viernes, 21 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 47



Joseph volvió a ponerla de pie en el suelo sin dejar de besarla. La empujó con suavidad contra la pared y descendió por su cuerpo dejando un reguero de besos. Tomó el preservativo que ella guardaba en su ropa interior, enredó sus dedos en las tiras del tanga y se lo quitó. Ella dio el visto bueno, empujando sus caderas contra él.
Entonces, Joseph volvió a erguirse. Echó la cabeza hacia atrás, buscando aire, como si estuviera a punto de ahogarse.
Ella era su sueño hecho realidad; sensual, apasionada, ardiente...
Se iba. Su mente se iba; su cuerpo, también.
Con desesperación, se metió en la boca de Demi, besándola apasionado mientras la empujaba con su cuerpo. Al fin, a trompicones, los dos entraron en el salón y ella se dio contra la mesa. La alzó como si fuera un pluma, y la depositó sobre la fría superficie metálica.
—Vaya dotación —susurró Demi, dejando un rastro de besos ardientes sobre el cuello masculino, mientras su mano, igual de ardiente, le acariciaba el pene en erección plena—. Y dime... ¿follas igual de bien que besas?
Joseph exhaló una bocanada de aire que a punto estuvo de fundirla como la nieve al sol. Luego, retuvo la mano de Demi, la retiró de la zona de peligro, y la colocó despacio sobre su propio pecho. Durante un instante, ambos se miraron ardiendo de pasión. Entonces, él tragó saliva.
—Voy a tope —consiguió decir.
La vio mover las cejas sensualmente y recorrerse despacio el filo de los dientes superiores con la lengua. Incapaz de dejar de mirarla, él se puso el condón de memoria. Sus ojos continuaron pegados a cada gesto femenino, a cada movimiento.
Al final, respiró hondo.
—No durará mucho...
En aquel momento, sin darse cuenta, Joseph dejó de hablar.
Ella acababa de echarse hacia atrás, recostando el peso del cuerpo sobre los codos. Ahora, apartaba las rodillas, ofreciéndole una tentadora perspectiva del placer que le esperaba.
—Ya —susurró Demi —. Pero me va a encantar, ¿no?
Joseph no respondió. Permaneció inmóvil, de pie frente a ella, con los ojos clavados en aquella visión mientras sentía el corazón galopando en el pecho, y su erección pulsaba dolorosamente.
Demi estiró la mano. Descendió con un dedo por el pecho de Joseph, a través de una manta tupida de bello rubio.
—En el aparcamiento —continuó ella, en un susurro—, me pediste que te dijera si me gustó cómo me besabas.
Los ojos de Joseph se desplazaron del rincón íntimo que se moría por explorar, a los de Demi. Se miraron en silencio un instante; ella remató la faena.
—Me encantó.
Como atraído por un poderoso campo electromagnético, Joseph recorrió la corta distancia que los separaba. La rodeó con sus brazos en un abrazo pleno, lloviendo besos sobre ella, mientras por la proximidad, su miembro se enterraba en el pubis de Demi. Sintió cómo se estremecía, en una sucesión de escalofríos que la recorrieron de parte a parte, y luego, su mano, suave, delicada, guiándolo inexorablemente hacia su vagina.
—Me enfrío...
—¿Qué?
—Que me enfrío —repitió ella, con un hilo de voz.
Él estrechó el abrazo.
—No me abraces, Joseph... Háblame, ¿entiendes?
Claro que entendía.
Joseph exhaló un suspiro. Empujó sus caderas, profundamente. Ella también suspiró cuando con ímpetu acompañó los movimientos de él. Pronto sincronizaron el ritmo y la pasión empezó a dispararse. Entonces, él cerró el abrazo y empezó a hablarle al oído.
Claro que entendía.
O eso fue lo que él creyó, que lo había comprendido. Demi se refería a “fuego”. Joseph le dio pasión...
Y ternura.
Toneladas de una ternura desbordante que Demi supo que acabaría convirtiéndose en una adicción.
Emocionalmente fue como estar en el cielo.

Sexualmente... Casi.

Mi Dulce Bombón Capitulo 46




—¿Puedo? —susurró él, cuando estaba a diez centímetros de sus labios.
Pero no esperó luz verde. Recorrió la distancia que los separaba sin darle tiempo a nada más, y se metió en su boca sin prolegómenos, buscándola.
—¿Te gusta así? —le dijo en un susurro caliente, en medio de un beso aún más caliente. Demi no atinó a nada—. Mejor que me lo digas ahora...
Joseph se apartó apenas un poco, lo suficiente para dejarla respirar. Ella inspiró con los ojos cerrados, y él volvió a la carga.
—Porque exactamente igual me voy a meter entre tus piernas —murmuró, y se adueñó de la boca de Demi en un beso voraz.
Durante unos instantes, ambos se dejaron llevar por aquel huracán de emociones que los arrancó de la realidad para introducirlos en un mundo en el que solo existían ellos dos y la pasión que crecía entre ambos. Pero entonces, en medio de sus propios estremecimientos, Joseph la sintió temblar y comprendió que había llegado la hora de largarse de allí.
 Con un esfuerzo que le resultó casi sobrehumano, él consiguió despegarse de aquellos labios de fuego. Se apoyó contra el marco de la puerta, y respiró a todo pulmón en un intento de recuperar el centro de gravedad.
Demi se recostó contra el reposacabeza y lo miró en silencio. Los latidos del corazón retumbaban en su garganta. No podía pensar. No podía hablar. Solo mirarlo, y sentir cómo las hormonas rugían en su interior.
—Tomaré eso como un sí —añadió él en un suspiro largo. Con evidente esfuerzo, se apartó y cerró la puerta—. ¿Puedes conducir o quieres que te lleve?
Pretendía ser una broma, cortar la intensidad del momento, pero cuando volvió a mirarla no encontró lo que esperaba. Ella no sonreía. Continuaba mirándolo con los ojos brillantes, una expresión que él nunca antes había visto en ella.
Demi tardó siglos en lograr articular una palabra, y cuando lo hizo la expresión que cambió fue la de Joseph.
—Sube —susurró, indicándole con un gesto de los ojos que ocupara el asiento del acompañante—. Vamos a tu casa.
Joseph volvió a respirar hondo, soltó el aire en un suspiro...
Y no se lo pensó dos veces.
Prácticamente no hablaron, y aunque no se desviaron de la ruta, les tomó dos horas hacer un recorrido que normalmente se hacía en poco más de una. Pararon cuatro veces. Para besarse sin riesgo de estrellarse.
Al llegar, entraron en el edificio donde vivía Joseph desde el aparcamiento, esperaron el ascensor y mantuvieron las distancias hasta que él abrió la puerta de su piso.
Entonces, se desató la locura.
—Vamos a la cama —murmuró él, empujándola suavemente con intención de guiarla hasta el dormitorio.
Pero Demi se dio la vuelta sin dejar de besarlo, hizo que él la abrazara y se recostó contra la puerta cerrada del piso.
—Dios... vamos a la cama, Demi —insistió él, besándola apasionadamente mientras manipulaba su ropa para quitársela.
—Me parece que hoy vas a hacer ejercicio —susurró ella al tiempo que le mordisqueaba los labios—. ¿Estás en forma?
Joseph exhaló un suspiro ardiente. Se apartó un poco para bajarle los pantalones.
—Dios... Si seguimos así... —dijo él, y volvió a pegarse a ella.
—¿Qué? ¿Vas a correrte tan pronto?
Cuando él sintió que Demi le bajaba la cremallera y colaba una mano por debajo de la cintura del slip, la retuvo y habló con decisión:
—Sí. Quita el pie del acelerador.
Entonces, vio como ella le regalaba una sonrisa sensual y empezaba a abrir los corchetes de su camisa vaquera uno a uno, sin dejar de mirarlo. A continuación, la vio sacar una bolsita metalizada del bolsillo y ponérsela en el tanga.
Los ojos de Joseph siguieron el recorrido de aquellas manos, como si estuvieran encantados.
—¿Vamos bien? —murmuró ella mientras se abría la camisa de par en par.
A aquella mujer no le hacía falta un WonderBra de encaje negro, pensó Joseph, pero era lo que llevaba.
Espectacular.
Espectacular cómo el calor abrasador que se instaló en su entrepierna y empezó a treparle por la espalda cual serpiente de fuego. Sus ojos ascendieron despacio hasta encontrar la mirada de Demi. Ella sonreía.
—¿Bonito, verdad?
Él no respondió. Volvió a respirar hondo al sentir que la mano femenina se deslizaba sobre su pierna, en una caricia larga, y la abrazó, buscándola apasionado.
—Vamos a la cama...
—No —replicó ella, jugueteando en su oreja mientras con movimientos certeros lo desnudaba prenda a prenda.
Tras liberarlo de la última y dejarla caer con una sonrisa traviesa, Demi le rodeó el cuello con los brazos y sosteniéndose en él, se elevó y le abrazó las caderas con las piernas
—No quiero ir a la cama —añadió.
Demi jugaba, era su estilo y a él le encantaba, pero no hoy. No, entonces.
En aquel momento, Joseph no estaba para juegos.
Él la aprisionó entre su cuerpo y la puerta. Sus besos no tardaron en volverse agónicos. Desabrochó el sostén casi con desesperación, y coló una de sus manos por debajo, mientras con la otra sostenía a Demi.

Ella suspiró cuando sintió la mano masculina apretándole un pecho posesivamente.

Mi Dulce Bombón Capitulo 45



Eran cerca de las dos de la madrugada cuando las puertas del ascensor se abrieron en la quinta planta y los dos se dirigieron hacia la habitación de Demi.
Joseph repitió su ritual galante; tomó la tarjeta electrónica de la mano de Demi, y abrió la puerta. Ella dio un paso dentro de la suite y se volvió sonriendo.
—Lo he pasado muy bien, gracias.
Él la observó unos instantes con expresión divertida. ¿Pensaba mandarlo a la cama sin postre otra vez? No sonaba nada a la Demi que conocía.
—El gusto fue mío.
La sonrisa de ella se hizo más grande.
—Bueno... Hasta mañana, Joseph.
Demi se apartó para cerrar la puerta, pero él se lo impidió. La mantuvo abierta con su mano.
—¿No te apetece que entre? —le preguntó.
La miraba con aquellos ojos de mirada serena y sus maneras seductoras... Y le preguntaba cosas tan obvias.
Claro que le apetecía. Vaya pregunta. La Demi de hacía cuatro meses lo habría puesto a calentar motores en el ascensor hasta conseguir que fuera él quién la guiara dentro de la habitación, cerrara la puerta y empezara a desnudarla, sin mediar palabra. Pero esta Demi se sentía tan seducida como vulnerable. Hacía y decía cosas que no podía evitar hacer ni decir, pero continuaba siendo, en muchos sentidos, la Demi de siempre. Y a ella, sentirse vulnerable la enfriaba.
Además, a aquel bellezón sureño “no le gustaba nada el lado juerguista de su personalidad”.
—Por momentos, sí. Ahora es el momento que no —respondió Demi con sencillez, y volvió a intentar cerrar la puerta.
Joseph, nuevamente, la mantuvo abierta.
—Doble razón para entrar y esperar al momento bueno.
Notó que él le ofrecía su sonrisa de siempre. Si algo en la situación le molestaba, no era aparente. Y eso a Demi no le gustaba: si ella se sentía vulnerable, como mínimo, quería que él se sintiera molesto.
Demi se cruzó de brazos y soltó el bombazo.
—Doble razón para dejarlo. Reconozco que para alguien que me conoce tan de cerca como tú, estas cosas deben sonarte muy poco a Demi Brady. Y sí, en algunas cosas he cambiado aunque no sé si tomarme muy en serio, la verdad. Soy como el viento; muy, muy cambiante... Pero en esto sigo siendo igual: cuando digo no, es no. Los insistentes me repatean, Joseph. Así que, por favor, no me repatees...
Oh-Oh.
—Perdona si te he hecho sentir incómoda... —dijo él con dulzura, sin ocultar su incomodidad. Un instante después, sin embargo, volvió a sonreír... Y a imitarla—. Tienes razón. Que me besaras me dejó alucinado. No me hagas caso...
Demi soltó una carcajada. Aquel vikingo era dulce como la miel.
Y más listo que el hambre.
—Me voy —anunció Joseph, apartándose de la puerta—. Que descanses...
—Tú también.
Ella continuó apoyada contra la puerta mientras él empezaba a alejarse por el pasillo.
—Si te despiertas en un “momento que sí”, ya sabes, no te cortes —añadió él, con expresión pícara al tiempo que se volvía brevemente.
Demi sonrió, burlona. Él le hizo un guiño y reanudó el camino hacia los ascensores.
—Claro que voy a cortarme, Joseph —murmuró Demi mientras cerraba la puerta—. Tú “quieres más”, ¿no? Pues, yo también.
♦ ♦ ♦ ♦ ♦
Realmente, Joseph no esperaba que la nueva Demi lo llamara en mitad de la noche para invitarlo a su suite, pero, por descontado, quería que lo hiciera. Llevaba dos días con el nivel de temperatura corporal subiendo imparable y todas sus alarmas se habían encendido. Concretamente a las dos y diez de la madrugada, cuando ella le había soltado en plena cara y sin atajos “que no, era no”.
Pero aquella noche el teléfono de Joseph no sonó, de modo que, varias horas más tarde las alarmas continuaban encendidas y el mercurio no dejaba de subir.
La mañana siguiente se habían despedido del resto del grupo de músicos, asistentes y técnicos en el aeropuerto de Boston y cada cual había tomado su vuelo. Demi y Joseph, el mismo.
Ella había dormido la mayor parte del viaje. Él había dedicado parte del tiempo a mirarla dormir con disimulo, y el restante, a revisar papeles.
Ahora, tras recoger las maletas, caminaban uno junto a otro en dirección al aparcamiento del aeropuerto regalándose miradas con tanta carga explosiva que ni las gafas de sol lograban ocultar del todo. Joseph empujaba el carro con el equipaje de los dos.
—¿Donde está tu coche? —preguntó él cuando entraron al aparcamiento.
—Allí — Demi señaló su Land Cruiser negro, aparcado diez metros más adelante, en una fila con todas las plazas ocupadas.
Ella sonrió cuando él, con su gentileza habitual, le sacó la llave de las manos y accionó el mando a distancia. Joseph se encargó de poner el equipaje en el maletero y volver a cerrarlo. De a ratos, la miraba y sonreía. Luego, él abrió la puerta del lado del conductor y la mantuvo abierta para que ella subiera.
—Gracias...
—De nada —respondió masculino. Echó un vistazo rápido alrededor mientras Demi se sentaba al volante, y volvió su vista a ella.
No cerró la puerta. En cambio, se agachó un poco, extendió una mano y le subió las gafas de sol hasta ponérselas de diadema.
Una sonrisa divertida iluminó el rostro de Demi.
—Es un aparcamiento, Joseph. No puede ser más público... —dijo ella con suavidad, escondiendo detrás de su sonrisa, unos nervios de quinceañera en su primera cita, tan inesperados como inexplicables.
—Seguro que ese Pontiac nos guarda el secreto —respondió él, mientras se quitaba las gafas.

Demi lo vio acercarse a ella despacio. Por momentos, sus miradas se encontraban; la mayoría de las veces, no. Ella lo miraba a los ojos; él, la boca.

Mi Dulce Bombón Capitulo 44



—¡Ya somos familia numerosa otra vez! —Exclamó Demi con una sonrisa inmensa después de dejar el móvil sobre la barra—. Desde esta mañana somos dos más…
—¿Mark se está estrenando como padre de acogida?
—Sí. Hoy a media mañana lo llamaron de urgencia para pedirle que se hiciera cargo de dos hermanitos. No tienen madre y el padre está en la cárcel. Vivían con la abuela, pero a la pobre mujer le dio un ataque… — Demi suspiró—. Vaya historia… pobres críos…
—Bueno, ahora están con los Brady, así que su historia ha pasado de mala a fenomenal.
Demi sonrió. Lo miró con ternura.
—Me muero de ganas de ir a casa… ¿A qué hora nos vamos mañana? Me gustaría comprarles algo antes de embarcar…
—El vuelo sale antes del mediodía, a las once y pico.
La vio asentir sonriendo y luego titubear.
—¿Y tú? ¿Vienes, o estás de viaje?
—Estoy de viaje, pero voy —replicó él, divertido. No quería ponerse serio. Esos viajes eran necesarios aunque a él se le hicieran eternos.
Demi lo miró interrogante.
—Estaré en Camden un par de días —aclaró él—. El martes salgo de viaje.
Ella asintió.
—¿Hasta cuándo? —añadió al cabo de un rato, sin mirarlo.
Pero entonces, el móvil de Demi volvió a sonar. La vio mirar la pequeña pantalla y esta vez, no hubo sonrisas. Algo hizo que él siguiera atento a cada palabra que ella decía.
—Sí… Tienes razón. Surgió un imprevisto y se me olvidó completamente… — Demi calló de repente.
Obviamente, del otro lado de la línea acababan de tomar la palabra y no la soltaban.
Dios… ¿Era verdad? ¿Habías quedado?
Joseph la miraba con incredulidad. Pero Demi volvió a hablar y él se obligó a concentrarse en lo que ella decía.
—Oye… Lo lamento. He tenido un día durísimo y se me pasó…
Demi volvió a callar, y a escuchar.
Joseph tensó las mandíbulas. De modo que mientras él se moría por diez minutos a solas con ella...
Joder, Demi.
—Lo lamento. ¿Qué quieres, Pete? ¿Qué me flagele con un látigo de siete puntas?
Otra vez la interrumpían.
¿”Pete”? ¿Y quién es Pete?
—Voy a cortar —dijo Demi de muy mal humor—. Cuando pueda te llamo. Cuídate.
La vio volver a dejar el móvil con evidente incomodidad. Luego, ella apuró su tónica.
Él respiró hondo.
Vale Joseph. Tranquilo, tío.
—¿Lo conozco? —preguntó él, seductor.
Demi ocultó detrás de una sonrisa pícara, la sorpresa que le produjo que él hiciera semejante pregunta.
—¿Por qué quieres saberlo? —replicó, y apartó la mirada rápidamente para ponerla en el barman al que acababa de hacer señas para que se acercara—. ¿Quieres otro bourbon?
Joseph negó con la cabeza y continuó estudiándola. Ella hablaba con el barman, le pedía otra tónica y parecía tan normal…
—Me gusta saber con quién compito —respondió Joseph al fin, y disfrutó del panorama.
La vio quedarse cortada un momento, luego erguirse en un gesto muy característico de los Brady y volver la cabeza para mirarlo.
—¿Crees que esto es una competición? —dijo Demi. Él asintió masculino; ella sonrió con ironía—. ¡Venga ya, Joseph, por favor…! No hay competición porque no hay nada que ganar, ¿sabes? No vas a quedarte con la chica. Y él tampoco. La chica solamente se divierte, nada más.
Joseph la miró con ternura.
—¿En serio?
Demi asintió, mantuvo la mirada.
—¿En serio? —repitió, divertido. Ella volvió a asentir. Entonces, Joseph se acercó un poco a ella y le habló bajito—. Piénsalo mejor, Demi.
Al oírlo, la imagen de la muñequita de quirófano regresó a su mente, disparando unos celos insoportables. Los mismos de la noche de la entrega de premios. Se preguntó que pasaría si él y aquella barbi… Y no fue capaz de completar la frase en su mente.
Como si le hubiera leído el pensamiento, Joseph asintió varias veces con la cabeza.
—Ni te interesan ni te apetecen. Hoy por hoy, nos interesa esto. Podemos aceptarlo sin más y vivirlo a tope… O jugar a las escondidas. Pon tú las reglas. Mientras sean equitativas, para mí estarán bien.
Demi bebió un sorbo de su bebida, ganando tiempo para responder.
Joseph aprovechó el momento para volver a la carga con cara de niño que no ha roto un plato.
—Voy a ser buenísimo. Voy a descubrir una carta y dejar que la veas —empezó él, imitándola. Ella le regaló una mirada burlona—. Seguiré aquí, Demi. Pase lo que pase entre nosotros, pase lo que pase con “ellos” y “ellas”… Voy a seguir aquí, contigo.
Debía resultarle amenazador. A la Demi de otras épocas le habría disparado todas las alarmas. A esta, curiosamente, le resultó un alivio. Tuvo la impresión de que, por primera vez en toda su vida, algo, fuera del rancho Brady, era estable, firme. No dependía de las circunstancias ni de los estados de ánimo, ni de los errores que pudiera cometer. Era seguro y permanente como el afecto de sus padres, de sus hermanos, deMiley.
—No era hoy —dijo ella al cabo de unos instantes.
—¿Qué no era hoy?
—La cita — Demi respiró hondo, y lo miró—. Era ayer.
El corazón de Joseph latía tan fuerte que, instintivamente, se apartó un poco. Tenía la sensación de que de otro modo, ella lo oiría retumbar.
—¿Mentiste? —preguntó él, empezando a sonreír.
Demi se puso roja y miró a otra parte.
—Mentiste —repitió Joseph con una sonrisa que no le entraba en la cara.
Demi esbozó una sonrisa incómoda. Las mejillas le ardían.
—Estuvo a punto de colar… ¿O no?
Joseph negó con la cabeza. Ya no había sonrisas y si las miradas pudieran derretir, los dos serían historia.
—Quiero más —dijo él en un murmullo.
Pensó que ella acortaría distancias, a pesar de que era una muy mala idea. O que, como mínimo, intentaría tocarlo. Una caricia discreta y corta en la mano, así como quien no quiere la cosa, al tiempo que soltaba alguna puya y reía con aquellas carcajadas contagiosas que tenía.
Pero no ocurrió nada de eso.
La vio respirar hondo tras el primer momento de sorpresa y volver la cara, con las mejillas rojas y los ojos brillantes, como si algo hubiera atraído su atención justo al otro lado del local.
Joseph tragó saliva y aguantó el tirón.
Recordaba aquellos signos físicos... Esa forma de apartar la vista para no sentirse descubierta.

Aunque hacía más de diez años desde la última vez, los recordaba muy bien.

lunes, 17 de junio de 2013

Mi Dulce Bombón Capitulo 43



La sonrisa de Demi se hizo más grande.
Estaba a punto de dar otro concierto espectacular.
Joseph y Demi habían disfrutado de una cena variada en un restaurante, a las afueras de la ciudad, principalmente frecuentado por universitarios, donde las carnes y las verduras las cocinaba cada comensal en una parrilla gigantesca de forma circular. Ahora, tomaban una copa en la barra del Wally's Café.
Acostumbrada a que todos intentaran deslumbrarla, la normalidad de las elecciones de Joseph le parecía un auténtico descubrimiento.
—¿Cómo…? — Demi apoyó la cabeza sobre la palma de la mano, y formuló su pregunta de otra forma—. No entiendo cómo pudiste acabar con alguien como ella. ¿Qué hacía cuando la invitabas a sitios así?
Por “ella” se refería a Tyler Bradford.
—No la invitaba a sitios así.
Estaba claro. Tan claro como que él estaba evitando contestar a la primera parte de su comentario. Bien. Era hora de cambiar de tema.
—¿Voy a participar en el Bayfest el año que viene? —preguntó Mandy sonriendo con su cara de niña feliz.
—En el Bayfest, el Fan Fair y el Country Thunder, sí.
—¡Que bien! —dijo, y tocó con su tónica el vaso de bourbon de Joseph — ¡Chinchín!
Mientras él se quitaba el jersey, Demi aprovechó para echarle un vistazo a su indumentaria. Excepto por la prenda que acababa de quitarse, que era de un blanco refulgente, vestía de negro, camisa supermoderna y pantalones de corte recto. Zapatos de gamuza acordonados, también negros.
Impresionante.
Joseph la sorprendió mirándolo y sonrió; ella le devolvió la sonrisa y apartó la mirada.
—Me ayudó a relacionarme en Nashville —continuó él, retomando el asunto Tyler Bradford. Había sopesado bien cada palabra antes de pronunciarla; lo que podía decir para responder a su pregunta, y lo que no debía decir si quería evitar que ella echara a correr despavorida.
Demi se removió incómoda en su butaca.
—Ya.
—Tú sabes de qué va esto. Otra mujer, no, pero tú sí… —añadió, y la miró travieso—. Estábamos a lo que estábamos. Nada más.
—¿Era ella la del jueves?
Joseph frunció el ceño. ¿Sabía que él había estado en Nashville? A Nick no se le podía haber escapado esa información, así que ¿cómo lo había averiguado?
—¿Eso no es mucho preguntar?
Demi soltó una carcajada. El desparpajo de aquel vikingo le gustaba cada vez más.
—Tienes razón. Besarte me dejó un poco alucinada. No me hagas caso….
Y a él.
Cada vez que el recuerdo de aquel momento ardiente regresaba a su mente, tenía que programarse para frenar la sonrisa de satisfacción que forcejeaba por salir, y dejarlo completamente al descubierto. Y lo peor, era que con el recuerdo volvían las sensaciones, arrasando todo vestigio de racionalidad, llevándoselo todo por delante.
El móvil de Demi empezó a sonar, devolviendo a Joseph a la realidad, pero solo durante un instante. Lo bastante como para enterarse de que quien llamaba era Miley. Luego, volvió a dejar la realidad para sumergirse de lleno en sus sensaciones, mucho más intensas después de aquellos besos compartidos.
Era tan hermosa, con esa belleza inapelable, perfecta, que resultaba imposible no fijarse en ella. Era preciosa sin necesidad de esforzarse en parecerlo.
Cuando Demi aparecía en su campo visual, los ojos de Joseph parecían no obedecer instrucción alguna. La seguían, hechizados, recorriéndola una y otra vez, como si nunca tuvieran bastante. Empezaban por donde empezaban casi siempre, por sus ojos claros, y bajaban por cada curva del camino, regocijándose en la visión...
La mayoría de las veces, a mitad de recorrido él se obligaba a dejar de mirar. Otras, como ahora, lo intentaba sin conseguirlo.
De la cintura baja de los pantalones negros asomaba un tanga color fucsia, igual que su jersey. Concentrada en la conversación que mantenía con Miley, Demi se había inclinado hacia delante para apoyar los codos en la barra, y la posición hacía que una parte pequeña de su espalda, apenas visible, entre el borde del jersey y la cintura de los pantalones, quedara expuesta.
Joseph no conseguía apartar los ojos. Su mente no dejaba de mandar mensajeros químicos que se clavaban en el centro de su cuerpo, justo entre las piernas y allí, explotaban peligrosamente.
Peligrosamente para un sitio tan concurrido, un contacto que no debía suceder en público y un corazón que, pese a todo, continuaba teniendo un miedo espantoso a quedar tan expuesto como aquel tanga rosa del que no podía quitar la vista.
Se esforzó por volver a sus ojos, y de ahí, a su boca. Demi reía.
Con todo lo que su belleza exterior lo dejaba grogui, lo verdaderamente importante era otra cosa. No estaba tan colado por ella por nada que pudiera verse. Eso solamente añadía combustible a un fuego que ardía hacía mucho tiempo.

Lo que a Joseph lo enamoraba de verdad, desde que era un crío, era la dulzura espectacular que fluía de ella y lo envolvía todo. Ni dos años hundida en alcohol y rodeada de malas compañías había conseguido alterarla. Estaba en ella aún cuando jugaba a ser la Demi caprichosa y rebelde. Y ahora, desde que había tomado nuevas decisiones y cambiado el rumbo de su vida, empezaba a verse también en sus actitudes; estar con ella era mucho más fácil que antes.

Mi Dulce Bombón Capitulo 42



Joseph le echó una mirada a Sharon que a ella debió resultarle tan explícita que volvió a cerrar la puerta del camerino después de farfullar una disculpa. Demi bajó la cabeza para evitar que él la viera reír.
Desde los escasos cinco minutos que habían conseguido arañar a primera hora de la mañana, después de la sesión fotográfica, no habían vuelto a estar en un mismo lugar a solas en todo el día. Cuanto había podido complicarse lo había hecho, incluido la avería de dos equipos.
—¡Qué día! —se quejó él, apoyándose contra la puerta, frustrado—. No puedo creer que no hayamos podido tener cinco minutos tranquilos…
Demi se recostó contra la puerta, a su lado, y lo miró con expresión divertida.
—Pues están a punto de avisarme que me toca subir, así que…
Desde esa distancia él no solamente tenía una panorámica preciosa de los hombros delicados de aquella mujer, también olía a Demi.
Dios… Donna Karan. Jazmín.
No le gustaba esa fragancia hasta que ella empezó a usarla. Y desde aquel momento, le pareció el aroma más embriagador del universo. En nadie olía tan bien. Se le iba la cabeza. Literalmente.
Joseph respiró hondo.
—Va a haber que poner más atrás los cordones de seguridad, porque como te huelan, saltarán en masa sobre el escenario.
Una sonrisa inmensa iluminó la cara de Demi.
—Vaya, gracias…Y gracias por la rosa del desayuno.
—¿Qué rosa?
Joseph la miraba de reojo, sonriendo con picardía.
—¿No era tuya? ¡Pues ahora qué comecocos! —volvió la cabeza y lo miró. Él ya no sonreía y su mirada se había vuelto intensa—. Porque si no es tuya, ¿de quién es?
Era suya.
Joseph no respondió. Cada vez que la miraba, perdía la noción de todo. Desde la noche anterior, cuando había vuelto a sentir el contacto de su boca caliente, la firmeza de su cuerpo, todos sus sentidos estaban completamente despiertos. Atentos a cada gesto, a cada mensaje, a cada movimiento. No podía dejar de mirarla. Ni podía dejar de sacudirse interiormente. Esos besos de Demi habían agitado tanto sus sentimientos como sus emociones. Habían sacudido un amor que, aletargado, esperaba en un rincón de su corazón ,y habían encendido un deseo básico, primario, que también dormía en su sangre. Y ahora, rugía.
—¿Cenamos en tu suite después del concierto? —le preguntó, intentando mantenerse sereno.
Demi sonrió.
—¿Me estás preparando la cama, guaperas?
—Sí.
Había sido un “sí” envuelto en un suspiro largo. Joseph se sentía a punto de explotar, de desbordarse sin control. Y ella, evidentemente, se había dado cuenta.
La vio bajar la vista unos instantes justo cuando alguien le avisaba que tenía que salir al escenario. Ella continuó donde estaba, moviendo suavemente la cabeza y considerando la situación.
Al final, se apartó de la puerta mirándolo con suavidad. Jordan sonrió, le acarició un mechón de cabello con un dedo.
—Tengo plan para esta noche —respondió Demi con ternura—. Lo siento.
Puso una mano en el pomo y lo miró instándolo a que se apartara de la puerta.
Joseph no podía decir que no lo hubiera imaginado. Haber admitido que su opinión le importaba había sido una gran concesión, pero no dejaba de ser algo que la hacía sentir vulnerable. Los Brady odiaban sentirse así. Y como una buena Brady que era, le estaba plantando cara a esa vulnerabilidad.
Jordan asintió, y se apartó de la puerta sin dejar de mirarla.
Ella, que ya estaba en el corredor cuando él la llamó, se volvió sonriendo suavemente.
—Tu plan de esta noche soy yo —dijo él. Ella ladeó la cabeza y lo miró divertida. Joseph e creció—. Es lo que nos apetece. A ti y a mí.
—No voy a cenar contigo en mi suite —dijo Demi riendo—. ¿Qué propones?
Los ojos de él se iluminaron.
—¿Y en la mía?
Demi meneó la cabeza sonriendo y empezó a alejarse en dirección al escenario. Jordan la siguió muerto de risa. No había resistencia, ella solo jugaba.
—Vale, vale, vale... Te debo cena y baile ¿no? —buscó su mirada. Ella asintió varias veces con la cabeza—. Bien. Entonces, ponte zapatos cómodos…
Lo vio hacerle un guiño con aquella expresión superseductora, y respiró hondo. Dios, cuánto le gustaba él y cuánto le gustaban sus maneras... Subió al ascensor que la llevaba al escenario, sin dejar de sonreír.

¿Noche de cena y baile con aquel vikingo solo para ella?

Mi Dulce Bombón Capitulo 41



Se le reía el alma.
Pero a pesar de que a Demi le hubieran gustado aquellos besos, y de que estaba más que feliz con el cambio de tercio, era una mujer. Una que había descubierto que le importaba, y mucho, lo que aquel hombre pensara de ella y él le había dicho que no le gustaba la parte juerguista de su personalidad.
—¿A qué hora tengo esa sesión?
—Siete y media —respondió él, y dejó que sus ojos volvieran a recorrer el cuerpo de aquella preciosidad por la que, desde hacía unas horas, estaba mucho más loco que antes.
Demi se puso de pie y cogió sus cosas.
—¿Por qué son siempre tan temprano? —comentó sin mirarlo. Joseph se levantó de su asiento como un resorte. ¿Ya se iba?—. Ni yo puedo tener buena cara a esas horas…
¿Bromeas? Tú siempre estás preciosa.
—¿Las prefieres más tarde? —preguntó él, con expresión seria.
Demi se despidió de Harry y Jarvis, que aún seguían en la barra, con un movimiento de la mano, y se dirigió hacia los ascensores.
—¿Quién prefiere que le hagan fotos a las siete y media de la mañana, Joseph? —dijo risueña—. Estoy roque a esas horas. Da igual cuándo me haya acostado.
Las puertas del ascensor se abrieron y ambos entraron.
—Roque sigues igual de preciosa —comentó él sin mirarla cuando las puertas volvieron a cerrarse—. Pero si prefieres otra hora, las próximas serán a otra hora.
Demi lo espió por el rabillo del ojo. Él tenía las manos enlazadas en la espalda y los ojos fijos en el tablero luminoso que, cerca del techo, indicaba el movimiento del ascensor de piso en piso.
—¡Qué amable! Gracias —replicó, con coquetería.
Le encantaba picarlo. Desde que habían compartido besos, más. Le causaba una gracia tremenda haberlo “descolocado” de semejante manera.
—De nada.
Demi se recostó contra la pared lateral y lo miró abiertamente, estudiándolo. Era tan escueto y a la vez tan explícito en todo lo que decía… En él no había insinuaciones. No había frases a medias. Se preguntó si en lo personal sería igual de escueto y explícito. Sonrió ante el pensamiento que le cruzó la mente.
—¿Por qué no me llamaste el jueves?
Joseph la miró de reojo con su sonrisa seductora. Ella no estaba preparada para oír la verdad ni él para decírsela. Por lo tanto, tocaba maniobra de distracción. A ver qué tal resultaba.
—Ya lo sabes. ¿Por qué preguntas?
Las puertas se abrieron en la quinta planta antes de darle tiempo a contestar, pero Demi ya había empezado a reír. Salieron del ascensor y se dirigieron hacia su suite caminando uno junto al otro.
—¿Esperas que me trague que esa niña te tuvo tan ocupado?
Joseph le echó otra mirada de reojo, pero no respondió. En cambio, continuó andando con una sonrisa en los labios. Demi soltó una carcajada.
—¿En serio? ¡Venga, Jordan…! ¿Quién era?, ¿la mujer atómica?
Ambos se detuvieron frente a la puerta de la habitación de Demi. Joseph tomó la tarjeta electrónica de la mano de ella y abrió la puerta. Demi entró, pero no mostró intención alguna de dejarlo pasar. Permaneció junto al marco de la puerta, escrutándolo.
—No te creo. Te estás marcando un farol.
—El atómico soy yo —replicó él—. Y tú, puedes creer lo que te de la real gana…
Y lo dijo mientras la miraba a los ojos, lo que le permitió comprobar que la expresión de Demi pasaba de pícara a sorprendida. En otras palabras; maniobra de distracción culminada con éxito.
—Vale. Es tarde. Me voy a dormir —dijo con una gran sonrisa. A continuación, hizo el ademán de acercarse a él, pero dejó el movimiento a medias y lo miró—. ¿La puerta de mi suite se considera público o privado?
Joseph sonrió meneando la cabeza. Quizás el éxito todavía no estaba decidido. Ella acababa de poner en marcha su contra-maniobra.
—Público, ¿no? —añadió ella, toda picardía—. Mala suerte. Que descanses, Joseph.
—Si doy un paso hacia ti, ya no va a ser público.
Pero fue Demi quien lo dio. Dio un paso fuera de la habitación y se colocó frente a él. Lo miró a la cara con total desafío, y cuando empezó a hablar su voz sonó tan desafiante como sensual.
—Me gustas, Joseph —él la miró desde su altura con los ojos brillantes—, así que voy a ser buena —él tragó saliva y se concentró en que la expresión de su cara no mostrara el maremoto que estaba teniendo lugar allí mismo, en su interior—. Voy a descubrir una de mis cartas y te voy a dejar verla, ¿de acuerdo?
Él continuó en silencio. Mirándola. Admirándola, como llevaba haciendo desde hacía años.
Y deseándola, como nunca había deseado nada ni a nadie.
—Te besé —continuó ella, mirándolo a los ojos con dulzura—. Podría repetirlo. Puede que, de hecho, lo haga; besas muy bien —él respiró hondo, se puso las manos en los bolsillos—. Pero si hay algo más que esos besos entre tú y yo, no va a ser por mí. Has dicho que esa parte de mi personalidad no te gusta y me he dado cuenta de que me importa lo que pienses de mí. Así que… esta es mi carta descubierta; no te lo voy a poner fácil.
La mirada de Joseph hacía innecesaria cualquier explicación, pero aún así la dio.
—Lo sé.
Demi asintió.
—Vale. Entonces, hasta mañana, Joseph —añadió, y desapareció tras la puerta de su habitación.
Él respiró hondo con los ojos clavados en la puerta cerrada.
Diez años esperando que lo que compartieran fuera más que conversaciones sobre conciertos y sesiones fotográficas, y allí estaba, sucediendo ante sus propios ojos.
Demi había dicho que su carta descubierta era dejarle saber que no se lo pondría fácil, pero ambos sabían que no era esa. La verdadera carta era otra; a ella le importaba lo que él pensara.
Casi tenía que pellizcarse para convencerse de que no soñaba, de que aquella preciosidad que había vivido su vida según sus propios criterios, sin hacer caso siquiera de lo que dijera su propia familia, a la que adoraba, estuviera admitiendo ante él, que le importaba su opinión.

Había sido una gran concesión la que ella le había hecho admitiendo algo así. Una que Joseph se proponía aprovechar al máximo.