—Ésta es la primera vez que visitas Sorrento,
¿no? Podemos dejar a Georgia con Lucía mientras yo te enseño los alrededores.
Podemos ir a ver la iglesia de San Francisco y a comer en uno de los
restaurantes del centro de Sorrento, en la plaza Tasso. Mañana podríamos
visitar las ruinas de Pompeya y después ir a Positano para comer.
—Estás seguro de que Georgia estará...
—Estará bien —le aseguró Joe—. Mi padre querrá
pasar tiempo con ella, desde luego bajo la supervisión de Lucía. Por lo que
ocurrió anoche, mejor que no estemos nosotros.
—Si hay algo que yo pueda hacer... —dijo Demi,
bajando la mirada una vez más.
—Sé tú misma, Demi. No puedes hacer más que
eso.
Aquellas palabras fueron como un puñal en el
corazón para Demi. ¡Si realmente pudiera ser ella misma!
La mañana era soleada y las calles estaban
llenas de turistas que querían ver aquella zona de la costa Amalfi. Las vistas
desde los jardines que había encima de la típica plaza italiana Tasso eran
espectaculares y Demi no pudo evitar pensar que todas sus preocupaciones y
miedos desaparecían.
Estar en compañía de Joe era como una potente
droga; cuanto más tenía, más quería. Los ojos de Joe ya no denotaban odio y su
boca había reemplazado el gesto de desprecio por una sonrisa.
—Según la leyenda, fue aquí, en Sorrento, donde
Ulises escuchó las tentadoras canciones de las sirenas; las ninfas que
pretendían atraer a los marineros.
Demi trató de concentrarse en lo que le estaba
contando Joe, en vez de en la manera en que sus labios se movían al hablar o en
cómo sentía cosquillas en el estómago cada vez que la miraba.
—Es tan bonito —dijo Demi —. Debes echar
muchísimo de menos todo esto ahora que vives en Sidney.
—Sí, pero después de que mi madre muriera,
sentí que tenía que huir de aquí —dijo Joe, dando un pequeño suspiro—. Mi padre
decidió que André estableciera la sucursal de Sidney, pero después de un tiempo
quedó claro que no estaba haciendo un buen trabajo.
Demi
pensó que le iba a echar las culpas a su hermana, y por lo tanto a ella, de que
André no hubiese atendido adecuadamente la sucursal de Sidney, pero ante su
sorpresa no lo hizo.
—André era un hombre de fiestas, no un
banquero, pero mi padre no quería reconocerlo. Le molestaba el hecho de que yo
manejara mejor los negocios_ que su hijo favorito — Joe prosiguió—. Pero yo
creo, que si le hubieran dado tiempo, mi mimado hermano hubiese terminado como
mi padre está ahora... amargado y roto, con no muchas esperanzas de seguir
adelante debido al alcohol que aún sigue bebiendo.
— Joe, sé que no vas a creerlo, pero yo también
sé lo que se siente al no ser el hijo favorito. Hace tanto daño darse cuenta
que por mucho que lo intentes nunca vas a satisfacer por completo a quién más
quieres —dijo Demi, acariciando la mano de Joe.
—Pensé que eras hija única —dijo Joe,
frunciendo levemente el ceño.
Demi se quedó helada.
—¿Cómo vas a saber cómo se siente uno al no ser
el hijo favorito si tú eres hija única?
El silencio se hizo interminable mientras Demi
trataba de encontrar algo que decir.
—Yo... yo quise decir que me puedo imaginar
cómo se siente...
Joe tardó uno o dos segundos en responder, pero
a Demi le pareció un siglo.
—Deberíamos volver —dijo tomando a Demi por el
brazo—. El sol te está empezando a quemar la cara. Debería haberte dicho que te
trajeras un gorro.
A Demi le temblaban las piernas mientras
caminaban hacia el coche, pensando en lo cerca que había estado, de nuevo, de
echarlo todo a perder.
Los siguientes días transcurrieron de la misma
manera. Cada mañana, Demi se despertaba con Joe abrazándola. Después del
desayuno, la llevaba a dar una vuelta mientras que Lucía cuidaba de Georgia
para que Vito pudiese pasar tiempo con la niña.
Demi se quedó fascinada con Pompeya; con su
trágica historia.
—Es tan triste —dijo Demi al terminar de
visitar la ciudad—. Pensar que no tuvieron tiempo de escapar, ningún sitio
hacia donde correr o escapar, ninguna esperanza de proteger a los que
querían...
Joe la miró, pensando que en momentos como ése
era difícil pensar de ella otra cosa que no fuese que era una joven amable y
bondadosa, que se preocupaba por los que sufrían, y se preguntó dónde estaría
en aquel momento la mujerzuela egoísta.
Durante las primeras noches, Vito Jonas cenó a
solas en su suite. Pero la cuarta noche que estuvieron allí, cuando Demi bajó
poco después que Joe, se encontró a ambos sentados esperándola.

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