viernes, 21 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 44



—¡Ya somos familia numerosa otra vez! —Exclamó Demi con una sonrisa inmensa después de dejar el móvil sobre la barra—. Desde esta mañana somos dos más…
—¿Mark se está estrenando como padre de acogida?
—Sí. Hoy a media mañana lo llamaron de urgencia para pedirle que se hiciera cargo de dos hermanitos. No tienen madre y el padre está en la cárcel. Vivían con la abuela, pero a la pobre mujer le dio un ataque… — Demi suspiró—. Vaya historia… pobres críos…
—Bueno, ahora están con los Brady, así que su historia ha pasado de mala a fenomenal.
Demi sonrió. Lo miró con ternura.
—Me muero de ganas de ir a casa… ¿A qué hora nos vamos mañana? Me gustaría comprarles algo antes de embarcar…
—El vuelo sale antes del mediodía, a las once y pico.
La vio asentir sonriendo y luego titubear.
—¿Y tú? ¿Vienes, o estás de viaje?
—Estoy de viaje, pero voy —replicó él, divertido. No quería ponerse serio. Esos viajes eran necesarios aunque a él se le hicieran eternos.
Demi lo miró interrogante.
—Estaré en Camden un par de días —aclaró él—. El martes salgo de viaje.
Ella asintió.
—¿Hasta cuándo? —añadió al cabo de un rato, sin mirarlo.
Pero entonces, el móvil de Demi volvió a sonar. La vio mirar la pequeña pantalla y esta vez, no hubo sonrisas. Algo hizo que él siguiera atento a cada palabra que ella decía.
—Sí… Tienes razón. Surgió un imprevisto y se me olvidó completamente… — Demi calló de repente.
Obviamente, del otro lado de la línea acababan de tomar la palabra y no la soltaban.
Dios… ¿Era verdad? ¿Habías quedado?
Joseph la miraba con incredulidad. Pero Demi volvió a hablar y él se obligó a concentrarse en lo que ella decía.
—Oye… Lo lamento. He tenido un día durísimo y se me pasó…
Demi volvió a callar, y a escuchar.
Joseph tensó las mandíbulas. De modo que mientras él se moría por diez minutos a solas con ella...
Joder, Demi.
—Lo lamento. ¿Qué quieres, Pete? ¿Qué me flagele con un látigo de siete puntas?
Otra vez la interrumpían.
¿”Pete”? ¿Y quién es Pete?
—Voy a cortar —dijo Demi de muy mal humor—. Cuando pueda te llamo. Cuídate.
La vio volver a dejar el móvil con evidente incomodidad. Luego, ella apuró su tónica.
Él respiró hondo.
Vale Joseph. Tranquilo, tío.
—¿Lo conozco? —preguntó él, seductor.
Demi ocultó detrás de una sonrisa pícara, la sorpresa que le produjo que él hiciera semejante pregunta.
—¿Por qué quieres saberlo? —replicó, y apartó la mirada rápidamente para ponerla en el barman al que acababa de hacer señas para que se acercara—. ¿Quieres otro bourbon?
Joseph negó con la cabeza y continuó estudiándola. Ella hablaba con el barman, le pedía otra tónica y parecía tan normal…
—Me gusta saber con quién compito —respondió Joseph al fin, y disfrutó del panorama.
La vio quedarse cortada un momento, luego erguirse en un gesto muy característico de los Brady y volver la cabeza para mirarlo.
—¿Crees que esto es una competición? —dijo Demi. Él asintió masculino; ella sonrió con ironía—. ¡Venga ya, Joseph, por favor…! No hay competición porque no hay nada que ganar, ¿sabes? No vas a quedarte con la chica. Y él tampoco. La chica solamente se divierte, nada más.
Joseph la miró con ternura.
—¿En serio?
Demi asintió, mantuvo la mirada.
—¿En serio? —repitió, divertido. Ella volvió a asentir. Entonces, Joseph se acercó un poco a ella y le habló bajito—. Piénsalo mejor, Demi.
Al oírlo, la imagen de la muñequita de quirófano regresó a su mente, disparando unos celos insoportables. Los mismos de la noche de la entrega de premios. Se preguntó que pasaría si él y aquella barbi… Y no fue capaz de completar la frase en su mente.
Como si le hubiera leído el pensamiento, Joseph asintió varias veces con la cabeza.
—Ni te interesan ni te apetecen. Hoy por hoy, nos interesa esto. Podemos aceptarlo sin más y vivirlo a tope… O jugar a las escondidas. Pon tú las reglas. Mientras sean equitativas, para mí estarán bien.
Demi bebió un sorbo de su bebida, ganando tiempo para responder.
Joseph aprovechó el momento para volver a la carga con cara de niño que no ha roto un plato.
—Voy a ser buenísimo. Voy a descubrir una carta y dejar que la veas —empezó él, imitándola. Ella le regaló una mirada burlona—. Seguiré aquí, Demi. Pase lo que pase entre nosotros, pase lo que pase con “ellos” y “ellas”… Voy a seguir aquí, contigo.
Debía resultarle amenazador. A la Demi de otras épocas le habría disparado todas las alarmas. A esta, curiosamente, le resultó un alivio. Tuvo la impresión de que, por primera vez en toda su vida, algo, fuera del rancho Brady, era estable, firme. No dependía de las circunstancias ni de los estados de ánimo, ni de los errores que pudiera cometer. Era seguro y permanente como el afecto de sus padres, de sus hermanos, deMiley.
—No era hoy —dijo ella al cabo de unos instantes.
—¿Qué no era hoy?
—La cita — Demi respiró hondo, y lo miró—. Era ayer.
El corazón de Joseph latía tan fuerte que, instintivamente, se apartó un poco. Tenía la sensación de que de otro modo, ella lo oiría retumbar.
—¿Mentiste? —preguntó él, empezando a sonreír.
Demi se puso roja y miró a otra parte.
—Mentiste —repitió Joseph con una sonrisa que no le entraba en la cara.
Demi esbozó una sonrisa incómoda. Las mejillas le ardían.
—Estuvo a punto de colar… ¿O no?
Joseph negó con la cabeza. Ya no había sonrisas y si las miradas pudieran derretir, los dos serían historia.
—Quiero más —dijo él en un murmullo.
Pensó que ella acortaría distancias, a pesar de que era una muy mala idea. O que, como mínimo, intentaría tocarlo. Una caricia discreta y corta en la mano, así como quien no quiere la cosa, al tiempo que soltaba alguna puya y reía con aquellas carcajadas contagiosas que tenía.
Pero no ocurrió nada de eso.
La vio respirar hondo tras el primer momento de sorpresa y volver la cara, con las mejillas rojas y los ojos brillantes, como si algo hubiera atraído su atención justo al otro lado del local.
Joseph tragó saliva y aguantó el tirón.
Recordaba aquellos signos físicos... Esa forma de apartar la vista para no sentirse descubierta.

Aunque hacía más de diez años desde la última vez, los recordaba muy bien.

lunes, 17 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 43



La sonrisa de Demi se hizo más grande.
Estaba a punto de dar otro concierto espectacular.
Joseph y Demi habían disfrutado de una cena variada en un restaurante, a las afueras de la ciudad, principalmente frecuentado por universitarios, donde las carnes y las verduras las cocinaba cada comensal en una parrilla gigantesca de forma circular. Ahora, tomaban una copa en la barra del Wally's Café.
Acostumbrada a que todos intentaran deslumbrarla, la normalidad de las elecciones de Joseph le parecía un auténtico descubrimiento.
—¿Cómo…? — Demi apoyó la cabeza sobre la palma de la mano, y formuló su pregunta de otra forma—. No entiendo cómo pudiste acabar con alguien como ella. ¿Qué hacía cuando la invitabas a sitios así?
Por “ella” se refería a Tyler Bradford.
—No la invitaba a sitios así.
Estaba claro. Tan claro como que él estaba evitando contestar a la primera parte de su comentario. Bien. Era hora de cambiar de tema.
—¿Voy a participar en el Bayfest el año que viene? —preguntó Mandy sonriendo con su cara de niña feliz.
—En el Bayfest, el Fan Fair y el Country Thunder, sí.
—¡Que bien! —dijo, y tocó con su tónica el vaso de bourbon de Joseph — ¡Chinchín!
Mientras él se quitaba el jersey, Demi aprovechó para echarle un vistazo a su indumentaria. Excepto por la prenda que acababa de quitarse, que era de un blanco refulgente, vestía de negro, camisa supermoderna y pantalones de corte recto. Zapatos de gamuza acordonados, también negros.
Impresionante.
Joseph la sorprendió mirándolo y sonrió; ella le devolvió la sonrisa y apartó la mirada.
—Me ayudó a relacionarme en Nashville —continuó él, retomando el asunto Tyler Bradford. Había sopesado bien cada palabra antes de pronunciarla; lo que podía decir para responder a su pregunta, y lo que no debía decir si quería evitar que ella echara a correr despavorida.
Demi se removió incómoda en su butaca.
—Ya.
—Tú sabes de qué va esto. Otra mujer, no, pero tú sí… —añadió, y la miró travieso—. Estábamos a lo que estábamos. Nada más.
—¿Era ella la del jueves?
Joseph frunció el ceño. ¿Sabía que él había estado en Nashville? A Nick no se le podía haber escapado esa información, así que ¿cómo lo había averiguado?
—¿Eso no es mucho preguntar?
Demi soltó una carcajada. El desparpajo de aquel vikingo le gustaba cada vez más.
—Tienes razón. Besarte me dejó un poco alucinada. No me hagas caso….
Y a él.
Cada vez que el recuerdo de aquel momento ardiente regresaba a su mente, tenía que programarse para frenar la sonrisa de satisfacción que forcejeaba por salir, y dejarlo completamente al descubierto. Y lo peor, era que con el recuerdo volvían las sensaciones, arrasando todo vestigio de racionalidad, llevándoselo todo por delante.
El móvil de Demi empezó a sonar, devolviendo a Joseph a la realidad, pero solo durante un instante. Lo bastante como para enterarse de que quien llamaba era Miley. Luego, volvió a dejar la realidad para sumergirse de lleno en sus sensaciones, mucho más intensas después de aquellos besos compartidos.
Era tan hermosa, con esa belleza inapelable, perfecta, que resultaba imposible no fijarse en ella. Era preciosa sin necesidad de esforzarse en parecerlo.
Cuando Demi aparecía en su campo visual, los ojos de Joseph parecían no obedecer instrucción alguna. La seguían, hechizados, recorriéndola una y otra vez, como si nunca tuvieran bastante. Empezaban por donde empezaban casi siempre, por sus ojos claros, y bajaban por cada curva del camino, regocijándose en la visión...
La mayoría de las veces, a mitad de recorrido él se obligaba a dejar de mirar. Otras, como ahora, lo intentaba sin conseguirlo.
De la cintura baja de los pantalones negros asomaba un tanga color fucsia, igual que su jersey. Concentrada en la conversación que mantenía con Miley, Demi se había inclinado hacia delante para apoyar los codos en la barra, y la posición hacía que una parte pequeña de su espalda, apenas visible, entre el borde del jersey y la cintura de los pantalones, quedara expuesta.
Joseph no conseguía apartar los ojos. Su mente no dejaba de mandar mensajeros químicos que se clavaban en el centro de su cuerpo, justo entre las piernas y allí, explotaban peligrosamente.
Peligrosamente para un sitio tan concurrido, un contacto que no debía suceder en público y un corazón que, pese a todo, continuaba teniendo un miedo espantoso a quedar tan expuesto como aquel tanga rosa del que no podía quitar la vista.
Se esforzó por volver a sus ojos, y de ahí, a su boca. Demi reía.
Con todo lo que su belleza exterior lo dejaba grogui, lo verdaderamente importante era otra cosa. No estaba tan colado por ella por nada que pudiera verse. Eso solamente añadía combustible a un fuego que ardía hacía mucho tiempo.

Lo que a Joseph lo enamoraba de verdad, desde que era un crío, era la dulzura espectacular que fluía de ella y lo envolvía todo. Ni dos años hundida en alcohol y rodeada de malas compañías había conseguido alterarla. Estaba en ella aún cuando jugaba a ser la Demi caprichosa y rebelde. Y ahora, desde que había tomado nuevas decisiones y cambiado el rumbo de su vida, empezaba a verse también en sus actitudes; estar con ella era mucho más fácil que antes.

Mi Dulce Bombón Capitulo 42



Joseph le echó una mirada a Sharon que a ella debió resultarle tan explícita que volvió a cerrar la puerta del camerino después de farfullar una disculpa. Demi bajó la cabeza para evitar que él la viera reír.
Desde los escasos cinco minutos que habían conseguido arañar a primera hora de la mañana, después de la sesión fotográfica, no habían vuelto a estar en un mismo lugar a solas en todo el día. Cuanto había podido complicarse lo había hecho, incluido la avería de dos equipos.
—¡Qué día! —se quejó él, apoyándose contra la puerta, frustrado—. No puedo creer que no hayamos podido tener cinco minutos tranquilos…
Demi se recostó contra la puerta, a su lado, y lo miró con expresión divertida.
—Pues están a punto de avisarme que me toca subir, así que…
Desde esa distancia él no solamente tenía una panorámica preciosa de los hombros delicados de aquella mujer, también olía a Demi.
Dios… Donna Karan. Jazmín.
No le gustaba esa fragancia hasta que ella empezó a usarla. Y desde aquel momento, le pareció el aroma más embriagador del universo. En nadie olía tan bien. Se le iba la cabeza. Literalmente.
Joseph respiró hondo.
—Va a haber que poner más atrás los cordones de seguridad, porque como te huelan, saltarán en masa sobre el escenario.
Una sonrisa inmensa iluminó la cara de Demi.
—Vaya, gracias…Y gracias por la rosa del desayuno.
—¿Qué rosa?
Joseph la miraba de reojo, sonriendo con picardía.
—¿No era tuya? ¡Pues ahora qué comecocos! —volvió la cabeza y lo miró. Él ya no sonreía y su mirada se había vuelto intensa—. Porque si no es tuya, ¿de quién es?
Era suya.
Joseph no respondió. Cada vez que la miraba, perdía la noción de todo. Desde la noche anterior, cuando había vuelto a sentir el contacto de su boca caliente, la firmeza de su cuerpo, todos sus sentidos estaban completamente despiertos. Atentos a cada gesto, a cada mensaje, a cada movimiento. No podía dejar de mirarla. Ni podía dejar de sacudirse interiormente. Esos besos de Demi habían agitado tanto sus sentimientos como sus emociones. Habían sacudido un amor que, aletargado, esperaba en un rincón de su corazón ,y habían encendido un deseo básico, primario, que también dormía en su sangre. Y ahora, rugía.
—¿Cenamos en tu suite después del concierto? —le preguntó, intentando mantenerse sereno.
Demi sonrió.
—¿Me estás preparando la cama, guaperas?
—Sí.
Había sido un “sí” envuelto en un suspiro largo. Joseph se sentía a punto de explotar, de desbordarse sin control. Y ella, evidentemente, se había dado cuenta.
La vio bajar la vista unos instantes justo cuando alguien le avisaba que tenía que salir al escenario. Ella continuó donde estaba, moviendo suavemente la cabeza y considerando la situación.
Al final, se apartó de la puerta mirándolo con suavidad. Jordan sonrió, le acarició un mechón de cabello con un dedo.
—Tengo plan para esta noche —respondió Demi con ternura—. Lo siento.
Puso una mano en el pomo y lo miró instándolo a que se apartara de la puerta.
Joseph no podía decir que no lo hubiera imaginado. Haber admitido que su opinión le importaba había sido una gran concesión, pero no dejaba de ser algo que la hacía sentir vulnerable. Los Brady odiaban sentirse así. Y como una buena Brady que era, le estaba plantando cara a esa vulnerabilidad.
Jordan asintió, y se apartó de la puerta sin dejar de mirarla.
Ella, que ya estaba en el corredor cuando él la llamó, se volvió sonriendo suavemente.
—Tu plan de esta noche soy yo —dijo él. Ella ladeó la cabeza y lo miró divertida. Joseph e creció—. Es lo que nos apetece. A ti y a mí.
—No voy a cenar contigo en mi suite —dijo Demi riendo—. ¿Qué propones?
Los ojos de él se iluminaron.
—¿Y en la mía?
Demi meneó la cabeza sonriendo y empezó a alejarse en dirección al escenario. Jordan la siguió muerto de risa. No había resistencia, ella solo jugaba.
—Vale, vale, vale... Te debo cena y baile ¿no? —buscó su mirada. Ella asintió varias veces con la cabeza—. Bien. Entonces, ponte zapatos cómodos…
Lo vio hacerle un guiño con aquella expresión superseductora, y respiró hondo. Dios, cuánto le gustaba él y cuánto le gustaban sus maneras... Subió al ascensor que la llevaba al escenario, sin dejar de sonreír.

¿Noche de cena y baile con aquel vikingo solo para ella?

Mi Dulce Bombón Capitulo 41



Se le reía el alma.
Pero a pesar de que a Demi le hubieran gustado aquellos besos, y de que estaba más que feliz con el cambio de tercio, era una mujer. Una que había descubierto que le importaba, y mucho, lo que aquel hombre pensara de ella y él le había dicho que no le gustaba la parte juerguista de su personalidad.
—¿A qué hora tengo esa sesión?
—Siete y media —respondió él, y dejó que sus ojos volvieran a recorrer el cuerpo de aquella preciosidad por la que, desde hacía unas horas, estaba mucho más loco que antes.
Demi se puso de pie y cogió sus cosas.
—¿Por qué son siempre tan temprano? —comentó sin mirarlo. Joseph se levantó de su asiento como un resorte. ¿Ya se iba?—. Ni yo puedo tener buena cara a esas horas…
¿Bromeas? Tú siempre estás preciosa.
—¿Las prefieres más tarde? —preguntó él, con expresión seria.
Demi se despidió de Harry y Jarvis, que aún seguían en la barra, con un movimiento de la mano, y se dirigió hacia los ascensores.
—¿Quién prefiere que le hagan fotos a las siete y media de la mañana, Joseph? —dijo risueña—. Estoy roque a esas horas. Da igual cuándo me haya acostado.
Las puertas del ascensor se abrieron y ambos entraron.
—Roque sigues igual de preciosa —comentó él sin mirarla cuando las puertas volvieron a cerrarse—. Pero si prefieres otra hora, las próximas serán a otra hora.
Demi lo espió por el rabillo del ojo. Él tenía las manos enlazadas en la espalda y los ojos fijos en el tablero luminoso que, cerca del techo, indicaba el movimiento del ascensor de piso en piso.
—¡Qué amable! Gracias —replicó, con coquetería.
Le encantaba picarlo. Desde que habían compartido besos, más. Le causaba una gracia tremenda haberlo “descolocado” de semejante manera.
—De nada.
Demi se recostó contra la pared lateral y lo miró abiertamente, estudiándolo. Era tan escueto y a la vez tan explícito en todo lo que decía… En él no había insinuaciones. No había frases a medias. Se preguntó si en lo personal sería igual de escueto y explícito. Sonrió ante el pensamiento que le cruzó la mente.
—¿Por qué no me llamaste el jueves?
Joseph la miró de reojo con su sonrisa seductora. Ella no estaba preparada para oír la verdad ni él para decírsela. Por lo tanto, tocaba maniobra de distracción. A ver qué tal resultaba.
—Ya lo sabes. ¿Por qué preguntas?
Las puertas se abrieron en la quinta planta antes de darle tiempo a contestar, pero Demi ya había empezado a reír. Salieron del ascensor y se dirigieron hacia su suite caminando uno junto al otro.
—¿Esperas que me trague que esa niña te tuvo tan ocupado?
Joseph le echó otra mirada de reojo, pero no respondió. En cambio, continuó andando con una sonrisa en los labios. Demi soltó una carcajada.
—¿En serio? ¡Venga, Jordan…! ¿Quién era?, ¿la mujer atómica?
Ambos se detuvieron frente a la puerta de la habitación de Demi. Joseph tomó la tarjeta electrónica de la mano de ella y abrió la puerta. Demi entró, pero no mostró intención alguna de dejarlo pasar. Permaneció junto al marco de la puerta, escrutándolo.
—No te creo. Te estás marcando un farol.
—El atómico soy yo —replicó él—. Y tú, puedes creer lo que te de la real gana…
Y lo dijo mientras la miraba a los ojos, lo que le permitió comprobar que la expresión de Demi pasaba de pícara a sorprendida. En otras palabras; maniobra de distracción culminada con éxito.
—Vale. Es tarde. Me voy a dormir —dijo con una gran sonrisa. A continuación, hizo el ademán de acercarse a él, pero dejó el movimiento a medias y lo miró—. ¿La puerta de mi suite se considera público o privado?
Joseph sonrió meneando la cabeza. Quizás el éxito todavía no estaba decidido. Ella acababa de poner en marcha su contra-maniobra.
—Público, ¿no? —añadió ella, toda picardía—. Mala suerte. Que descanses, Joseph.
—Si doy un paso hacia ti, ya no va a ser público.
Pero fue Demi quien lo dio. Dio un paso fuera de la habitación y se colocó frente a él. Lo miró a la cara con total desafío, y cuando empezó a hablar su voz sonó tan desafiante como sensual.
—Me gustas, Joseph —él la miró desde su altura con los ojos brillantes—, así que voy a ser buena —él tragó saliva y se concentró en que la expresión de su cara no mostrara el maremoto que estaba teniendo lugar allí mismo, en su interior—. Voy a descubrir una de mis cartas y te voy a dejar verla, ¿de acuerdo?
Él continuó en silencio. Mirándola. Admirándola, como llevaba haciendo desde hacía años.
Y deseándola, como nunca había deseado nada ni a nadie.
—Te besé —continuó ella, mirándolo a los ojos con dulzura—. Podría repetirlo. Puede que, de hecho, lo haga; besas muy bien —él respiró hondo, se puso las manos en los bolsillos—. Pero si hay algo más que esos besos entre tú y yo, no va a ser por mí. Has dicho que esa parte de mi personalidad no te gusta y me he dado cuenta de que me importa lo que pienses de mí. Así que… esta es mi carta descubierta; no te lo voy a poner fácil.
La mirada de Joseph hacía innecesaria cualquier explicación, pero aún así la dio.
—Lo sé.
Demi asintió.
—Vale. Entonces, hasta mañana, Joseph —añadió, y desapareció tras la puerta de su habitación.
Él respiró hondo con los ojos clavados en la puerta cerrada.
Diez años esperando que lo que compartieran fuera más que conversaciones sobre conciertos y sesiones fotográficas, y allí estaba, sucediendo ante sus propios ojos.
Demi había dicho que su carta descubierta era dejarle saber que no se lo pondría fácil, pero ambos sabían que no era esa. La verdadera carta era otra; a ella le importaba lo que él pensara.
Casi tenía que pellizcarse para convencerse de que no soñaba, de que aquella preciosidad que había vivido su vida según sus propios criterios, sin hacer caso siquiera de lo que dijera su propia familia, a la que adoraba, estuviera admitiendo ante él, que le importaba su opinión.

Había sido una gran concesión la que ella le había hecho admitiendo algo así. Una que Joseph se proponía aprovechar al máximo.

sábado, 15 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 40



Joseph había hecho mucho más que inspirarla. Le había confirmado que hoy, ahora, lo que necesitaba era precisamente él. Saberlo le había puesto el ánimo por las nubes. También sabía que él, sin embargo, sería cauto. Y eso le gustaba. Aunque no fuera propensa a pararse y pensar, aunque la gente que meditaba mucho las cosas le resultara terriblemente aburrida, Demi tenía claro que hacía falta que alguno de los dos mantuviera la cabeza fría. Y ella, por descontado, no iba a ser.
De camino a los camerinos, firmaba autógrafos a los fans y agradecía felicitaciones como siempre, mientras interiormente no dejaba de preguntarse qué sucedería cuando volvieran a verse las caras.
Joseph iba a querer mantener una conversación seria. Demi estaba segura de ello; él era ese tipo de persona.
Pero cuando abrió la puerta del camerino, él no estaba allí. Tampoco en la limusina que la llevó de regreso al hotel.
Demi sonrió ante sus propios pensamientos.
¿Te he dejado nocaut, guaperas?
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Efectivamente, así había sido. Lo había dejado fuera de combate. Sin embargo, cuando los latidos de su corazón se serenaron y la sangre recuperó temperatura normal, el cerebro de Joseph volvió a hacer lo que estaba programado para hacer.
En un pub cerca del hotel, ante su segundo Chivas Regal servido en un vaso de boca ancha con dos piedras de hielo, Joseph analizó cuidadosamente la situación.
Estaba completamente loco por Demi. Llevaba diez años colado por ella. ¿Qué posibilidades tenían de ser algo más de lo que eran, y que saliera bien? ¿Qué buscaba Demi exactamente con él?
Se sentía como un idiota preguntándose esas cosas, pero si cualquier otra mujer lo hubiera besado, él lo tendría claro. Con Demi, no. Con ella podía significar cualquier cosa. Desde simple coqueteo a “solo sexo”. Y viniendo de aquella mujer le apetecía cualquier opción, pero no todas eran viables. En realidad, solo una lo era; que ella estuviera tan loca por él como él lo estaba por ella. Cualquier otra opción, le haría un daño terrible, uno del que no se recuperaría.
Si se acercaba tanto a ella, si ella al final “cambiaba de marca” como le había visto hacer montones de veces a lo largo de los años… Joseph se había pasado toda la semana desesperado por verla, y evitándola por miedo a perder el control. Y ahora, acababa de caer en la cuenta de que ya no dependía de él. Demi, para variar, había cogido el buey por las astas.
Joseph apuró su whisky y se puso el abrigo.
Había vuelto junto a ella por una razón. Posiblemente, no estuviera preparado para el cambio de tercio que Demi había impuesto al tema, pero su razón, la que lo había hecho regresar junto a ella y aceptar su “nuevo proyecto” continuaba tan viva como el primer día.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Demi no estaba en su suite, tampoco en la de Sharon así que Joseph se dirigió al lounge del hotel.
Ella, que estaba allí charlando con Harry y Jarvis, el único del grupo que había desistido de hacer un tour de locales por Boston, lo vio antes de que los ojos de Joseph la localizaran, sentada a la barra. Él, para variar, estaba hablando por el móvil y Demi decidió disfrutar de esos segundos de mirar sin ser vista. Él vestía un chaquetón marinero azul, unos elegantes pantalones a juego y calzaba botas cortas negras. El abrigo estaba abierto, lo que permitía ver que debajo llevaba uno de esos jerséis gruesos con motivos alpinos.
La manera en que la atención de los presentes se concentraba en él a medida que avanzaba mostraba claramente que no pasaba desapercibido ni siquiera a los de su mismo sexo. Algo que a Demi no le extrañó en absoluto, ya que en su opinión, Joseph era sencillamente un hombre espectacular.
Fue cuando él se disponía a guardar el móvil tras acabar de hablar, que la vio. No lo pensó dos veces y se dirigió directamente hacia ella al tiempo que desconectaba el aparato; no quería interrupciones.
—¡Joseph! ¿Dónde te habías metido, hombre? —dijo Jarvis, dándole la bienvenida— Trish me tenía asfixiado…
Los ojos de Joseph se detuvieron brevemente en Demi de camino hacia Jarvis.
—¿Por qué te tenía asfixiado? — Joseph palmeó el hombro de Harry ignorando la mirada con mensaje que le devolvió Jarvis a modo de respuesta—. ¿Todo bien?
—Diez puntos —respondió el responsable de seguridad de Demi — ¿Qué bebes?
—Tónica. Gracias —respondió mientras se quitaba el abrigo. Luego, se dirigió a Demi —. Buen concierto. Me gustó.
—¿Buen concierto? —Soltó Jarvis riendo— ¿Pero cómo eres tan tibio, tío? ¡Estuvo descomunal!
—¿A qué sí? —terció Demi, riendo. Miró a Joseph con picardía—. Hoy estaba muy inspirada… No sé, me encanta Boston…
El barman sirvió la tónica y Joseph exhaló un imperceptible suspiro de ansiedad. Había llegado el momento de poner las cartas boca arriba.
—Tenemos que hablar… —dijo echándole una mirada rápida a Demi. Luego, se concentró en coger su tónica y el abrigo, dispuesto a dirigirse hacia alguno de los cómodos sillones que había cerca de los ventanales.
—¿Has pedido hora a mi asistente?
Joseph la miró con un cuarto de sonrisa y no pronunció ni una palabra.
Vale, la cosa no estaba para bromas, pensó Demi, que se apresuró a recoger su copa y despedirse de los demás.
Siguió a Joseph n hasta unos sillones donde ambos tomaron asiento. Demi esperó pacientemente, disfrutando con anticipación de las consecuencias de haberlo puesto en jaque. Disfrutando tanto, que le estaba costando horrores mantener a raya la sonrisa que pugnaba por salir y delatarla.
Joseph se tomó su tiempo antes de empezar, pero cuando lo hizo no se anduvo por las ramas. La miró y disparó a bocajarro:
—¿Movías ficha o solamente liberabas presión?
Demi sonrió. Aquellos preciosos ojos azules la estaban taladrando, como si quisieran escudriñar dentro en busca de la verdad.
—¿Y qué más da?
La mirada de él se volvió mucho más intensa, y su expresión, seria. Demi en cambio, continuó observándolo relajadamente.
—Da más —sentenció él—. Si solamente has quitado el corcho, te diría que nuestro contrato no incluye servicios personales. Pero si has movido ficha... Entonces, voy a querer que me aclares un par de cosas para que yo, a mi vez, pueda aclararte otro para.
Demi se arrellanó en el amplio sillón.
—Soy una mujer y te besé. ¿Necesitas un experto en códigos para entenderlo?
Él continuó mirándola en silencio, expectante. Demi sonrió suavemente, y descodificó el mensaje.
—Me gustas, Joseph. Me pareces un tío espectacular. Y te besé. Esto es lo que hay... ¿Ahora, qué?
Joseph se estremeció. Demi no había quitado el corcho para liberar presión. Había sido un movimiento de ficha en toda regla. Su voz, sin embargo, sonó contenida y segura cuando habló mirándola directamente a los ojos:
—Uno: en público, ni me mires. Dos: esto queda entre tú y yo. Ni una palabra a los chicos del grupo, ni al personal, ni a tu familia ni a la mía. Privado total, ¿está claro?
Demi asintió y bajó la cabeza para esconder la sonrisa tridimensional que lucía en su cara. Se moría de ganas de subir a la mesa y bailar, más feliz que unas pascuas.
Acababa de poner a aquel vikingo exactamente donde quería; a dos besos de su cama.

Demi apuró su tónica sin mirar a Joseph. Tenía que esforzarse para mantener a raya la sonrisa. Después de tantas semanas, le parecía increíble que los dos se encontraran en un tercio diferente. Y además, Joseph no había dicho “ni lo sueñes”. Había puesto sobre la mesa las normas de la casa, lo cual era una forma de darle luz verde. Solo con pensar que él pudiera estar planteándose tener algo más con ella… 

Mi Dulce Bombón Capitulo 39



Joseph recorrió los doscientos kilómetros restantes de trayecto, circulando por encima del límite de velocidad. Demi no lo había llamado después de ducharse. A menos que para hacerlo necesitara dos horas.
Desde el lunes llevaba mal no verla. Pero a partir de que ella lo llamara de madrugada y él no contestara después de dejarlo sonar dieciséis veces, la cosa se había puesto malísima. Sabía con certeza lo que Demi habría deducido; que él estaba en la cama con otra mujer y por eso no atendía.
Y ahora, vete tú a saber lo que estaría pensando.
Algo, sin embargo, estaba claro. Si no se había puesto al teléfono ni le había devuelto la llamada, no podía ser nada bueno.
Había vuelto a intentarlo, pero esta vez, Demi estaba en una entrevista, y era cierto; él mismo la había concertado con un periodista del Country Today.
Tan pronto los del equipo vieron aparecer a Joseph, marchando a paso vivo por el túnel que llevaba al área de camerinos, varios atinaron a acercarse para ponerlo al día: Sharon, Harry Newland, uno de los técnicos de sonido... Un simple gesto de la mano sirvió a las mil maravillas para dejarlos a todos con la palabra en la boca.
Joseph golpeó dos veces la puerta del camerino de la cantante. Entonces, vio en su reloj que faltaban cinco minutos para que empezara el concierto y no esperó a que ella contestara; abrió la puerta y entró.
Demi volvió la cabeza y sonrió al verlo. Tras colocarle el microauricular, el asistente le estaba ajustando el aparato a la cintura trasera de los pantalones.
—¿Te molesta?
Demi le guiñó un ojo a Joseph y sonrió al chico.
—¿Aterrizamos en la Luna y no podemos inventar algo más cómodo que esto? Te hace polvo la oreja…
—Lo propondré a la NASA —comentó el asistente divertido, y salió a prisa del camerino después de saludar a Jordan con un movimiento de la cabeza.
Ella dio una vuelta completa sobre sus tacones y lo miró sonriendo.
—¿Qué? ¿Estoy bien?
Joseph la recorrió con la mirada.
Mejor que bien.
El negro la favorecía y la nueva Demi Brady, la que vestía ropa más casual y bastante menos sugerente, a Joseph le parecía infinitamente más sensual. Camiseta negra de mangas tres cuartas con cuello princesa. Pantalones de cuero negro de corte recto. Botas negras, sobrias, de tacón muy alto. Los escotes, los ceñidos y la provocación brillaban por su ausencia. Y aún así…
—Preciosa —admitió él, y se esforzó porque su sonrisa fuera tan natural como su cumplido.
Demi sonrió agradecida y se acercó a él, acomodándose el cinturón.
—Y dime… —dijo, arreglándose el cabello coqueta— Tú… ¿qué tal?
Joseph se recostó contra la puerta cerrada y asintió varias veces con la cabeza.
—Fue muy bien.
Hablaba de trabajo.
—¿Sí? —preguntó, ilusionada.
—Sí —repitió él con una sonrisa satisfecha—. Muy, muy bien.
—Genial — Demi se puso las manos en los bolsillos de atrás de su pantalón y lo miró con la cabeza ladeada—. ¿Y anoche? ¿Qué tal fue?
Joseph apartó la mirada. Ni le gustaba hablar de sus asuntos personales ni tampoco cómo habían resultado las cosas.
Y no tenía la menor idea de qué responder.
Pero Demi no lo dejó procesar. Apartó el micro hacia atrás y completó la distancia que los separaba. Luego, sin mediar palabra, tomó la cara masculina entre sus manos y lo besó.
Fue un beso suave, sensual, con sabor a menta, que Joseph devolvió instintivamente, tan sorprendido como ella del montón de sensaciones que a ambos les navegaban por la sangre...
Tan sorprendido como ella, al comprobar que en vez de apartarse, de parar y pensar —que era lo que debió haber hecho—, la atrajo más hacia él, tomándola por la nuca, y se coló en su boca con voracidad.
—No siempre funciona ¿no? —Susurró ella sobre sus labios, robándole besos pequeños—. A veces, solamente tu cuerpo está ahí. Lo demás, está muy lejos…
Para cuando unos golpes en la puerta les hicieron saber que Demi tenía que salir al escenario, los estremecimientos de los dos eran evidentes para ambos.
Demi suspiró. Él continuó acariciándole la frente con los labios, aturdido.
—Tengo que irme —murmuró ella al tiempo que respiraba hondo, intentando recuperarse. Luego, lo miró con una sonrisa pícara en su rostro—. Gracias por inspirarme. Hoy seguro que lo bordo…
Joseph apenas sonrió mientras se apartaba. Abrió la puerta y la dejó salir. La miró alejarse por el túnel. La vio echarse un vistazo en un cristal y retocarse el contorno de los labios con la punta de los dedos. Entonces, ella se volvió brevemente y le regaló una sonrisa. Continuó camino hasta que él ya no la vio más. En su lugar, oyó las ovaciones y los aplausos que conformaban un ruido atronador.
Joseph volvió a meterse en el camerino y cerró la puerta.
Y volvió a tomar conciencia de sí mismo.
Aún continuaba temblando...
Y queriendo más. Más de aquella sensualidad que lo agitaba como una maraca. Más de aquella ternura que estaba ahí siempre, en el fondo de sus ojos, en el tono de su voz, en sus modos desenfadados…
Más de Demi. De toda ella.
¿Cuánto hacía desde la última vez que había sentido aquellos labios carnosos, acogedores sobre su piel?
Más de diez años.

Dios... ¿Cómo había podido pasar diez años sin eso?

Mi Dulce Bombón Capitulo 38



Demi soltó una carcajada. Miley la miró con estudiada sensualidad e insitió en la idea, que intuyó estaba teniendo una excelente acogida.
—¿Te imaginas ese mismo plan cada noche de la semana? Dios… Necesito un tío que me alegre el cuerpo ya mismo —añadió, quejumbrosa—. No hago más que estudiar. ¡Hasta empiezo a mirar a Jeffrey con cariño, imagínate!
Al final, las dos reían. Igual que cuando eran niñas y encerradas en la habitación de Demi hablaban de sexo a escondidas de mamá Eileen.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Era muy tarde cuando Demi encendió la luz y cogió su móvil.
No sabía qué pasaba con Joseph ni tampoco lo que pasaba con ella misma, pero, efectivamente, no era de las que se sentaban y esperaban. Llevaba horas necesitando escuchar su voz. Y él no llamaba.
Se sentó en la cama, se apoyó en el espaldar y seleccionó su memoria. Esperó, oyendo cómo los latidos de su propio corazón retumbaban en su interior mientras el móvil conectaba la llamada.
Sonó una vez, dos, tres…
Consultó el reloj de la mesilla. Eran casi las cuatro de la madrugada.
Si me hubieras llamado, no tendría que despertarte en plena noche. Así que te jodes, guapo.
Siguió sonando. Cuatro veces. Cinco. Seis. Siete…
El buzón de voz no saltó y después de dejarlo sonar dieciséis veces sin que nadie respondiera, Demi cortó.
—Si hubieras cogido el bate y bateado, ahora no estaría follándose a otra —murmuró con los ojos clavados en la pared de enfrente—. Así que la que se jode eres tú…
Demi apretó los párpados con fuerza.
—¡Cabrón! —exclamó, iracunda.
La siguiente andanada de rabia dejó su móvil desperdigado en trozos por el suelo después de estrellarse contra la pared.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Cuando el teléfono dejó de sonar, Joseph exhaló un suspiro largo. Tomó conciencia de que llevaba reteniendo el aliento desde que había saltado de la cama a sacar el móvil del bolsillo de la cazadora, y sus ojos se habían clavado en la señal luminosa parpadeante que ponía “Demi”.
En aquel momento, el contacto de la piel caliente de la morena que había conocido en el Club Perseus contra su cuerpo desnudo le produjo un escalofrío.
—Creí que Joseph Wyatt era soltero y sin compromisos —susurró ella mientras se pegaba a él, con movimientos deliberadamente sexuales.
Joseph se apartó un poco con el móvil aún en una mano y la miró interrogante. ¿Acaso lo conocía?
—Sales en las revistas —aclaró ella—. Y además ¿quién te llama a estas horas y tú no contestas?
Jordan volvió a guardar el móvil en su cazadora sin decir nada. La mujer se acercó a él nuevamente. Sintió cómo la mano femenina se deslizaba entre sus piernas en una caricia sensual, oyó su voz suave que le decía:
—Estás helado. Volvamos a la cama.
Sí. Estaba helado. Desde que había visto el nombre Demi parpadeando en la pantallita de su móvil, más que helado.
A menos cincuenta grados.
—Ya voy —murmuró con una media mueca de sonrisa mientras con la mirada le indicaba que primero pasaría al baño.
Ella le acarició el brazo.
—No tardes.
Joseph negó con la cabeza, la miró mientras ella volvía a meterse en la cama.
Estaba congelado.
Pero sentía el corazón rozando las doscientas pulsaciones por minuto.

Y la razón no era aquella morena.
Joseph estaba llegando a Boston y seguía sin dar con Demi. Sonaba, pero nadie lo cogía. Empezaba a estar atacado de los nervios, así que su siguiente intento fue hablar con Sharon.
—Soy Joseph. ¿Qué pasa con el móvil de Demi?
Sharon le hizo señas a Demi de que esperara. Ambas acababan de llegar al hotel después del ensayo general en el Teatro de la Ópera.
—No funciona. Acabo de darle otro, pero todavía no está conectado. ¿Dónde estás?
Demi, que se disponía a meterse en la ducha, miró a Sharon, interrogante. “¿Es Joseph?” le preguntó, haciendo mímica con los labios, y cuando vio que su asistente asentía, un escalofrío le recorrió el cuerpo.
—A doscientos kilómetros —respondió él—. ¿Está allí?
—Sí, a punto de darse una ducha. Espera a ver si se puede poner…
Demi respiró hondo. Se moría por oírlo.
Y tenía ganas de matarlo.
Necesitaba tiempo para ponerse en situación, de modo que le indicó a Sharon que ella lo llamaría cuando hubiera acabado. A continuación, cerró la puerta del baño, se sentó sobre la tapa del inodoro, y miró alrededor. Jacuzzi, aroma a lilas, velas… Extendió la mano y acarició la bata negra perfectamente doblada sobre el sillón que había a su lado. 
Tenía sus iniciales grabadas en el bolsillo. Y seguro que las sales serían de cereza y el jabón, de arcilla. Joseph sabía de ella todos los detalles, hasta el más mínimo. Conocía incluso sus preferencias en cuanto a higiene femenina a pesar de que nunca se lo había consultado. Con su meticulosidad habitual, se encargaba de que todo estuviera exactamente como a Demi Brady le gustaba.
¿Pero qué sabía Joseph de Demi, la mujer?
Si había sido capaz de estar cuarenta y ocho horas sin dar señales de vida, desde luego, no lo bastante.
Era hora de abrirle los ojos a aquel vikingo.