sábado, 15 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 40



Joseph había hecho mucho más que inspirarla. Le había confirmado que hoy, ahora, lo que necesitaba era precisamente él. Saberlo le había puesto el ánimo por las nubes. También sabía que él, sin embargo, sería cauto. Y eso le gustaba. Aunque no fuera propensa a pararse y pensar, aunque la gente que meditaba mucho las cosas le resultara terriblemente aburrida, Demi tenía claro que hacía falta que alguno de los dos mantuviera la cabeza fría. Y ella, por descontado, no iba a ser.
De camino a los camerinos, firmaba autógrafos a los fans y agradecía felicitaciones como siempre, mientras interiormente no dejaba de preguntarse qué sucedería cuando volvieran a verse las caras.
Joseph iba a querer mantener una conversación seria. Demi estaba segura de ello; él era ese tipo de persona.
Pero cuando abrió la puerta del camerino, él no estaba allí. Tampoco en la limusina que la llevó de regreso al hotel.
Demi sonrió ante sus propios pensamientos.
¿Te he dejado nocaut, guaperas?
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Efectivamente, así había sido. Lo había dejado fuera de combate. Sin embargo, cuando los latidos de su corazón se serenaron y la sangre recuperó temperatura normal, el cerebro de Joseph volvió a hacer lo que estaba programado para hacer.
En un pub cerca del hotel, ante su segundo Chivas Regal servido en un vaso de boca ancha con dos piedras de hielo, Joseph analizó cuidadosamente la situación.
Estaba completamente loco por Demi. Llevaba diez años colado por ella. ¿Qué posibilidades tenían de ser algo más de lo que eran, y que saliera bien? ¿Qué buscaba Demi exactamente con él?
Se sentía como un idiota preguntándose esas cosas, pero si cualquier otra mujer lo hubiera besado, él lo tendría claro. Con Demi, no. Con ella podía significar cualquier cosa. Desde simple coqueteo a “solo sexo”. Y viniendo de aquella mujer le apetecía cualquier opción, pero no todas eran viables. En realidad, solo una lo era; que ella estuviera tan loca por él como él lo estaba por ella. Cualquier otra opción, le haría un daño terrible, uno del que no se recuperaría.
Si se acercaba tanto a ella, si ella al final “cambiaba de marca” como le había visto hacer montones de veces a lo largo de los años… Joseph se había pasado toda la semana desesperado por verla, y evitándola por miedo a perder el control. Y ahora, acababa de caer en la cuenta de que ya no dependía de él. Demi, para variar, había cogido el buey por las astas.
Joseph apuró su whisky y se puso el abrigo.
Había vuelto junto a ella por una razón. Posiblemente, no estuviera preparado para el cambio de tercio que Demi había impuesto al tema, pero su razón, la que lo había hecho regresar junto a ella y aceptar su “nuevo proyecto” continuaba tan viva como el primer día.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Demi no estaba en su suite, tampoco en la de Sharon así que Joseph se dirigió al lounge del hotel.
Ella, que estaba allí charlando con Harry y Jarvis, el único del grupo que había desistido de hacer un tour de locales por Boston, lo vio antes de que los ojos de Joseph la localizaran, sentada a la barra. Él, para variar, estaba hablando por el móvil y Demi decidió disfrutar de esos segundos de mirar sin ser vista. Él vestía un chaquetón marinero azul, unos elegantes pantalones a juego y calzaba botas cortas negras. El abrigo estaba abierto, lo que permitía ver que debajo llevaba uno de esos jerséis gruesos con motivos alpinos.
La manera en que la atención de los presentes se concentraba en él a medida que avanzaba mostraba claramente que no pasaba desapercibido ni siquiera a los de su mismo sexo. Algo que a Demi no le extrañó en absoluto, ya que en su opinión, Joseph era sencillamente un hombre espectacular.
Fue cuando él se disponía a guardar el móvil tras acabar de hablar, que la vio. No lo pensó dos veces y se dirigió directamente hacia ella al tiempo que desconectaba el aparato; no quería interrupciones.
—¡Joseph! ¿Dónde te habías metido, hombre? —dijo Jarvis, dándole la bienvenida— Trish me tenía asfixiado…
Los ojos de Joseph se detuvieron brevemente en Demi de camino hacia Jarvis.
—¿Por qué te tenía asfixiado? — Joseph palmeó el hombro de Harry ignorando la mirada con mensaje que le devolvió Jarvis a modo de respuesta—. ¿Todo bien?
—Diez puntos —respondió el responsable de seguridad de Demi — ¿Qué bebes?
—Tónica. Gracias —respondió mientras se quitaba el abrigo. Luego, se dirigió a Demi —. Buen concierto. Me gustó.
—¿Buen concierto? —Soltó Jarvis riendo— ¿Pero cómo eres tan tibio, tío? ¡Estuvo descomunal!
—¿A qué sí? —terció Demi, riendo. Miró a Joseph con picardía—. Hoy estaba muy inspirada… No sé, me encanta Boston…
El barman sirvió la tónica y Joseph exhaló un imperceptible suspiro de ansiedad. Había llegado el momento de poner las cartas boca arriba.
—Tenemos que hablar… —dijo echándole una mirada rápida a Demi. Luego, se concentró en coger su tónica y el abrigo, dispuesto a dirigirse hacia alguno de los cómodos sillones que había cerca de los ventanales.
—¿Has pedido hora a mi asistente?
Joseph la miró con un cuarto de sonrisa y no pronunció ni una palabra.
Vale, la cosa no estaba para bromas, pensó Demi, que se apresuró a recoger su copa y despedirse de los demás.
Siguió a Joseph n hasta unos sillones donde ambos tomaron asiento. Demi esperó pacientemente, disfrutando con anticipación de las consecuencias de haberlo puesto en jaque. Disfrutando tanto, que le estaba costando horrores mantener a raya la sonrisa que pugnaba por salir y delatarla.
Joseph se tomó su tiempo antes de empezar, pero cuando lo hizo no se anduvo por las ramas. La miró y disparó a bocajarro:
—¿Movías ficha o solamente liberabas presión?
Demi sonrió. Aquellos preciosos ojos azules la estaban taladrando, como si quisieran escudriñar dentro en busca de la verdad.
—¿Y qué más da?
La mirada de él se volvió mucho más intensa, y su expresión, seria. Demi en cambio, continuó observándolo relajadamente.
—Da más —sentenció él—. Si solamente has quitado el corcho, te diría que nuestro contrato no incluye servicios personales. Pero si has movido ficha... Entonces, voy a querer que me aclares un par de cosas para que yo, a mi vez, pueda aclararte otro para.
Demi se arrellanó en el amplio sillón.
—Soy una mujer y te besé. ¿Necesitas un experto en códigos para entenderlo?
Él continuó mirándola en silencio, expectante. Demi sonrió suavemente, y descodificó el mensaje.
—Me gustas, Joseph. Me pareces un tío espectacular. Y te besé. Esto es lo que hay... ¿Ahora, qué?
Joseph se estremeció. Demi no había quitado el corcho para liberar presión. Había sido un movimiento de ficha en toda regla. Su voz, sin embargo, sonó contenida y segura cuando habló mirándola directamente a los ojos:
—Uno: en público, ni me mires. Dos: esto queda entre tú y yo. Ni una palabra a los chicos del grupo, ni al personal, ni a tu familia ni a la mía. Privado total, ¿está claro?
Demi asintió y bajó la cabeza para esconder la sonrisa tridimensional que lucía en su cara. Se moría de ganas de subir a la mesa y bailar, más feliz que unas pascuas.
Acababa de poner a aquel vikingo exactamente donde quería; a dos besos de su cama.

Demi apuró su tónica sin mirar a Joseph. Tenía que esforzarse para mantener a raya la sonrisa. Después de tantas semanas, le parecía increíble que los dos se encontraran en un tercio diferente. Y además, Joseph no había dicho “ni lo sueñes”. Había puesto sobre la mesa las normas de la casa, lo cual era una forma de darle luz verde. Solo con pensar que él pudiera estar planteándose tener algo más con ella… 

Mi Dulce Bombón Capitulo 39



Joseph recorrió los doscientos kilómetros restantes de trayecto, circulando por encima del límite de velocidad. Demi no lo había llamado después de ducharse. A menos que para hacerlo necesitara dos horas.
Desde el lunes llevaba mal no verla. Pero a partir de que ella lo llamara de madrugada y él no contestara después de dejarlo sonar dieciséis veces, la cosa se había puesto malísima. Sabía con certeza lo que Demi habría deducido; que él estaba en la cama con otra mujer y por eso no atendía.
Y ahora, vete tú a saber lo que estaría pensando.
Algo, sin embargo, estaba claro. Si no se había puesto al teléfono ni le había devuelto la llamada, no podía ser nada bueno.
Había vuelto a intentarlo, pero esta vez, Demi estaba en una entrevista, y era cierto; él mismo la había concertado con un periodista del Country Today.
Tan pronto los del equipo vieron aparecer a Joseph, marchando a paso vivo por el túnel que llevaba al área de camerinos, varios atinaron a acercarse para ponerlo al día: Sharon, Harry Newland, uno de los técnicos de sonido... Un simple gesto de la mano sirvió a las mil maravillas para dejarlos a todos con la palabra en la boca.
Joseph golpeó dos veces la puerta del camerino de la cantante. Entonces, vio en su reloj que faltaban cinco minutos para que empezara el concierto y no esperó a que ella contestara; abrió la puerta y entró.
Demi volvió la cabeza y sonrió al verlo. Tras colocarle el microauricular, el asistente le estaba ajustando el aparato a la cintura trasera de los pantalones.
—¿Te molesta?
Demi le guiñó un ojo a Joseph y sonrió al chico.
—¿Aterrizamos en la Luna y no podemos inventar algo más cómodo que esto? Te hace polvo la oreja…
—Lo propondré a la NASA —comentó el asistente divertido, y salió a prisa del camerino después de saludar a Jordan con un movimiento de la cabeza.
Ella dio una vuelta completa sobre sus tacones y lo miró sonriendo.
—¿Qué? ¿Estoy bien?
Joseph la recorrió con la mirada.
Mejor que bien.
El negro la favorecía y la nueva Demi Brady, la que vestía ropa más casual y bastante menos sugerente, a Joseph le parecía infinitamente más sensual. Camiseta negra de mangas tres cuartas con cuello princesa. Pantalones de cuero negro de corte recto. Botas negras, sobrias, de tacón muy alto. Los escotes, los ceñidos y la provocación brillaban por su ausencia. Y aún así…
—Preciosa —admitió él, y se esforzó porque su sonrisa fuera tan natural como su cumplido.
Demi sonrió agradecida y se acercó a él, acomodándose el cinturón.
—Y dime… —dijo, arreglándose el cabello coqueta— Tú… ¿qué tal?
Joseph se recostó contra la puerta cerrada y asintió varias veces con la cabeza.
—Fue muy bien.
Hablaba de trabajo.
—¿Sí? —preguntó, ilusionada.
—Sí —repitió él con una sonrisa satisfecha—. Muy, muy bien.
—Genial — Demi se puso las manos en los bolsillos de atrás de su pantalón y lo miró con la cabeza ladeada—. ¿Y anoche? ¿Qué tal fue?
Joseph apartó la mirada. Ni le gustaba hablar de sus asuntos personales ni tampoco cómo habían resultado las cosas.
Y no tenía la menor idea de qué responder.
Pero Demi no lo dejó procesar. Apartó el micro hacia atrás y completó la distancia que los separaba. Luego, sin mediar palabra, tomó la cara masculina entre sus manos y lo besó.
Fue un beso suave, sensual, con sabor a menta, que Joseph devolvió instintivamente, tan sorprendido como ella del montón de sensaciones que a ambos les navegaban por la sangre...
Tan sorprendido como ella, al comprobar que en vez de apartarse, de parar y pensar —que era lo que debió haber hecho—, la atrajo más hacia él, tomándola por la nuca, y se coló en su boca con voracidad.
—No siempre funciona ¿no? —Susurró ella sobre sus labios, robándole besos pequeños—. A veces, solamente tu cuerpo está ahí. Lo demás, está muy lejos…
Para cuando unos golpes en la puerta les hicieron saber que Demi tenía que salir al escenario, los estremecimientos de los dos eran evidentes para ambos.
Demi suspiró. Él continuó acariciándole la frente con los labios, aturdido.
—Tengo que irme —murmuró ella al tiempo que respiraba hondo, intentando recuperarse. Luego, lo miró con una sonrisa pícara en su rostro—. Gracias por inspirarme. Hoy seguro que lo bordo…
Joseph apenas sonrió mientras se apartaba. Abrió la puerta y la dejó salir. La miró alejarse por el túnel. La vio echarse un vistazo en un cristal y retocarse el contorno de los labios con la punta de los dedos. Entonces, ella se volvió brevemente y le regaló una sonrisa. Continuó camino hasta que él ya no la vio más. En su lugar, oyó las ovaciones y los aplausos que conformaban un ruido atronador.
Joseph volvió a meterse en el camerino y cerró la puerta.
Y volvió a tomar conciencia de sí mismo.
Aún continuaba temblando...
Y queriendo más. Más de aquella sensualidad que lo agitaba como una maraca. Más de aquella ternura que estaba ahí siempre, en el fondo de sus ojos, en el tono de su voz, en sus modos desenfadados…
Más de Demi. De toda ella.
¿Cuánto hacía desde la última vez que había sentido aquellos labios carnosos, acogedores sobre su piel?
Más de diez años.

Dios... ¿Cómo había podido pasar diez años sin eso?

Mi Dulce Bombón Capitulo 38



Demi soltó una carcajada. Miley la miró con estudiada sensualidad e insitió en la idea, que intuyó estaba teniendo una excelente acogida.
—¿Te imaginas ese mismo plan cada noche de la semana? Dios… Necesito un tío que me alegre el cuerpo ya mismo —añadió, quejumbrosa—. No hago más que estudiar. ¡Hasta empiezo a mirar a Jeffrey con cariño, imagínate!
Al final, las dos reían. Igual que cuando eran niñas y encerradas en la habitación de Demi hablaban de sexo a escondidas de mamá Eileen.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Era muy tarde cuando Demi encendió la luz y cogió su móvil.
No sabía qué pasaba con Joseph ni tampoco lo que pasaba con ella misma, pero, efectivamente, no era de las que se sentaban y esperaban. Llevaba horas necesitando escuchar su voz. Y él no llamaba.
Se sentó en la cama, se apoyó en el espaldar y seleccionó su memoria. Esperó, oyendo cómo los latidos de su propio corazón retumbaban en su interior mientras el móvil conectaba la llamada.
Sonó una vez, dos, tres…
Consultó el reloj de la mesilla. Eran casi las cuatro de la madrugada.
Si me hubieras llamado, no tendría que despertarte en plena noche. Así que te jodes, guapo.
Siguió sonando. Cuatro veces. Cinco. Seis. Siete…
El buzón de voz no saltó y después de dejarlo sonar dieciséis veces sin que nadie respondiera, Demi cortó.
—Si hubieras cogido el bate y bateado, ahora no estaría follándose a otra —murmuró con los ojos clavados en la pared de enfrente—. Así que la que se jode eres tú…
Demi apretó los párpados con fuerza.
—¡Cabrón! —exclamó, iracunda.
La siguiente andanada de rabia dejó su móvil desperdigado en trozos por el suelo después de estrellarse contra la pared.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Cuando el teléfono dejó de sonar, Joseph exhaló un suspiro largo. Tomó conciencia de que llevaba reteniendo el aliento desde que había saltado de la cama a sacar el móvil del bolsillo de la cazadora, y sus ojos se habían clavado en la señal luminosa parpadeante que ponía “Demi”.
En aquel momento, el contacto de la piel caliente de la morena que había conocido en el Club Perseus contra su cuerpo desnudo le produjo un escalofrío.
—Creí que Joseph Wyatt era soltero y sin compromisos —susurró ella mientras se pegaba a él, con movimientos deliberadamente sexuales.
Joseph se apartó un poco con el móvil aún en una mano y la miró interrogante. ¿Acaso lo conocía?
—Sales en las revistas —aclaró ella—. Y además ¿quién te llama a estas horas y tú no contestas?
Jordan volvió a guardar el móvil en su cazadora sin decir nada. La mujer se acercó a él nuevamente. Sintió cómo la mano femenina se deslizaba entre sus piernas en una caricia sensual, oyó su voz suave que le decía:
—Estás helado. Volvamos a la cama.
Sí. Estaba helado. Desde que había visto el nombre Demi parpadeando en la pantallita de su móvil, más que helado.
A menos cincuenta grados.
—Ya voy —murmuró con una media mueca de sonrisa mientras con la mirada le indicaba que primero pasaría al baño.
Ella le acarició el brazo.
—No tardes.
Joseph negó con la cabeza, la miró mientras ella volvía a meterse en la cama.
Estaba congelado.
Pero sentía el corazón rozando las doscientas pulsaciones por minuto.

Y la razón no era aquella morena.
Joseph estaba llegando a Boston y seguía sin dar con Demi. Sonaba, pero nadie lo cogía. Empezaba a estar atacado de los nervios, así que su siguiente intento fue hablar con Sharon.
—Soy Joseph. ¿Qué pasa con el móvil de Demi?
Sharon le hizo señas a Demi de que esperara. Ambas acababan de llegar al hotel después del ensayo general en el Teatro de la Ópera.
—No funciona. Acabo de darle otro, pero todavía no está conectado. ¿Dónde estás?
Demi, que se disponía a meterse en la ducha, miró a Sharon, interrogante. “¿Es Joseph?” le preguntó, haciendo mímica con los labios, y cuando vio que su asistente asentía, un escalofrío le recorrió el cuerpo.
—A doscientos kilómetros —respondió él—. ¿Está allí?
—Sí, a punto de darse una ducha. Espera a ver si se puede poner…
Demi respiró hondo. Se moría por oírlo.
Y tenía ganas de matarlo.
Necesitaba tiempo para ponerse en situación, de modo que le indicó a Sharon que ella lo llamaría cuando hubiera acabado. A continuación, cerró la puerta del baño, se sentó sobre la tapa del inodoro, y miró alrededor. Jacuzzi, aroma a lilas, velas… Extendió la mano y acarició la bata negra perfectamente doblada sobre el sillón que había a su lado. 
Tenía sus iniciales grabadas en el bolsillo. Y seguro que las sales serían de cereza y el jabón, de arcilla. Joseph sabía de ella todos los detalles, hasta el más mínimo. Conocía incluso sus preferencias en cuanto a higiene femenina a pesar de que nunca se lo había consultado. Con su meticulosidad habitual, se encargaba de que todo estuviera exactamente como a Demi Brady le gustaba.
¿Pero qué sabía Joseph de Demi, la mujer?
Si había sido capaz de estar cuarenta y ocho horas sin dar señales de vida, desde luego, no lo bastante.
Era hora de abrirle los ojos a aquel vikingo.

Mi Dulce Bombón Capitulo 37



Hacía frío, lloviznaba de a ratos y su ánimo de los últimos tres días era más o menos el mismo; insoportable.
Demi se acercó a la ventana de su habitación en la primera planta de la casa victoriana de los Brady y dejó que la mirada se perdiera en el horizonte.
Le gustaba estar con los suyos, pero llevaba cuatro días malhumorada. La razón era Joseph, y eso empeoraba su humor.
Se pasaba el día esperando su llamada como si eso fuera lo único que le importara en el mundo y mientras lo oía, se sentía genial. Luego, volvía el sopor. Y también el mal humor.
Cuatro días. Tres llamadas. Eran las cinco de la tarde del jueves y todavía no la había llamado. Tampoco era que él se estuviera esmerando mucho con la comunicación… ¿Y ella qué? ¿Por qué no lo llamaba si tanto le apetecía hablar con él?
Porque era Joseph, por eso. Cuando él estaba de por medio todo era distinto: no dejaba de pensar cada movimiento mil veces y se sentía rara.
Dios. ¿Por qué no lo llamas de una vez?
Demi miró su móvil sobre la cama. Llamar o no llamar.
Lo cogió y respiró hondo.
¿Por qué no suenas, trasto?
Abrió la agenda, avanzó con el cursor por la lista uno a uno. Jane. Jarvis. Jeremy…
Siguió avanzando.
Si estuviera libre me habría llamado.
Jil. Johnny…
¿O no? ¿Te estás haciendo desear, chaval?
Continuó avanzando. John-John… Joseph.
¿En qué estás, Joseph? ¿Por qué no me...
El corazón de Demi estuvo a punto de detenerse cuando su teléfono empezó a sonar. Y después de un instante, volvió a la carga con una fuerza inesperada, retumbando en su interior.
Se llevó el móvil al oído sin pensar, sin mirar, casi sin respirar. Del otro lado empezaron a hablar.
—¿Cómo está mi chica favorita? —dijo una voz que le resultó vagamente familiar.
Vagamente familiar.
El corazón de Demi, lentamente, volvió a latir con normalidad y ella, a ser consciente de que fuera lloviznaba y estaba oscuro. Y también de que llevaba cuatro días de un humor de perros.
—Tu chica favorita está muy bien. Y la respuesta sigue siendo no, J.T.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
En Nashville Joseph tomaba una cerveza con Nick en el Club Perseus. Estaba libre, pero no llamaba a Demi.
El quarterback tenía plan para la noche, pero cuando lo vio al otro lado de la puerta de su apartamento, supo que algo sucedía e hizo los arreglos oportunos para encargarse de averiguar por qué razón Joseph Wyatt estaba en su casa, cuando debía estar a seiscientos veinticinco kilómetros, exactamente. En el rancho Brady.
Y allí estaban los dos, en el local más cañero de la ciudad, rodeados de tías buenas de las que su acompañante parecía no darse por enterado y Nick, esperando pacientemente a que Jordan se dignara a soltar lo que le rondaba la mente de una vez.
Cosa que no ocurrió hasta dos horas más tarde, sobre las once.
—Estoy metido en esto hasta el cuello, tío. No sé si puedo seguir sin… — Joseph exhaló el aire contrariado y miró a su amigo—. Sin perder los papeles.
Nick respiró hondo. Cerca, a pocos metros, dos gatitas bailaban. Y los miraban. A una la conocía, la había visto varias veces rondando los vestuarios del estadio cuando los Titanes jugaban de locales. A la morena no la conocía, pero ella no le quitaba ojo de encima a Joseph.
—Esto es alucinante —dijo acercándose a su amigo y señalándole con la mirada la pista de baile—. ¿Qué hago aquí aguantándote la neura? ¿Y por qué no te dejas de historias y echas un polvo, tío? Mañana, Dios dirá.
Joseph lo miró de reojo, valorando la situación y luego echó un vistazo a la pista.
Cuatro días desesperado por ver a Demi. Cuatro días metido en una vorágine de trabajo que él mismo creaba con la única finalidad de no tener tiempo libre. Porque cada vez que tenía diez minutos, pensaba. En ella. En realidad, pensaba en ella siempre, pero cuando no había carretera que atender, cláusulas que negociar, promotores que visitar, casi tenía que programarse para no llamarla. Sacaba el móvil y seleccionaba su memoria mil veces por día. Y un segundo antes de hacer algo irremediable, volvía a guardarlo. Una llamada al día. Eso era todo lo que podía permitirse. Demi le había dicho “si no me llamas, te vas a enterar”. Una llamada estaba bien. Pero hoy no había podido hacerla. Había acabado con su última gestión hacía horas y si la llamaba, se plantaría en Camden.
Y perdería los papeles.
¿Camden y dos días con sus noches completamente libres para estar con ella? Perdería los papeles, seguro. Y había demasiadas implicaciones en el tema como para perderlos sin más.
No. Debía mantenerse lejos del móvil y de Demi un día más. Llegar a Boston con tiempo suficiente para verla cinco minutos antes de que saliera al escenario, y luego, disponer de dos horas para recuperarse del efecto, y volver a ser el de siempre.
—Sí, supongo que mañana Dios dirá.
Nick le palmeó el hombro, satisfecho.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
—¿Qué haces aquí con este frío que pela?
Demi volvió la cabeza y vio que Miley se acercaba a ella, frotándose los brazos.
Era cierto. Hacía frío. Pero todos estaban en el salón, más pendientes de ella que de la película, el bendito móvil seguía sin sonar y tenía la esperanza de que el frío hiciera algún milagro con sus neuronas y volviera a ser la de antes, la de siempre. La que no se pasaba el día pensando en un hombre.
Demi se encogió de hombros. ¿Qué podía responder?
Demi avanzó a ella mirándola con picardía. Se apoyó contra la barandilla del porche, a su lado.
—Le estás dando demasiadas vueltas a este tema, Demi.
Ya. Era consciente de eso. Pero no podía dejar de hacerlo.
—Es que es todo un tema, ¿sabes? —dijo al fin.
—Para el resto de los mortales, seguramente. Para Demi Brady, no.
Demi la miró brevemente, notó que sonreía y volvió la vista al frente, al paisaje helado.
— Demi Brady… —murmuró— ¿y dónde está esa?
Miley apoyó los antebrazos en la barandilla, junto a Demi, y le tocó el hombro con el suyo, cariñosamente.
—Está aquí, ¿dónde, si no?
Ella prefirió no responder.
—No eres del tipo de mujer que se sienta y espera —dijo Miley —. No eres del tipo que deja que un hombre marque las pautas. Ni tampoco de las que dan tantas vueltas a estos asuntos. No eres así, Demi. Tú decides qué y cómo, y vas a por ello.
—Ya.
Con Joseph no podía hacerlo así. No sabía por qué, pero con él las cosas no funcionaban de esa manera.
—Mira, nena… Puede salir genial o fatal, pero si juegas a un juego que no es el tuyo, aunque salga genial, no lo vas a ver claro. Y creo que tampoco lo vas a disfrutar… — Miley la miró con picardía—. Para ti el “cómo” es tan importante como el “qué” ¿o no?
—Diría que más.
—¿Lo ves? — Miley volvió a darle un empujoncito cariñoso con el hombro—. Coge el bate y batea, Demi… No pienses en lo que él piensa. ¿Cuándo te importó a ti lo que ellos pensaran?
Demi movió la cabeza como si considerara las posibilidades.
—Me importa lo que Jordan piense. Ese es el problema. Y tampoco tengo claro que él… Ya sabes…
Miley se volvió de frente a su amiga y la observó mientras hablaba. ¿Era posible que Jordan estuviera jugando tan bien sus cartas como para tenerla así de confundida? Le parecía increíble.
—Cuando volvió de Tennessee me dijo que estaba loco por volver conmigo —continuó Demi, con retintín—, pero luego estuvo una semana pensándoselo, sin llamarme… Y bueno, es un encanto, como siempre, pero no veo claro que le interese. Yo, quiero decir…
—¿Estás de guasa?
Demi negó con la cabeza.
—Le voy, ya lo sé... ¿a que tío no le voy? Pero no en ese plan, ¿me entiendes? Y seguro que piensa en todo lo que hay por medio, en que es mi mánager, amigo de Nick, casi parte de la familia… Jordan es así. Piensa en todo. Y hace bien, ésto es una locura.
—Exacto. Él es de los que lo piensan todo. Hace bien en pensárselo. Pero tú eres de las que apunta y dispara. Y harías bien en hacerlo. Venga, Demi… ¿Qué es lo peor que podría pasar? ¿Tan coladita estás que no aguantarías una calabaza suya?
Demi miró a Miley. Enarcó una ceja como hacía Mark cuando un tema no le gustaba, y las dos empezaron a reír.
—Sobreviviría, seguro —sentenció Demi con toda su vanidad—. No siempre ganas cuando arriesgas, ya sabes, pero si no arriesgas…

Exacto, preciosa. Si hay algo que me maravilla de ti es esa capacidad de hacer las cosas a tope, vivirlas mientras duran y luego seguir con tu vida sin rencores, sin reproches. Francamente, creo que seguiríais como amigos aunque algo más entre vosotros no funcionara. Por ti, porque tú eres así… Y si funcionara… — Miley la miró con picardía. Se acercó para hablarle en confidencia—. ¿Te imaginas llegar a tu suite después de bajarte del escenario y encontrarte a ese bellezón sureño en tu cama? 

Mi Dulce Bombón Capitulo 36



Aquella noche Demi había flotado sobre el escenario, excitada como una niña de quince años ante la idea de que tendría a Joseph todo para ella durante unas horas. Disfrutarían de una buena cena, y luego, de unas cuantas canciones, lentas mejor.
Y así fue; lo tuvo para ella, aunque no sucedió exactamente como esperaba.
La cena de cinco tenedores acabó siendo unos tacos y unas fajitas en un local del centro de Rochester, en compañía del grupo. Estaban contentos por lo bien que iban las cosas y querían celebrarlo con ella. No podía negarse.
Era cerca de la una de la madrugada cuando Demi acabó la última partida de billar que había anunciado que jugaría aquella noche, y volvió a la mesa junto a Joseph.
—¿Te apetece una cerveza? —ofreció él gentilmente.
—¿Tú que estás bebiendo?
—Bourbon.
—¿Puedo?
— Joseph le acercó su vaso y se quedó mirándola. Ella bebió un sorbo y lo dejo sobre la mesa.
—Todavía me sigues debiendo mi cena y mi baile, pero quiero que aclaremos lo que haya que aclarar… —dijo ella mientras jugueteaba con el vaso sobre el cristal de la mesilla.
Había llegado la hora de la verdad. Joseph se inclinó hacia delante, apoyó sus antebrazos en las piernas y empezó a hablar lo bastante alto como para que ella lo oyera por encima del ruido del local, pero no tanto como para que la conversación dejara de ser privada. Demi se acercó más a él y prestó atención.
—No sé si eres lo mejor que ha parido esta tierra después de Janis Joplin —dijo aludiendo al comentario que siempre hacía Jarvis. La mirada de Demi se volvió tierna—, pero eres especial. Tienes todo lo que hace falta para estar en lo más alto y quiero verte ahí… — Joseph hizo una pausa para beber—. Tienes que dejarme hacer mi trabajo sin sentir que intento imponerte nada. Estos últimos dos años te hicieron mucho daño, Demi. Arreglar eso va a llevar tiempo y es necesario que todo el mundo vea que vas en serio, que estás bien asesorada… Que ya no hay más escándalos, ni más fotos comprometedoras, ni más estupideces de diva… Que ahora haces tus deberes, y los haces bien.
Demi apartó la mirada.
—La cagué, Joseph, pero no soy idiota…
La voz de él sonó suave como una caricia.
—¿Crees que no lo sé?
—¿Lo sabes? —le preguntó. Sus ojos brillaban—. Anoche me hiciste sentir una completa imbécil…
—El imbécil fui yo. Sé que no irías con ese tipo ni a comprar el periódico… —respiró hondo y la miró—, pero no lo soporto. Cada vez que lo miro lo veo en tu cama. No entiendo cómo pudiste estar con ese esperpento.
—Ya te he dicho que no tuvimos nada.
Joseph le dedicó una mirada llena de ironía.
—Él estaba en cueros, Demi … Y tú, por el estilo…
Ella sintió que un calor abrasador se instalaba en sus mejillas. Recordarlo le resultaba violento. Y sentirse violenta la ponía mucho más violenta. ¿Qué más daba si estaban desnudos o vestidos? ¿Qué más daba si se habían enrollado o no? A la Demi de entonces le habría dado exactamente igual.
Pero a la de ahora… La de ahora se había sonrojado por lo que aquel vikingo que tenía enfrente pudiera pensar de ella.
—No estaba por el estilo. Tenía mi ropa interior perfectamente puesta donde debía. Y él estaba desnudo porque quería fiesta… — Demi lo miró desafiante—. Yo no quería. Así que, como comprenderás, si ni estando borracha consiguió meterse entre mis piernas, es que como te dije, no tuvimos nada. Paso de J.T. No me va. ¿Quieres que te lo ponga por escrito y así lo olvidamos de una vez?
Joseph la miró con dulzura y negó con la cabeza.
—Quiero decidir los pasos que tienes que dar y en qué dirección debes darlos. Y quiero que tú te relajes, me dejes hacer y te concentres en cumplir tu parte; súbete al escenario, cómetelos, y olvídate de lo demás. Te conozco Demi. Sé lo que te gusta y lo que no te gusta. Confía en mí ¿de acuerdo? Si tengo alguna duda, te prometo que lo consulto contigo…
—No me mangonees —replicó ella, cortante—. No me gusta que un tío se plante delante de mí a decirme lo que debo y no debo hacer.
—No soy un tío. Soy Joseph.
Ella lo miró burlona.
—Soy el único tío del mundo que puede decirte lo que debes y lo que no debes… —añadió él, con una sonrisa maliciosa.
—Yo que tú no me fiaría.
Joseph se acercó más a ella y le habló al oído.
—¿Por qué te haces la dura conmigo? A un diez por ciento de ti puede que le cabree, pero al resto de Mandy le encanta… —buscó su mirada—. Te encanta que te pare los pies.
Era cierto. Y no entendía por qué, pero le gustaba. Que fuera a admitirlo era otra cuestión.
Ella lo miró con expresión seria.
—Yo que tú, no me fiaría.
Joseph bajó la cabeza. Estaba sonriendo. Demi miró a otro lado. También sonreía.
—Joder… Te habría zurrado cuando te despachaste con el “demándame”—admitió ella, riendo.
Joseph soltó una carcajada y se dejó caer contra el respaldo del sillón. Rieron un buen rato antes de que la conversación volviera al tema trabajo.
—Por cierto, ¿quién es el periodista que tiene que volver dentro de tres vidas?
—Tuck Harris. El que dejó caer que andabas con drogas cuando empezaron a fotografiarte con J.T.
Demi asintió.
—Entonces, mejor que sean cinco vidas.
—No podemos darle largas mucho tiempo… — Joseph se acomodó mejor contra el respaldo—. No nos conviene. Pero cuando esta semana me llame, porque me va a llamar, le voy a dejar caer que va a ser más fácil convencerte de que cooperes, si puedo mostrarte una buena crítica firmada por él...
Demi sonrió traviesa. Joseph le guiñó un ojo y bebió un trago de whisky.
—Hace mucho que no oigo sonar tu móvil…
—Lo apagué —contestó él—. No para de sonar
Era verdad. Cada vez que lo miraba, y lo miraba montones de veces por hora, Joseph hablaba por teléfono, o con alguien en persona mientras tenía una llamada en espera.
—Contrata a alguien para que se ocupe.
—Sí. Cuando vuelva de viaje me pondré con eso.
—¿De qué viaje?
—La semana que viene me toca hacer kilómetros… —bebió un sorbo de whisky. Solo con pensarlo se le quedaba la idea atravesada en la garganta—. No puedo negociar cláusulas secretas por teléfono, Demi. Tenemos que vernos las caras.
Los festivales regionales, claro. Demi tomó tierra estrepitosamente.
—¿Cuándo te vas?
—Mañana.
—¿No vienes a Camden? —Él negó con la cabeza—. ¿Cuándo vuelves?
—Lo antes que pueda. Pero aunque se diera fatal, cortó y me reúno contigo en Boston, antes del concierto del sábado.
Demi contuvo el aliento y no se dio cuenta hasta que suspiró. Apartó la mirada e intentó concentrarse en lo que pasaba en los billares, donde los chicos jugaban su partida número un millón.
Casi una semana sin verlo. Seis días. Iba a estar insoportable. ¿Volver a pasar otra semana como la que había tenido cuando Joseph estaba en Nashville?
—Como no me llames, te vas a enterar —advirtió. Le había salido del alma.
Joseph la miró con los ojos brillantes, notó que ella seguía con los suyos fijos en la partida de billar. Tragó saliva e hizo lo propio, completamente consciente de que dentro del pecho, su corazón corría las 1.000 Millas de Indianápolis.
¿Era el estilo Demi de darle a entender que lo echaría de menos?

domingo, 9 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 35



La expresión de Demi aumentaba nivel de sorpresa por segundos, pero cuando vio a Joseph ponerse de pie y mirarla…
J.T. también se puso de pie. Incapaz de moverse, Demi lo vio hacer el ademán de acercarse a Joseph y decir algo. Pero él fue todavía más taxativo.
—Tío, me quedé con ganas de partirte la cara la última vez que nos vimos —añadió, mirándolo desafiante—. No me tientes.
Se sostuvieron las miradas un instante mientras Demi continuaba inmóvil de pura sorpresa. Finalmente, J.T. llamó a retirada. La miró molesto.
—¿Tanto poder tiene sobre ti este gilipollas?
Demi miró a Joseph con ganas de matarlo, y luego a J.T.
—Te agradezco que pensaras en mí. Me caes bien, pero eres un desastre... Donde tú estás siempre hay bronca, y yo me he rehabilitado.
J.T. asintió de mala gana. Hizo un par de comentarios irónicos más y luego cambió de tercio. Pocos minutos más tarde se despidió de Demi. De Joseph, no.
—No vuelvas a hacer algo así —advirtió Demi cuando entraron en el ascensor.
Joseph iba a contestar pero ya no estaban solos, así que guardó silencio hasta que abandonaron el ascensor en la tercera planta. Entonces, la tomó del brazo suavemente, haciendo que se detuviera, y le habló con su seguridad habitual.
—Es un gilipollas. Un colgado que no quiero ver al lado tuyo. Si vuelve a aparecer le parto la cara, ¿está claro?
—Te estás pasando, Joseph.
—Ya lo sé. Y si vuelvo a verlo me voy a pasar del todo —se acercó a Demi con los ojos brillantes de rabia y se lo soltó—. No quiero verte con ese capullo. No te lo voy a repetir.
A continuación, se alejó por el corredor bajo la mirada iracunda de Demi.
—Joder… —rezongó rabiosa.
Se dirigió a la habitación de Jordan a paso vivo y llamó con los nudillos dos veces. Un Jordan tan enfadado como ella abrió la puerta.
—Qué.
—¡¿Te has vuelto loco?! — Demi exhaló el aire ruidosamente y lo miró, encendida de rabia— Es mi vida. Si alguien me conviene o no, lo decido yo. No vuelvas a hacer algo así —le dijo imitando su tono anterior.
—Demándame —replicó él, desafiante y volvió a cerrar la puerta.
Y por si le quedaba alguna duda de que sería lo último que le diría aquella noche, lo siguiente que oyó Demi fue que había puesto música: Usher sonaba tan alto que parecía estar allí dentro, tocando en directo con todos sus músicos.
Las cejas de ella eran dos arcos perfectos, coronando unos ojos como platos, que miraban la puerta cerrada con expresión tan sorprendida como iracunda.

No podía creer que Joseph hubiera hecho algo semejante.
La sesión de fotos había ido bien. Eran cerca de las once de la mañana cuando llegaron a Rochester y una hora más tarde Demi ya estaba con el periodista del All Country Magazine para la entrevista de “media hora, sin preguntas personales” que había acordado Joseph la noche anterior.
No habían hablado mucho. Ella continuaba enojada. Joseph, evidentemente, también. Más de una vez había descubierto a alguno de los chicos del grupo enviándole a otro alguna mirada con mensaje. Pero a medida que fue pasando el día, Demi hizo un descubrimiento; su rabia se diluía.
Así que ahora en vez de rabiosa, estaba confundida.
Para la hora del concierto, no solo no estaba enfadada con Joseph, quería, necesitaba, que olvidaran el asunto y todo volviera a la normalidad. Pero no lo había vuelto a ver.
"Cinco minutos" escuchó que le anunciaban tras unos golpes en la puerta.
Y Joseph sin aparecer.
Demi se arregló el pelo coqueta. Tras echarse un último vistazo en el espejo, se dispuso a salir del camerino.
Cuando abrió la puerta, él estaba ahí.
—Empezaba a pensar que te habías largado —dijo ella, apartando la vista de aquellos ojos hechiceros. Últimamente cada vez que lo miraba, se sentía muy rara.
Joseph anduvo a su lado por el túnel que llevaba al escenario, con las manos en los bolsillos de su cazadora.
—Tenemos que hablar y este no es el momento —empezó a decir él suavemente.
A Demi se le aceleró el corazón. Lo miró brevemente intentando que no se notara en su mirada que se sentía como un flan. Su mente revisaba lo dicho la noche anterior… Había sido una discusión como otras que habían tenido. ¿De qué tenían que hablar?
Él se detuvo, y la hizo volverse y enfrentarlo. Sus ojos le miraban el pelo, la frente, la nariz, pero no los ojos.
—Perdóname —dijo él al fin y en aquel momento sus miradas se encontraron—. Ese capullo me desquicia… Luego hablaremos, pero no quiero que sigamos enfadados. Me pasé y lo siento… ¿Me perdonas?
Ella suspiró. No pudo evitarlo. Sintió como si le hubieran quitado un enorme peso de encima.
Joseph sonrió.
—¿Eso es un sí?
La música introductoria empezaba a sonar. Tenía que salir al escenario.
—No —respondió ella con toda su sensualidad—. Quiero cena de cinco tenedores, solos tú y yo. Y que me lleves a bailar. Después, me pensaré si te perdono o no…
Él la vio alejarse hacia el escenario con aquel impresionante vestido rojo y su melena leonina cayéndole en rizos sobre la espalda... Aquellos contoneos femeninos lo volvían loco. Joseph bajó la cabeza. Se restregó el pelo nerviosamente. Diez minutos después de que ella lo hiciera volar de rabia, se moría por verla.
Ya no soportaba no tenerla cerca.
En un par de días Demi volvería al rancho y él a la carretera, a negociar sus actuaciones en los festivales regionales.
¿Cómo iba a arreglárselas días enteros sin verla cuando solo diez minutos ya le parecían un suplicio?

Mi Dulce Bombón Capitulo 34




Joseph entró en el camerino detrás de Demi. Como de costumbre, estaba repleto de flores y tarjetas que sus fans entregaban a la gente del equipo para que se las hicieran llegar.
—¿Qué tal estuve? —preguntó ella, mientras aspiraba el aroma de una rosa.
Bestial.
Joseph sonrió para sus adentros.
—Estuvo bien.
— ¿Bien? —Dijo quitándose la bata y entrando en el baño—. Gritaban como posesos, Joseph… —asomó la cabeza por la puerta y lo miró burlona— Era yo la que los hacía gritar así ¿sabes? Estuve genial, no “bien”.
Más que genial, pensó Joseph. Pero no iba a empezar a adular su vanidad tan pronto.
En aquel momento entró con su infaltable agenda y un bolígrafo detrás de la oreja.
—Tengo a tres periodistas fuera ¿qué les digo? —preguntó al tiempo que le entregaba a Joseph las tarjetas de visita. Luego, saludó a Demi con la mano. Ella continuaba asomando la cabeza por la puerta del baño, mirando la escena con el ceño fruncido.
—Este que venga mañana, sobre las doce. Media hora. Sin preguntas personales —dijo él, devolviéndole una de las tarjetas—. Este que me llame el lunes —garabateó su móvil en la tarjeta y también se la dio—. Y este que… —pensó unos instantes—. Que no. Que vuelva dentro de tres vidas y a lo mejor me lo pienso.
Demi salió del baño y esperó a que Sharon se marchara.
—¿Ahora decides tú a quién concedo entrevistas y cuándo? —le preguntó en tono desafiante.
Joseph asintió sin inmutarse. Demi soltó una carcajada.
—Estás de broma —replicó, todavía riendo, aunque sonó más a pregunta que a afirmación.
Él negó con la cabeza.
—Sería mejor que te cambiaras, Demi. Te estás enfriando…
Ella lo miró divertida. No estaba de broma. Tal y como le había dicho, se iba a meter en “todas sus cosas”. Debería pararle los pies, ponerle unos límites bien claros…
Pero la verdad era que le encantaba lo que estaba sucediendo. Le gustaba que él marcara las pautas. Le gustaba la forma en que le decía las cosas a la cara, sin remilgos, con toda su seguridad. La enojaba, pero en el fondo, le gustaba.

 El resto del mundo daba mil vueltas cada vez que tenía que decirle algo a Demi Brady. Pero Joseph no se cortaba. La miraba a los ojos, le sugería que se cambiara con palabras, pero en intención la estaba mandando, y se quedaba tan fresco.
Le encantaba aquel hombre. Cada día más.
Demi sonrió, y asintió con la cabeza.
Cuando la vio darse la vuelta y regresar al baño sin rechistar, Joseph miró a otra parte.
Su sonrisa era tan grande que parecía a punto de tragarle la cara.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Joseph no había hecho el menor ademán de dejarla a solas con J.T. Al contrario. Se dirigió con ella hacia el lounge tan pronto regresaron al hotel, dando por hecho que le incumbía. Demi lo había mirado algo sorprendida pero no había hecho ningún comentario.
Y allí estaban los tres, sentados en los cómodos sillones del lounge del Hilton, bebiendo algo mientras el resto de los chicos del grupo estrenaban los locales de fiesta de la ciudad.
Aquel individuo no le gustaba y aunque a Joseph le fastidiara admitirlo, la razón principal era haberlo encontrado en la suite de Demi. Más concretamente, en su cama. Ella había dicho que no había sucedido nada entre los dos, pero a Joseph le daba igual.

 Aquel roquero insufrible había sido la gota que había colmado el vaso, lo que lo había llevado a alejarse de Demi más de tres meses. Y lo que sentía en su presencia, era igual de agresivo que entonces.
Están mosqueados porque dicen que ya no tenemos tanta pegada. Que les está costando vender todas las localidades… —J.T., histriónico como siempre, acompañaba sus palabras de oportunos gestos con las manos, lo que Demi encontraba divertido y Joseph, no—. Quieren que lleve a los jodidos Bombers de teloneros —dijo mirando a Demi con una expresión que era pura ironía—. ¿Te lo puedes creer?
Ella reía.
— ¿Están locos? ¿Qué pintan esos como teloneros de Psicodelia?
—Totalmente —continuó J.T. Encendió el cuarto cigarrillo de la última media hora y se apartó el pelo de la cara. Joseph miró el pabellón de su oreja: estaba llena de piercing. Menudo esperpento—. Pero están cargantes con el tema así que les dije que yo decidiría a quién llevamos de teloneros.
Ya. No lo digas. ¿Demi Brady?
—Ni hablar —sentenció Joseph. Notó que Demi lo miraba interrogante y luego volvía a mirar a J.T.
— ¿Pensabas en mí? —preguntó ella al fin.
J.T. asintió, sonriendo seductor. E ignorando completamente a Joseph continuó vendiendo su idea.
— ¡Imagínate! ¡Sería un bombazo, nena! Primero apareces tú y los dejas colocados. Después aparecemos nosotros y damos el remate final… Hasta podríamos hacer algún dúo. Nos hartaríamos a vender.
—¿Qué parte no has entendido, tío? —interrumpió Joseph, cada vez más serio—. No va a ser tu telonera. No va a hacer ningún dúo contigo. Y si estos eran los negocios de los que querías hablar, ya están hablados. Es tarde y mañana tiene sesión de fotos a las 7.
La expresión de Demi aumentaba nivel de sorpr