sábado, 15 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 36



Aquella noche Demi había flotado sobre el escenario, excitada como una niña de quince años ante la idea de que tendría a Joseph todo para ella durante unas horas. Disfrutarían de una buena cena, y luego, de unas cuantas canciones, lentas mejor.
Y así fue; lo tuvo para ella, aunque no sucedió exactamente como esperaba.
La cena de cinco tenedores acabó siendo unos tacos y unas fajitas en un local del centro de Rochester, en compañía del grupo. Estaban contentos por lo bien que iban las cosas y querían celebrarlo con ella. No podía negarse.
Era cerca de la una de la madrugada cuando Demi acabó la última partida de billar que había anunciado que jugaría aquella noche, y volvió a la mesa junto a Joseph.
—¿Te apetece una cerveza? —ofreció él gentilmente.
—¿Tú que estás bebiendo?
—Bourbon.
—¿Puedo?
— Joseph le acercó su vaso y se quedó mirándola. Ella bebió un sorbo y lo dejo sobre la mesa.
—Todavía me sigues debiendo mi cena y mi baile, pero quiero que aclaremos lo que haya que aclarar… —dijo ella mientras jugueteaba con el vaso sobre el cristal de la mesilla.
Había llegado la hora de la verdad. Joseph se inclinó hacia delante, apoyó sus antebrazos en las piernas y empezó a hablar lo bastante alto como para que ella lo oyera por encima del ruido del local, pero no tanto como para que la conversación dejara de ser privada. Demi se acercó más a él y prestó atención.
—No sé si eres lo mejor que ha parido esta tierra después de Janis Joplin —dijo aludiendo al comentario que siempre hacía Jarvis. La mirada de Demi se volvió tierna—, pero eres especial. Tienes todo lo que hace falta para estar en lo más alto y quiero verte ahí… — Joseph hizo una pausa para beber—. Tienes que dejarme hacer mi trabajo sin sentir que intento imponerte nada. Estos últimos dos años te hicieron mucho daño, Demi. Arreglar eso va a llevar tiempo y es necesario que todo el mundo vea que vas en serio, que estás bien asesorada… Que ya no hay más escándalos, ni más fotos comprometedoras, ni más estupideces de diva… Que ahora haces tus deberes, y los haces bien.
Demi apartó la mirada.
—La cagué, Joseph, pero no soy idiota…
La voz de él sonó suave como una caricia.
—¿Crees que no lo sé?
—¿Lo sabes? —le preguntó. Sus ojos brillaban—. Anoche me hiciste sentir una completa imbécil…
—El imbécil fui yo. Sé que no irías con ese tipo ni a comprar el periódico… —respiró hondo y la miró—, pero no lo soporto. Cada vez que lo miro lo veo en tu cama. No entiendo cómo pudiste estar con ese esperpento.
—Ya te he dicho que no tuvimos nada.
Joseph le dedicó una mirada llena de ironía.
—Él estaba en cueros, Demi … Y tú, por el estilo…
Ella sintió que un calor abrasador se instalaba en sus mejillas. Recordarlo le resultaba violento. Y sentirse violenta la ponía mucho más violenta. ¿Qué más daba si estaban desnudos o vestidos? ¿Qué más daba si se habían enrollado o no? A la Demi de entonces le habría dado exactamente igual.
Pero a la de ahora… La de ahora se había sonrojado por lo que aquel vikingo que tenía enfrente pudiera pensar de ella.
—No estaba por el estilo. Tenía mi ropa interior perfectamente puesta donde debía. Y él estaba desnudo porque quería fiesta… — Demi lo miró desafiante—. Yo no quería. Así que, como comprenderás, si ni estando borracha consiguió meterse entre mis piernas, es que como te dije, no tuvimos nada. Paso de J.T. No me va. ¿Quieres que te lo ponga por escrito y así lo olvidamos de una vez?
Joseph la miró con dulzura y negó con la cabeza.
—Quiero decidir los pasos que tienes que dar y en qué dirección debes darlos. Y quiero que tú te relajes, me dejes hacer y te concentres en cumplir tu parte; súbete al escenario, cómetelos, y olvídate de lo demás. Te conozco Demi. Sé lo que te gusta y lo que no te gusta. Confía en mí ¿de acuerdo? Si tengo alguna duda, te prometo que lo consulto contigo…
—No me mangonees —replicó ella, cortante—. No me gusta que un tío se plante delante de mí a decirme lo que debo y no debo hacer.
—No soy un tío. Soy Joseph.
Ella lo miró burlona.
—Soy el único tío del mundo que puede decirte lo que debes y lo que no debes… —añadió él, con una sonrisa maliciosa.
—Yo que tú no me fiaría.
Joseph se acercó más a ella y le habló al oído.
—¿Por qué te haces la dura conmigo? A un diez por ciento de ti puede que le cabree, pero al resto de Mandy le encanta… —buscó su mirada—. Te encanta que te pare los pies.
Era cierto. Y no entendía por qué, pero le gustaba. Que fuera a admitirlo era otra cuestión.
Ella lo miró con expresión seria.
—Yo que tú, no me fiaría.
Joseph bajó la cabeza. Estaba sonriendo. Demi miró a otro lado. También sonreía.
—Joder… Te habría zurrado cuando te despachaste con el “demándame”—admitió ella, riendo.
Joseph soltó una carcajada y se dejó caer contra el respaldo del sillón. Rieron un buen rato antes de que la conversación volviera al tema trabajo.
—Por cierto, ¿quién es el periodista que tiene que volver dentro de tres vidas?
—Tuck Harris. El que dejó caer que andabas con drogas cuando empezaron a fotografiarte con J.T.
Demi asintió.
—Entonces, mejor que sean cinco vidas.
—No podemos darle largas mucho tiempo… — Joseph se acomodó mejor contra el respaldo—. No nos conviene. Pero cuando esta semana me llame, porque me va a llamar, le voy a dejar caer que va a ser más fácil convencerte de que cooperes, si puedo mostrarte una buena crítica firmada por él...
Demi sonrió traviesa. Joseph le guiñó un ojo y bebió un trago de whisky.
—Hace mucho que no oigo sonar tu móvil…
—Lo apagué —contestó él—. No para de sonar
Era verdad. Cada vez que lo miraba, y lo miraba montones de veces por hora, Joseph hablaba por teléfono, o con alguien en persona mientras tenía una llamada en espera.
—Contrata a alguien para que se ocupe.
—Sí. Cuando vuelva de viaje me pondré con eso.
—¿De qué viaje?
—La semana que viene me toca hacer kilómetros… —bebió un sorbo de whisky. Solo con pensarlo se le quedaba la idea atravesada en la garganta—. No puedo negociar cláusulas secretas por teléfono, Demi. Tenemos que vernos las caras.
Los festivales regionales, claro. Demi tomó tierra estrepitosamente.
—¿Cuándo te vas?
—Mañana.
—¿No vienes a Camden? —Él negó con la cabeza—. ¿Cuándo vuelves?
—Lo antes que pueda. Pero aunque se diera fatal, cortó y me reúno contigo en Boston, antes del concierto del sábado.
Demi contuvo el aliento y no se dio cuenta hasta que suspiró. Apartó la mirada e intentó concentrarse en lo que pasaba en los billares, donde los chicos jugaban su partida número un millón.
Casi una semana sin verlo. Seis días. Iba a estar insoportable. ¿Volver a pasar otra semana como la que había tenido cuando Joseph estaba en Nashville?
—Como no me llames, te vas a enterar —advirtió. Le había salido del alma.
Joseph la miró con los ojos brillantes, notó que ella seguía con los suyos fijos en la partida de billar. Tragó saliva e hizo lo propio, completamente consciente de que dentro del pecho, su corazón corría las 1.000 Millas de Indianápolis.
¿Era el estilo Demi de darle a entender que lo echaría de menos?

domingo, 9 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 35



La expresión de Demi aumentaba nivel de sorpresa por segundos, pero cuando vio a Joseph ponerse de pie y mirarla…
J.T. también se puso de pie. Incapaz de moverse, Demi lo vio hacer el ademán de acercarse a Joseph y decir algo. Pero él fue todavía más taxativo.
—Tío, me quedé con ganas de partirte la cara la última vez que nos vimos —añadió, mirándolo desafiante—. No me tientes.
Se sostuvieron las miradas un instante mientras Demi continuaba inmóvil de pura sorpresa. Finalmente, J.T. llamó a retirada. La miró molesto.
—¿Tanto poder tiene sobre ti este gilipollas?
Demi miró a Joseph con ganas de matarlo, y luego a J.T.
—Te agradezco que pensaras en mí. Me caes bien, pero eres un desastre... Donde tú estás siempre hay bronca, y yo me he rehabilitado.
J.T. asintió de mala gana. Hizo un par de comentarios irónicos más y luego cambió de tercio. Pocos minutos más tarde se despidió de Demi. De Joseph, no.
—No vuelvas a hacer algo así —advirtió Demi cuando entraron en el ascensor.
Joseph iba a contestar pero ya no estaban solos, así que guardó silencio hasta que abandonaron el ascensor en la tercera planta. Entonces, la tomó del brazo suavemente, haciendo que se detuviera, y le habló con su seguridad habitual.
—Es un gilipollas. Un colgado que no quiero ver al lado tuyo. Si vuelve a aparecer le parto la cara, ¿está claro?
—Te estás pasando, Joseph.
—Ya lo sé. Y si vuelvo a verlo me voy a pasar del todo —se acercó a Demi con los ojos brillantes de rabia y se lo soltó—. No quiero verte con ese capullo. No te lo voy a repetir.
A continuación, se alejó por el corredor bajo la mirada iracunda de Demi.
—Joder… —rezongó rabiosa.
Se dirigió a la habitación de Jordan a paso vivo y llamó con los nudillos dos veces. Un Jordan tan enfadado como ella abrió la puerta.
—Qué.
—¡¿Te has vuelto loco?! — Demi exhaló el aire ruidosamente y lo miró, encendida de rabia— Es mi vida. Si alguien me conviene o no, lo decido yo. No vuelvas a hacer algo así —le dijo imitando su tono anterior.
—Demándame —replicó él, desafiante y volvió a cerrar la puerta.
Y por si le quedaba alguna duda de que sería lo último que le diría aquella noche, lo siguiente que oyó Demi fue que había puesto música: Usher sonaba tan alto que parecía estar allí dentro, tocando en directo con todos sus músicos.
Las cejas de ella eran dos arcos perfectos, coronando unos ojos como platos, que miraban la puerta cerrada con expresión tan sorprendida como iracunda.

No podía creer que Joseph hubiera hecho algo semejante.
La sesión de fotos había ido bien. Eran cerca de las once de la mañana cuando llegaron a Rochester y una hora más tarde Demi ya estaba con el periodista del All Country Magazine para la entrevista de “media hora, sin preguntas personales” que había acordado Joseph la noche anterior.
No habían hablado mucho. Ella continuaba enojada. Joseph, evidentemente, también. Más de una vez había descubierto a alguno de los chicos del grupo enviándole a otro alguna mirada con mensaje. Pero a medida que fue pasando el día, Demi hizo un descubrimiento; su rabia se diluía.
Así que ahora en vez de rabiosa, estaba confundida.
Para la hora del concierto, no solo no estaba enfadada con Joseph, quería, necesitaba, que olvidaran el asunto y todo volviera a la normalidad. Pero no lo había vuelto a ver.
"Cinco minutos" escuchó que le anunciaban tras unos golpes en la puerta.
Y Joseph sin aparecer.
Demi se arregló el pelo coqueta. Tras echarse un último vistazo en el espejo, se dispuso a salir del camerino.
Cuando abrió la puerta, él estaba ahí.
—Empezaba a pensar que te habías largado —dijo ella, apartando la vista de aquellos ojos hechiceros. Últimamente cada vez que lo miraba, se sentía muy rara.
Joseph anduvo a su lado por el túnel que llevaba al escenario, con las manos en los bolsillos de su cazadora.
—Tenemos que hablar y este no es el momento —empezó a decir él suavemente.
A Demi se le aceleró el corazón. Lo miró brevemente intentando que no se notara en su mirada que se sentía como un flan. Su mente revisaba lo dicho la noche anterior… Había sido una discusión como otras que habían tenido. ¿De qué tenían que hablar?
Él se detuvo, y la hizo volverse y enfrentarlo. Sus ojos le miraban el pelo, la frente, la nariz, pero no los ojos.
—Perdóname —dijo él al fin y en aquel momento sus miradas se encontraron—. Ese capullo me desquicia… Luego hablaremos, pero no quiero que sigamos enfadados. Me pasé y lo siento… ¿Me perdonas?
Ella suspiró. No pudo evitarlo. Sintió como si le hubieran quitado un enorme peso de encima.
Joseph sonrió.
—¿Eso es un sí?
La música introductoria empezaba a sonar. Tenía que salir al escenario.
—No —respondió ella con toda su sensualidad—. Quiero cena de cinco tenedores, solos tú y yo. Y que me lleves a bailar. Después, me pensaré si te perdono o no…
Él la vio alejarse hacia el escenario con aquel impresionante vestido rojo y su melena leonina cayéndole en rizos sobre la espalda... Aquellos contoneos femeninos lo volvían loco. Joseph bajó la cabeza. Se restregó el pelo nerviosamente. Diez minutos después de que ella lo hiciera volar de rabia, se moría por verla.
Ya no soportaba no tenerla cerca.
En un par de días Demi volvería al rancho y él a la carretera, a negociar sus actuaciones en los festivales regionales.
¿Cómo iba a arreglárselas días enteros sin verla cuando solo diez minutos ya le parecían un suplicio?

Mi Dulce Bombón Capitulo 34




Joseph entró en el camerino detrás de Demi. Como de costumbre, estaba repleto de flores y tarjetas que sus fans entregaban a la gente del equipo para que se las hicieran llegar.
—¿Qué tal estuve? —preguntó ella, mientras aspiraba el aroma de una rosa.
Bestial.
Joseph sonrió para sus adentros.
—Estuvo bien.
— ¿Bien? —Dijo quitándose la bata y entrando en el baño—. Gritaban como posesos, Joseph… —asomó la cabeza por la puerta y lo miró burlona— Era yo la que los hacía gritar así ¿sabes? Estuve genial, no “bien”.
Más que genial, pensó Joseph. Pero no iba a empezar a adular su vanidad tan pronto.
En aquel momento entró con su infaltable agenda y un bolígrafo detrás de la oreja.
—Tengo a tres periodistas fuera ¿qué les digo? —preguntó al tiempo que le entregaba a Joseph las tarjetas de visita. Luego, saludó a Demi con la mano. Ella continuaba asomando la cabeza por la puerta del baño, mirando la escena con el ceño fruncido.
—Este que venga mañana, sobre las doce. Media hora. Sin preguntas personales —dijo él, devolviéndole una de las tarjetas—. Este que me llame el lunes —garabateó su móvil en la tarjeta y también se la dio—. Y este que… —pensó unos instantes—. Que no. Que vuelva dentro de tres vidas y a lo mejor me lo pienso.
Demi salió del baño y esperó a que Sharon se marchara.
—¿Ahora decides tú a quién concedo entrevistas y cuándo? —le preguntó en tono desafiante.
Joseph asintió sin inmutarse. Demi soltó una carcajada.
—Estás de broma —replicó, todavía riendo, aunque sonó más a pregunta que a afirmación.
Él negó con la cabeza.
—Sería mejor que te cambiaras, Demi. Te estás enfriando…
Ella lo miró divertida. No estaba de broma. Tal y como le había dicho, se iba a meter en “todas sus cosas”. Debería pararle los pies, ponerle unos límites bien claros…
Pero la verdad era que le encantaba lo que estaba sucediendo. Le gustaba que él marcara las pautas. Le gustaba la forma en que le decía las cosas a la cara, sin remilgos, con toda su seguridad. La enojaba, pero en el fondo, le gustaba.

 El resto del mundo daba mil vueltas cada vez que tenía que decirle algo a Demi Brady. Pero Joseph no se cortaba. La miraba a los ojos, le sugería que se cambiara con palabras, pero en intención la estaba mandando, y se quedaba tan fresco.
Le encantaba aquel hombre. Cada día más.
Demi sonrió, y asintió con la cabeza.
Cuando la vio darse la vuelta y regresar al baño sin rechistar, Joseph miró a otra parte.
Su sonrisa era tan grande que parecía a punto de tragarle la cara.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Joseph no había hecho el menor ademán de dejarla a solas con J.T. Al contrario. Se dirigió con ella hacia el lounge tan pronto regresaron al hotel, dando por hecho que le incumbía. Demi lo había mirado algo sorprendida pero no había hecho ningún comentario.
Y allí estaban los tres, sentados en los cómodos sillones del lounge del Hilton, bebiendo algo mientras el resto de los chicos del grupo estrenaban los locales de fiesta de la ciudad.
Aquel individuo no le gustaba y aunque a Joseph le fastidiara admitirlo, la razón principal era haberlo encontrado en la suite de Demi. Más concretamente, en su cama. Ella había dicho que no había sucedido nada entre los dos, pero a Joseph le daba igual.

 Aquel roquero insufrible había sido la gota que había colmado el vaso, lo que lo había llevado a alejarse de Demi más de tres meses. Y lo que sentía en su presencia, era igual de agresivo que entonces.
Están mosqueados porque dicen que ya no tenemos tanta pegada. Que les está costando vender todas las localidades… —J.T., histriónico como siempre, acompañaba sus palabras de oportunos gestos con las manos, lo que Demi encontraba divertido y Joseph, no—. Quieren que lleve a los jodidos Bombers de teloneros —dijo mirando a Demi con una expresión que era pura ironía—. ¿Te lo puedes creer?
Ella reía.
— ¿Están locos? ¿Qué pintan esos como teloneros de Psicodelia?
—Totalmente —continuó J.T. Encendió el cuarto cigarrillo de la última media hora y se apartó el pelo de la cara. Joseph miró el pabellón de su oreja: estaba llena de piercing. Menudo esperpento—. Pero están cargantes con el tema así que les dije que yo decidiría a quién llevamos de teloneros.
Ya. No lo digas. ¿Demi Brady?
—Ni hablar —sentenció Joseph. Notó que Demi lo miraba interrogante y luego volvía a mirar a J.T.
— ¿Pensabas en mí? —preguntó ella al fin.
J.T. asintió, sonriendo seductor. E ignorando completamente a Joseph continuó vendiendo su idea.
— ¡Imagínate! ¡Sería un bombazo, nena! Primero apareces tú y los dejas colocados. Después aparecemos nosotros y damos el remate final… Hasta podríamos hacer algún dúo. Nos hartaríamos a vender.
—¿Qué parte no has entendido, tío? —interrumpió Joseph, cada vez más serio—. No va a ser tu telonera. No va a hacer ningún dúo contigo. Y si estos eran los negocios de los que querías hablar, ya están hablados. Es tarde y mañana tiene sesión de fotos a las 7.
La expresión de Demi aumentaba nivel de sorpr

Mi Dulce Bombón Capitulo 33



Volver a verse las caras con los miembros del grupo después de tres meses había sido un gran momento. Demi actuaba con aquellos mismos cuatro músicos desde el principio. Exceptuando algunas sustituciones por enfermedad, siempre habían tocado juntos. Jarvis al bajo, Trent en los teclados, Charly en las cuerdas y Pepper a la batería. Sus vidas habían cambiado a lo largo de los cinco años que llevaban juntos. 

Alguno se había casado, otro se había divorciado y los demás habían cambiado de novia varias veces, pero cuando la puerta del estudio o de la sala de reuniones se cerraba, Demi sentía que continuaban siendo los mismos de siempre.
El coro era otra tema. Los primeros tiempos había tenido una pareja estable: Travis y Lilly, pero después que un accidente acabara con la vida de él, Lilly lo había dejado. Estar con el grupo le traía demasiados recuerdos. Desde entonces, hacía más de cuatro años, las voces del coro habían cambiado casi en cada concierto. Y ahora sucedía lo mismo. 

Demi no conocía más que de nombre a las dos veinteañeras mega-modernas que no dejaban de mirar a Joseph como si él fuera un postre apetitoso al que quisieran dar un bocado. Y como continuaran haciéndolo, ya podían ser reencarnaciones de Judy Garland, que durarían lo que un suspiro en el grupo.
Joseph otra vez. ¿Es que estaba enferma o qué? A él siempre lo miraban así. ¿Desde cuándo le molestaban aquellas miradas?
Demi se obligó a no responder a la pregunta y a poner su atención en lo que sucedía en la sala de reuniones de la tercera planta del lujoso hotel neoyorquino, parada habitual cuando actuaba en Nueva York.
Joseph había dejado a Sharon, la asistente personal de Demi, a cargo de su móvil para no tener interrupciones durante la sesión de trabajo. Acababa de explicar la agenda de los seis conciertos que quedaban hasta fin de año empezando por el primero que tendría lugar aquella misma noche en el Radio City Hall. 

Ahora, describía a grandes rasgos el nuevo proyecto artístico de Demi Brady ante la mirada atenta de todos, excepto la aludida. Ella estaba más interesada en pasar revista al habitual aspecto impecable de Joseph, que hoy consistía en unos pantalones marrones de pana y un jersey de lana gorda de color crema.
—Dentro de un par de semanas tendré la agenda provisional para el primer trimestre del año, pero desde ya os puedo anticipar que se acabó la vida tranquila —hubo sonrisas y algún comentario. Joseph asintió con la cabeza—. Sí. Dejadles un álbum actualizado a vuestras chicas porque os verán poco… En enero arrancamos después de año nuevo con cuatro conciertos por semana…
—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer con la tuya? —preguntó el teclista, mirándolo burlón.
Demi miró a Joseph por el rabillo del ojo. Él continuaba sonriendo sin darse por aludido
—Soy libre, tío. No tengo que darle cuentas a nadie —dijo, al fin—. Y menos a ti — Demi bajó la cabeza para que no la vieran sonreír. Joseph continuó—. Lo digo en serio. Va a tocar trabajar mucho, y va a ser así todo el año. Salvo agosto que pararemos tres semanas… Así que pensad si estáis dispuestos o no. No quiero ponerme a buscar sustituciones a mitad de camino, ¿de acuerdo?
Jarvis miró a Demi sin ocultar su satisfacción.
—No puedo creer que hayas decidido dejarte de moñas y tocar de verdad…
Ella sonrió. No esperaba menos de él. Siempre le había dado la murga con eso de “tocar para la gente de verdad, donde estaba la gente de verdad”. Hacer giras, recorrer la geografía palmo a palmo.
—De a poco me voy haciendo mayor —apuntó Demi, divertida.
—Era hora, muñeca —replicó él—. Eres lo mejor que ha parido este país después de Janis Joplin. Sal ahí fuera y cómetelos. Me va a encantar estar contigo en esto.
Hubo más comentarios y más risas, y muchas más aún cuando Joseph dijo algo que le salió del alma.
—¡Y a mí que lo digas, chaval! —Exclamó con sentimiento—. Van a hacer falta brazos para quitarle de encima a las torres peludas que nos vamos a encontrar en el salvaje oeste…
Un buen rato después de que la reunión se hubiera acabado, Demi seguía desternillándose cada vez que su mirada se encontraba con la de Joseph.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
El ensayo había ido bien. Las luces funcionaban a la perfección. Los equipos habían tenido fallos menores, nada importante. Y, milagrosamente, las chicas del coro se acoplaban sin mayores problemas. El concierto había empezado en punto con un casi lleno y Demi estaba…
Impresionante.
A veces, a Joseph le costaba distinguir en qué punto dejaba de admirarla como mánager para empezar a admirarla como hombre. Llevaba demasiado tiempo loco por ella. Pero ahora, en este preciso momento el que desde la zona de prensa la miraba comerse el escenario, era el mánager.
Demi Brady era impresionante.
Era una mujer preciosa, sí. Pero arriba de un escenario era tantas cosas más, que su belleza se convertía en un mero adorno, como un vestido bonito o unos zapatos llamativos. Cuando empezaba la música y las luces la enfocaban, ocurría algo mágico; Demi hechizaba. Era su voz, poderosa y rica en matices, su increíble sensualidad que lo acariciaba todo…

 Y su presencia, aquel montón de personalidad que plantaba firme sobre dos tacones de aguja con total seguridad, como si estuviera diciendo con cada centímetro de su piel, “aquí estoy yo”.
Había conseguido crear un estilo, una mezcla de country melódico con baladas pop, bastante imitado, pero rebelde como era, frecuentemente sorprendía a sus fans versionando temas populares de otros cantantes, incluidas canciones de categorías tan lejanas a ella como el rock duro o el rythm & blues.
Y además, mantenía con el público un intercambio fluido. Era cálida, cariñosa con la gente que iba a ver sus espectáculos.
Se comía el escenario. Enloquecía a sus fans.
Y estás de muerte.
Joseph bajó la cabeza sonriendo. Aquello no lo había pensado el mánager sino el hombre, uno que después de once años, la seguía encontrando hermosa, imponente, superior...
Era una noche perfecta.
Como Demi.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
O casi. ¿Qué hacía J.T. allí?
El concierto había acabado. Demi, cubierta por una gruesa bata negra que le llegaba hasta los pies, firmaba autógrafos al último grupo de fans cuando de la nada había aparecido el vocalista de la banda de rock Psicodelia.
La última vez que se habían visto las caras, Joseph lo había sacado a empellones de la suite de Demi.
— Joseph —dijo J.T. a modo de saludo cuando pasó a su lado.
Él ni se molestó en contestar. En cambio, se concentró en Demi. Ella continuaba firmando autógrafos y charlando con sus fans.
Como lo hayas llamado tú, te vas a enterar…
Pero no había sido cosa de Demi. La expresión de sorpresa en su cara era auténtica.
—¡J.T.! —exclamó, abrazándolo afectuosa— ¿Qué tal te va la vida?
La mirada del roquero se cruzó brevemente con la de Joseph cuando la abrazó.
—Me enteré de que actuabas y aquí me tienes… Has estado genial, como siempre. — Demi sonrió halagada.
Joseph continuó mirando la escena. Vio a Demi cerrar mejor su bata y cruzarse de brazos.
—Me estoy helando… —dijo—. ¿Sigues con el mismo número? Te llamo luego ¿vale?
Alto, delgado, con aspecto de ir a tope siempre. Con aquel uniforme de roquero que le daba ese aire tan desaliñado… No entendía qué veía Demi en un tipo como él.
—Quiero hablar de negocios contigo. ¿Te importa si te espero?
Demi se encogió de hombros.
—Estoy muerta y mañana madrugo… Pásate por el Hilton Times Square en una hora o así, y nos tomamos algo en el lounge, ¿te parece?
Él sonrió.
—Te veo luego entonces.

Pasó junto a Joseph con las manos en los bolsillos de sus vaqueros desgastados, sin mirarlo, y desapareció en el pasillo que llevaba a la salida posterior del Radio City Hall.

Mi Dulce Bombón Capitulo 32




Demi volvió a sacarse al hombre de encima suavemente, y forzó una sonrisa agradecida en su cara.
—De acuerdo. Ya estoy en mi suite, sana y salva. Gracias, Martin. Eres un encanto, pero tienes que irte. Mañana madrugo.
El moreno sonrió y sus manos, que ya habían vuelto a tomarla por la cintura, la atrajeron hacia él.
—Es temprano… Ni siquiera son las doce —murmuró junto a la oreja de Demi, algo que a ella no le hizo ninguna gracia.
Ni el calor de su aliento en la piel, ni sus palabras.
Tenía razón, era temprano. Y por alguna extraña razón, Demi no tenía cuerpo de fiesta.
Había salido sola, sin personal de seguridad, con toda la intención de divertirse y dejar de pensar en lo que no debía, pero tenía enfrente a un moreno de catálogo de ropa interior, que seguro le alegraría el cuerpo la mar de bien…
Y no le apetecía.
Dentro de la lujosa suite de Demi, Joseph apartó el periódico en el que llevaba una hora y media intentando concentrarse sin éxito, y se acomodó mejor en el gran sofá del salón. Se esforzó por ignorar el súbito aceleramiento de su corazón y quedarse exactamente donde estaba, atendiendo la conversación que transcurría del otro de la puerta, a pocos metros, y de la que, aguzando el oído, podía oír un poco.
—Es tarde para mí — Demi lo apartó con suavidad una vez más y volvió a sonreír—. Hagamos una cosa… Déjame tu número y te llamo, ¿te parece? Ahora tengo que dormir —le regaló una de sus sonrisas sensuales—, esta belleza no es de plástico ¿sabes? Hace falta descanso para mantenerla…
Martin volvió a la carga. La empujó contra la puerta y se coló en su cuello apasionadamente. A Demi, el calambrazo, resultado del golpe en el codo que acababa de darse contra el marco de la puerta, le recorrió el brazo y acabó clavándose en su hombro, dolorosamente. Fue imposible no chillar, pero él, más concentrado en sus propios intereses, insistió.
—Media hora más. Sé buena…
Dentro de la suite, Joseph se puso de pie como impelido por un resorte al oír el quejido. La voz de Demi lo hizo detenerse.
—Me muero de ganas, pero no puedo —dijo ella con un gesto de “lo siento”—. Cosas de chicas, ya sabes.
Aquellas tres palabras demostraron ser mágicas; Martin se apartó de mala gana, y la miró con picardía.
—Entonces —dijo—, espera a que se te pase para llamarme.
Demi le acarició la nariz, y volvió a disculparse, esta vez con palabras.
El hombre continuó observándola unos instantes en silencio, decidiendo su siguiente paso. Al final, sacó una tarjeta del bolsillo interior de su chaqueta y se la puso en el escote al tiempo que se inclinaba sobre ella y volvía a besarla una última vez.
—Esa llamada... ¿será antes de la próxima glaciación? —preguntó él, con desconfianza mientras esperaba que las puertas del ascensor volvieran a cerrarse.
Demi le tiró un beso con la mano.
—Mucho antes.
Cuando oyó que abrían la puerta de la suite, Joseph volvió a sentarse. Consciente de que empezaba la parte de difícil, respiró hondo.
—¿Te has equivocado de habitación? —preguntó ella al verlo allí.
A continuación, dejó el bolso sobre el sillón y se quitó su abrigo de cuero, largo hasta los tobillos. Con naturalidad, sacó la tarjeta que Martin de su escote, la rompió en cuatro pedazos y los dejó sobre la mesilla.
Había conseguido esbozar una sonrisa, más bien desdibujada, al comprobar que Joseph estaba ahí, pero continuaba sin poder mirarlo. No le gustaba lo que llevaba horas sintiendo. Y no quería arriesgarse a que él lo leyera en sus ojos, como hacía siempre.
—¿No habíamos quedado en ir a cenar? —replicó él, a su vez, con otra pregunta.
Demi no respondió de inmediato, siguió concentrada en abrir la cremallera de sus botas.
—Cuando bajé —dijo al cabo de un rato—, Miss Gentileza 2004 te tenía tan ocupado que me dio no sé qué arruinarte el plan.
Joseph notó que ella no lo miraba al hablar, pero sonreía. Su voz sonaba relajada, con una pizca de picardía. No pudo evitar menear la cabeza. Demi no se parecía a nada que él hubiera conocido antes. Ella no montaba escenas. No tenía ataques de protagonismo. Y si sentía celos, suponiendo que eso fuera lo que sentía, resolvía el asunto en un santiamén; se iba de juerga sin escolta, seducía al primero que se le antojaba, y lo pasaba bien.
O sea, le hacía pagar a Joseph sus despistes dos veces: primero, él no la tenía; segundo, la tenía otro.
—Jennifer hace su trabajo; es relaciones públicas del hotel —aclaró él con una expresión divertida en el rostro.
—¿Jennifer? ¿Cuándo dejó de ser la señorita Whattle para ti? El cliente soy yo. Y todavía nos llamamos formalmente por nuestros apellidos…
Demi continuaba ocupada en quitarse las botas, con la misma sonrisa burlona.
Y sin mirarlo directamente a los ojos.
—"¿Qué tal está, señorita Brady?” —Dijo, imitando una de sus típicas conversaciones—. "Estupendamente. Gracias, señorita Whattle".
Como si de pronto aquel asunto la aburriera, Demi se puso de pie, y recogió las cosas. Enfiló hacia su habitación, pero antes disparó a matar:
—El único trabajo que quiere hacer la señorita Whattle, te lo quiere hacer a ti, guaperas.
Joseph sonrió incrédulo. La siguió hasta la habitación mientras respondía:
—Estábamos hablando de ti, y además ¿por qué te fuiste sin esperarme?
Demi se volvió. Lo miró directamente a los ojos.
Esta vez, sí.
Fue una mirada cargada de ironía, que portaba un mensaje; ¿yo, esperarte a ti?  
Joseph apartó la vista un momento. Contó hasta diez mientras se esforzaba por ignorar la ironía y centrarse en lo importante.
—¿Por qué has salido sola? —preguntó con el tono más aséptico que pudo.
Sus miradas volvieron a encontrarse. Demi sonrió de oreja a oreja. Había sido una pregunta muy tonta y además, tenía ganas de pincharlo por haber estado con Miss Gentileza cuando debía estar con ella. Porque se había puesto aquel vestido negro que a él le gustaba, por eso, porque a él le gustaba. Porque se sentía una idiota desconocida para sí misma…
—¿Y tú qué crees, Joseph?
Creía que si Demi volvía a hacer algo así, le daría un ataque.  
—No tengo la menor idea, preciosa —la miró con ternura—. No creo que quisieras correrte una juerga en un día que te pasan “cosas de chicas”.
Demi frunció el ceño. ¿De dónde había sacado eso? ¿Había estado oyendo detrás de la puerta?
Jordan no la dejó atar cabos. Sonrió con su mejor cara de póquer.
—Pero eres una mujer, ¿acaso sabéis vosotras por qué hacéis lo que hacéis? —le pellizcó la punta de la nariz—. Me voy a dormir.
Demi sonrió.
—Que duermas con los angelitos…
—Ya. Tú, mejor sola —contestó él, riendo. Abrió la puerta para salir pero se volvió y la miró. Ni rastro de broma en su lenguaje corporal—. Demi, no vuelvas a salir sin guardaespaldas, ¿estamos?
Ella lo miró burlona.
—Sí, papá. Estamos.
Joseph asintió y cerró la puerta tras de sí. Pero no se fue a dormir. En cambio, se dirigió con paso firme al lounge del hotel donde sabía que estaría el responsable de seguridad de Demi. Iba dispuesto a llevar a cabo el primero de la larga lista de cambios que tenía en mente realizar al complejo artístico Demi Brady.
Aún continuaba con una sensación de vacío en el estómago de los nervios que había pasado las horas que ella había estado fuera. Ya tenía suficiente con los celos que le hacían hervir la sangre solo de pensar en los infaltables babosos que llenaban el paisaje de Demi. No añadiría preocupación.
Demi ya ha vuelto. Llegó hace veinte minutos —dijo Harry, tranquilizándolo—. ¿Te pido un whisky?
Joseph negó con la cabeza y fue al grano.
—Escucha, de ahora en adelante quiero que no la pierdas de vista.
Harry lo miró algo contrariado.
—Si Demi dice que me quede, me tengo que quedar. No te ofendas, pero la jefa es ella…
Antes ella era la jefa. Ahora las cosas serían diferentes.
Joseph volvió a negar con la cabeza.
—No. A partir de ya, el que comanda esta nave soy yo. Quiero que sepas qué hace en cada momento del día. Quiero ver tu sombra detrás de ella siempre, y si esto te crea algún conflicto, me lo dices ahora, te preparo la cuenta y asunto arreglado, ¿nos entendemos?
Harry asintió de mala gana.
—Bien. ¿Han llegado los demás?
—Los chicos de la banda, sí. Sharon llega con retraso. Los vuelos estaban suspendidos por mal tiempo.
—OK. Encárgate de que mañana a las diez todo el mundo esté en la sala de reuniones de la tercera planta.
—Claro.
Joseph respiró hondo. Ahora que empezaba a relajarse, le dolía hasta la raíz del pelo.
—Me voy a dormir —dijo a modo de saludo.
Y a intentar recuperar fuerzas para su siguiente encuentro con Demi. En ese partido curioso que jugaban, ella ganaba 2-0.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Para Demi no estaba tan claro que estuviera ganando nada. Joseph había dicho que “estaba loco por volver con ella”. Evidentemente, estar loco tenía una lectura diferente para él que para el resto de los hombres de su vida. Se había tomado más de una semana para decidir si aceptaba su nuevo proyecto o no. En Nashville parecía más interesado en Tyler Bradford; en Nueva York, en la relaciones públicas del hotel, Miss Gentileza 2004.  
Joder, se había puesto aquel vestido negro por él, y Joseph ni siquiera lo había notado...
Demi se dio la vuelta en la cama y abrazó la almohada.
No entendía nada. Lo de Joseph era un mensaje en clave. Lo de ella misma, peor aún. No entendía a qué venían esas ganas de verlo a todas horas. Ni por qué había decidido en el último momento quitarse de encima a Martin. Pero sí entendía una cosa; no iba a tomarse en serio aquel asunto.
Era Demi Brady.

Y a Demi Brady le molestaban las personas que se tomaban las cuestiones emocionales demasiado en serio y además, le encantaba la juerga.

lunes, 3 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 31




Las cosas todavía continuaban algo tensas entre los dos cuando llegaron al Beer & Wine con Miley, Nick y Mark, pero después de un par de partidas de billar y algunas risas con Nick, de a poco, Demi se relajaba.
Joseph la conocía bien y sabía que lo peor ya había pasado: volvían a estar juntos, y aunque quedaba mucho por delante, para él era motivo suficiente para la sonrisa encantada que tenía desde hacía horas, que no se le quitaba con nada.
—Ya me he enterado de que has hecho un negocio redondo —empezó Mark, pinchándolo—. Aunque la verdad, pensé que habías vuelto por ella, no por la pasta.
Joseph le echó una mirada irónica.
—¿Qué crees que pensaría si acepto trabajar como un cabrón por el mismo dinero?
Mark sonrió divertido.
—Me gusta tu técnica, tío. A ver si funciona...
Joseph volvió a mirarlo. Esta vez no contestó. Y no hizo falta. El mensaje era claro.
Funcionaría.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Aquel hombre llevaba diez minutos dándole conversación. Estaba con Demi antes de que Joseph fuera al lavabo y cuando regresó, aún continuaba allí. Así que en una reacción nada habitual, Joseph descubrió que sus pies habían decidido, sin consultarle, dirigirse a la barra. Y allí estaba, plantado delante de Demi y aquel individuo, a segundos de tener que abrir la boca para decir algo, y sin tener la menor idea de qué.
—No te conozco. ¿Quién eres?
Su mente tampoco le había consultado aquello antes de ordenar a su boca que lo dijera. Pero ya estaba dicho. Demi sintió una súbita necesidad de apartar la mirada y bajar la cabeza.
—Yo… le pedía un autógrafo —atinó a decir el larguirucho rubio que estaba junto a ella.
Por toda respuesta, Joseph se estiró para coger una servilleta de la barra, sacó una estilográfica de su bolsillo y le dio ambas cosas a Demi.
—¿A quién la dedico? —preguntó ella intentando aguantar la risa mientras se preparaba para estampar su firma sobre la servilleta.
—Peter —contestó el interesado.
Demi garabateó un autógrafo dedicado que Joseph se encargó de entregar.
—Autógrafo. ¿Algo más?
Peter se despidió rápidamente y tan pronto se alejó, Demi soltó la risa mirando a Joseph con incredulidad.
—Era inofensivo —dijo, coqueta.
—Tú no.
—¿Y eso? —preguntó con expresión divertida.
Joseph se colocó junto a ella, contra la barra, y la miró con ternura.
—Y eso ¿qué?
—¿Qué quieres decir con eso de que “no soy inofensiva”?
—Como si no lo supieras…
—Es que no lo sé —insistió ella.
—A la hora de flirtear eres más peligrosa que un mono con una escopeta — Joseph miró de reojo al del autógrafo que había regresado con su grupo de amigos—. Rubio. Alto. Buen lomo. Cinco minutos más, y te lo habrías ligado —volvió a mirarla—. Y esto es Camden. Aquí no puedes ligarte a un tipo en el Beer & Wine y enrollarte con él. Mañana sería noticia de primera página.
Como era habitual en aquel vikingo, y aunque en este caso concreto se equivocara, hablaba con conocimiento de causa. Demi cogió su botellín de cerveza sin alcohol. Él se lo quitó de la mano, sirvió un poco en la copa y se la ofreció después de dejar el envase sobre la barra.
Joseph estaba en lo cierto. En otra época, Demi lo habría hecho. Enrollarse con el hombre del autógrafo. Sin pensárselo dos veces. En esta, solo coqueteaba. En ningún momento se le había cruzado por la cabeza nada más.
—El día que discutimos, me llamaste... — Demi hizo una pausa y lo miró—. Bueno, no lo dijiste, pero casi. ¿De verdad, piensas eso?
Joseph apartó la mirada. Sabía que algún día el tema volvería a salir, pero no esperaba que fuera tan pronto.
—Me mataba verte tan hecha polvo…
Demi esbozó una sonrisa incómoda.
—Pero no fue eso lo que dijiste.
—Ya.
Había dicho algo completamente distinto. Estaba loco de celos.
—No me gusta esa parte de ti —admitió, finalmente—. Es una idiotez porque es exactamente lo que hacemos los tíos. No debería molestarme. Y si me dices que soy un cabrón hipócrita que te suelta monsergas a ti y luego hace lo mismo, tendré que aguantar... Pero soy un hombre, sé lo que piensan cuando se levantan de tu cama, y sé lo que dicen. Y me molesta un montón que seas tú de quien lo dicen. Me saca de quicio.
Demi se bajó del taburete y recogió las bebidas para llevarlas a la mesa. Se sentía tan incómoda que, por momentos, no parecía ella. ¿Desde cuándo le preocupaba que alguien la censurara? Se irguió y se colgó su mejor sonrisa.
—Eres un cabrón hipócrita —le dijo, desafiante.
Joseph sonrió.
—¿Le has aclarado a tu barbi que como me tope con ella van a tener que reconstruirle los implantes? —continuó mientras empujaba tres cervezas contra el pecho de Joseph, indicándole que las cogiera.
—Qué pena —replicó él, seductor—. Está como un queso.
Ella le echó una mirada llena de ironía y se alejó con el resto de las cervezas sin hacer el menor comentario.
Sobraban las palabras, estaba claro.
Joseph bajó la cabeza para ocultar que sonreía.
¿Como un queso? ¿Y se lo había dicho al bombón de Demi Brady?

Tendría que aprender a contar mentiras más creíbles.