A LA MAÑANA
siguiente, cuando bajó con Georgia a la cocina, la primera cosa que Demi vio fue un cheque a su nombre en la banqueta,
con justo el doble del dinero que el día anterior Joe
le había ingresado en su cuenta.
No sabía si sentirse enfadada o dolida. Agarró el cheque y lo
estrujó, tirándolo contra la pared. Inmediatamente escuchó a Lucía detrás de
ella hablando entre dientes.
— ¿Desea que limpie eso, signora? —preguntó Lucía mirando la
bola de papel.
—No mi scusi —contestó Demi, sin darse cuenta de que lo hacía en italiano—.
Ya me encargo yo.
Lucía se la quedó mirando, haciendo unas extrañas muecas con
la boca.
—Te lo debería de haber dicho antes. Entiendo y hablo
italiano —le dijo Demi.
—El signore Jonas no me lo
había dicho —dijo Lucía, frunciendo levemente el ceño.
—El signore Jonas no lo
sabe.
— ¿No se lo ha dicho? —los oscuros ojos del ama de llaves
echaban chispas.
—Hay muchas cosas que no le he dicho —contestó Demi, volviéndose a mirar a Georgia—No le he dicho
muchísimas cosas.
—El signore Jonas me ha
dicho que le diga que tiene algunos negocios de los que ocuparse. Llegará a
tiempo para que todos nos marchemos al aeropuerto.
—Grazie, Lucía —dijo Demi, dirigiéndole a Lucía una titubeante sonrisa.
—Será un buen marido —dijo Lucía tras unos segundos—. Debe
darle tiempo. Todavía está llorando la muerte de sus seres queridos; no está
bien —Lucía miró a la pequeña—. Georgia es una niña tan guapa. Ha traído
alegría a la vida del signore Jonas.
—Es mi vida, ¿a que sí, Georgia? —dijo Demi, besándole los deditos a su sobrina.
—Es usted una madre maravillosa —dijo Lucía—. Nadie lo podría
dudar.
Demi estaba sorprendida por aquel cambio de actitud del ama de
llaves, ya que durante días había sido muy hostil con ella.
—La han llamado por teléfono mientras que estaba en la ducha —le
dijo Lucía.
— ¿Ah? — Demi se puso
nerviosa.
—No quería que su teléfono móvil despertase a Georgia, así
que respondí a la llamada —el ama de llaves hizo una breve pausa—. Espero que
no la moleste.
—No —dijo Demi tragando
saliva—. No, claro que no me molesta — Demi
se esforzó para parecer calmada — ¿Quién... quién era?
—Una mujer, pero no me dijo quién era. Por un momento pensé
que era usted. Me asombré, de verdad. Su voz sonaba tan similar a la de
usted...
— ¿Dejó... algún mensaje?'—preguntó Demi.
—Dijo que volvería a llamar en otro momento.
—Grazie.
Hubo otra pequeña pausa en la conversación.
—El signore Jonas me ha
ordenado que la ayude a hacer su equipaje.
—Está bien, Lucía. Me las puedo arreglar sola. De todas
maneras, no tengo muchas cosas que llevarme. —Si le puedo ayudar con alguna
cosa, signora Jonas, sólo tiene que decirlo.
Será un placer, se lo aseguro.
—Grazie, Lucía.
Demi esperó a que el ama de llaves saliese de la cocina para
soltar aire y suspirar.
—Estoy hasta el cuello, Georgia, y pronto me voy a ahogar —le
dijo a su sobrina.
Más tarde ese mismo día, mientras se preparaban para
marcharse al aeropuerto, Joe se dio cuenta
de que Demi evitaba mirarlo. Hablaba con
Lucía y estaba muy cariñosa con Georgia, pero cada vez que su mirada se cruzaba
con la de él, la retiraba rápidamente, poniéndose roja.
Marc no podía dejar de pensar en lo ocurrido la noche anterior. Le
resultó imposible resistirse a Demi y no podía dejar de pensar en ella.
Durante años, había evitado establecer lazos emocionales con
nadie, no le gustaba sentirse tan vulnerable. No podía creerse que la Nina
con la que se había casado fuese la misma persona de la que le habló su
hermano. Las personas podían cambiar, pero el cambio que se suponía había
experimentado Demi era increíble.
—Por tu silencio, supongo que no tienes ganas de tomar el
avión —dijo Joe.
Demi buscó en su bolso y le dio a Joe
el cheque que había dejado en la cocina esa misma mañana, mirándolo con enfado.
—Me disculpo por lo que pasó anoche. Este viaje va a ser
todavía más desagradable si no aceptas mi arrepentimiento —dijo Joe. Demi lo
miró resentida.
—No es tu arrepentimiento lo que no acepto —espetó Demi —. Es tu dinero.
—No entiendo por qué estás tan enfadada. Teníamos una
apuesta, yo la he perdido y, cómo acordamos, he pagado... Tal vez te
arrepientes de haber apostado tan poco dinero — Joe
hizo una mueca—. ¿Quieres que lo triplique para que no te enfades?
Demi miró para otro lado. El odioso cinismo de Joe hizo que las lágrimas aparecieran en sus ojos.
—Vamos, Demi —la reprendió suavemente
Joe —. No es la primera vez que te pagan por tus encantos. André me
contó cómo te gustaba que te regalara joyas. No tiene sentido que te hagas la
víctima ofendida; simplemente tú no eres así.
Poco después, estaban sentados en el jet privado de Joe. Demi tuvo
suerte de que, en el aeropuerto, no pidieran más documentos de los que tenía,
ya que ni siquiera llevaba el certificado de nacimiento de Georgia.
Cuando el jet empezó a despegar, a pesar de lo lujoso que era
y de que el personal de Joe trataba que todo
fuese lo más confortable posible, a Demi le entró el pánico. Cerró los ojos y sintió cómo Joe le tomaba la mano, ante lo cual los abrió,
encontrándose con su profunda mirada. Demi
lo miró avergonzada.
—Ya sé que es una tontería, pero no puedo evitarlo.
—No es una tontería —dijo Joe
apretándole la mano—. Cierra los ojos y trata de dormirte. Antes de que te des
cuenta estaremos allí.
Trató de descansar, pero aunque estaba exhausta, al tener a Joe sentado tan cerca, no pudo dormirse.
Podía oler su fragancia y, cada vez que se movía, sentía su
fuerte brazo rozar el suyo.
Se dio cuenta de que la miraba una o dos veces. Se preguntó
si sospecharía de ella. Después de lo que había pasado la noche anterior estaba
segura de que lo haría.
Cuando finalmente llegaron al aeropuerto de Nápoles, unos
cuantos miembros del personal de la familia Jonas los
estaban esperando con un coche.
— ¿Cómo está mi padre, Guido? —le preguntó Joe al conductor del coche mientras los llevaba a
Sorrento.
—Está debilitándose, signore Jonas.
Vive por la ilusión de ver a la hija de André.
—Sí... —dijo Joe. Demi oyó el
profundo suspiro de Joe, su tono de voz era
enormemente triste—. Lo sé:
La villa Jonas estaba
situada cerca de Sorrento, sobre un acantilado en la bahía de Nápoles, entre
laderas llenas de olivos y exuberantes limonares y naranjales.
Demi miró a su alrededor maravillada. Las vistas sobre el mar
eran impresionantes.
Se acercaron hacia la entrada de la casa, donde había otro
miembro del personal hablando con Lucía, que se había adelantado a ellos.
—Buon giorno, signore Jonas.
Su padre le está esperando en el salón.
—Grazie, Paloma.

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