lunes, 21 de enero de 2013

Soy Otra Mujer Capitulo 26




A LA MAÑANA siguiente, cuando bajó con Georgia a la cocina, la primera cosa que Demi vio fue un cheque a su nombre en la banqueta, con justo el doble del dinero que el día anterior Joe le había ingresado en su cuenta.
No sabía si sentirse enfadada o dolida. Agarró el cheque y lo estrujó, tirándolo contra la pared. Inmediatamente escuchó a Lucía detrás de ella hablando entre dientes.
— ¿Desea que limpie eso, signora? —preguntó Lucía mirando la bola de papel.
—No mi scusi —contestó Demi, sin darse cuenta de que lo hacía en italiano—. Ya me encargo yo.
Lucía se la quedó mirando, haciendo unas extrañas muecas con la boca.
—Te lo debería de haber dicho antes. Entiendo y hablo italiano —le dijo Demi.
—El signore Jonas no me lo había dicho —dijo Lucía, frunciendo levemente el ceño.
—El signore Jonas no lo sabe.
— ¿No se lo ha dicho? —los oscuros ojos del ama de llaves echaban chispas.
—Hay muchas cosas que no le he dicho —contestó Demi, volviéndose a mirar a Georgia—No le he dicho muchísimas cosas.   
—El signore Jonas me ha dicho que le diga que tiene algunos negocios de los que ocuparse. Llegará a tiempo para que todos nos marchemos al aeropuerto.
—Grazie, Lucía —dijo Demi, dirigiéndole a Lucía una titubeante sonrisa.
—Será un buen marido —dijo Lucía tras unos segundos—. Debe darle tiempo. Todavía está llorando la muerte de sus seres queridos; no está bien —Lucía miró a la pequeña—. Georgia es una niña tan guapa. Ha traído alegría a la vida del signore Jonas.
—Es mi vida, ¿a que sí, Georgia? —dijo Demi, besándole los deditos a su sobrina.
—Es usted una madre maravillosa —dijo Lucía—. Nadie lo podría dudar.
Demi estaba sorprendida por aquel cambio de actitud del ama de llaves, ya que durante días había sido muy hostil con ella.
—La han llamado por teléfono mientras que estaba en la ducha —le dijo Lucía.
— ¿Ah? — Demi se puso nerviosa.
—No quería que su teléfono móvil despertase a Georgia, así que respondí a la llamada —el ama de llaves hizo una breve pausa—. Espero que no la moleste.
—No —dijo Demi tragando saliva—. No, claro que no me molesta — Demi se esforzó para parecer calmada — ¿Quién... quién era?
—Una mujer, pero no me dijo quién era. Por un momento pensé que era usted. Me asombré, de verdad. Su voz sonaba tan similar a la de usted...
— ¿Dejó... algún mensaje?'—preguntó Demi.
—Dijo que volvería a llamar en otro momento.
—Grazie.
Hubo otra pequeña pausa en la conversación.
—El signore Jonas me ha ordenado que la ayude a hacer su equipaje.
—Está bien, Lucía. Me las puedo arreglar sola. De todas maneras, no tengo muchas cosas que llevarme. —Si le puedo ayudar con alguna cosa, signora Jonas, sólo tiene que decirlo. Será un placer, se lo aseguro.
—Grazie, Lucía.
Demi esperó a que el ama de llaves saliese de la cocina para soltar aire y suspirar.
—Estoy hasta el cuello, Georgia, y pronto me voy a ahogar —le dijo a su sobrina.
Más tarde ese mismo día, mientras se preparaban para marcharse al aeropuerto, Joe se dio cuenta de que Demi evitaba mirarlo. Hablaba con Lucía y estaba muy cariñosa con Georgia, pero cada vez que su mirada se cruzaba con la de él, la retiraba rápidamente, poniéndose roja.
Marc no podía dejar de pensar en lo ocurrido la noche anterior. Le resultó imposible resistirse a Demi y no podía dejar de pensar en ella.
Durante años, había evitado establecer lazos emocionales con nadie, no le gustaba sentirse tan vulnerable. No podía creerse que la Nina con la que se había casado fuese la misma persona de la que le habló su hermano. Las personas podían cambiar, pero el cambio que se suponía había experimentado  Demi era increíble.
—Por tu silencio, supongo que no tienes ganas de tomar el avión —dijo Joe.   
Demi buscó en su bolso y le dio a Joe el cheque que había dejado en la cocina esa misma mañana, mirándolo con enfado.
—Me disculpo por lo que pasó anoche. Este viaje va a ser todavía más desagradable si no aceptas mi arrepentimiento —dijo Joe. Demi lo miró resentida.
—No es tu arrepentimiento lo que no acepto —espetó Demi —. Es tu dinero.
—No entiendo por qué estás tan enfadada. Teníamos una apuesta, yo la he perdido y, cómo acordamos, he pagado... Tal vez te arrepientes de haber apostado tan poco dinero — Joe hizo una mueca—. ¿Quieres que lo triplique para que no te enfades?
Demi miró para otro lado. El odioso cinismo de Joe hizo que las lágrimas aparecieran en sus ojos.
—Vamos, Demi —la reprendió suavemente Joe —. No es la primera vez que te pagan por tus encantos. André me contó cómo te gustaba que te regalara joyas. No tiene sentido que te hagas la víctima ofendida; simplemente tú no eres así.
Poco después, estaban sentados en el jet privado de Joe. Demi tuvo suerte de que, en el aeropuerto, no pidieran más documentos de los que tenía, ya que ni siquiera llevaba el certificado de nacimiento de Georgia.
Cuando el jet empezó a despegar, a pesar de lo lujoso que era y de que el personal de Joe trataba que todo fuese lo más confortable posible, a Demi le entró el pánico. Cerró los ojos y sintió cómo Joe le tomaba la mano, ante lo cual los abrió, encontrándose con su profunda mirada. Demi lo miró avergonzada.
—Ya sé que es una tontería, pero no puedo evitarlo.
—No es una tontería —dijo Joe apretándole la mano—. Cierra los ojos y trata de dormirte. Antes de que te des cuenta estaremos allí.
Trató de descansar, pero aunque estaba exhausta, al tener a Joe sentado tan cerca, no pudo dormirse.
Podía oler su fragancia y, cada vez que se movía, sentía su fuerte brazo rozar el suyo.
Se dio cuenta de que la miraba una o dos veces. Se preguntó si sospecharía de ella. Después de lo que había pasado la noche anterior estaba segura de que lo haría.
Cuando finalmente llegaron al aeropuerto de Nápoles, unos cuantos miembros del personal de la familia Jonas los estaban esperando con un coche.
— ¿Cómo está mi padre, Guido? —le preguntó Joe al conductor del coche mientras los llevaba a Sorrento.
—Está debilitándose, signore Jonas. Vive por la ilusión de ver a la hija de André.
—Sí... —dijo Joe.  Demi oyó el profundo suspiro de Joe, su tono de voz era enormemente triste—. Lo sé:
La villa Jonas estaba situada cerca de Sorrento, sobre un acantilado en la bahía de Nápoles, entre laderas llenas de olivos y exuberantes limonares y naranjales.
Demi miró a su alrededor maravillada. Las vistas sobre el mar eran impresionantes.
Se acercaron hacia la entrada de la casa, donde había otro miembro del personal hablando con Lucía, que se había adelantado a ellos.
—Buon giorno, signore Jonas. Su padre le está esperando en el salón.
—Grazie, Paloma.

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