado, 1 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 28



—No voy a bajar mi caché. Ofréceles en cláusula privada que donaré el veinte por ciento a causas sociales que estén promoviendo en la región. Yo diré cuáles. Tú me dirás quiénes son y qué harán con mi dinero. Que baje el precio de las entradas a mis conciertos. Promocióname.
 Que se llene. Consígueme patrocinadores que sufraguen el resto. Si apoyar causas que mejoren la vida de las personas me cierra puertas, bien cerradas estarán. Son puertas que no me interesa tener en mi vida, ni abiertas ni cerradas —hizo una pausa y pensó en cómo decir lo que iba a decir—. 
La que actúa soy yo, sí. Y va a ser duro, por eso solamente puedes ser tú, ¿entiendes? Me conoces, Joseph. Sabes los qué, cuándo y cómo de mí, mejor que yo misma. Si tú me prometes que vas a estar conmigo en cada parada del bus, en cada concierto, en cada feria… Yo te prometo que me voy a mantener de una pieza. Esta vez, no voy a fallarte.
Joseph tragó saliva con disimulo, y apartó la mirada. Eran demasiadas emociones para un mismo día. Realmente, no había esperado algo así de ella. Estaba tan impresionado como bloqueado. Ahora todo era distinto. Ella empezaba a ser otra Demi. 
Y él ya no era solo su mánager; quería ser su hombre. Así que necesitaba tiempo para analizar la situación, y jugar bien sus cartas.
Cuando volvió a mirarla apurando los últimos segundos que le dieran la forma de salir del paso y no responder inmediatamente, su móvil sonó.
Habría podido decir que acababa de salvarlo la campana, pero no le dio tiempo ni a completar el pensamiento. En la pequeña pantalla parpadeaba un nombre; “Tyler”.
O como Demi la llamaba, “su muñequita de quirófano”.
Atendió con la vista fija en la mesa e intentó ser breve.
—Ahora no puedo. Te llamo luego.
Demi se concentró en su café. No le hacía falta preguntar para saber quién era. ¿Quién otro podía ser para que Joseph se hubiera vuelto telegráfico y tenso en un segundo?
Cuando lo vio ponerse de pie, con el móvil pegado a la oreja, decir a todos un “disculpad” y dirigirse al porche, ella tuvo claro que no se había equivocado. Era su barbi rellena de silicona.
¿Qué le veía? ¿Cómo podía sentirse atraído por una cosa así? Desde los CMA se devanaba el seso intentando entender qué narices le veía a aquella mujer. Como no fuera el apellido ilustre… Pero Joseph no era de esa clase de hombres, de los que iban por interés.
¿O sí?
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
La llamada de Tyler le había dado a Joseph el tiempo que necesitaba para salvar el momento y pensar su siguiente paso, pero ella empezaba a resultar cargante.
—Podías haberme dicho que no estarías en la ciudad este finde. Contaba contigo…
Ya. Para alguna de sus fiestas privadas llenas de tipos estirados y señoras tan glamurosas como mortalmente aburridas.
Sonríe, Joseph.
—¿Me perdonas? Fue un imprevisto.
En la cocina, Demi acababa de abrir sigilosamente la ventana. Necesitaba saber y no podía preguntárselo a él, ya que no podía explicarle por qué quería saber algo tan personal. 
Ni siquiera ella misma entendía lo que le pasaba, como para explicarlo... Además, lo último que haría en la vida sería dejarle ver a Joseph que él le importaba. Eso, ni loca.
—¿Un imprevisto en Camden? —la voz de Tyler sonó exactamente a lo que estaba pensando—. ¿Qué ha sucedido? ¿La princesa Demi se quebró una uña y su nueva mánager no sabe qué hacer?  
Joseph meneó la cabeza divertido. Se odiaban mutuamente. De Tyler podía entenderlo. Después de todo, era hija de uno de los hombres más influyentes del país; no estaba acostumbrada a que la gente le hiciera el vacío. Y Demi, tan pronto la había visto de su brazo en los CMA, se había dado media vuelta sin mostrar el menor interés por entablar conversación con ella. De Demi, también podía entenderlo.
Si admitía el factor celos.
Y tratándose de Demi, era todo un factor. Especialmente, si el hombre en cuestión era él. Se derretía. Cada vez que pensaba que Demi tenía celos de Tyler, el corazón empezaba a darle brincos en el pecho porque aunque con Demi eso no significara necesariamente amor, era mucho más de lo que jamás había tenido de ella. Y muchísimo más de lo que había esperado tener algún día.
Joseph rió para evitar responder.
—Oye… Me están esperando, tengo que dejarte. Te llamo más tarde, ¿ok?
—¿Vas a volver con ella?
Su intento no había funcionado. Joseph respiró hondo y se apoyó contra la barandilla.
—Es posible, no lo sé —admitió, al fin—. Me ha propuesto un proyecto nuevo y tengo que estudiarlo. No sé si es viable. Mira, he de cortar... El lunes voy a buscarte, cenamos por ahí y hablamos, ¿te parece bien?

—Los hombres sois muy tontos… —la escuchó decir con su tono de niña de alta sociedad—. Eres bueno en lo tuyo y yo soy Tyler Bradford. No hay ninguna puerta que yo no pueda abrir. ¿Te imaginas todo lo que podrías conseguir?