—Me gustaría que te mudaras aquí mientras que estoy fuera,
para que Georgia se acostumbre a su nueva casa. Lucía te puede ayudar con ella
y así podrás seguir trabajando, si es lo que quieres, aunque vas a tener que
pedir unos días de vacaciones, ya que el día después de que nos casemos
saldremos hacía Sorrento, en Italia, para hacerle una breve visita a mi padre.
A Demi le invadió la
consternación; ¡no podía salir del país con una niña que no era suya! Y aunque
no le impidieran viajar con la niña, no sabía cómo iba a soportar volar en
avión de nuevo. No lo hacía desde que al volver de la boda de una amiga en
Auckland, el avión no paró de moverse por las turbulencias. El solo hecho de
pensar en subirse a un avión de nuevo la ponía enferma.
—Yo... yo no puedo ir —dijo Demi
—. No me gusta viajar en avión.
—Oh, ¿de verdad? — Joe la
miró con cinismo—. ¿Ese miedo a los aviones es reciente?
—Sí. Hace tres años tuve una mala experiencia.
—Pero supongo que no fue lo suficientemente mala como para
impedirte ir en avión a París el año pasado para acosar a mi hermano —observó Joe.
—Vi... viene y va. Me refiero al miedo. Algunas veces estoy
bien y otras veces me entra el pánico.
—Bueno, tal vez el volar en mi avión privado con todo mi
personal a tu servicio alivie algunos de tus miedos —dijo fríamente Joe —. Necesito el pasaporte de Georgia y el tuyo
para arreglar los documentos necesarios para viajar.
—De verdad que preferiría no ir —
Demi empezó a caminar por la habitación—. Tengo que trabajar.
—Creo que por el bien de Georgia deberías plantearte tomarte
una baja laboral. La mayoría de las madres se toman unos meses.
— ¿Y qué se supone que debo hacer con ese tiempo libre?
—Cuidar de tu hija —contestó Joe
—. Desde luego que no espero que lo hagas tú sola. Yo te voy a ayudar cuando
pueda y lo mismo hará Lucía.
—No quiero vivir aquí hasta que no sea totalmente necesario.
—No tienes otra opción, Demi.
Ya me he puesto en contacto con tu casero y le he dicho que mañana terminas con
tu contrato de arrendamiento.
— ¡No tienes derecho a hacer eso!
—Tengo todo el derecho. Dentro de unos pocos días seré tu
marido. Estaría faltando a mi deber de protegeros a Georgia y a ti si no me
asegurase de que estáis bien instaladas en mi casa cuando empecemos nuestra
vida juntos.
—Sólo lo haces porque no confías en mí, no trates de hacerme
creer otra cosa.
—Tienes razón, no confío en ti. Tan pronto como me dé la
vuelta te irás con uno de tus amigos, pero de esta manera mantengo a Georgia a
salvo.
—Hablas como si yo quisiera hacerle daño.
—Tal vez no lo hagas deliberadamente —le dijo Joe, mirándola serenamente.
—Parece ser que tengo poco que decir en todo esto. Tú lo has
organizado todo sin consultarme —dijo Demi.
—He dispuesto lo que tú y yo habíamos acordado. Viviremos
como un matrimonio y juntos criaremos a Georgia hasta que los dos sintamos que
el matrimonio no pueda continuar —estableció Joe.
— ¡No es posible! Odiamos vernos el uno al otro, ¿qué clase
de matrimonio va a ser éste? —preguntó Demi.
Llamaron a la puerta y el ama de llaves entró con una bandeja
con café y galletas. Antes de marcharse de la habitación, miró de mala manera a
Demi.
—No hagas caso —dijo Joe
una vez se hubo marchado el ama de llaves—. Tenía debilidad por mi hermano.
—Así que supongo que, al igual que tú, me echa la culpa de su
muerte.
—A veces es difícil, para aquellos que todavía están llorando
la muerte de alguien, ver la otra cara de la realidad —dijo Joe mirando a Georgia—. No habrá sido fácil para
ti quedarte sola con una niña a la que criar sin el apoyo del padre. ¿Te
planteaste alguna vez abortar?
—Me... me convencieron de que no lo hiciera.
— ¿Quién?
—Alguien que siempre ha hecho todo lo posible por ayudarme.
— ¿Una amiga cercana?
—Más que una amiga —dijo Demi
—. Es más como... una hermana.
Se creó un breve silencio.
— Demi, me alegro de que
no te deshicieras de ella —dijo Joe —.
Georgia es el último vínculo que tengo con mi hermano. Gracias por haberla
tenido. Sé que no habrá sido fácil, pero no te puedo expresar lo que
significará para mi padre tener en brazos a la hija de André.
Demi le dirigió una leve sonrisa. Los nervios le estaban
revolviendo el estómago al ver lo complicada que era su vida en aquel momento.
Por ahora, su secreto, el que la mantenía unida a su sobrina, estaba a salvo.
¿Pero hasta cuándo?

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