—Si cree que puede casarse conmigo, se ha
equivocado —le dijo en un tono irónico.
Demi sabía que su enfado debía ser con Nadia y
no con el hombre que tenía delante, pero todo en él la sacaba de quicio.
—Ya se lo he dicho antes, no quiero su dinero.
Me sentiría manchada si tomara algo de usted.
—Buen intento, señora Lovato —dijo Joe—. Me doy
cuenta de lo que está haciendo. Pretende aparentar no ser la joven avariciosa
que sedujo a mi hermano, pero no crea que me puede engañar tan fácilmente: ya
lo he decidido y va a hacer lo que yo diga, sin importar si acepta el dinero o
no.
Demi trató de disimular el efecto que le
causaron aquellas palabras y pensó en la manera de poder salir de la absurda
situación en la que se encontraba.
—Necesito un poco de tiempo para pensar sobre
esto —dijo un poco nerviosa—. Quiero analizar todas las cosas antes de actuar.
—No estoy aquí para negociar, señora Lovato —dijo
Joe obstinadamente Estoy aquí para aceptar la responsabilidad de ser el padre
de Georgia y quiero hacerlo lo antes posible.
Demi lo miró alarmada. Se notaba por el tono de
su voz que solía conseguir lo que quería y que llegaría hasta donde fuese para
conseguirlo.
«Dile la verdad», se dijo, «dile quién eres».
Trató de pensar, de aclararse las ideas, pero
era difícil con él delante de ella analizando cada expresión de su cara.
Se planteó aceptar lo que él pedía en aquel
momento. Había hablado de dos semanas y seguro que para entonces sabría cómo
salir de aquel embrollo. Nadia pronto se pondría en contacto y sería capaz de
resolver aquello. ¡Ella no se podía casar con un extraño!
—Tendré los documentos necesarios preparados
inmediatamente —dijo Joe, que había tomado el continuo silencio de Demi como
que consentía casarse con él.
—Pero... —Demi dejó de hablar, su corazón le
dio un salto en el pecho cuando pensó en lo que había hecho. Seguro que él no
hablaba en serio—. Cu... cuando quiere que me... —le fue difícil terminar la
frase, ya que Joe la miraba con un enorme desprecio.
—Tal vez deba aclarar algo en este momento. Yo
no la quiero, señora Lovato. Esto no será un matrimonio de verdad, en el
estricto sentido de la palabra.
— ¿Quiere decir que no será legal? —preguntó Demi
frunciendo el ceño, tratando de entender lo que quería decir Joe.
—Será legal, no haría esto de otra manera. Pero
sólo será un matrimonio en los documentos, no en la realidad.
— ¿Un matrimonio sólo en los documentos?
—No consumaremos la relación —estableció Joe
implacablemente.
Demi sabía que debía sentirse aliviada después
de escuchar aquello, pero por alguna inexplicable razón estaba enfadada. Sabía
que no era tan despampanante como Nadia, pero tenía una buena figura y sus
rasgos eran atractivos. No le sentó bien que despreciara su atractivo físico.
— ¿Espera que confíe que usted va a cumplir con
eso? —preguntó con un cierto tono de cinismo.
—Que me muera si no lo cumplo —le dijo Joe
jurándoselo.
Aquel aire de extrema confianza que tenía Joe
tentó a Demi a echarle una de las miradas seductoras que había visto que su hermana
lanzaba a los hombres. Se puso una mano en la cadera y con una provocadora
sonrisa le dijo:
—Entonces tengo que decir que es usted hombre
muerto, señor Jonas.
Demi era exactamente como la había descrito André;
pasaba de ser una chica desvalida a transformarse en una bomba sexual. Joe
tenía que admitir que era una combinación embriagadora, pero mientras que André
no se había podido resistir, él tenía la confianza de que se controlaría. Demi
Lovato era todo lo contrario de lo que él buscaba en una pareja.
Se había resistido a muchas mujeres que se
ponían preciosas con la esperanza de conseguir un marido rico. Durante la mayor
parte de su vida, había estado rodeado de ellas.
—Yo no soy como mi hermano, señora Lovato —la
informó fríamente—. Mis gustos son un poco más exquisitos.
—Puedo hacer que se coma esas palabras, los dos
lo sabemos. Vi cómo me miró cuando abrí la puerta —le dijo Demi, deseando
abofetearle.
—Admito que estaba un poco intrigado por ver lo
que había hecho que mi hermano actuara tan imprudentemente —su mirada se posó
sobre el pecho de Demi—. Pero le aseguro que no me atraen las mujeres
superficiales como usted.
—Supongo que este acuerdo matrimonial que
propone le deja libre para tener relaciones sentimentales con quien quiera
cuando quiera —dijo Demi.
—Si la necesidad se presenta, haré todo lo que
pueda para ser discreto.
— ¿Y yo qué? —Preguntó Demi—. ¿Puedo hacer lo
mismo?
Joe no respondió inmediatamente y estuvo un rato considerándolo.
—Y entonces... —dijo Demi. —No.

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