Joe acarició los labios de Demi con su dedo
pulgar hasta que ésta perdió el sentido de la realidad. Deseaba ser besada y
acariciada por él y, cuando éste la tomó por la cintura y ambos se fundieron en
un apasionado beso, Demi se estremeció de placer. Pero, de repente, Joe se
apartó de ella.
—Me prometí a mí mismo que no te iba a volver a
tocar. Después de anoche...
Demi no dijo nada, ya que entró personal del
servicio en el salón.
Al terminar la cena, durante la que Demi apenas
habló, Joe se acercó a ella y la acompañó hasta su habitación.
—Me gustaría que pensaras en la posibilidad de
convertir nuestro matrimonio en un matrimonio de verdad —dijo Joe en la puerta
de la suite.
Demi se le quedó mirando. Su corazón se iba a
desbocar.
—Quiero lo mejor para Georgia y, a pesar de lo
que me dijo mi hermano, ahora creo que tú también quieres lo mejor para ella.
Por eso pienso que sería mejor si nos comportamos de una manera normal y ella
creciera en el mejor ambiente posible. No sería bueno para ella estar con unos
padres que se pelean todo el tiempo —dijo Joe con una suave sonrisa—. Todavía
estás con el desfase horario del viaje. Te voy a dejar que duermas tranquila.
Por ahora.
Demi no quería dormir tranquila, ¡quería dormir
con él!
—Vamos, cara —dijo Joe al ver que Demi no se
movía—. Estoy tratando de ser un caballero, pero no me lo estás poniendo fácil.
— ¿No... No te lo estoy poniendo fácil? — Demi se
humedeció los labios.
—No. No me lo pones fácil. Sólo tengo que
mirarte para quemarme. Vete ahora que todavía tengo fuerza para resistirme.
Demi se metió en su habitación. Se recordó a sí
misma, con dolor, que la realidad era que él la odiaba. La odiaba aunque la
deseara y había decidido dejar a un lado ese odio por el bien de Georgia.
DURANTE la noche, Demi se despertó con uno de
sus habituales dolores de tripa debidos a la menstruación. Fue al baño para
tomarse dos analgésicos y esperó sentada en el borde de la bañera a que
hicieran efecto.
— ¿Demi? —La voz de Joe se oyó por detrás de la
puerta—. ¿Estás bien?
—Estoy bien —contestó Demi.
—Me pareció oírte quejándote. ¿Estás enferma?
—No. No estoy enferma, de verdad.
— ¿Te traigo algo?
—Estoy bien. Esto no es nada nuevo para mí — Demi
se levantó y abrió la puerta.
— ¿Tienes el periodo? — Joe frunció el ceño.
—Te has salvado, Joe —dijo Demi —. No vas a ser
padre. ¿No estás contento?
—Estás pálida, ¿seguro que estás bien? —preguntó
Joe tomándola por la muñeca.
— Joe, Georgia está dormida. Ahora mismo no
tienes que simular estar interesado en mi bienestar.
—Estás viviendo en la casa de mi familia y por
lo tanto bajo mi protección dijo Joe —. Si estás enferma, me lo tienes que
decir.
— ¡No estoy enferma! Sólo necesito que me dejes
sola. ¿Es mucho pedir? dijo Demi, soltándose de la mano de Joe, que la agarró
de nuevo y la miró a los ojos.
—Estás llorando —dijo Joe sorprendido.
—No me lo digas —contesto Demi frotándose los
ojos.
— ¿Por qué estás llorando?
— ¿Tienes una ley que lo impide, Joe? ¿Te tengo
que pedir permiso?
—No... Yo sólo te estaba preguntando.
—Estoy llorando porque siempre lloro cuando
tengo el periodo —dijo entre sollozos Demi —. No lo puedo evitar. Me emociono
demasiado —se sonó la nariz con el pañuelo que Joe le había acercado—. No tenía
intención de despertarte. Lo siento... pero yo...
—Eh — Joe tomó con su mano la cabeza de Demi y la
acercó a su pecho.
Demi acurrucó su cabeza entre la calidez del
pecho de Joe y lo abrazó por la cintura.
—Sss —le dijo suavemente Joe—. No llores.
La amabilidad y dulzura de Joe hicieron que el
sentimiento de culpa que tenía Demi a por todas las mentiras que había dicho se
incrementara.
Durante un rato Joe estuvo de pie con Demi en
su pecho, apoyando su barbilla en su cabeza. Deseaba poder parar el tiempo y
quedarse allí con ella para siempre.
—Lo siento — Demi se apartó de él—. Te he
mojado la camisa.
—No pasa nada. De todas maneras estaba a punto
de quitármela —dijo Joe sonriendo.
—Mejor... mejor que vuelva a la cama. Es tarde —dijo
Demi, mirándolo con vergüenza.
— Demi — Joe... yo... — Demi tragó saliva.
—No hables, Demi.
—No creo que nosotros... —dejó de hablar cuando
Joe le puso un dedo en la boca.
—No hables —insistió Joe—. He cambiado de
opinión. Te voy a llevar a la cama, en mi habitación. No para tener relaciones
sexuales, eso puede esperar. Sólo quiero abrazarte.
— ¿Por... por qué? —preguntó Demi en cuanto Joe
le retiró el dedo de la boca.
—Porque cuando te abrazo me olvido de mi
hermano. Me olvido de mi dolor. Sólo pienso en lo agradable que es tenerte
entre mis brazos.
—Vale — Demi bajó la mirada—. Voy a dormir
contigo.
Mientras se dirigían a la habitación Demi no
podía dejar de pensar en todas las mentiras que le había contado y que habían
llevado a aquella situación.
Cuando ella ya estaba metida en la cama,
escuchó cómo Joe, que se había ido al baño, se lavaba los dientes y se daba una
ducha. Deseaba poder dormirse antes de que él regresara, pero los nervios se lo
impedían.
Cuando finalmente Joe se metió en la cama, el
silencio que imperaba en la habitación le impedía a Demi relajarse.
—¿Eres siempre tan inquieta en la cama? —preguntó
Joe.
—No estoy acostumbrada a dormir con... — Demi
no terminó la frase, consciente de lo que acababa de decir. Le ardían las
mejillas.
—¿Quieres decir que en el pasado te acostabas
con ellos y te marchabas?
—Yo no lo diría exactamente así.
Joe deseaba poder controlar los celos que lo
invadían cuando pensaba en que ella había estado con su hermano y Dios sabía
cuántos hombres más.
—¿Cómo lo dirías tú exactamente? —preguntó Joe,
sin poder evitar un tono de desprecio.
—No quiero discutir contigo. Estoy cansada y
discutir sólo empeoraría las cosas.
—¿Pasaste alguna noche entera con mi hermano o
simplemente cumpliste con él y te marchaste tan pronto como pudiste?
—Lo que has dicho es despreciable —dijo Demi
que sabía que su hermana era promiscua, pero no una prostituta.
—¿Pasaste alguna vez una noche entera con él? —preguntó
Joe de nuevo.
—A ti no te incumbe —dijo Demi, cerrando los
ojos y dándose la vuelta.

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