sábado, 1 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 26



Estaba preciosa. Y mucho más que enojada.
Demi no solamente había vuelto a quitarse de en medio rápidamente en cuanto vio a Joseph aparcar el coche al otro lado del jardín, además ahora ensillaba su caballo dispuesta a irse, otra vez, como si la cosa no fuera con ella.
—Hablemos Demi … —la voz de Joseph sonó suave. A ella le supo a una caricia y eso la hizo rabiar más aún.
—Me parece que no estoy al nivel de los temas que a ti te interesan últimamente —le soltó una mirada cáustica de reojo y montó el caballo—. La alta sociedad me da urticaria y la cirugía plástica no me hace falta… Así que, si te has tomado la molestia de venir para hablar conmigo, espero que no —puntualizó con ironía—, no pierdas más el tiempo.
Joseph cogió las riendas del caballo y la miró con su ternura habitual.
—Desmonta, Demi. Hablemos, nena, por favor. Hablemos de nosotros.
—No hay ningún “nosotros”, Joseph. Entre otras cosas porque te fuiste. Tú, te fuiste. Y porque ahora pareces más ocupado en otros asuntos. Que, por lo visto, te interesan más. Podíamos haber hablado en los CMA —lo miró con los ojos brillantes— peeero preferiste… —meneó la cabeza molesta—. No sé qué me cabrea más, Joseph, si que me esquivaras, o que prefirieras aparecer en las fotos con una jodida muñequita de quirófano como esa…
—Vivo deseando volver contigo desde que me fui, Demi. No me hallo en Nashville. No me hallo… — Joseph suspiró con resignación— haciendo otras cosas que las tuyas. Pero lo he pasado fatal estos dos últimos años, estoy dolido y no quería ponértelo tan fácil —extendió la mano para ayudarla a desmontar y le habló con tanta firmeza como dulzura—. Desmonta. Por favor.
Demi lo miró de reojo brevemente, y apartó la vista considerando su siguiente paso.
Desde que habían vuelto a verse en el club de Nashville, le costaba hasta sostenerle la mirada.
Aquellos ojos la traspasaban de tal manera que tenía la sensación de que podían mirar dentro de ella, y saber exactamente lo que le pasaba y cuánto la afectaba.
Y además, él estaba allí, a dos metros, con su ternura de siempre. Estaba allí, así que ella le importaba. De alguna manera, aunque fuera por los años que llevaban juntos, le importaba.
Demi ignoró la mano extendida, y desmontó. Volvió a encerrar al caballo y empezó a andar hacia el camino. Joseph la siguió.
Anduvieron en silencio un buen rato, uno junto al otro.
—¿Quieres volver a encargarte de mis asuntos? —preguntó ella, al fin.
Joseph la miró. Con su expresión de diva enfurruñada y su tono fingidamente indiferente, era como una niña. Su niña.
—Tanto como tú, sí.
Demi continuó andando en silencio.
—¿Y tu barbi de apellido ilustre? —dijo al rato.
Joseph sonrió para sus adentros.
—Nuestro acuerdo comercial no incluye que mis amigas tengan que gustarte.
No me digas... Demi paró en seco y le plantó cara.
—Tampoco que pudieras echar a los míos a patadas de mi suite, y ya ves.
Asunto J.T., otra vez.
—Suerte tuvo de que solamente lo echara, guapa. La próxima vez que lo encuentre en tu suite —la miró completamente serio y rectificó—, a ese gilipollas o a cualquier otro, lo van a juntar con cuchara ¿está claro?
—No te metas en mi vida privada —espetó ella.
Era lo que le decía su voz y también su actitud, pero a Joseph le dio igual. Si volvían juntos, él iba a ir a por todas. Y eso incluía su vida privada, especialmente.
—Me voy a meter en todas tus cosas, Demi. En todas. O lo tomas o lo dejas —pero al notar que la mirada femenina se encendía de rabia, Joseph suavizó sus palabras—. No hace falta que te los lleves a los hoteles donde todo el mundo, empezando por la prensa, sabe que te alojas. Aprende a ser discreta.
—No me llames Demetria—dijo ella, a modo de respuesta—. Y no quiero toparme con esa muestra de silicona andante. Fóllatela en Marte. Donde yo esté, no.
Demi permaneció donde estaba, mirándolo a los ojos con actitud desafiante hasta que él, finalmente, asintió. Ella hizo lo mismo y a continuación, reanudó la marcha.
En un segundo empezó a sentirse liviana como una pluma y tomó conciencia de que casi podía oír cómo cada músculo de su cuerpo se relajaba. Y también podía oír su propio corazón: latía al mismo ritmo, pero mucho más fuerte. Retumbaba en su interior.
Y todo eso, solamente por saber que él volvía a estar en su vida… Se preguntó si Joseph sentiría lo mismo, si para él aquellos meses habían sido tan raros como para ella. No tenía la menor idea y tampoco podía preguntárselo, de modo que continuó andando en silencio.
Aunque Joseph sentía muchas más cosas, solo pensaba en una. Un pensamiento —más bien una decisión—, que acabó de tomar forma cuando ella le confirmó, sin decirlo, que sentía celos.
Vas a ser mía.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Volver a estar entre los Brady era algo que Joseph echaba muchísimo de menos. Lo comprendió al instante de poner un pie en la casa, devuelta del paseo con Demi. Siempre se había sentido cómodo entre aquella gente, como si fuera parte de ellos. Y era mutuo: Mark y Miley habían tardado cinco minutos en aparecer al enterarse que Joseph había vuelto a casa y aunque rápidamente volvieron a sus faenas, dejaron en el aire el plan para después de cenar: partida de billar en el Beer&Wine.

Eileen no dejaba de hacerle carantoñas cada vez que pasaba por su lado y volvía tomar consciencia de Joseph estaba de nuevo sentado a su mesa. John lo miraba con su sonrisa suave, y sus ojos de mirada tierna le recordaban una conversación de “hombre a hombre” que habían mantenido hacía años, cuando Joseph no era más que un chaval. 

Mi Dulce Bombón Capitulo 25


—Estoy loco por ella. Eso es lo que me pasa. La dejé porque estaba a punto de perder los papeles. Me vine aquí para olvidarme de todo, para empezar de nuevo, y cada jodido día es peor. No puedo estar con ella, pero sin ella es peor. No puedo hacer lo que haría cualquier tío... Con ella no soy cualquier tío. Soy uno desesperado por tenerla. No puedo ser cualquier tío... Ojalá pudiera...
—Eres un capullo —aclaró el dueño de casa.
Joseph bebió un trago de su cerveza. Permaneció en silencio un rato.
—Vale —dijo al fin—. ¿Qué hago ahora?
Nick sonrió de mala gana, meneó la cabeza.
—Hablo en serio. ¿Qué hago? —insistió Joseph.
—¿Por qué estas tan acojonado? — Nick lo miró a los ojos intentando entender. Para él, que Joseph quisiera a Demi debía ser doble razón para intentar tener algo con ella.
—Porque si no se enamora de mí me va a hacer polvo, tío. Y no voy a levantar cabeza nunca más.
—Está enamorada de ti. ¿Qué necesitas para darte cuenta? ¿Que lo escriba en el cielo con marcador fluorescente?
Joseph contuvo el aliento. ¿Lo sabía, o hablaba por hablar? Nick continuó, vehemente.
—Tío, hace dos semanas vino a Nashville esperando verte. Se disculpó contigo. ¡Se disculpó! ¿Cuándo has oído a mi hermana disculparse con alguien, no hablemos de un hombre? —Con cada palabra de su amigo, el corazón de Joseph latía más fuerte—. Y aquel traje negro que se puso en la gala... Llevaba tu nombre, chaval. Era para ti.
Joseph bajó la cabeza. De pronto, veía a través de un montón de puntos brillantes aquí y allí.
—Se dio media vuelta y se largó para no montar una escena —continuó Nick —. Te habría metido un guantazo allí mismo y a Tyler le habría arrancado la piel a tiras. ¿Sabes cómo se llama eso?
Joseph tragó saliva, miró a Nick de reojo.
“Celos”, lo escuchó decir.
Ahora además de la carrera loca que había emprendido su corazón, Joseph sudaba. A chorros.
— ¿Te lo ha dicho ella? —se animó a preguntar, pero no tuvo suficiente coraje para mirarlo mientras lo hacía.
Nick no respondió inmediatamente. Conocía a Demi muy bien; a Joseph, mucho mejor. Si decía la verdad, él seguiría en Nashville y su hermana en Camden.
—Sí —respondió, buscando la mirada de su amigo.
Joseph respiró hondo y cuando exhaló fue como un suspiro. Como si la emoción, o la impresión, fueran tan intensas que no pudiera respirar.
Eran tantos los pensamientos que le cruzaban la mente... Su cerebro empezaba a atar cabos y con cada uno que ataba, su corazón daba una fiesta cada vez más febril, cada vez más ruidosa.
—De acuerdo —dijo finalmente, y cuando volvió a mirar al quarterback había una expresión completamente nueva en su cara.
Nick le palmeó el hombro encantado.
Joseph mantuvo la mirada, con los ojos brillantes.
Y una sonrisa incómoda en su rostro.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
En Camden, Miley intentaba algo parecido con menos éxito. Aunque había pasado una semana, Demi seguía igual de rabiosa que el día de la ceremonia de entrega de premios. Acababan de ver Pretty Woman en el DVD por tercera vez, bromeaban sobre las atractivas canas de Richard Gere y estaban solas en el salón. Demi parecía relajada y Miley pensó que era una buena ocasión para volver sobre el tema. Joseph había llamado tres veces en lo que iba de día.
—Habla con él, Demi. Sabe que la fastidió e intenta disculparse. ¿Hasta cuándo vas a seguir pasando de él?
La respuesta fue como un pelotazo en plena cara. La vio ponerse de pie, decidida, y hablarle mientras la apuntaba con un dedo.
—No digas ni una palabra más —sentenció—. Ese cabrón es historia. ¿Está claro?
Demi no le dejó tiempo para añadir nada. Se dio media vuelta, igual que había hecho en los CMA y abandonó el salón.
Un portazo le anunció que su amiga se había largado. Miley sacó el móvil de su bolsillo trasero y seleccionó una memoria.
—¿Qué tal, pitufa?
Oír a Nick la animó, como siempre. Casi sin darse cuenta, una sonrisa inmensa le iluminó la cara.
—Feliz de oírte. Y preocupada por Demi. Sigue muy enfadada…
Lo escuchó reír.
—Normal. Será mi amigo, pero menudo capullo está hecho…
—Si, se ha lucido, desde luego… Pero Demi, no sé… Hoy la llamó tres veces al fijo. Debería ponerse al teléfono. No está bien lo que hace. No es alguien que conoció en una gira, es Joseph.
Nick se estiró en el sofá y cruzó las piernas sobre la mesita pequeña.
—Bueno… Me parece que Mahoma irá a la montaña…
Miley sonrió interrogante.
—¿De qué hablas?
— Joseph estuvo aquí. Acaba de irse. Me parece que con un poquito de suerte igual pronto lo ves con tus propios ojos…
—¿Va a venir? —preguntó ella, ilusionada.
—Sip.
—¿Y eso?
—No te hagas ilusiones, no fue por evolución natural. Pero vi la ocasión y me puse el traje de Cupido…
—¿En serio? —dijo ella riendo.
—Sí, mentí como un bellaco, pero si lo de que te crece la nariz es una fábula, puede que nadie se entere… No creo que el colega tenga el valor de preguntarle a Demi, en su propia cara, si está celosa.
Miley soltó la risa.
—¿Le has dicho que está celosa?
—Le dije que ella me había dicho que se había ido así porque si se quedaba, a él le soltaba un guantazo y a su acompañante le arrancaba la piel a tiras…
Miley se tapó la boca alucinando.
—Te has pasado…
—Jugué fuerte, sí. Pero no creo que él se anime a repetirlo. Solo con oírlo casi le da un infarto —dijo riendo—. Dios, está loquito por Demi… Después de lo que pasó en los CMA, ella no va a aflojarle el lazo. Así que tiene que ser él. Si no le mentía, iba a seguir igual, lamiéndose las heridas, dándome la tabarra y a mil kilómetros de mi hermana…
—Has hecho bien. Tienen que hablar. Así no pueden seguir… Bien hecho, campeón.
—¿Y aparte de Demi, qué tal?

Miley se puso más cómoda en el sillón, con un cojín debajo de la cabeza, y se dispuso a disfrutar de su amigo del alma los siguientes minutos.

domingo, 26 de mayo de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 24



Las felicitaciones se sucedían sin fin. Demi sonreía, estrechaba manos, devolvía besos y tomaba parte en las conversaciones como si tal cosa. Miley, que la conocía muy bien, sabía que algo sucedía aunque no sabía exactamente qué.
Durante la recepción que siguió a la entrega de premios, cuando entre un gentío vio aparecer la atractiva figura de un Joseph Wyatt vestido de Armani azul petróleo, que se acercaba donde estaban los Brady con una señorita del brazo, Miley tuvo el primer pálpito de que lo que le sucedía a Demi tenía que ver con él.
—¿Qué puñetas hace con esa mujer? —preguntó Miley a Nick en voz baja.
Él miró en la dirección de la mirada de Miley, y tuvo ganas de asesinar a un vikingo.
—Me lo voy a cargar... Está loco. ¿Cómo se le ocurre hacer algo así?
No era una señorita cualquiera. Miley frunció el ceño e intentó recordar dónde había visto aquella cara.
Cuando lo recordó, también quiso “cargarse” al vikingo.
—¿No es Tyler Bradford? ¿La hija de ese multimillonario?
Nick no necesitó mirar a la mujer. Miró a Demi de reojo y cuando vio la expresión de su cara, tuvo la respuesta.
Era Tyler Bradford.
Joseph ya estaba allí, a un metro escaso del círculo que formaban los Brady, con su sonrisa gentil y unos ojos brillantes que delataban sus nervios. Se disponía a hablar cuando la reacción de Demi los dejó a todos sorprendidos. A Tyler Bradford, de una pieza, incómoda y ofendida por un tratamiento que, evidentemente, no estaba acostumbrada a recibir de la gente.
—Hola, Joseph. Disculpad —se limitó a decir la cantante antes de dar media vuelta, y abandonar el grupo.
Dicho y hecho.
Demi giró ciento ochenta grados sobre sus tacones, y se encaminó hacia donde charlaban unos colegas de profesión.
Joseph no solo se había presentado en su entrega de premios con otra mujer. Lo había hecho con la mismísima Tyler Bradford, una mosquita muerta que había conseguido convertirse en una barbi a golpe de bisturí e implantes de silicona.
¿Cómo tenía la cara de pavonearse con aquel engendro en sus narices? ¿De posar con aquella “cosa” en las fotos de su entrega de premios?
Que te jodan, Joseph.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦

“Hola Joseph. Disculpad”. Aquellas fueron las únicas tres palabras que él le escuchó decir aquel día.
Y fueron las últimas.
Supo en aquel instante que había cometido un gran error, pero secretamente esperó que a Demi la rabieta se le pasara en un par de días.
Una semana después se dio cuenta de que no iba a pasársele. La había llamado varias veces al rancho; ella no se había puesto al teléfono. También la había llamado al móvil; ni contestó ni devolvió ninguna llamada.
Y allí estaba él, esperando que Nick abriera la puerta de su apartamento para averiguar qué estaba sucediendo, a sabiendas de que le iban a leer la cartilla. Nick le había dicho de todo por presentarse en los CMA acompañado y enfadar a Mandy.
—Vaya... —dijo Nick sardónico mientras le abría la puerta—. ¿No has traído a Tyler contigo?
Joseph entró sin hacer comentarios. El dueño de casa cerró la puerta.
—No me lo digas —continuó Nick en el mismo tono—. No consigues hablar con Demi ¿a que no?
Lo vio respirar hondo, apoyarse contra la pared, junto a la puerta de la cocina y negar con la cabeza.
Nick le pasó una cerveza y siguió camino hacia el salón con expresión incrédula.
—Normal.
—¿Y qué querías que hiciera? ¿No ir? ¿Te parece que se habría cabreado menos si pasaba de ir?
—¿De qué planeta eres, Joseph? Cualquier tío habría ido. Solo. Y habría intentado llevársela al huerto. Es lo que hacemos los tíos, chaval. Y lo que ella esperaba que hicieras.
Joseph sintió que su corazón alteraba el ritmo.
— ¿Te lo dijo Demi?

—No —respondió el quarterback, burlón—. No necesita que su hermano le diga qué esperar de los hombres. Lo sabe muy bien porque ella hace igual. Joder Joseph…Las palabras le salieron del alma, como si no fuera su cerebro el que daba las órdenes.

Mi Dulce Bombón Capitulo 23



Le parecía increíble que un extraño, en unos pocos párrafos, le pusiera delante de los ojos la realidad de su propia vida. La que necesitaba ver. La que debió haber visto desde el principio.
¿Por qué había subestimado a la prensa? Machacaban a la gente, y ella les había servido el martillo en bandeja siendo tan poco discreta.
¿Por qué solamente daba conciertos en grandes ciudades? ¿Por qué sus fans tenían que recorrer cientos de kilómetros para verla? Era gracias a ellos que había ganado discos de platino y premios.
¿Por qué no recibía la correspondencia de sus fans? La prensa se cebaba en ella, pero su música se vendía igual. Lo que hacía, gustaba a quien tenía que gustar, a la gente que escuchaba country. Ellos no le hablaban de tecnicismos, sino de lo que sentían al oír sus canciones, de la alegría que éstas ponían en sus vidas.
Nunca había pensado en ella misma de esa manera. Nunca había pensado que aquellas pudieran ser más que eso; Era una sensación casi sobrecogedora, tomar conciencia del efecto que aquellas canciones dulzonas que escribía desde que era una niña tenían sobre la vida de otras personas. Aunque solo fuera durante un instante de esas vidas, las marcaba. Ponía alegría. “Hacía salir el sol”.
Aquellos pocos párrafos habían hecho que, por primera vez, tomara conciencia de que ser Demi Brady, tenía un sentido, uno más allá de sí misma.
Cuando Eileen y John la vieron entrar en la cocina con una sonrisa radiante, reclamando su trozo de tarta de queso y moras, intercambiaron miradas de alivio.
Y dieron gracias a Dios y a Sharon por tener la brillante idea de desviar el correo al rancho Brandy.
Durante años, había alimentado las trituradoras de papel de las diferentes asistentes de Demi.
Ahora, alimentaría sus sueños.
El Gran Ole Opry, cede de la 38ª edición de entrega de los Premios CMA, se venía abajo en aplausos mientras Demi abandonaba el escenario, enfundada en un sobrio traje de pantalón negro y unos Manolos con tacón de vértigo. Había ganado el premio a la mejor vocalista femenina del año, pero recibirlo no era lo único que había sucedido durante los escasos minutos que estuvo sobre el escenario.
También había visto a Joseph, por la décima fila.
Acompañado.
Demi se las ingenió para no dejar de sonreír mientras bajaba las escaleras y atravesaba el backstage por un corredor lleno de colegas y conocidos que le daban la enhorabuena y se acercaban. Sonrió, puso expresión de “ahora no puedo” y continuó andando con el premio en una mano y un nudo en el estómago.
Entró en el concurrido baño de señoras con la cabeza baja y una mano en la cara, fingiendo que se le había metido algo en el ojo. Enfiló directo al cubículo que en aquel momento quedó libre, y cerró la puerta.
Se sentía como una idiota.
Había ganado el premio, lo que quería decir que sus fans estaban reflotando su carrera, que no estaba profesionalmente hundida, que aunque la crítica llevara meses cebándose en ella, la gente seguía comprando su música.
Debía sentirse agradecida, estimulada, aliviada...
Y en cambio, se sentía idiota.
Idiota porque volver a ver a Joseph, disfrutar de su compañía un rato, le había resultado mucho más estimulante que la idea de quedarse con el premio.
Porque toda ella, su peinado suelto y vaporoso, el traje, los tacones... Todo lo había elegido cuidadosamente pensando en él. Quería ser la Demi que a él le gustaba.
Porque se había pasado los últimos diez días, desde que habían hablado en aquel club de Nashville, pensando en Joseph. Contando los minutos que quedaban para volver a verlo, ansiosa como una quinceañera. Impaciente por explicarle su nuevo plan profesional, y que a él le pareciera tan genial que no se lo pensara dos veces, y aceptara volver a ser su mánager.
Y desesperada por recuperar su compañía, sus modos amables, lo segura que se sentía a su lado.
Más que idiota. Imbécil.
Joseph no había asistido solo. Se había llevado a una de sus infaltables acompañantes perfectas.
A él le importaba un pimiento su nuevo plan profesional, su traje negro y sus tacones.
Le importaba un pimiento volver a estar con ella, ni como mánager ni de cualquier otra forma.
Demi bajó la cabeza, miró la mano con que sostenía el premio.

Estaba temblando de rabia.

sábado, 25 de mayo de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 22



— Demi es una fiera, señora mía, como otra mujer que conozco que, justamente, tiene los mismos ojos preciosos —Eileen lo miró de reojo y sonrió de mala gana. Optimismo imbatible, confianza inquebrantable. Ese era John Brady en todo su esplendor—. Sufre, sí. Se siente atrapada, puede que hasta vencida, pero tú y yo sabemos que saldrá adelante. Relájate, amor.
Eileen suspiró. ¿Cómo conseguía ver tan claro? Cuando se trataba de sus hijos, ella sencillamente, solo veía cómo se sentían. Lo recibía con cada célula de su cuerpo. Vibraba con ellos en los momentos álgidos de sus vidas; y en los otros momentos, sentía que se le abrían las carnes y su corazón lloraba desconsolado. Era así. Siempre había sido así.
John sonrió y la miró con picardía.
—Quizás en esa saca hay alguna cerilla que encienda la mecha... ¡Quién sabe!
“Ojalá”, deseó Eileen. “Ojalá encuentre la ilusión que necesita”.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
En la saca había cientos de cerillas.
Durante más de dos horas Demi tuvo la oportunidad de saber lo que ocurría en sus conciertos, del otro lado del escenario, en el espacio lleno de manos que aplaudían y caras que no alcanzaba a ver. Cientos de cerillas le permitieron mirarse a través de otros ojos y sentirse a través de otra piel.
Una encendió la mecha.
"...Mi chica no deja de decirme que es perder el tiempo, que te deben llegar millones de cartas por día y que si te dedicaras a leerlas, no te quedaría tiempo para otra cosa, pero me da igual.
En la prensa no dejan de decir montones de cosas sobre ti. Para mí son mentiras, como todo lo que dicen. 
Que lo dejas, que te metieron en un centro de desintoxicación, que hasta tu mánager se ha largado... ¿Quiénes son para machacar a la gente de esa manera? Me cabrean, de verdad.
Yo le digo a Sam, mi mujer, que estarás en las Bahamas retozando al sol con una buena piña colada en una mano, un macizo dándote cremita, disfrutando de unas merecidas vacaciones.
 Di que sí, chica. Si es así, tres ¡hurra! por ti, por el macizo y por las Bahamas. Llevas tres años de concierto en concierto, alegrándonos la vista además del oído a miles de personas de este país. Ya tocaba descansar.
Porque eso es lo que haces, Demi. Alegrarnos. Ninguno de esos periodistas capullos que escriben basura lo dice. Nunca lo dicen. Pero es así. Tengo todos tus CDs. Te escucho en el coche cuando voy a trabajar. Te escucho en casa, en las barbacoas con mis amigos o mi familia...
Y si no viviera en el fin del mundo, te iría a ver en vivo más seguido. ¡Hasta sonabas en el aire cuando le pedí a mi novia que se casara conmigo! ¡Sí! Me declaré a mi Sam mientras tú cantabas “Elígeme”, ¿qué te parece?
Hace un tiempo leí no sé dónde que vienes de una familia feliz. A lo mejor es un invento más, pero me cuadra. Tus canciones están llenas de buen rollo. Y tú... 
Bueno, seguro que no te digo nada que no hayas oído millones de veces, pero haces que salga el sol. En el buen sentido. Y en el otro también, pero no se lo digas a mi chica, que es muy celosa.
En serio, Demi, disfruta de tus vacaciones dondequiera que estés, recarga las pilas y vuelve a alegrarnos la vida, guapa. Si tú me prometes CD nuevo para cuando nazca mi primer hijo, el próximo verano, yo te prometo ir a verte en vivo más a menudo. ¿Hecho? Cuídate. Y vuelve..."
Demi volvió a plegar el folio y lo guardó en su sobre. Se llamaba James Miller y, efectivamente, vivía en un pueblito perdido de Arizona.

Y acababa de darle un buen par de sopapos y despertarla de un largo sueño. Uno que duraba casi seis años.

Mi Dulce Bombón Capitulo 21



—Pero por espantoso y duro que te haya parecido —continuó ella suavemente—, pudo haber sido muchísimo peor y si no lo fue, es gracias a ti. Ojalá alguna vez pueda compensarte por esto, porque estas cosas no se resuelven dando las gracias… Son demasiado importantes…
Joseph tragó saliva. Dios, por favor no sigas…  
—Está bien, Demi... Seguro que tú habrías hecho lo mismo por mí —se pasó la mano por el cabello y echó un vistazo a su reloj—. Tengo que irme… Me gustó volver a verte. Despídeme de Nick y Miley, ¿quieres?
Ella sonrió nerviosa. Que él se fuera tan pronto, la tomó por sorpresa. Era evidente que lo esperaban. Y quedaba claro que era importante. Más importante que ella.
—Claro, nos vemos en los premios ¿no? —se atrevió a preguntar.
Joseph asintió, le guiñó un ojo y se marchó. Demi se quedó mirándolo hasta que desapareció entre la gente. Luego, bajó la cabeza y tomó conciencia de cómo se sentía.
Estaba helada.
Y el corazón, que latía a doscientas pulsaciones por minuto, parecía a punto de saltarle fuera del pecho.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Haberlo visto en Nashville no había resultado bien. Demi se había disculpado con Joseph. Había esperado que eso la aliviara de alguna manera, que las palabras mágicas 'lo siento' que había dicho tan pocas veces en su vida, actuaran como un bálsamo, y se llevaran aquel desasosiego que había entrado en su vida exactamente en el momento que comprendió que Joseph salía de ella.
Pero no había sido así.
Ahora, además, había una nueva sensación que añadir a la lista; ansiedad.
Porque pasaran los seis días que faltaban para el nueve de noviembre, el día de la entrega de los CMA, supiera si su carrera se había hundido definitivamente o si, al contrario, algún angelito del cielo le hacía un regalo y ganaba la categoría Mejor Vocalista del Año.
Y por volver a ver a Joseph. Necesitaba verlo, charlar con él, sentir, aunque fuera por un par de horas, que todo seguía siendo igual que siempre entre los dos, que su estúpida vanidad no se había cargado lo que tenían. Necesitaba que la viera bien, lejos del precipicio que había sido su vida durante los últimos dos años, que volvía a ser Demi, “bombón” como él solía llamarla siempre.
Siempre, antes.
Antes de que se convirtiera en una estúpida insoportable rodeada de zánganos.
Ella exhaló un largo suspiro. Aquella Demi ansiosa, confundida y apática tampoco era “bombón”. No tenía la menor idea de quién era, pero debía vivir con ella.
—Es Demi —murmuró Eileen y volvió a sentarse junto a su marido, en la cocina.
Oyeron que la puerta principal se cerraba y que unos pasos se acercaban por el corredor.
—¿ Demi? —la llamó John en voz alta, guiñándole un ojo a su mujer.
A ella no le apetecía conversar, pero intuía que sus padres estarían preocupados.
—La misma —respondió. Asomó la cabeza por la puerta, forzando una sonrisa en su cara—. ¿Qué tal?
—Esperando que la tarta de queso y moras que hay en el alféizar se enfríe para poder hincarle el diente —replicó John—. ¿Te apuntas?
—Pensaba echarme un rato... Estoy muerta. Me parece que esto de descansar tanto ha reflotado el cansancio de años... —les tiró un beso con la mano—. ¿Me guardáis un trocito para luego?
Eileen le regaló una sonrisa tierna.
—Claro, cariño, aquí estará, esperándote con un buen café caliente...
—Por cierto —se apresuró a decir John. Demi volvió a asomarse a la cocina—, Raymond ha estado aquí, traía correo para ti. Lo puse junto al escritorio, en tu cuarto.
Demi lo miró con el ceño fruncido. Que el sexagenario cartero hiciera un alto en el camino para tomarse un café con los Brady le resultaba una imagen familiar, pero...
—¿Junto al escritorio?
—Es una saca... —aclaró John—. De más de 20 kilos... —ella abrió desmesuradamente los ojos. Su padre asintió sonriendo—. Si necesitas ayuda, grita, ¿de acuerdo?
Eileen se quedó mirando el lugar donde hacía unos instantes se hallaba Demi.
—No está bien, John. Hay tanto vacío en esos ojos preciosos... Se siente perdida.
—Necesita tiempo. Nada más.
Eileen negó con la cabeza.
—Necesita ilusión, algo que vuelva a encender la mecha… —apartó la mirada—. Los tres son como tú, apasionados, intensos...

Lo eran. Demi, la que más. Pero también era fuerte. Y luchadora, como su madre.

Mi Dulce Bombón Capitulo 20




Un espectáculo tan digno de ver como la expresión en la cara de Demi cuando, a medida que se iba acercando a la barra, tomaba conciencia de que el que estaba allí, de pie, mirándola, era su ex mánager.
Los ojos de Joseph brillaban, y a Miley le cuadraba: estaba enamorado de Demi, algo tan evidente que no acababa de entender cómo era que su amiga no se había dado cuenta.
Lo que a Miley ya no le cuadraba tanto era el brillo de los ojos de Demi. Y la reacción de apartarlos un instante y mirar a otra parte, como si no pudiera mantener la mirada, le cuadraba menos aún.
Pero Demi ya estaba junto a ellos, sonriendo, con aspecto bastante recuperado.
—Hola, Joseph … ¡Qué sorpresa! —dijo, acercándose a él para darle un beso en la mejilla.
—Hola, nena, me alegro de verte —él le devolvió el beso.
Aunque algo tensa, Joseph había iniciado una conversación sobre “lo que no había que perderse de Nashville”, que Demi seguía con total atención como si estuviera oyendo un mensaje del Más Allá. Nick añadía sus opiniones y sus comentarios pícaros de siempre. 
Y Miley disfrutaba del gusto de volver a tener reunidos en un mismo lugar y momento a tres de las seis personas que más quería en el mundo. E intentaba recordar cuándo había sido la última vez que había ocurrido. Sin éxito. Hacía mucho, muchísimo tiempo de la última vez. Demasiado.
—¿Estás contenta?
Miley volvió a la realidad y miró a Nick. Él sonreía.
—Estoy feliz.
Nick la abrazó por el cuello y la atrajo hacia él con una sonrisa inmensa.
—Eres alucinante.
—No lo puedo evitar —dijo ella acomodándose mejor en el taburete una vez que Nick la hubo soltado—. Daría cualquier cosa por volver el tiempo atrás y recuperar esos fines de semana familiares en el río… ¡Qué bien lo pasábamos!
“Mejor que bien”, pensó Nick. Pero no quería traer esas imágenes a su mente ahora. Tenía a su hermana y a sus dos mejores amigos allí, y lo que deseaba era disfrutarlos.
—¿Qué te parece si desaparecemos en la pista de baile un rato y los dejamos que aclaren sus asuntos?
Miley sonrió de oreja a oreja, movió la cejas sensualmente.
—Guau… Sí, por favor.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Los primeros minutos fueron algo tensos. Demi sabía que era la ocasión de decir lo que quería decirle, pero aunque secretamente había deseado poder verlo en Nashville, realmente no había contado con eso. Así que verlo allí era, en cierto modo, inesperado; no sabía por dónde empezar.
Y además, se sentía rara. Si había algo que siempre le había resultado fácil era, precisamente, hablar con Joseph. Pero ahora, por alguna razón, se sentía nerviosa. Su presencia la ponía nerviosa.
—¿Qué tal te van las cosas? —preguntó él, rompiendo el hielo con su tono gentil y su mirada dulce.
—Bien… Hasta engordé tres kilos… — Demi sonrió con un punto de timidez y bebió un trago de su tónica—. Lo que los abrazos de los Brady y las tartas de cerezas de mi madre no consigan…
Joseph rió al recordar los atracones que se daba de niño en casa de Demi.
—Ya… Las tartas de tu madre son tremendas; cuando empiezas no puedes parar… ¿Sigue haciendo esas de queso y... eran moras?
—Sí, señor. Y me parece que ahora son mucho más ricas que antes… O será mi ataque de mamitis, no sé, me saben a gloria, la verdad…
—¿Y en lo profesional?
—He hecho un alto en el camino —admitió ella, seleccionando cuidadosamente las palabras mientras jugueteaba con su vaso sin mirarlo—. No me gustaba mi vida… esa vida. Así que decidí tomarme algún tiempo y pensar cómo quiero encarar el futuro…
Joseph bebió un trago de su bourbon sin hacer comentarios.
—Es curioso como a veces las cosas se tuercen y casi sin darte cuenta, te encuentras metido hasta el cuello en una especie de…. — Demi respiró hondo—, no sé… de realidad paralela. Y no tienes ni idea de cómo has llegado hasta allí… Fue volver a pisar el rancho y darme cuenta de que, en el fondo, nunca quise vivir en otra parte —lo miró brevemente—.
 He puesto en venta mi piso de la ciudad. Sea lo que sea que haga con mi vida, será en mi casa, con mi familia… Me quitaré los kilos de más sudando en el gimnasio, pero de mi casa no vuelvo a irme…
Joseph continuó mirándola. Estaba preciosa, como siempre.
Más que siempre.
Llevaba casi tres meses en Nashville, tenía casa nueva, trabajo nuevo, vida nueva, chicas para cada día de la semana y alguna que jugaba de titular de vez en cuando, y no podía quitarse a Demi de la cabeza. Se despertaba y cuando abría los ojos, regresaba aquella sensación de sentirse incompleto que ya no lo dejaba el resto del día, daba igual lo que hiciera.
No estaba funcionando. Su plan, no estaba funcionando. La distancia y la falta de noticias sobre Demi solamente empeoraban las cosas. En vez de olvidarla, cada segundo la recordaba más. Y la añoraba más.
La voz de Demi lo devolvió temporalmente al presente.
—Y también me he dado cuenta de que tienes que haberlo pasado realmente mal viendo cómo me hundía en la mierda hasta el cuello —confesó mirándolo con ojos brillantes y expresión avergonzada—, y lo siento. Lo siento muchísimo, Joseph.
Él inspiró profundamente, y apartó la mirada.

Técnicamente, no lo había esperado. Demi no era de las que pedían disculpas. Cosas importantes debían estar sucediendo en su mundo para que estuviera allí, reconociendo que se había equivocado, asumiendo toda la responsabilidad y sí, diciendo que lo sentía. 
A duras penas se las estaba arreglando para sobrevivir a lo que sentía por la Demi caprichosa y egocéntrica… Si su Demi, la dulce, volvía, él haría una estupidez. Una de la que se arrepentiría el resto de su vida.